Dime lo que piensas Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

La vicepresidenta va repasando las escenas igual que repasa los contratos de Nauta, buscando cláusulas o párrafos que expliquen lo que no cuadra, y su problema es que todo esto tiene dos lecturas posibles y las dos le encajan: o lleva mucho tiempo sin enterarse de nada porque no ha visto ese montón de señales luminosas que proyecta Olga cada día sin poder evitarlo, o el beso le está haciendo ver cosas donde solo hay una mujer nerviosa y agotada que tuvo un mal día, y no ser capaz de distinguir cuál de las dos es la que la pone de mal humor.

Olga vuelve a las tres menos cuarto y se asoma a su puerta para anunciarlo mientras sostiene una bolsa de la farmacia de forma muy visible, como si necesitara una coartada para demostrarle a su jefa que no mentía cuando dijo que necesitaba ir a una.

Las dos siguientes horas pasan como las primeras de esta mañana, con correos, algún cruce de frases y la misma incomodidad en el ambiente.

A las cinco, Marina apaga el portátil y sale con el abrigo puesto dispuesta a decirle que se marche también, pero su asistente parece haberla escuchado y ya tiene el ordenador apagado y se está poniendo el abrigo.

—Bueno —empieza Marina.

Se quedan las dos de pie, una frente a la otra. Este es el momento en el que deberían felicitarse el año y despedirse, pero algo que ayer hubiera resultado muy fácil, hoy parece un trámite de alto riesgo.

—Feliz año, Olga. Descansa estos días, te lo has ganado.

—Igualmente. Feliz año, que… —Olga se atasca—. Que vaya todo muy bien.

Lo normal sería que ahora se dieran dos besos, Olga lo sabe y está segura de que lo habría hecho de no haber cometido el desliz de ayer, pero ahora es incapaz, no puede acercar sus labios a esa piel de nuevo porque el deseo de repetir es algo que la consume desde hace veinticuatro horas y no puede permitirse equivocarse.

Su brazo se mueve y envía la mano hacia delante para estrecharla.

A Marina el gesto no le sorprende, le parece lo lógico dada la tensión que hay entre ambas, pero cuando estrecha su mano y ve cómo Olga contiene la respiración, se la mantiene sujeta un par de segundos de más mientras sus ojos permanecen fijos en ella y su mente registra ese detalle y lo junta con todos los demás.

Si antes tenía dudas, ahora se están comenzando a disipar un poco, y ser consciente de que posiblemente Olga sienta algo por ella la deja tan descolocada que, en lugar de preguntarle y resolver sus dudas, lo que le sale es una sonrisa que tira de su boca hacia un lado y hace que la mirada de Olga se pose sobre sus labios.

—¿Vamos? —pregunta, haciendo un gesto hacia la puerta.

Olga parpadea y apaga la luz cuando salen al pasillo.

Camina un par de pasos por detrás de Marina con la sensación de que tiene una soga al cuello que se va apretando conforme se acercan al ascensor, ese aparato de apenas tres metros cuadrados donde quedará encerrada con ella sin escapatoria mientras descienden veintidós plantas.

La vicepresidenta entra la primera y se coloca al fondo, y Olga pulsa el botón y se queda delante de ella con la mirada fija en las puertas mientras intenta buscar algo en lo que pensar hasta que terminen de bajar.

La tentación de girarse es insoportable, está envuelta en su perfume y, si se concentra, puede escucharla respirar.

Marina está más tranquila, quizá porque está detrás y no tiene que disimular si quiere mirar.

Parpadea y frunce el ceño, ella nunca ha mirado a una mujer, jamás la ha analizado como está haciendo ahora con Olga.

Está observando su melena recogida en una coleta baja y la diminuta parte de su cuello que queda a la vista.

También ha mirado la forma de sus hombros y, aunque el abrigo le tapa el trasero, Marina puede recordarlo perfectamente redondeado debajo de los vaqueros que lleva hoy.

