Dime lo que piensas Capítulo 16
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Capítulo 16

Marina lleva toda la mañana agobiada con el ruido.

Es lunes y la oficina vuelve a estar a pleno rendimiento, y después de diez días donde todo el ruido que había era el que ella y Olga hacían, le cuesta acostumbrarse a la normalidad y todo le molesta, sobre todo el timbre de los teléfonos, las voces constantes en el pasillo y el sonido de las pisadas, todo menos el ruido que hace su asistente con la fotocopiadora o cuando habla con alguien.

Olga se sobresalta cuando se gira y la ve bajo el quicio de la puerta, cruzada de brazos mientras observa el pasillo.

—Dios, Marina, casi me da un infarto. ¿Estás bien? —pregunta, mientras sus ojos aprovechan que ella está absorta para recorrer de nuevo su cuerpo.

Hoy va vestida con un traje chaqueta de color blanco y una camisa de seda azul claro, la melena recogida en un moño apretado y unos pendientes largos que se balancean al lado de su cuello desnudo.

—Sí, es este ruido, ¿no te molesta? Tengo la cabeza como si tuviera un nido de avispas dentro —reconoce turbada—. Es como estar en un bar un viernes por la tarde, joder.

—Bueno —Olga sonríe, divertida—, yo suelo desconectarme del ruido muy rápido, y si me agobia mucho, me pongo la música —dice señalando sus auriculares sobre la mesa.

—Quizá debería hacer eso —asiente la vicepresidenta, y antes de darse la vuelta, ve que llega su amigo Jordi, que entra junto a ella en el despacho después de saludar a Olga.

—¿Comemos juntos hoy? Llevo muchos días sin verte y te echo de menos —bromea él de forma teatral.

—Sí, por favor, necesito salir de aquí y que me dé el aire, pero vamos a algún restaurante tranquilo, tengo demasiado ruido en la cabeza por hoy.

—Entonces al italiano, aunque tocará caminar un poco. Coge el paraguas, que ha comenzado a llover hace un rato.

—Genial —murmura ella con hartazgo.

—¿Estás bien? Parece que hoy no te soportas ni tú misma —dice Jordi, y abre la puerta para dejarla pasar.

—Quizá ha sido la falta de días de descanso —comenta mientras salen, y se gira hacia su asistente—. Salgo a comer, Olga, nos vemos después.

—Claro, buen provecho.

—Gracias.

—¿Desde cuándo le das explicaciones de lo que vas a hacer? —pregunta Jordi en el pasillo, sorprendido.

Ella lo mira como si le hubieran salido dos cabezas.

—No le doy explicaciones, se llama educación.

—A mí no me avisas cuando te vas a comer —la pincha él.

Marina pone los ojos en blanco y decide ignorarlo hasta que llegan al restaurante. Cierra el paraguas, lo deja en el cubo de la entrada y se maldice por haber elegido un traje blanco, porque ahora tiene la parte baja salpicada de agua sucia.

—Relájate, mujer, es solo ropa, y estás guapa igualmente —murmura Jordi de forma casual.

Eso le levanta un poco el ánimo y cuando le traen una ensalada de burrata que piden para compartir y después su plato de pasta favorito, el mal humor se le pasa de golpe y empiezan a hablar de trabajo, como siempre.

—El anexo tres de Ribeiro cambia los números —resume Marina, que ya ha puesto a su compañero en contexto sobre lo ocurrido en la reunión y la falta de cierta documentación que Duarte se ha ocupado de que reciban esta mañana a primera hora—.

Hay condiciones pactadas que no estaban en la primera información que nos enviaron.

Le he pedido a Olga que cruce todos los índices, cliente a cliente, y ya ha encontrado otros dos donde pasa algo parecido.

—No creo que sea un acto de mala fe —opina Jordi—, parece más un tema de mala gestión empresarial, de no saber dónde tienen las cosas, eso explica que hayan acabado teniendo que vender.

—Eso quiero pensar porque no necesito más dolores de cabeza.

Menos mal que Olga se dio cuenta; la verdad es que es muy buena.

Me estoy planteando darle más autoridad, meterla en las reuniones técnicas con voz propia, que no me necesite a mí para ser su portavoz; si detecta algo, que lo diga en voz alta.

