Dime lo que piensas Capítulo 18
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Capítulo 18

—¿Puedes hablar? —pregunta Andrea al otro lado del teléfono.

Olga está de pie junto a su mesa, tras levantarse de un salto al ver que la llamaba la abogada.

Su corazón se ha desbocado y las manos han comenzado a sudarle.

No lo puede evitar, cuando esta mujer contacta con ella, el miedo la invade y el estómago se le encoge porque, desde que las últimas voluntades llegaron vacías, la asistente vive contando las horas para que llegue el sábado, momento en el que piensa encerrarse en el trastero y no salir en todo el día hasta que haya examinado hasta la última caja que guarda.

—Sí, dime. ¿Qué pasa? —responde, y el rubor le sube hasta las orejas cuando se gira y ve que Marina la está mirando a través de la puerta abierta.

Olga piensa en salir al pasillo para seguir hablando, pero con lo nerviosa que está, acabará chocando contra alguien porque no es capaz de quedarse quieta, así que le hace un gesto a su jefa para decirle que solo es un momento, como si Marina le hubiera prohibido alguna vez responder una llamada personal.

—Ha contestado el abogado de tu primo. —Andrea hace una pausa porque alguien le pregunta algo y ella tapa el auricular para responder.

Olga se desespera y camina de un lado a otro por la antesala mientras da vueltas al bolígrafo que tiene entre los dedos.

—Perdona —vuelve Andrea—, tengo una mañana muy movida en el juzgado y he aprovechado un descanso para llamarte. Te lo resumo, ¿vale?

—Sí, por favor.

—Ellos niegan que existiera ningún reparto verbal…

—¿Qué? —se escandaliza, y se detiene en seco.

—Dicen que es un invento nuestro imposible de probar y que su cliente no renuncia a nada, y de regalo, nos meten prisa: o hay acuerdo económico este mes o presentan la demanda de división.

Olga camina hasta su silla y se deja caer en ella, derrotada, cambiando el móvil a la otra mano para poder secarse el sudor frío de la otra en el pantalón.

—Pero dijiste que sin el testamento todavía teníamos opciones…

—Y las tenemos, no te asustes todavía. Esto es teatro, Olga, su abogado hace su papel igual que yo hago el mío.

Saben que tu abuela no hizo testamento y aprietan con eso.

Ahora bien, si queremos que esto no se alargue, ese documento que firmaste en el gestor pasa de ser importante a imprescindible.

Si lo encuentras, esto acabará muy rápido, pero si no aparece, es lo que te dije al principio, podría alargarse durante años porque necesitaríamos testigos, reconstruir movimientos bancarios de hace mucho tiempo y gastar un dinero que podrías invertir en otra cosa. Necesito ese papel.

—Mañana me voy a poner con eso, voy a buscar hasta en el último rincón de mi casa.

—De acuerdo. Ya que te pones, aparta cualquier cosa como recibos o documentos relacionados con el piso de aquella fecha. Si no aparece el papel de la gestoría, todo lo que tengamos será importante.

—Vale, sí.

—Perfecto. Llámame si lo encuentras. Nos vemos, Olga.

La asistente cuelga la llamada y se queda sentada unos segundos sin moverse.

Hasta hace unos días, sentía que tenía debajo una red de seguridad, que su abuela habría hecho las cosas bien y el testamento aparecería en algún sitio, pero esa posibilidad ha desaparecido y lo único que queda es ella y un montón de cajas que la hacen suspirar con hartazgo solo de pensar en tener que abrirlas.

—¿Todo bien?

Olga se gira de golpe y contiene la respiración.

Marina está en la puerta del despacho, cruzada de brazos mientras la mira.

Hoy está especialmente guapa y no porque se haya arreglado más que otros días, es que tiene el guapo subido, un día de esos en los que podrías no peinarte y estarías genial igualmente.

Además, ha habido un problema con la calefacción que los de mantenimiento todavía están reparando, pero mientras lo hacen, la temperatura en toda la planta está muy alta y Marina se ha quitado el jersey y lleva la camisa remangada por debajo de los codos y un botón abierto de más en el cuello.

