Dime lo que piensas Capítulo 17
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Capítulo 17

Marina no sabe cuánto rato lleva mirando el techo de la habitación mientras Alex duerme bocabajo a su lado, con la cara aplastada contra la almohada y el edredón rozándole la oreja.

Al fin se decide a mirar la hora y cuando ve que falta poco para que suene su alarma, la desactiva y decide poner fin a esa noche desastrosa.

Lo mira de soslayo y hace una mueca de frustración para sí misma, porque no fue por él.

Alex se esforzó, fue paciente y le preguntó un par de veces si quería que le hiciera otra cosa; el problema era su cabeza.

Al principio todo iba bien, Marina llegó con un objetivo, el de siempre.

Nada de cenas, nada de charlas o de calentamiento, siempre al grano, y hasta anoche no había tenido problema.

De hecho, cuando llegó, logró desconectarse de un día que la tenía de un humor de perros.

Marina se centró en lo que tenía alrededor: la habitación de un hotel, la cama y Alex.

Todo iba bien, su pulso empezó a acelerarse y su cuerpo respondía perfectamente a unas caricias a las que ya se estaba acostumbrando; fue al cerrar los ojos cuando todo se fue a la mierda.

El placer le estaba subiendo, estaba cogiendo esa velocidad que te hace sentir vértigo cuando estás a punto de desbordarte, pero en algún momento entre un jadeo y el siguiente, su mente se llenó de imágenes y las manos de Alex pasaron a ser de otra persona.

Eran más pequeñas, suaves, con un anillo plateado en el pulgar y unos dedos delicados que dejaban hojas en su mesa todas las mañanas.

La boca que suspiraba contra su cuello tenía otra voz, una que se atropella con frecuencia y pide perdón a menudo, y entonces apareció la imagen entera de Olga sobre ella, mirándola con ese rubor que siempre tiene sus mejillas calientes y esas pupilas dilatadas que tenía el día que la besó.

A Marina la atravesó una descarga tan violenta que soltó un gemido desgarrado tan fuerte que no parecía suyo.

El problema vino cuando abrió los ojos, asustada de sí misma, y se encontró con la cara de Alex y la piel rasposa de su barba de tres días que hasta entonces le había parecido atractiva, sexy y varonil.

La sensación fue la misma que si le hubieran bajado un interruptor.

Todo se apagó dentro de ella, como si su cuerpo se hubiera desconectado de golpe, y pasó de estar a punto de correrse a la nada más absoluta.

Se sintió como una ballena varada en la arena debajo de un hombre encantador que se esforzaba por aguantar para que ella llegara.

Marina volvió a intentarlo. Cerró los ojos y trató de quedarse en algún sitio neutro donde no pensara en nada, pero su cabeza iba por libre y volvía a lo mismo una y otra vez: veía a Olga y tenía un subidón, abría los ojos y se apagaba, Olga la encendía, Alex la apagaba, y así hasta que el cuerpo se le quedó como si estuviera en tierra de nadie, encendido y muerto a la vez, y por primera vez desde que se acostaba con él, Marina tuvo que fingir el orgasmo, y lo peor de todo es que lo hizo tan bien que fue deprimente.

Alex se desplomó a su lado, feliz y sudado, le dio un beso en el hombro, le dijo que le encantaba estar con ella y diez minutos después se quedó dormido mientras ella permanecía petrificada sobre el colchón, tan frustrada y desconcertada que ni siquiera le apeteció marcharse a su casa.

La vicepresidenta aparta el edredón y sale de la cama.

Recoge su ropa con cuidado y se encierra en el baño para vestirse.

En un día normal se ducharía aquí, pero está tan de mal humor que la idea le resulta insoportable; lo que necesita es su ducha, su casa, su gel de siempre y recuperar el control de una vida que últimamente la hace dar tumbos.

Cuando sale, Alex está despierto, girado hacia ella.

—¿Ya te vas? —pregunta somnoliento—. El desayuno empieza temprano, mujer, podemos…

—Tengo un día horrible por delante, Alex, y todavía he de pasar por casa para cambiarme —explica, y se ahorra recordarle que ellos no desayunan juntos, ni comen ni cenan ni hablan. Ellos solo se ven para follar, pero pensar en ello le tensa la mandíbula.

—De acuerdo. Te avisaré cuando vuelva por aquí —acepta él, haciendo amago de levantarse para despedirla.

—No te levantes —dice ella, inclinándose para darle un beso en la mejilla.

