Dime lo que piensas Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Olga se queda mirándola, conteniendo el impulso de volver a besarla, y lo logra, pero lo que no hace es evitar que su mirada acabe en los labios de Marina, y la vicepresidenta siente un hormigueo por el cuerpo que le sube desde las manos hasta la nuca, dejándola sin aire.

—Vale, sí, seguimos. Perdón por el numerito. —Olga se agacha y comienza a recoger todo lo que hay tirado por el suelo, pero Marina necesita unos segundos para recuperarse de la sensación antes de ayudarla.

Son pasadas las dos de la tarde, con la habitación que parece un mercadillo, cuando Olga se levanta de nuevo.

—¿Te gusta la pasta carbonara? Me sale bastante bien y podría hacer un poco si quieres —propone, y las mejillas se le encienden porque, aunque ha comido con su jefa otras veces, comer en la oficina no es lo mismo que cocinar para ella.

—Preferiría algo más que un poco —bromea Marina, fascinada con el rubor de Olga, que cada vez le parece más evidente que es una señal luminosa que indica lo que su asistente siente por ella.

—Claro, sí, es decir, haré más, por supuesto, puedes comer todo lo que quieras…

—Olga.

—¿Qué? —La asistente se queda quieta.

—Lo que hagas está bien, relájate.

—Por supuesto, no estoy nerviosa —dice sin respirar—, es solo que, bueno…

Mira a un lado y a otro sin saber cómo defenderse de su propio cuerpo traidor, que la hace mover los brazos como si quisiera sacudirse unas pulgas y hablar sin coger aire mientras dice estupideces.

—Tengo vino si quieres.

De repente se da la vuelta y sale de la habitación sin esperar la respuesta de su jefa, y camina a paso rápido hasta la cocina para llenar un vaso de agua y bebérselo de un trago.

Se queda quieta unos segundos mientras el líquido le baja por el esófago, y se obliga a respirar cuando escucha los pasos de Marina por el pasillo.

Mientras prepara la comida, su jefa decide ayudarla a relajarse sacando un tema de la empresa que hace que Olga se olvide del magnetismo de la mujer y esa corriente baja que la empuja hacia ella desde que ha llegado, consiguiendo que se centre en la conversación.

Comen con hambre y en silencio al principio, con un único comentario de Marina alabando el buen sabor de la pasta, hasta que enrolla unos espaguetis en el tenedor y los deja en el plato en lugar de llevárselos a la boca.

—¿Te puedo hacer yo una pregunta personal?

Olga se traga el bocado que tiene en la boca sin apenas masticarlo.

—Eh, sí, claro.

—Tú… —Marina duda, lo cual es bastante raro en ella y hace que Olga se ponga alerta.

No irá a hablarle del beso, ¿no? Le prometió que no lo haría y ella necesita que cumpla la promesa porque como se lo nombre ahora, probablemente empezará a tartamudear, se pondrá roja como el disco de un semáforo y no será capaz de elaborar una frase coherente.

—¿Siempre supiste que te gustaban las mujeres? Me refiero a si entenderlo fue fácil para ti.

De todas las preguntas posibles, esa era la última que Olga esperaba, y menos con esa voz curiosa y la mirada casi desenfocada con la que la ha hecho, pero siempre es mejor hablar de esto que del beso.

—No, no fue fácil y tampoco lo supe siempre. Tardé demasiado tiempo en entender lo que me pasaba.

Marina llena los pulmones al máximo y deja que el aire salga despacio por su nariz.

—¿Cuánto tiempo es demasiado? ¿Qué edad tenías?

—Treinta o así. —Olga sonríe con esa mezcla de vergüenza y ternura que cada vez tienen más atrapada a su jefa—.

Antes de eso vivía con dudas constantes, no sé cómo explicarlo.

Salía con chicos y estaba bien, no era algo que me traumatizara, pero tampoco sentía nada de lo que se suponía que debía sentir, era como si viviera a medias.

Sabía que había algo en mí que era diferente, y no era capaz de adivinar qué era. Fue muy agobiante.

—¿Y cómo fue cuando lo supiste? ¿Qué pasó?

Marina está cada vez más intrigada porque el hecho de que Olga le cuente que salió tarde del armario no hace más que aumentar toda esa confusión que ella está sintiendo últimamente sobre sí misma.

—Conocí a una chica en un curso de inglés.

—Olga se ruboriza, para variar, porque lo último que se había imaginado hoy era estar hablando de esto con Marina Cardona—.

Al principio no supe entender lo que pasaba, pero un día me di cuenta de que llevaba días arreglándome más de la cuenta solo porque quería gustarle a ella, y de repente todas las dudas que llevaba años sintiendo se pusieron solas en su sitio.