—Ha contestado el abogado de Marc. —Olga intenta no mirar hacia su cuello, pero le resulta difícil apartar la vista de su clavícula—. Dicen que lo del reparto es un invento y que si no pago antes de final de mes, pondrá la demanda.

—Todo un caballero, tu primo —rezonga Marina—. ¿Qué dice Andrea?

—Que es teatro, que aprietan por ahí porque no tienen otra cosa —Olga se mira las manos, todavía tiene ese sudor frío instalado por el cuerpo—, pero que tengo que encontrar ese maldito documento del gestor; sin eso, sí que puedo tener más problemas.

Mañana me voy a meter en ese cuarto y no voy a salir hasta que lo encuentre, o hasta que descubra que no está, y entonces me tiraré por la ventana.

La sonrisa de Marina aparece de repente, torcida y sensual.

—Te ayudo si quieres.

—¿Qué? —Olga levanta la mirada de golpe.

La vicepresidenta se queda completamente quieta unos segundos, todavía procesando lo que obviamente ha soltado sin pensar, traicionada por ese cerebro suyo que actúa sin su consentimiento últimamente.

—Que te ayudo, cuatro ojos ven más que dos —responde, porque ya no puede retractarse.

—¿Segura? —A la asistente le late el corazón en todo el cuerpo—. No quiero molestarte si tienes cosas que hacer.

Sí que tiene cosas que hacer. Los sábados por la mañana suele hacer la compra de toda la semana y había pensado ir después a algún centro comercial para comprarse un abrigo y dar una vuelta, comer en algún restaurante y pasarse la tarde en el sofá, intentando no pensar en cierta asistente de mejillas rojas y melena castaña que la mira con los ojos muy abiertos, pero parece que su mente ha decidido que ayudar a la mujer culpable de su frustración sexual es mejor plan que todo eso.

—Es sábado, Olga, mi plan no va mucho más allá de limpiar el piso y ver alguna peli —miente como una profesional—. Eso puedo hacerlo el domingo, así que, si quieres, soy toda tuya.

La boca de Olga se abre y Marina comprende que quizá no ha elegido la mejor expresión para explicarlo, pero lleva días haciendo cosas que no haría, así que tampoco se corrige.

—Eh… —Olga sabe que la respuesta correcta es agradecerle el ofrecimiento y negarse a aceptar su ayuda.

No puede estar en su piso encerrada todo el día con la mujer de la que está enamorada, su cuerpo no lo soportará y podría cometer alguna estupidez, como volver a besarla sin motivo—.

Vale, sí —responde acalorada—, me vendría muy bien un poco de ayuda, son muchas cajas.

—Bien. —Marina hace cálculos rápidos, puede descartar todos sus planes menos lo de la compra semanal, pero si va a primera hora no habrá problema—. ¿Te parece bien que vaya sobre las diez?

—Sí, claro, cuando quieras. Prepararé café de sobra para las dos —dice nerviosa.

Marina sonríe. Olga le parece encantadora cuando se pone así de titubeante, pero su sonrisa se corta de golpe cuando la asistente sube los brazos para recogerse la melena en una coleta y ella siente un pellizco raro en el vientre al ver su cuello desnudo.

—Bueno, voy a seguir con lo mío. Intenta no pensar mucho en esto, ya verás como el papel aparece. Ah, búscame un hueco el lunes para reunirme con Jordi, y programa una llamada con Duarte por la tarde, quiero preguntarle algunas cosas que tengo apuntadas por ahí.

La vicepresidenta no espera respuesta, se da la vuelta y va directamente hacia su mesa.

Está nerviosa y el mal humor quiere hacer acto de presencia, pero se obliga a respirar despacio y tomarse unos segundos para pensar.

No entiende qué le pasa, ella no va por ahí mirando cuellos de mujeres ni se excita pensando en un beso que apenas fue un roce tonto de labios.

