Capítulo 15
—…y entonces, su madre se fue directamente a la despensa y salió con un jamón entero que me puso delante «llevaos esto, que estás muy delgada».
—Silvia abre los brazos para mostrar el tamaño de la pieza—.
Un jamón, joder, y eso que solo fuimos unos días, ¿qué me dará cuando nos casemos?
—pregunta alarmada, y su amiga suelta una carcajada.
—No deberías quejarte, un jamón cuesta su buen dinero.
—Ya lo creo, y encima está buenísimo. Lo empezamos anoche. Te podrías venir a cenar un día de estos y lo pruebas.
—Claro.
—Bueno, te toca. ¿Qué tal las Navidades con la jefa? —pregunta Silvia.
Están en la mesa del fondo de su bar de siempre, aunque está más lleno que de costumbre porque es sábado por la tarde. Olga, algo nerviosa cuando sale el tema, abre su bolso y saca un imán de Lisboa que le ha comprado.
—Todo genial, toma, es para ti.
Silvia estira la mano y coge el imán.
—Me encanta, muchas gracias —dice, y se lo guarda en el bolso. Después entorna la mirada—. ¿Todo genial? ¿Eso es todo lo que me vas a contar teniendo en cuenta que has trabajado casi todos los días y que has viajado con ella?
Olga hace girar su caña sobre el posavasos mientras decide por dónde comenzar.
—El viaje fue bien —empieza sin mirarla—.
Trabajamos mucho y en la última reunión encontré un error en la documentación que creo que intentaron colarnos.
Marina me felicitó por ello cuando nos quedamos a solas —cuenta con una sonrisa bobalicona—.
Y el día anterior cenamos las dos solas en un restaurante y hablamos de algunas cosas.
Olga decide no contarle lo del origen de su cicatriz, le ha costado mucho tiempo atreverse a preguntarlo, es una información que nadie en la empresa parece conocer y prefiere pensar que es una confidencia que le hizo solo a ella, lo que hace que su pecho se caliente de inmediato.
—Qué romántico todo —murmura Silvia mientras sigue esperando.
—El último día íbamos de camino al hotel y me resbalé, y ella me cogió por el brazo y dejó la mano ahí y no me soltó enseguida.
—Ajá. —Silvia asiente despacio como si estuviera tomando notas—. Define «no me soltó enseguida», por favor. ¿Cuánto tiempo es eso?
—No sé, unos segundos a lo mejor. El peligro ya había pasado y su mano seguía ahí —a Olga le arden las orejas al recordar el cosquilleo que sintió durante minutos en la zona que Marina había tocado—. Fue como cuando me sujetó en el ascensor, no sé si te lo he contado…
—Como unas cien veces más o menos. —Silvia bebe sin dejar de mirarla—. A ver, todo esto está muy bien y si quieres después lo analizamos con detalle, pero hablas demasiado deprisa, como si quisieras acabar rápido con este tema, y eso me hace sospechar que te estás callando algo.
Las mejillas de Olga se encienden como las luces de Navidad mientras mira a todas partes menos a su amiga.
—Joder, Olga, suéltalo ya —exige Silvia, desesperándose.
—La besé.
Lo confiesa en voz tan baja que el ruido del bar no permite que Silvia la escuche.
—Perdona, ¿qué?
—Que la besé —repite un poco más alto—. A Marina. La besé en su despacho antes de fin de año.
Silvia se queda inmóvil, con la caña de la que pretendía beber suspendida en el aire. Al final decide dejarla sobre la mesa con cuidado, como si tuviera un artefacto explosivo en la mano y no un vaso de cristal.
—Lo siento, es que creo que me ha dado un ictus. —Su amiga se señala la cabeza—. Repítemelo, por favor, pero mirándome a la cara.
A Olga le encantaría que se abriera un agujero negro a su lado y se la tragara.
—Besé a Marina, en la boca. Fue un impulso, algo estúpido.
Estábamos trabajando muy juntas en su mesa y ella se giró hacia mí…
No sé qué me pasó, Silvia, te lo juro. Llevaba días con el asunto de mi primo en la cabeza, con la idea de que debía luchar por lo que quería, y en lugar de hablarle, me lancé y la besé.