—Me ha alegrado verte, Cardona.

—Y a mí. Cuídate mucho.

Mientras camina por el suelo enmoquetado hacia el ascensor, piensa en que no ha mentido: le ha alegrado verlo aunque la noche para ella haya sido un desastre. Es un buen tipo y es fácil estar con él sin complicaciones.

Cuando sale a la calle, el frío la atraviesa como un rayo y los dientes le castañean unos segundos. Está destemplada, le pasa cuando duerme poco o mal.

Coge un taxi y se limita a mirar por la ventana mientras el vehículo avanza. Todavía es de noche y en algunas calles las luces de Navidad siguen encendidas, pero ni siquiera los colores logran animarla.

Al entrar en su piso, se desnuda dejando toda la ropa en el cesto y abre el grifo del agua caliente al máximo de temperatura que su cuerpo puede soportar, y es cuando está debajo del chorro esperando a que los músculos se le destensen cuando la furia la invade.

Está enfadada por haberse saboteado una noche que aparentemente tenía que resultar sencilla y satisfactoria, pensada para relajarse, no para ponerse más nerviosa.

También lo está con su cabeza, que hasta ahora ha obedecido a la lógica y de repente se pone a mostrar imágenes por su cuenta, y sobre todo lo está con ese gemido ronco que estalló en su garganta de forma intrusiva y que todavía le resuena en los oídos.

Se frota el pelo con insistencia intentando convencerse de que todo esto no es más que fruto del estrés.

Gracias a la operación que tiene entre manos, apenas ha tenido días de descanso ni tiempo para desconectarse del trabajo, y ella es muy consciente de que un cuerpo y una mente saturadas pueden hacer cosas raras cuando eso sucede.

Marina atraviesa las puertas de la oficina con el gesto contraído y un mal humor que no controla. Es muy consciente de su expresión severa y de que apenas se escucha su voz cuando saluda a la gente con la que se cruza.

Cuando llega a su despacho, saluda a Olga con un «hola» demasiado seco, ni buenos días ni detenerse a preguntarle nada. Pasa de largo, se quita el abrigo y se hunde en su silla tan cansada como si ya hubiera trabajado todo el día.

El primero en recibir su furia descontrolada es el equipo de análisis, cuando durante la primera reunión, le entregan un informe que ella lee por encima y lo deja caer sobre la mesa quejándose de que es demasiado básico.

—Con esta información no puedo hacer nada —dice sin mirar a nadie, pero Olga sí la mira a ella, sorprendida.

Su segundo ataque de ira es por teléfono, cuando está hablando con alguien del departamento fiscal para quejarse del segundo error que ha encontrado esa mañana.

Olga cruza la puerta en ese momento para decirle algo, pero cuando la escucha, decide que mejor vuelve más tarde.

—Esto lo resolvéis vosotros, que para eso estáis —espeta la vicepresidenta, colgando la llamada con un golpe seco.

A Olga le preocupa lo que ve; Marina jamás ha sido maleducada con nadie, ni ha hablado con esa soberbia ni ha tenido esa mirada helada en la expresión.

Está tentada de entrar y preguntarle si está bien, pero se recuerda que la mujer tiene derecho a tener un mal día y lo va dejando pasar, evitando cruzarse en su camino hasta que no le queda más remedio que entrar y sentarse con ella para repasar las convocatorias de la semana.

La asistente se muestra imperturbable, como si el mal humor de su jefa no fuera con ella. Le muestra la agenda y le señala algunas cosas, anticipándose a las preguntas que sabe que bullen en su mente mientras Marina la escucha con el ceño tan fruncido que tiene dos marcas en la frente.

—¿La sesión con Nauta del jueves la pongo a las diez o a las once? —pregunta Olga con suavidad.

—Como veas —responde Marina sin apartar la vista de su pantalla.

—Es que tengo dudas, porque a las diez, si se alarga, podría solaparse con la llamada programada que tienes a las diez y media, pero si lo pongo a las once apenas tendrás tiempo de…

—Olga, decide tú. Es una reunión, no un tratado internacional —la corta Marina con impaciencia y una sequedad impropia de ella.

Durante unos segundos, la asistente la mira boquiabierta.

—Claro, sí. Perdona. La pongo a las once —dice, anotando algo con rapidez.

Olga cierra su portátil y se levanta.

—Te dejo tranquila; si necesitas cualquier cosa, estoy fuera. ¿Quieres que cierre la puerta al salir?

—Me da igual.

