Dime lo que piensas Capítulo 13
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Capítulo 13

Marina llega al aeropuerto del Prat poco antes de las ocho de la mañana. Jamás había cogido un avión el día de Reyes y le sorprende lo vacío que está en comparación con otras fechas.

—Buenos días. —La voz de Olga le llega desde atrás y Marina no se asusta por lo inesperado, pero sí que experimenta un cosquilleo extraño en la boca del estómago, algo parecido a la sensación de vacío o de vértigo cuando miras hacia abajo desde demasiada altura, una opresión que la hace coger más aire del que necesita.

—Hola —dice al girarse, y su media sonrisa aparece de forma automática cuando ve las mejillas coloradas de Olga por el frío.

—Estoy helada —asegura la asistente como si intuyera el motivo de esa sonrisa que ha guardado en su retina como una de las mejores que le ha visto.

—Estamos demasiado cerca de la entrada. —Marina le hace un gesto para que la siga—. Pasemos ya el control de seguridad si te parece y nos sentamos a tomar algo, necesito café. ¿Qué tal estos días?

Olga hace rodar su maleta mientras mira a un lado y a otro porque necesita unos segundos para hacer unas cuantas respiraciones profundas y lentas que, según varios de los vídeos que estuvo viendo por las redes estos días, ayudan a controlar los nervios.

Y ella necesita un truco urgente para poder estar al lado de esta mujer sin parecer una desquiciada.

—Tranquilos. Fui al cine antes de ayer. Hacía mucho tiempo que no iba sola y creo que no voy a volver.

—¿Por ir sola o porque no te gustó la peli? —Marina coge un par de cajas de plástico cuando llegan al control y le entrega una a Olga para que ponga sus cosas.

—Ambas cosas. Por muy buena que sea la película, si no puedo comentarla con nadie siento que pierde toda la gracia, por eso cuando estoy en casa no suelo ver ninguna, siempre me pongo alguna serie, que esas las puedo comentar con Silvia.

—Yo puedo soportar verla sin comentar, pero ir al cine sola no me gusta, pienso que para eso la veo en mi casa.

—La vicepresidenta se pone en la cola para pasar por el arco de seguridad y mira a Olga desde ahí—.

Además, tiene sus ventajas: si tienes que ir al baño, puedes poner pausa y encender la luz, no salir de ahí medio a oscuras, tropezando con todo el mundo y corriendo porque no quieres perderte nada.

Olga se ríe y se pone detrás de ella.

—Eso es cierto. Una vez fui con mi primera nov-novia. —Se tropieza con la palabra y Marina se gira de golpe, como si le hubieran dado un bofetón y su cara hubiera cambiado de dirección.

No sabe por qué le sorprende el comentario, pero la deja sin aliento unos segundos.

—Señora —le avisa el guardia porque es su turno.

Marina cruza el arco entre turbada y enfadada consigo misma por haber reaccionado como una perturbada.

Olga la besó, así que no debería sorprenderle que sea lesbiana; de hecho, debería haberlo deducido de inmediato, pero es algo que por algún motivo incomprensible no se le había pasado por la cabeza ni por asomo, y empieza a preguntarse cuántos detalles más se le han escapado y si es algo que solo le pasa con Olga o también en otros aspectos de su vida.

Recoge su maleta y espera al final de la cinta a que Olga coja la suya, se ponga el abrigo y vaya junto a ella.

—¿Qué me contabas? —pregunta, mirándola de soslayo.

Olga todavía nota el calor que le ha subido por el cuello cuando ha visto la sorpresa en los ojos de Marina.

No es algo a lo que no esté acostumbrada, es una mujer muy femenina y nadie suele sospechar que adora a las mujeres, pero teniendo en cuenta el episodio terrorífico donde se atrevió a besarla, había dado por sentado que Marina ya había llegado a esa conclusión.

—Que una vez fui al cine hace años.

—Con tu novia —completa Marina, y el rubor sube hasta las mejillas de Olga de golpe.

—Sí, Miriam. Fuimos a ver una peli y no llevábamos ni media hora allí cuando comenzó a tener ganas de ir al baño.

Estábamos sentadas justo en el medio de la sala, que además estaba llena.

Se levantó justo en el momento en que la pantalla pasó a negro en una escena, solo fueron un par de segundos donde todo se quedó a oscuras.

Escuché su grito, después el de una señora y un montón de murmullos en dos segundos.

Cuando la pantalla se iluminó, se había tropezado con el pie de un señor, había caído sobre la señora y le había volcado la bebida y las palomitas sobre la chica que tenía al lado.

Te juro que no sabía si levantarme y ayudarla o salir corriendo por el otro lado porque no podía dejar de reírme.

Marina suelta una carcajada espontánea, la primera que Olga le escucha, y las dos se ríen con ganas de la escena, una al recordarlo y la otra al imaginarlo.

—Eso confirma mi teoría, mejor ver la peli en casa —afirma Marina mientras señala un bar con casi todas las mesas vacías.