La carcajada de Silvia hace que la mitad de la clientela del bar se gire hacia ellas, aumentando el bochorno de Olga. Es una carcajada histérica y larga, de incredulidad, y la asistente se tiene que abanicar la cara para sofocar el calor repentino que le ha entrado.
—Perdona. —Silvia se seca la humedad de los ojos—.
Es que joder, Olga. De verdad que lo tuyo es alucinante.
Llevas dos años colada por Marina sin atreverte a preguntarle siquiera si quiere un café, ¿y tu primer movimiento es plantarle un beso en la boca en su despacho?
—Se lleva las manos a la cabeza, asombrada—.
Creo que ya te lo he dicho alguna vez, pero de verdad que tu cerebro me fascina. Deberían estudiarlo.
—Ya lo sé —se lamenta Olga con frustración—, llevo desde entonces queriéndome morir.
—Vale, tampoco exageremos. —Silvia se recoloca en la silla, más seria—. ¿Qué pasó después? ¿Cuál fue su reacción?
—¿Cuál va a ser? Se quedó pasmada, mirándome con esos ojos suyos tan azules sin apenas parpadear.
Olga le relata todo lo demás: el momento en el que ella entró en pánico y empezó a suplicarle a su jefa que se olvidara de lo que había pasado, buscando excusas débiles que justificaran lo que había hecho.
Le explica que Marina aceptó tras unos segundos que se le hicieron muy largos y que ella salió corriendo del despacho y del edificio.
Le habla de lo raro que fue el siguiente día que se vieron, de la incomodidad y de ese momento en el ascensor cuando ya se marchaban, cuando Marina se acercó por detrás y le susurró que solo había sido un beso sin importancia, que lo olvidara para que no fuera todo tan incómodo.
Olga ha reflexionado mucho sobre aquellas palabras, sin encontrarle ningún sentido a que Marina no se hubiera enfadado, que es lo que a ella le parece lógico, aunque su lógica últimamente deja mucho que desear.
Silvia la escucha con atención y no la interrumpe ni una sola vez, tampoco se ríe ni hace muecas de asombro, aunque está completamente alucinada. Cuando su amiga termina, ella da un último trago a su caña y levanta la mano para pedir otras dos antes de centrar su atención en Olga.
—Vamos a recapitular para ver si me aclaro. Tú la besas, ella se queda catatónica, lo cual es normal. Y después le suplicas que se olvide y ella te dice que perfecto. ¿Es así?
—Bueno, creo que fue amable, yo estaba muy nerviosa y…
—Tengo más —la corta y hace un gesto con la mano—.
Ella acepta olvidarlo, de acuerdo, pero una semana después se va de viaje contigo y se comporta como si no hubiera pasado nada.
Cena contigo, pasea contigo, te cuenta cosas personales que no quieres contarme y se queda dormida a tu lado en el avión.
—Mucha gente se duerme en los aviones —murmura Olga, aturdida.
Silvia la ignora y sigue recapitulando.
—Marina te salva de tu propia torpeza en medio de una calle para que no acabes rompiéndote la crisma contra el suelo y después no te suelta.
—Y me miró la boca —suelta Olga sin pensar, y su amiga abre los ojos como platos—. Tampoco es tan raro, ¿no? —justifica su error—. O sea, estábamos muy cerca, no había mucho más donde mirar.
Silvia ladea un poco la cabeza y la mira con expresión irónica.
—Venga ya, Olga. Yo no estoy en vuestro lugar, pero a mí uno de mis asistentes me besa sin motivo y, aunque yo sea la persona más comprensiva del mundo, lo primero que hago es marcar las distancias.
Sería educada, claro, porque no hay necesidad de humillar a nadie, pero me aseguraría de que en las reuniones haya más gente, de dejar la puerta abierta cuando estoy con ella, ya sabes, que corra el aire —hace un gesto con la mano—.
Creo que eso es lo normal, lo que no me parece lógico es que tú le pidas que lo olvide y a ella le parezca bien y no te pregunte por qué lo has hecho.
—Yo le pedí que no lo hiciera —insiste Olga.
