Dime lo que piensas Capítulo 14
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Capítulo 14

Cuando Olga baja a desayunar, Marina ya está en una mesa con una taza de café y el pelo suelto y húmedo de la ducha mientras lee algo en su móvil.

La asistente se queda petrificada en la entrada, con el pulso disparado y algo ardiendo alrededor de su vientre.

Nunca ha visto a su jefa así, recién levantada, bostezando porque todavía no ha pasado el tiempo suficiente para que se haya despejado, y a Olga le parece algo tan íntimo que no sabe si tiene derecho a presenciarlo.

—Buenos días —saluda cuando se decide a acercarse a la mesa—. ¿Hace mucho que has bajado?

—Hola, Olga. —Marina deja el móvil sobre la madera con una conversación de WhatsApp abierta, y la asistente no puede evitar echar un vistazo rápido.

No puede leer nada ni lo pretende, pero sí ve el nombre porque Marina lo tiene escrito en mayúsculas: Alex.

Siente un pellizco en el estómago, pero se obliga a respirar despacio.

—Cinco minutos. Necesitaba café —dice, y se levanta para ir a buscar el desayuno.

Olga se coge un café con leche y un par de tostadas con mermelada y mantequilla, y Marina otro café y un bocadillo de jamón ibérico.

Desayunan hablando de la agenda del día, de que les quedan las reuniones de cierre de esta mañana, un repaso general con Duarte y la comida de compromiso con los socios.

—Hoy quiero dejar bien atado el tema de los contratos locales —dice Marina, observando a Olga untar la mantequilla en su segunda tostada—. Ayer me quedé con la sensación de que la parte portuguesa está menos documentada que la de Barcelona.

—Me ocuparé de ello —asegura Olga, que toma nota en su móvil.

—Gracias. ¿Has dormido bien?

El aire de Olga queda retenido en sus pulmones.

Para Marina es una pregunta normal, pero para ella es algo a lo que no está acostumbrada porque ninguno de los jefes que ha tenido antes se ha interesado por eso, y lo mejor es que sabe que Marina no pregunta por quedar bien, realmente parece interesada.

—Sí, me costó conciliar el sueño, pero después creo que me morí.

Los labios de la vicepresidenta se estiran y Olga no puede impedir que el rubor le suba de nuevo por el cuello. Estupendo.

—A mí también me costó, suelo echar mucho de menos la almohada, pero una vez me dormí, no me desperté hasta que sonó la alarma.

La asistente sonríe, preguntándose cuánto tiempo podrá soportar esta situación en la que cada vez se siente más cercana a esta mujer.

—Nos sobra algo de tiempo antes de ir al aeropuerto, a lo mejor podemos dar una vuelta por la zona —propone Olga sin pensar, y su jefa asiente antes de dar un sorbo de su café.

—Me parece bien.

Su móvil se ilumina y Marina desbloquea la pantalla con una mano mientras sostiene la taza con la otra.

Desliza la pantalla y ve que es otro mensaje de Alex.

El hombre estará en Barcelona por negocios mañana y pasado, y Marina, que hace unas semanas no habría dudado, ahora se lo está pensando demasiado sin entender por qué no le dice que sí.

Se lo pasa bien con él y es bueno en la cama, que al final es lo único que le interesa, y, aun así, sigue sin tenerlo claro.

Bloquea la pantalla sin llegar a leerlo y, cuando mira a Olga, la pregunta que le suelta hace que por poco se atragante con el líquido.

—¿Sales con él? —Las cejas de la vicepresidenta se levantan y Olga se da cuenta de inmediato de lo indiscreta que ha sido—.

Dios, perdón —dice roja como un tomate mientras esconde las manos debajo de la mesa—.

No quería mirar, es decir, no te espiaba, pero he visto el nombre y yo…

No sé, me ha dado curiosidad. Lo siento, de verdad. No me contestes.

Marina la sigue mirando. Ahora mismo tiene la cabeza como un bombo.

Que Olga ha sido indiscreta es un hecho y quizá debería pararle los pies, decirle que eso no es asunto de ella y, sin embargo, en lugar de estar enfadada está nerviosa porque ha sentido un pellizco en el estómago al escucharla que no debería haber experimentado.

La vicepresidenta cada vez está más confundida con todo lo que respecta a la mujer que tiene delante.

Primero la besa, luego le ruega que ignore que lo ha hecho y ahora le pregunta si tiene pareja.

Son hechos distintos que no deberían tener nada que ver, pero Marina no tiene claro que no estén relacionados, y ella, que es experta en resolver problemas complicados, está atascada con uno que parece bastante sencillo.