Olga no la manda a la mierda, que es lo que su jefa se merece desde que ha puesto un pie en la oficina esta mañana.

Ella camina tranquila, con la cabeza alta y el portátil apretado contra el cuerpo, y la vicepresidenta la escucha volver a su mesa y ponerse a hacer llamadas con esa voz calmada y sin sobresaltos que no se traba ni una vez salvo que hable con ella.

Marina deja lo que está haciendo y se recuesta en la silla, girándose hacia la ventana.

Ella no es así, ella corrige en privado y no dispara en corto como lleva haciendo todo el día, y eso la hace sentir terriblemente incómoda consigo misma, lo cual no ayuda con su mal humor.

Se queda mirando las nubes espesas y grises preguntándose si hoy también lloverá o la tormenta solo estará dentro de ella, cuando escucha que la puerta se cierra y al girarse ve a su amigo Jordi caminando hacia su mesa.

—Por ahí se rumorea que estás un poco insoportable, toma. —Jordi lanza algo hacia ella y Marina se siente orgullosa de sus reflejos cuando lo atrapa entre las dos manos, descubriendo un caramelo que, de alguna manera, le arranca la primera sonrisa del día.

—Gracias, Jordi.

Él se encoge de hombros, se mete una mano en un bolsillo y camina hasta la puerta, pero antes de salir se gira.

—Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.

Marina asiente y no dice nada, pero su corta sonrisa es de agradecimiento y su amigo se da por satisfecho.

Cuando él se va, la vicepresidenta desenvuelve el caramelo, se lo mete en la boca y lo destroza con las muelas, y de algún modo extraño —como todo lo que pasa en ella últimamente— eso la calma un poco y le permite trabajar el resto de la tarde sin que la cabeza se le llene de ruido.

Cuando da por concluida la jornada, decide que todavía le queda una cosa por hacer antes de marcharse, así que mira hacia la puerta y levanta la voz.

—Olga, ¿puedes venir un momento?

Escucha la silla arrastrarse por el suelo y, al momento, la asistente aparece bajo el quicio con las manos en el regazo y el labio inferior mordido, y la estampa hace que a Marina se le corte la respiración por un segundo.

—Entra y cierra, por favor —pide tras carraspear.

Olga no sabe si echarse a temblar. No recuerda que su jefa le haya pedido cerrarla nunca, y con el día que tiene, lo más probable es que lo que le espere sea el despido. Cuando se gira, Marina se ha levantado y ha rodeado la mesa, apoyando el culo en la madera mientras espera a que ella se acerque.

—¿Necesitas algo? —Olga no se sienta; prefiere estar de pie por si tiene que huir.

—Sí, quería disculparme por lo de antes.

—¿Qué?

La asistente levanta las cejas, sorprendida, y su corazón por poco se detiene cuando Marina esboza una sonrisa suave que se tuerce hacia la izquierda.

—Ha estado fuera de lugar. Llevo todo el día saltando como una leona con todo el mundo sin que hayan hecho nada para merecerlo, incluyéndote a ti, y lo siento, Olga —Marina se pasa una mano por la nuca; se siente avergonzada por su comportamiento y es la primera vez que tiene que pedir disculpas por algo así—.

Sé que no es excusa, pero esta noche he dormido fatal, me he levantado de mal humor y bueno…

—No pasa nada —dice Olga, con el cuerpo invadido de un calor muy agradable—. Todos tenemos días malos.

Marina la observa. Su asistente le está sonriendo y la mira como todos los días, con ese rubor instalado en las mejillas que cada vez le gusta más ver.

—Sí, supongo que sí; aun así, no ha estado bien.

—Tranquila, está olvidado.

—Gracias.

Se hace un silencio que se alarga en el que ambas se quedan mirándose como si no fueran capaces de posar la vista en ningún otro sitio, y Marina empieza a ponerse nerviosa porque su pulso se ha acelerado y ella sigue sin entender por qué le pasa esto con Olga.

—Bueno, yo me marcho ya. No tardes mucho en irte a casa; se está poniendo un día muy feo —aconseja, sin saber qué más decir.

—He traído paraguas —sonríe Olga—, ayer sí que me pilló desprevenida; si no llega a ser porque Andrea traía el suyo, me habría puesto como una sopa.

Marina siente que el pulso le late en el párpado izquierdo y que el ardor le sube por el pecho de nuevo mientras se imagina a su asistente pegada a la abogada para poder cobijarse bajo su paraguas.

—Andrea es muy previsora siempre. En fin, nos vemos mañana.