No es que yo fuera sosa, frívola o incapaz de enamorarme, es que me había pasado toda la vida mirando en el sitio equivocado.

Marina la escucha sin comer, con los brazos apoyados en la mesa mientras busca en su cabeza alguna similitud con lo que Olga le está contando.

—¿Y no sentiste miedo? —pregunta demasiado bajo, aunque la asistente la ha escuchado perfectamente.

—Muchísimo, sentí pánico —asegura asintiendo para darle más énfasis—.

Entender eso fue lo que más miedo me dio de todo, porque una cosa es enterarte de que has estado ciega cuando era evidente y otra echar un vistazo atrás y darte cuenta de que las señales siempre estuvieron ahí, brillando como un faro en el puerto, y que no tuviste la capacidad de saber leerlas y, en consecuencia, diste tumbos todo el tiempo, dejando que la vida se te escapara mientras la vivías con personas con las que no ibas a conectar nunca.

Fue aterrador, te hace preguntarte cuántas cosas más de ti son las que no sabes.

Marina tiene un ruido sordo detrás de los oídos, un zumbido incómodo y un sudor frío que le sube por la espalda provocándole un escalofrío tras otro. ¿Ese es su caso? ¿Por eso no funcionó su matrimonio? ¿Era ella la que fallaba? ¿Tenía razón su marido cuando se quejaba de que apenas tenían sexo?

—Marina, ¿estás bien?

Ella levanta la mirada y Olga contiene la respiración mientras la observa, porque jamás le ha visto esa expresión desorientada.

—¿Esa pregunta desaparece en algún momento? —consigue decir.

—¿Qué pregunta? Ah. —La asistente suelta una risa floja—. La de las dudas. No es que se marche, pero se transforma.

—¿En qué?

—No sé, simplemente llega un día en el que dejas de mirar atrás y pensar en el tiempo perdido o todas las señales que no viste, y entonces empiezas a pensar que menos mal, que mejor a los treinta que nunca.

¿Y a los cuarenta y cinco? Se pregunta Marina, intentando convencerse de que ese no es su caso. Ella sí se enamoró de su marido, aunque eso se disipara pronto, y si echa la vista atrás, no sabe si hay señales, pero tampoco quiere ponerse a pensar en eso ahora.

—¿Por qué lo preguntas? —indaga Olga, intentando comprender el comportamiento extraño de su jefa.

Marina baja la vista y coge el tenedor.

—Nada, curiosidad. Venga, acábate eso antes de que se enfríe —ordena, y no vuelve a levantar la vista del plato en toda la comida.

Cuando terminan de recoger, Marina camina delante por el pasillo hacia la habitación del fondo y Olga la sigue con la sensación de que algo ha cambiado en la mujer, aunque no sabe decir qué es exactamente, porque su jefa revisa cajas con la misma calma que antes, solo que lo hace en silencio, como si su cabeza estuviera en otra parte.

Ella se muere de ganas de preguntarle qué le pasa, pero darle espacio es lo mínimo que puede hacer teniendo en cuenta que Marina está aquí, revisando cajas con ella cuando podría estar en cualquier otro sitio o con cualquier otra persona.

Así les dan casi las cinco de la tarde. Olga ya lleva rato nerviosa porque apenas quedan tres cajas y el documento no ha aparecido.

—¿Qué probabilidades hay de que aparezca en las últimas? —pregunta frustrada, mirando la estantería.

—No empieces, Olga.

Pero Olga se levanta de golpe y se sitúa frente a las cajas con un sudor frío en la nuca y las manos temblorosas. Piensa en su primo y tiene ganas de estrangularlo y…

La asistente se queda completamente paralizada cuando se gira al intuir una presencia y se encuentra con el cuerpo de Marina. La tiene delante, casi pegada a ella, y entonces siente una mano que se posa en su cintura y ve cómo la otra se alza ante ella y le aparta un mechón de pelo de la cara.

Marina la mira fijamente y Olga solo escucha el sonido de su corazón desbocado.

—Mírame —pide la vicepresidenta en voz baja.

Olga levanta la mirada. Están tan cerca que puede ver el punto exacto en el que arranca la cicatriz del labio de su jefa o la longitud de esas pestañas odiosamente largas.

—¿Qué? —balbucea, porque la mano de Marina sigue en su cintura y Olga está tan tensa que le cuesta respirar.

—Aquí no abandona nadie hasta que abramos la última caja.

Olga inspira por la nariz y la droga del perfume de Marina se le mete por las venas, pero justo cuando está a punto de hacer otra estupidez, Marina da un paso atrás, coge otra caja —que era para lo que se había levantado— y regresa a su sillón.