—Marina, en serio, no sé qué me pasa últimamente —sigue Olga, cada vez más incómoda con su silencio—. No dejo de hacer y decir tonterías, yo no quería…

—No salgo con él —responde de pronto, clavando sus ojos azules sobre ella—, pero sí quedamos a veces.

—Amantes. —La palabra le sale con tanta rapidez que se queda boquiabierta.

—En mi opinión, con un amante tienes algo parecido a una relación que solo es sexual. Son encuentros solo para eso, pero periódicos, y no es mi caso, nosotros solo nos vemos cuando coincidimos por algo y… bueno, tampoco importa —añade cuando se da cuenta de que ha explicado demasiado.

Olga tampoco va a hacer un drama. Siempre ha sido consciente de que Marina sale con hombres. La ha visto con dos en las cenas de empresa y sería muy ingenua si pensara que no hay nadie interesado en su jefa —además de ella, por supuesto—.

—¿Y tú? ¿Sales con alguien? —aprovecha, porque cada vez siente más curiosidad por la vida de Olga.

—Yo —Olga suelta una risita histérica—. No, qué va, yo no salgo con nadie.

—Lo dices como si fuera algo complicado.

—No —la asistente se abanica con la mano, sofocada—. No lo es, pero a mí me cuesta esto de ligar, ya sabes…

Marina arquea una ceja.

—Pues no, la verdad es que no lo sé. Me cuesta imaginarme que tengas problemas para eso, a mí me pareces una mujer muy atractiva.

Olga deja de respirar.

—¿En serio?

Marina curva su sonrisa demoledora y apoya los brazos en la mesa con las manos entrelazadas.

—Creo que tienes un problema de autoestima un poco serio si no eres capaz de ver eso.

—No, o sea, yo… Joder, ¿podemos hablar de otra cosa? —suplica abochornada.

—Claro. Coge tu bolso y el abrigo, anda, que vamos a llegar tarde.

Marina se levanta y Olga la sigue con alivio, respirando profundamente cuando salen a la calle.

La primera reunión empieza sobre las diez.

Duarte ha traído a la directora financiera de la oficina y repasan la cartera de clientes portuguesa con especial atención a cada contrato.

Olga está a la izquierda de Marina con el portátil abierto, su agenda al lado y toda su atención centrada en lo que escucha, contrastando datos que se comentan y mostrándole a su jefa todo lo que le pide.

Mientras Marina habla de un cliente en concreto, ella lo va hojeando de forma minuciosa y de pronto ve algo que no le cuadra.

Es una tontería, un detalle de numeración mal puesta, pero también puede ser una omisión de información porque el contrato tiene unos anexos numerados del uno al cuatro, pero el tercero no está.

Lo comprueba con el índice y busca en todas las páginas por si está en otro sitio.

La directora financiera está hablando y no piensa interrumpirla, así que se entretiene mirando los otros dos contratos que ya han repasado y se da cuenta de que en uno de ellos pasa lo mismo.

Cuando la mujer termina al fin, Olga se inclina hacia Marina y su jefa hace el mismo gesto hacia ella, acercándose para que le hable al oído.

Por un momento, la asistente se queda en blanco.

Marina tiene una peca muy discreta justo debajo de la oreja que ella no había visto y con la que ahora va a soñar, y eso sumado a ese perfume que hace que se sienta drogada la dejan en pausa lo suficiente como para que su jefa se gire un poco más y sus labios tentadores estén demasiado cerca.

—¿Me ibas a decir algo? —susurra Marina.

—Sí, perdón —reacciona Olga, señalando su pantalla.

—Los contratos de Ribeiro y de Baltar tienen anexos que no están en lo que nos enviaron —murmura casi sin mover los labios, mirando de reojo al resto de asistentes—. En ambos casos falta el anexo número tres.

Marina se queda quieta, mirando la pantalla mientras Olga mueve el cursor, pero realmente no se está fijando en eso, está mirando la mano de Olga sobre el ratón. Tiene los dedos finos y un anillo plateado en el pulgar. Le gusta, y no entiende por qué no se había fijado en esto antes.

—¿Has comprobado que no estén en otro sitio? —pregunta al fin.

—Sí, he repasado cada hoja de los contratos. No está, pero puedo mirarlo de nuevo por si…

—No hace falta, me fío de ti.

Marina vuelve a su posición, hace ver que anota algo en su libreta y después levanta la mirada hacia Duarte.

—Por cierto, para poder repasar toda la documentación y dar esta parte por aprobada, necesitaríamos todos los anexos completos.

Hay dos contratos a los que les falta uno.

Imagino que es un error al escanear el documento.

—Su voz suena tranquila, pero su mirada está fija en Duarte y el hombre se afloja la corbata, nervioso.

