Capítulo 13 #2
Marina la escucha y participa de vez en cuando, pero sobre todo se dedica a hacer una de las cosas que mejor se le dan, que es observar.
Se da cuenta de que Olga cuando se relaja y está cómoda es muy expresiva con las manos cuando habla, pero que hay momentos en los que las esconde de golpe, como si su mente le recordara que no puede relajarse en su presencia.
También ha visto que su asistente mira hacia todas partes cuando se ríe, a la mesa, al cuadro de la pared o incluso a la camarera, a cualquier sitio menos a ella.
Pero lo peor es que Marina también se fija en otras cosas, como que la luz cálida de este sitio se refleja en la melena oscura de Olga y la hace brillar con intensidad, o en sus mejillas permanentemente rojas por el calor o las dos pecas en la línea de su barbilla que le parecen de lo más atractivas.
—¿Te puedo hacer una pregunta personal? —dice Olga.
—¿Perdón? —dice Marina, intentando volver a la conversación.
—Que si te puedo preguntar algo.
Olga ya se ha puesto roja porque le ha costado decidirse y que Marina la haga repetirse añade un punto de nerviosismo a la situación.
—Sí, claro. Lo que quieras.
Los ojos de la asistente se abren de par en par. ¿Lo que quiera? Está convencida de que Marina se retractaría si supiera la de preguntas que tiene para ella, pero se obliga a respirar despacio —como el tipo del vídeo— y se centra en lo que lleva años provocándole una curiosidad absoluta.
—¿Cómo te hiciste la cicatriz del labio? —pregunta señalando el suyo propio.
La comisura de Marina se mueve ligeramente y Olga tiene la sensación de que el suelo está vibrando bajo sus pies.
—¿Tú cómo dirías que me la hice si tuvieras que adivinar? —Lo que pretende Marina es generar expectación, pero el tono le sale demasiado juguetón y las mejillas de Olga se ponen al rojo vivo durante un par de segundos.
—Eeem —dice pensativa, bajando un poco los párpados con expresión misteriosa—. ¿Te caíste y te diste contra algo?
—Frío, frío.
Olga se ríe. De repente está nerviosa, no por lo mucho que le gusta esta mujer, sino por la situación en sí, porque le parece demasiado íntima y no quiere meter la pata y que se acabe.
—Vale, pues a ver… —Se toma unos segundos para pensar, pero en realidad no lo hace, ella solo observa el brillo intenso de la mirada de su jefa, que acabará con ella fulminada de un infarto si sigue así—. Te despertaste sonámbula y te diste contra el marco de la puerta.
Marina suelta una risa corta y niega con la cabeza.
—Frío, Olga, te vas a helar si sigues así.
—Mierda. Vale. —Ahora empieza a estar ansiosa.
No se le dan bien las adivinanzas y todo lo que se le viene a la cabeza es demasiado descabellado para que sea verdad—.
Joder, no sé. Dímelo, por favor —suplica sonriendo, y a Marina le da un vuelco inexplicable el corazón en ese momento, porque Olga parece haberse olvidado de la vergüenza o la prudencia con la que siempre la mira, y Marina siente su mirada en todo el cuerpo.
—Una pelea —confiesa de golpe, y la mandíbula de Olga se descuelga.
—No es verdad —dice aguantándose la risa—. No me lo creo. Te puedo imaginar de mil formas, pero ¿peleando?
Marina no deja de sonreír.
—Desde luego, no es algo que haría ahora, pero tenía diecisiete años y era bastante imbécil.
La risa de Olga brota de golpe, como el agua fresca de una fuente, y Marina se queda con su propia sonrisa congelada en el rostro mientras observa cómo le botan los hombros o se le mueve el flequillo, detalles a los que antes del beso no prestaba ninguna atención y que ahora analiza sin control y sin motivo aparente.
—¿Qué pasó? —La curiosidad de Olga ha aumentado al doble.
—Estaba en la puerta de un bar con unas amigas y vino otro grupito del pueblo de al lado a molestar.
La verdad es que no recuerdo muy bien cómo pasó.
Sé que una de ellas se puso muy bravucona y yo decidí que era buena idea hacer lo mismo.
No sé lo que le dije, pero la respuesta fue un puñetazo que no vi venir, aunque confieso que de haberlo visto tampoco habría podido esquivarlo.
—Hace una pausa para beber, disfrutando de la mirada atenta de su asistente—.
Me caí redonda, de espaldas. Estaba mareada y veía lucecitas blancas por todas partes —explica riendo, contagiada por las carcajadas de Olga—, pero lo peor fue cuando el dueño del bar me llevó al baño para limpiarme la herida.
Cuando vi que tenía el labio partido me impresionó tanto que me desmayé y lo siguiente que recuerdo es estar en el hospital. Y eso es todo.
—Dios mío, eras una gamberra.
—Yo lo definiría como una adolescente en proceso de desarrollar inteligencia social.
Olga se vuelve a reír.
—Vaya, no me lo habría imaginado nunca, eres tan…
—¿Tan qué? —Los párpados de Marina bajan un poco y Olga se queda mirando sus impresionantes pestañas.
—N-no sé —tartamudea—, elegante, educada, amable. —Se encoge de hombros—. Se me ocurren un montón de adjetivos, pero follonera está claro que no.
—Por suerte entendí a tiempo que las peleas no eran lo mío —bromea, y levanta su copa de agua para brindar.
El hotel que ha reservado Olga no está lejos del restaurante y, cuando llegan a su planta, las dos se quedan frente a la puerta de la habitación de Marina antes de que Olga siga hasta la suya, situada justo enfrente.
—Bueno —empieza la asistente—. ¿Nos vemos mañana abajo para desayunar?
—¿A las ocho y media? —propone la vicepresidenta.
—Perfecto, sí, pues… Buenas noches.
Marina le sonríe.
—Buenas noches, Olga. Descansa.
La asistente le devuelve una sonrisa corta y se gira para pasar la tarjeta por el lector de su puerta, y Marina no se mueve de su sitio hasta que la ve desaparecer.