—No se trata de lo que tú pidieras. Marina no ocupa el cargo que tiene por ser sumisa y aceptar lo que le dicen, está ahí porque es un tiburón, y los tiburones atacan, pero por algún motivo que se me escapa, a ti te protege.
Lo que intento decirte es que, por lo que me cuentas, su reacción no me parece la de una mujer incómoda.
Es la de una mujer que por lo que sea no quiere perder lo que tiene contigo.
Deberías hacerte muchas preguntas, Olga, porque para detectar cosas raras en los papeles eres un lince, pero para detectarlas en tu propia vida eres tan torpe como un topo.
La asistente abre la boca para defenderse, para decir lo de siempre, que Marina es así con todo el mundo, que es amable y cercana por naturaleza, que no significa nada, pero las palabras mueren entre sus labios antes de salir porque quizá sí que debería preguntarse si es normal que haya pasado por alto algo que podría haberle costado el despido.
Entonces le vibra el móvil y toda su atención se centra en eso cuando ve que es un mensaje de su abogada.
Andrea Abogada
Hola, Olga. Ayer por la tarde llegó la nota simple y el certificado de últimas voluntades. El lunes tengo una gestión en un juzgado cerca de tu oficina, ¿comemos juntas y te lo cuento todo en persona? Así no tienes que venir a Esplugues.
—¿Es Marina? —pregunta Silvia, estirando el cuello como una jirafa para intentar ver el nombre.
Olga suelta una risita y lo aparta de la mirada curiosa de su amiga.
—No, es Andrea, mi abogada.
—Abogada que tienes gracias a Marina —puntualiza mordaz.
—Sí. —Olga se sonroja—. Tiene la nota simple y me propone comer el lunes cerca de la oficina, tiene que ir por allí para una gestión.
A Silvia se le dibuja una línea entre las cejas.
—Qué maja tu abogada —comenta sarcástica—. En lugar de pedirte que vayas a su despacho, se desplaza hasta tu trabajo y te invita a comer.
La mente de Olga colapsa.
—No digas tonterías. Tiene que desplazarse igualmente para un asunto del despacho.
—¿Y esta mujer come con todos sus clientes? Lo dudo. ¿Es lesbiana?
—¿Qué? No sé, ¿cómo voy a saberlo?
—Sabiéndolo, Olga. No hace falta conocer su orientación, pero sí te habrás dado cuenta de si parece interesada en ti.
—No me metas cosas raras en la cabeza, joder, bastante tengo ya con Marina y con mi primo como para añadir un problema más.
—Entonces sí que has notado algo… —Silvia la señala, disfrutando como una niña del rubor de Olga.
—No he notado nada —dice, pero ahora sabe que analizará cada conversación que ha tenido con esa mujer de cabo a rabo—.
Deja ese tema, por favor, últimamente me siento como si fuera por la vida como una malabarista de esas que lanzan tres pelotas y las hacen rodar sin que se les caiga ninguna, siento que hago equilibrio con todo constantemente, es agotador.
Silvia busca su mano por encima de la mesa.
—Lo sé, lo siento si soy pesada. ¿Cómo estás? —pregunta con ternura.
—Agotada y asustada, y al mismo tiempo llevo unas semanas sintiéndome más viva que nunca, y no sé qué hacer, te juro que estoy muy perdida.
—No tienes que hacer nada. De momento, ve el lunes a esa comida para ver qué novedades tiene sobre lo tuyo, y después me lo cuentas, claro. Y sobre Marina, la verdad es que no sé qué decirte. Limítate a hacer tu trabajo y olvida el beso si ella está bien con eso.
—Sí, será lo mejor.
La siguiente ronda se la beben volviendo a las vacaciones de Silvia en el pueblo de su novio y a cotilleos de la oficina que no tienen nada que ver con Marina.
Cuando ya está en su casa, tirada en el sofá como si hubiera llegado de trabajar catorce horas, Olga no puede evitar pensar en lo que le ha dicho Silvia, en que Marina no parece una mujer incómoda, sino una que quiere mantener su relación intacta.
El pecho se le aprieta sin que sepa muy bien cómo interpretar eso, y se gira hacia el respaldo, abrazando un cojín antes de cerrar los ojos.