—Estuvo sin hablarme un par de días —confiesa Olga, todavía sonriendo.

Cuando embarcan, el vuelo también tiene asientos vacíos, entre ellos el que está en su fila.

Olga se sienta en la ventanilla y Marina en el del pasillo, usando el del medio para dejar los bolsos, pero la vicepresidenta se cambia después cuando su asistente se pone en modo trabajo y enciende su tablet .

—Te he preparado un resumen de los asistentes de hoy con sus cargos y un par de notas de cada uno, por si te sirve para la reunión.

—¿A ver?

Marina estira la mano y Olga le entrega la tablet con cuidado de no rozarla; aun así, la vicepresidenta está sorprendida porque de verdad están logrando dejar atrás la incomodidad espantosa del último día que pasaron juntas en la oficina.

Se pone a leer y ve los comentarios de Olga al lado de cada asistente.

—«Pregunta mucho, pero nunca dice nada importante» —lee la vicepresidenta, levantando una ceja cuando se gira hacia Olga con los labios torcidos hacia arriba por un lado—. ¿Esto de dónde lo has sacado? —pregunta sorprendida.

—De las videollamadas de diciembre. Me pareció interesante tomar notas de cómo intervenía cada uno. —Olga se encoge de hombros—. No sé si es útil, pero a ti te gusta saber con quién hablas.

Marina se queda mirándola un segundo, o quizá alguno más, porque se descubre observando las cejas de Olga, que están perfectamente delineadas.

—Cualquier información es útil siempre. Gracias.

Olga asiente y se pone a mirar por la ventana mientras intenta contener una sonrisa. No lo consigue, los labios se le estiran de regocijo y siente un cosquilleo cálido deslizarse desde su pecho hasta su vientre.

Llegan a la sede de Nauta después de comer. Es un edificio pequeño de dos plantas situado en una calle adoquinada y empinada. Las recibe Duarte Almeida con una sonrisa radiante y una amabilidad que a Marina le resulta empalagosa.

—Bienvenidas a Lisboa. ¿Qué tal el vuelo?

—Todo perfecto, gracias —responde la vicepresidenta.

Se pasan toda la tarde trabajando, repasando la estructura de la oficina portuguesa, los contratos locales y el organigrama real, ese en el que Marina siempre encuentra discrepancias y que trata de resolver con ellos.

La vicepresidenta se siente cómoda con Olga al lado en estas reuniones, porque en cuanto alguien hace una pregunta, nombra un cliente o comenta un dato, ella lo encuentra de inmediato en sus documentos y gira su pantalla para que su jefa pueda verlo.

Trabajan bien juntas, se compenetran de una manera tan sorprendente que hace que Marina se pregunte cómo ha sobrevivido sin ella hasta ahora.

En un momento dado, uno de los directores portugueses menciona un dato que ellas no tienen controlado todavía y ve de reojo cómo su asistente lo localiza en el documento original y, de nuevo, gira su portátil hacia ella, solo que, en esta ocasión, al acercarse sus hombros se rozan y no es solo Olga la que contiene la respiración un segundo, también lo hace Marina.

Cuando salen es de noche y están cansadas, pero también hambrientas, así que se deciden por uno de los dos restaurantes que Duarte les ha recomendado para cenar.

Caminan hacia la zona por calles empedradas que brillan por la humedad bajo las farolas y las luces navideñas, y terminan entrando en un restaurante que encuentran de camino y les llama la atención, uno con manteles de papel cogidos a la mesa con pinzas, techos abovedados de piedra y vigas de madera.

Los primeros diez minutos de la cena los pasan hablando de la reunión en cuestión, pero llega un momento en el que a ninguna le apetece seguir con ese tema y se hace un silencio raro que provoca que Olga diga lo primero que se le pasa por la cabeza.

—Mañana cuando volvamos tengo que llamar a Andrea —comenta mientras la camarera les deja una bandeja con pan—. Estoy deseando saber si le ha llegado algún documento de los que pidió.

—Intenta relajarte con eso, Olga, que la burocracia es odiosa —aconseja Marina.

—Sí, lo sé —sonríe—. Si estoy más tranquila, es solo que, bueno, me preocupa mucho este tema. Aunque Andrea me dijo que durmiera tranquila, que, aunque sea largo el proceso, mi primo no me va a quitar nada.

—¿Y por qué no le haces caso? —pregunta la vicepresidenta, apoyando los antebrazos en la mesa mientras sujeta un cubierto en cada mano.

Olga vuelve a sonreír y se encoge de hombros como si hubiera cometido una travesura.

La conversación deriva al día de Reyes, donde Olga comenta que mientras toda España ha estado comiendo roscón, ellas están en Lisboa por temas de trabajo, y como está nerviosa y no soporta el silencio, empieza a contar recuerdos que tiene de cuando era pequeña y sus padres la llevaban a la cabalgata.