—Desde luego, jamás os ocultaríamos nada. Haré que os los envíen esta misma tarde, faltaría más.

Cuando terminan las reuniones y la comida, Marina y Olga se despiden de los directivos y salen del restaurante. Es más tarde de lo que habían planeado y no les va a dar tiempo de pasear, pero se conforman con volver caminando al hotel a por sus cosas.

—¿Crees que lo han hecho a propósito? —pregunta Olga.

—No lo sé, quiero pensar que no porque no les conviene que nos echemos atrás, pero tampoco pondría la mano en el fuego por ellos. Duarte es tan amable que empieza a caerme mal.

Olga se ríe.

—Muy bien visto, por cierto.

La asistente enrojece, incapaz de acostumbrarse a que su nueva jefa le reconozca el trabajo.

Cruzan la calle y tuercen a la izquierda, accediendo a una subida muy estrecha a la que no le da el sol en todo el día.

Los adoquines están húmedos y cuando Olga se gira para subir a la acera, el zapato le resbala con una piedra lisa y siente que el mundo se le inclina de golpe cuando se va hacia el lado.

En una décima de segundo, su mente anticipa lo que le espera y se ve despatarrada en mitad de la calle, como si pudiera soportar otra humillación ante su jefa, pero entonces siente una mano firme que se cierra sobre su brazo y tira de ella con fuerza para enderezarla, aunque la inercia la lleva hacia delante y acaba pegada al cuerpo de Marina.

—Ey, ¿estás bien? —pregunta Marina, pero su voz pierde fuerza al final, cuando se da cuenta de que apenas son unos centímetros los que la separan de Olga.

—Sí, perfectamente. —A Olga le late el corazón en las orejas—. He resbalado…

—Sí —confirma Marina, mirando sus labios un segundo antes de apartar la vista hacia la acera—. Estos adoquines son una trampa mortal, ten cuidado.

La vicepresidenta da un paso atrás con la intención de que el aire pase entre ellas y le enfríe un poco el cuerpo, que se le ha calentado de un modo muy extraño.

Olga mira al suelo mientras se recoloca el bolso, que se le había resbalado hasta el codo, y al fin encuentra las fuerzas para girarse hacia ella y mirarla.

—Gracias por cogerme —dice, sintiendo que el calor de los dedos de Marina le ha marcado la piel.

La zona le hormiguea y ahora tiene el pulso en todas partes.

—Ve mirando al suelo, anda. —La sonrisa de Marina aparece y Olga maldice en los dos idiomas que conoce porque empieza a pensar que en alguna otra vida hizo algo muy malo para que ahora la castiguen poniendo a esta mujer frente a ella sabiendo que está fuera de su alcance—.

No quisiera llegar a Barcelona y tener que explicar en Recursos Humanos que he perdido a mi asistente en una calle húmeda de Lisboa.

Olga suelta una risita mientras reanudan la marcha.

—Sería la comidilla de la empresa durante meses.

—Tranquila, esto queda entre tú y yo —promete Marina, y Olga suspira porque le gustaría que hubiera muchas más cosas que quedasen entre ellas.

Dos horas después, están subidas en el avión.

Marina ha aguantado despierta los primeros veinte minutos mientras revisa las notas que Olga ha tomado en la reunión, pero en algún momento el sueño la vence y cuando su asistente se gira para decirle algo, se la encuentra dormida y se queda con la frase a medio camino.

Marina tiene la cabeza ligeramente inclinada hacia el pasillo y su respiración es lenta y profunda.

Se le ha escapado un mechón del recogido simple que se ha hecho en la reunión y le cae por la sien atravesándole la cara.

A Olga le parece injusto que incluso dormida resulte atractiva, y aparta la mirada hacia la ventanilla porque con la suerte que tiene últimamente, solo le falta que su jefa abra los ojos y la descubra observándola como una perturbada.

La despierta el descenso y Marina parpadea varias veces. Está un poco desorientada y cuando se gira hacia la derecha y ve la sonrisa tierna de Olga, el corazón le da un vuelco inexplicable.

—Hola —saluda la asistente.

Marina le sonríe en lugar de responder, porque, aunque no es consciente de ello ahora mismo, le ha resultado muy agradable despertarse y ver a Olga a su lado.

—¿He roncado? —pregunta con tono misterioso.

La asistente se ríe y niega con la cabeza.

—Menos mal —suspira Marina—. Mi exmarido decía que cuando estaba muy cansada roncaba como una lancha motora, aunque creo que solo lo decía para molestarme.

Olga se vuelve a reír, y se descubre pensando que le encantaría poder comprobar si ronca.