Capítulo 19
Olga se frota las palmas de las manos contra el pantalón mientras espera a que Marina suba por el ascensor.
Cuando escucha que las puertas se abren, intenta respirar tres veces lo más lento posible para calmar unos nervios que la tienen desquiciada desde que se ha levantado, pero cuando la mujer aparece frente a su puerta, a Olga se le olvida todo lo que tenía planeado decir y se queda boquiabierta, con las mejillas hirviendo y todo el cuerpo hormigueando.
Marina lleva unos vaqueros de pitillo, unas zapatillas blancas y un jersey de color crema, nada que ver con sus trajes habituales en la oficina. Además, lleva la melena suelta, algo que tampoco ha sucedido nunca en los años que Olga lleva en la empresa.
—¿Me vas a dejar entrar o quieres abrir las cajas en el rellano? —pregunta la vicepresidenta, con esa sonrisa torcida para la que el corazón de la asistente no está preparado tan temprano.
—S-sí, perdona, pasa. —Olga se hace a un lado dejándola entrar, consciente de que está roja como un tomate maduro—. Es que no te había visto nunca en vaqueros, es decir, tienes vaqueros… —balbucea, y se detiene cuando se da cuenta de la estupidez que está diciendo.
—¿Te caerás de culo si te digo que también tengo pijamas? —bromea Marina, entre divertida y sorprendida por la reacción de la mujer. Son solo unos pantalones cualquiera, los que suele utilizar cuando no trabaja.
Olga suelta una risita avergonzada y se queda mirando la bolsa que su jefa lleva en la mano.
—No sé si has desayunado, pero a mí no me ha dado tiempo y he traído unos cruasanes.
—Me encantan los cruasanes, vamos, haré café.
No se molestan en sentarse. Mientras Olga pone la cafetera, Marina ya ha abierto la bolsa y ha cogido uno, estirando el brazo para que su asistente coja otro.
—Perdona si soy maleducada —dice Marina, apoyada contra el mármol—, pero estaba muerta de hambre.
Olga no puede ni contestar, está tan impresionada por tener a esta mujer masticando en su cocina con la misma calma que cuando están en la oficina, que apenas es capaz de formular una frase de más de dos palabras.
Vierte el café en dos tazas y se apoya al lado de su jefa, concentrándose en masticar para no mirarla a ella.
—Es un piso bonito, por cierto —comenta la vicepresidenta que, aunque solo ha visto parte del salón y la cocina, le gusta la luminosidad y sobre todo la calidez que se respira dentro.
—Gracias, espero poder conservarlo —responde con el café en la mano.
Marina ladea la cabeza para mirarla. Aunque no lo demuestra, ella también está nerviosa. Los pensamientos intrusivos siguen avanzando en su cabeza y cada vez le cuesta más estar en presencia de Olga sin sentir que alguna parte de su cuerpo se calienta más de lo normal.
—Venga, acábate eso y vamos a buscar ese papel —ordena, apurando su café.
Olga la mira sonriendo y Marina suspira, sin poder impedir que sus labios también se curven.
—Perdona, estoy dando órdenes como si estuviéramos en el trabajo.
—No importa, la verdad es que debería haberme puesto con esto todas las tardes al salir de la oficina y no haberlo dejado para el fin de semana. —Las dos mujeres salen de la cocina y caminan por el pasillo hacia la habitación del fondo.
Marina no puede evitar mirar a un lado y a otro, viendo el baño y la habitación de Olga de reojo. Siente mucha curiosidad por saber cómo vive, algo que hace mucho tiempo que no le pasa con nadie; de hecho, no recuerda que le haya pasado nunca, ni siquiera cuando conoció a su exmarido.
—Es aquí, la habitación del terror.
La puerta está abierta, Olga se ha ocupado de abrir la ventana a primera hora para ventilar y ha encendido una vela aromática en una de las estanterías que ha dejado la habitación con olor a vainilla.
Marina da un paso al interior. Es una habitación grande con dos estanterías de almacenaje repletas de cajas, una máquina de coser sobre una mesa redonda junto a la ventana y dos butacas orejeras pegadas a la pared.
—No me gustan —dice Olga cuando ve que su jefa las está mirando—, pero eran las que usaban mis abuelos y nunca he sido capaz de deshacerme de ellas.
—Las podrías tapizar con otra tela que te guste, parecen cómodas —sugiere la vicepresidenta, acercándose—. ¿Puedo?
—Sí, claro, aunque puede que tengan un poco de polvo.
A Marina no le importa, gira un poco una de las butacas y se sienta, sintiendo que la espuma del cojín se la traga.
—Es muy cómoda —murmura más para sí misma que para que Olga la escuche.
La asistente vuelve a quedarse muda. Hoy ha amanecido con el día muy despejado y el sol entra a raudales por la ventana, impactando de lleno en la melena rubia oscura de su jefa, cuyos mechones largos y ondulados caen a ambos lados de sus hombros mientras ella, absorta, pasa esas manos con una manicura perfecta sobre los reposabrazos como si el tacto de esa tela la estuviera transportando a algún recuerdo agradable.