Las pupilas se le agrandan y la boca se le abre cuando se da cuenta de que ese maldito beso es el culpable de todo.

—Joder —masculla, inhalando con brusquedad.

—¿En serio? —pregunta Silvia mientras pone una servilleta de papel debajo de su caña.

Obviamente, Olga no ha podido aguantarse y, en cuanto Marina la ha dejado sola, ella ha abierto el chat interno y le ha escrito a su amiga diciendo que tenía una emergencia. Y ahora están ahí sentadas, con Silvia tratando de aguantarse la risa cuando ella le cuenta que Marina irá a su casa.

—No voy a sobrevivir a eso. Ella en mi casa, dejando el aroma de su perfume en mis paredes. Moriré, Silvia.

De forma dramática, Olga se lleva las manos a la cara y su compañera deja que salga la carcajada que le estaba haciendo daño en la garganta.

—Todo esto es muy raro —dice cuando se calma.

—Claro que es raro, joder, me van a temblar tanto las manos que no podré leer ningún papel sin que me bailen las letras, y ella lo verá y sabrá que soy idiota.

Silvia vuelve a tener ganas de reír, pero se las traga y se inclina hacia delante.

—Estarás nerviosa al principio, eso es normal y sabes que se te pasará. Piensa que estás trabajando y ya está, al fin y al cabo, ya has pasado incontables horas a solas con ella cuando trabajasteis los festivos.

—No es lo mismo. Usará mi baño y yo no querré limpiarlo nunca más, igual que los vasos donde beba o todo lo que toque.

—Recuérdame no ir a tu casa entonces —bromea su amiga—. Ahora en serio, a mí lo que de verdad me parece raro es que se haya ofrecido a ir.

Olga deja de gimotear y ladea la cabeza, interesada.

—¿Por qué? Es decir, Marina es así, atenta, bondadosa y…

—Sí. —Silvia hace un gesto con la mano para que no siga—. Ya sabemos lo maravillosa que es y no me apetece seguir escuchando cómo la adulas con tu mirada de enamorada.

Olga tuerce el gesto, entre ofendida y divertida.

—A lo que me refiero es a que últimamente hace cosas que una jefa normal no haría. Cena contigo en un restaurante en Lisboa, te da el contacto de su abogada y además la llama para asegurarse de que te reciba, y ahora se ofrece para ayudarte a abrir cajas de tus muertos.

—Bueno, dicho así, no suena muy bien —aporta Olga.

—Claro que no, y estoy convencida de que esa mujer tiene cosas más entretenidas que hacer que encerrarse en un cuarto polvoriento con su asistente para encontrar decenas de fotos de gente que no conoce mientras se deja la vista repasando papeles de una familia que no es la suya.

Olga se queda callada unos segundos.

—¿Estás insinuando que ella…? O sea, que yo… —Olga parpadea, sin siquiera saber cómo preguntarlo—. Es imposible, ella jamás se fijaría en mí de esa manera.

—Yo no estoy diciendo nada, solo que es raro, pero seguro que va bien —trata de animarla, y Olga se desinfla como un globo tras suspirar profundamente.

—Estoy cagada, no solo por ella, es que si el papel no aparece esto se va a convertir en la historia interminable.

—Pero si me dijiste que tu madre te guardó hasta las notas de primaria. —Silvia le sonríe—. Claro que estará. Sé positiva, mujer, y ten paciencia; no me imagino nada más coñazo que tener que revisar papeles un sábado. Menos mal que Marina se ha ofrecido, me ahorra tener que ser yo la que te ayude.

Cuando Olga llega a su piso, se descubre haciendo algo que jamás ha hecho un viernes por la noche.

Está fregando la cocina de arriba abajo y antes de eso ha limpiado el baño, ha pasado la aspiradora por el salón, ordenado los cojines y limpiado el polvo de cada estantería.

Se siente ridícula por hacerlo, sabe que Marina no va a pasar un dedo por sus muebles para comprobar si están limpios, pero siente la necesidad imperiosa de causarle buena impresión y de que se sienta cómoda en su piso.