—Ricard estaba encantado con ella, por algo sería.

—Ricard la tenía haciendo fotocopias, gestionándole la agenda y mandándola a la tintorería; creo que Olga vale para mucho más que eso. Es la segunda vez que detecta cosas que se les pasaron por alto a los analistas.

Se calla porque Jordi ha dejado el tenedor en el plato y la está mirando con los codos apoyados en la mesa y una expresión divertida que la pone nerviosa.

—¿Qué?

—Nada, es que cada vez que abres la boca, acabas hablando de ella, aunque lo entiendo: os habéis pasado todas las Navidades trabajando juntas, supongo que la relación se ha estrechado.

Marina no sabe qué responder. A ella le parece que todo lo que ha dicho sobre Olga es natural, aunque a lo mejor se ha pasado con lo de darle autoridad. Olga no se lo ha pedido, no se ha quejado de su puesto y, que ella sepa, no ha solicitado ascender.

—Solo digo que es una asistente cojonuda, nada más.

—Por supuesto. ¿Nos vamos? Aprovechemos que no llueve —propone Jordi, mirando a través del ventanal de la entrada.

Marina se abrocha el abrigo cuando salen porque el frío húmedo y repentino se le mete por el cuello y le baja por la columna.

Se ajusta el bolso y camina cogida del brazo de su amigo sujetando el paraguas cerrado en la otra mano.

El aire fresco en la cara la ayuda a despejarse, pero cuando giran hacia la izquierda en el siguiente cruce, el ritmo de sus pasos disminuye lentamente y sus ojos se quedan fijos en las dos mujeres que hay en la puerta de un restaurante en el que ella había comido alguna vez con su exmarido.

Son Olga y Andrea, y su asistente se ríe a carcajadas mientras la abogada parlotea con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo.

Lo que Marina experimenta no tiene sentido.

Nota una cosa rara y caliente que le sube por el pecho, una especie de ardor que hace que su mal humor regrese de golpe justo en el momento en que Andrea gira la cabeza y la ve.

Su sonrisa se amplía y levanta una mano para saludarla, y cuando llegan hasta ellas, la abogada se acerca para darle dos besos y un abrazo corto.

—Justo le estaba diciendo a Olga que nos vamos a ver esta semana, ¿qué tal? Soy Andrea —se presenta, girándose hacia Jordi—. No sabía que salías con alguien —añade, volviendo a mirarla a ella.

Marina siente que el estómago se le gira de golpe y se suelta del brazo de su amigo muy despacio, desconcertada porque un comentario así en otra ocasión le habría hecho gracia, incluso habría bromeado y habría besado la mejilla de su compañero para dramatizar, pero ahora, por algún motivo, siente la necesidad de dejar claro que está muy soltera, y disponible.

—Solo somos compañeros.

Andrea sonríe sin darle importancia y se gira hacia él.

—Pues encantada. En fin, me tengo que ir —Andrea se vuelve hacia Olga primero, le pone una mano en el codo que hace que la mandíbula de Marina se apriete hasta que le chirrían los dientes; entonces le da dos besos que la asistente le devuelve con una sonrisa, y después la abogada se gira para despedirse de ellos—.

Tú y yo nos vemos en un par de días —dice señalando a Marina—.

Encantada de conocerte, Jordi —y por último se vuelve hacia Olga otra vez—.

Te llamo en cuanto sepa algo más, cuídate.

Se va calle abajo y los tres se quedan un momento en la acera.

—Yo también subo ya —anuncia Olga, ajustándose el bolso—. Nos vemos en la oficina —añade algo tímida.

Marina se quiere mover, pero tiene los pies como si fueran dos bloques de hormigón que pesan demasiado.

La ve alejarse y solo cuando está lo suficientemente lejos, consigue reaccionar y caminar al lado de su amigo.

El hombre le empieza a hablar de su cuñado, pero su voz es como una radio puesta de fondo que ella no escucha porque tiene la cabeza en bucle con la imagen de Olga riendo con Andrea de un modo abierto y calmado que con ella nunca tiene.

En el ascensor, Jordi pulsa el botón y cuando las puertas se cierran, se gira hacia ella.

—¿Qué te pasa? Estás rarísima.