Es tan guapa que roza lo absurdo y Olga ya debería estar acostumbrada, pero le resulta imposible porque cada día es capaz de encontrar algo nuevo en ella que la atrapa un poco más.
—En fin. —Marina se levanta—. Cuando quieras, empezamos.
—Podemos quitar la máquina de coser de la mesa y sentarnos en las butacas si quieres. Estaremos más cómodas, y esto va para largo —propone Olga, mirando hacia la estantería con un resoplido de frustración.
—Claro.
—No tienes que quedarte todo el tiempo. Cuando te canses, siéntete libre de irte, entiendo que van a ser muchas horas y tú…
—He auditado empresas peores que esto, tranquila. —La vicepresidenta coge la máquina de coser y la deja en el suelo junto a un rincón, y Olga parece activarse y se mueve veloz hacia los sillones para girarlos hacia la mesa y poder trabajar con más comodidad.
Durante la primera hora, todo va bien. Las dos están acomodadas en los sillones con una caja cada una que van revisando papel por papel, pero cuando Marina coge la siguiente, empiezan a aparecer decenas de fotografías mezcladas con documentos, estelas de entierros y notas manuscritas.
Olga inhala con brusquedad, muerta de vergüenza ante la idea de que su jefa vea retratos suyos de cuando era pequeña.
—¿Prefieres revisar esta tú? —pregunta Marina.
—Tranquila, creo que esto va a pasar en muchas de ellas. —Olga levanta un montón de fotos en la mano que han salido en su caja, pero Marina ya no la escucha, tiene la mirada fija en una imagen.
—Sigues teniendo la misma mirada limpia que cuando eras una cría —comenta con un tono bajo que Olga no sabe cómo interpretar, porque Marina parece fascinada por esa revelación.
La siguiente hora pasa igual, las cajas están mezcladas con todo tipo de cosas.
Más fotografías, las notas de Olga, su carnet de biblioteca, la licencia de caza de su padre y mil cosas que no sabía que su madre guardaba.
Marina lo examina todo con cautela, tratando de no ser invasiva.
Si encuentra un montón de fotos, lo aparta directamente y solo indaga en los papeles, aunque cuando aparece alguna suelta, no puede evitar mirarla, y ya ha visto un par de ellas de Olga cuando tendría unos veinte años que han hecho que su pulso se acelere sin motivo.
Cuando ya llevan tres horas, Olga no deja de resoplar con nerviosismo. El montón de cajas revisadas que están dejando junto a la pared para no mezclarlas con las otras está aumentando y el maldito documento no aparece por ningún sitio.
Revisa un fajo de recibos y lo deja sobre la mesa, pero al momento lo tiene que coger otra vez porque no está segura de haber mirado bien.
—Joder —dice exasperada, levantándose de golpe—. ¿Quieres café? A lo mejor tenemos que parar un rato antes de que nos quedemos bizcas.
Marina mira la mesa, con esta será la tercera vez que Olga traiga café.
—Creo que ya has tomado bastante, Olga, necesitas calmarte, no ponerte más nerviosa.
La asistente se queda quieta en medio de la habitación, mirando a su jefa con envidia por lo tranquila que se muestra, pero no es su piso el que está en juego, así que no tiene ningún motivo para agobiarse.
—Tienes razón, ¿tú quieres más?
—No, estoy bien.
Olga asiente, suspira con fuerza y coge otra caja de la estantería, pero está tan nerviosa que se le resbala entre los dedos y acaba desparramada por el suelo.
—Mierda —masculla mientras observa el desastre.
Para su desgracia, esta está llena de botones y de rollos de hilo de costura de su abuela. Se lleva las manos a la cabeza y pega la espalda a la pared, porque lo único que quiere hacer es gritar de rabia y frustración, pero no quiere que Marina piense que es una desquiciada.
La ve levantarse por el rabillo del ojo y llevarse las manos a la melena para recogérsela en una cola baja, pero todo lo ve de forma borrosa, porque tiene el corazón en la garganta y la congoja apretándole el pecho.
—Oye, no pasa nada. Esto se recoge y ya está —susurra Marina.
—Lo siento, es que me estoy desesperando. —Olga sacude las manos como si las tuviera mojadas y no hubiera una toalla para secarlas. Después se las pone en la cintura, baja la cabeza mirándose los pies y vuelve a levantarla, sintiéndose un poco más serena que hace unos segundos.
—Llevamos la mitad y no ha aparecido.
De repente, siente la mano de Marina en su hombro y se queda petrificada.
—Pues es una suerte que todavía nos quede la otra mitad —dice su jefa, y después entorna la mirada—. No te tenía por una mujer pesimista.
Los ojos de Olga se abren de golpe.
—No soy pesimista —protesta como una niña, haciendo reír a la vicepresidenta—.
Es solo, bueno, a lo mejor hoy sí lo soy un poco —reconoce avergonzada—.
Es que necesito acabar con esto de una vez.
Por mucho que intento entender a Marc, no lo consigo, yo jamás le haría esto, aunque estuviera viviendo en la calle.
—Eso es porque tú no eres como él, tienes principios, eres bondadosa y buena persona. No te desgastes intentando entenderlo, no se merece tanta atención por tu parte; invierte tu tiempo aquí buscando el papel.