—¿Yo? —sus cejas se levantan fingiendo sorpresa.

—Llevo dos minutos hablando y estoy seguro de que no has escuchado ni una palabra.

—Mentira, yo no...

—¿Qué he dicho? —la corta él.

Marina se humedece los labios para hablar, pero la última palabra que recuerda de su amigo la ha escuchado mientras comían.

—Perdona, Jordi —se disculpa, y suelta un resoplido de frustración que le infla los mofletes—. Estoy teniendo un día un poco raro.

—A lo mejor se te pasa con esto.

El hombre se mete la mano en el bolsillo y saca un caramelo como los que tiene siempre sobre su mesa.

Ella se echa a reír, su labio se tuerce y Jordi siente una sacudida en el pecho parecida a las que experimenta Olga, solo que él la aparta con facilidad y no tiene problemas para ignorarla, porque hace mucho tiempo que entendió que con ella solo tendría amistad.

—Gracias, no sé qué haría sin ti —Marina desenvuelve el caramelo y se lo mete en la boca, y se despide de él en el pasillo cuando cada uno va hacia su propio despacho.

Encuentra a Olga en su mesa, concentrada en la pantalla mientras escribe algo en la agenda sin mirar.

—Hola —saluda la vicepresidenta con sequedad, pasando por su lado al mismo tiempo que se quita el abrigo.

Olga levanta la mirada de la pantalla y le sonríe de un modo tan amable que de pronto se siente miserable y se detiene.

—¿Alguna novedad con lo del piso? —pregunta, intentando que ese ardor que siente por el cuerpo se disipe.

La expresión de Olga se vuelve sombría y Marina frunce el ceño.

—¿Qué? ¿Malas noticias?

Sin darse cuenta, ha retrocedido algunos pasos y se ha sentado en el borde de la mesa de la asistente.

—No muy buenas. Andrea ya tiene la copia simple y, en efecto, está a nombre de mi abuela. Y el certificado de últimas voluntades que solicitó ha llegado vacío, lo que significa… —su voz se empieza a apagar.

—Que no hizo testamento.

—Exacto. Ahora todo depende de que yo rebusque entre las cosas de mi madre para ver si doy con el documento que firmé con el gestor.

—No te desanimes, seguro que aparece —asegura Marina, poniéndose de pie.

—Sí, seguro —asiente ella, parpadeando varias veces porque el perfume de Marina la está envolviendo y sumergiéndola en una especie de trance donde siente que flota entre algodones.

—En fin, tengo que terminar algunas cosas.

Marina cierra la puerta de su despacho y suspira. Le hubiera gustado quedarse un rato más con ella y hablarle de algo que la distrajera, pero con el mal humor que tiene, lo mejor que puede hacer por Olga es alejarse de ella.

En su piso, su estado no es que haya mejorado mucho, y eso que se ha dado un baño con sales y velas aromáticas que hacía mucho tiempo que no se permitía, pero ni eso le ha quitado esa sensación que todavía le arde en el estómago desde que las ha visto fuera del restaurante.

Ahora está en el sofá, incómoda, sin ganas de ver la tele, sin sueño y sin saber qué hacer para entretenerse.

Necesita una explicación para ese malestar que la tiene tan irritada, pero por más vueltas que le da, no logra encontrar una que la deje satisfecha.

Le llega el típico vídeo de su madre para darle las buenas noches y cuando abre los emoticonos para buscar el corazón que siempre le envía, lo único que llama su atención es la cara roja por el enfado.

—Joder —dice, molesta consigo misma.

Responde a su madre y entonces ve el nombre de Alex justo debajo, y algo le hace clic en la cabeza.

Está segura de que eso es justo lo que necesita, una noche de sexo que acabe de forma radical con ese humor imposible que tiene y la devuelva a su estado natural.

Desconectar, eso es lo que quiere, así que entra en la conversación, se asegura de que Alex sigue en Barcelona y le propone verse esa noche.

Como siempre, él acepta y le envía la dirección del hotel, y Marina se levanta sin pensar, pide un taxi y se va a la habitación para vestirse. Cuando sale, coge el bolso y el móvil y baja en el ascensor dispuesta a que su mente se adormezca después de un día demasiado largo.