El pensamiento la perturba, ella no debería pensar en esto y concluye —con mucha satisfacción— que es solo fruto de la situación, que sospechar que Olga puede sentir algo por ella es lo que le provoca esta repentina curiosidad que no sabe de dónde nace.

Aparta la vista y enfoca hacia arriba, hacia los números que señalan la planta por la que van.

Doce, les faltan otras diez y, cuando vuelve a mirar a su asistente, la escucha coger aire de forma repentina, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante el tiempo que llevan aquí.

Ve cómo los hombros se le mueven cuando se pone rígida de golpe, y sin saber por qué se acerca ni recordar siquiera haber pensado en hacerlo, Marina da un paso y se coloca justo detrás de ella.

Lo que pretende es calmarla, decirle que no pasa nada, que son dos mujeres adultas y pueden gestionar esto sin problema, pero entonces le llega el perfume del pelo de Olga, un olor a lavanda mezclado con algo cítrico que la transporta de nuevo al beso.

Eso también lo recuerda con la misma intensidad que la presión de sus labios, el olor agradable que la invadió cuando Olga se acercó tanto a ella.

Se queda muy quieta, con la boca medio abierta mientras intenta concentrarse y, mientras sus ojos miran hacia arriba otra vez, su cuerpo se inclina un poco y su boca se abre.

—Solo fue un beso sin importancia, Olga —susurra—, olvídalo o esto se volverá demasiado incómodo.

Olga siente que un rayo le ha caído encima y ha atravesado todo su cuerpo.

El aliento de Marina le resbala entre la oreja y el cuello y su voz —extremadamente sensual— se cuela por su oído y va directa hacia su pecho.

Ella exhala y después vuelve a llenar los pulmones mientras asiente.

Que Marina diga que es un beso sin importancia le duele, pero fue ella la que insistió en dejarlo así y es lo mejor.

Siente algo de alivio porque el tema haya salido de nuevo, y agradece que su jefa se lo haya puesto fácil, hablándole desde atrás sin necesidad de que ella tenga que girarse para mirarla a la cara.

—Es verdad, perdona por hoy, he sido un poco tonta.

Las puertas del ascensor se abren y las dos salen al mismo tiempo.

—Nos vemos el día cinco, Olga —dice la vicepresidenta.

—El cinco, sí. Está todo confirmado —responde nerviosa—, te lo envié todo al correo.

Marina, que está dos pasos por delante de ella, se gira un poco para mirarla.

—Lo sé, los vi —dice, y su comisura se eleva un momento antes de darse la vuelta y salir, dejando a Olga con el corazón entre las piernas.

La asistente se queda quieta unos segundos, maldiciéndose por haber perdido la oportunidad de decir algo coherente y que la situación empiece a normalizarse.

La Nochevieja de Marina es como se la describió a Olga ayer.

Habla con su madre durante veinte minutos y se prepara la cena con el pijama ya puesto.

Come en la mesa baja frente al sofá mientras ve una película de las que tiene en la lista de pendientes, y cuando termina la cena, se tumba para estar más cómoda y acabar de verla.

Cualquier otro año, a estas horas ya estaría dormida y la despertaría el ruido de las campanadas o de los petardos que la gente tira después de medianoche.

Ese sería el momento en el que se levantaría, se arrastraría hasta la cama y seguiría durmiendo plácidamente, pero esta noche está muy espabilada y las campanadas la pillan sentada mientras elige otra película.

—Feliz año —se dice a sí misma en tono bajo.

Su móvil se ilumina y ve dos mensajes de su madre que la hacen sonreír.

En el primero la felicita y en el segundo le envía otro de sus vídeos donde, sin abrirlo, ya ve un gatito con sombrero de Papá Noel rodeado de confeti.

Marina le devuelve la felicitación, pone un corazoncito en el vídeo del gato y sale de la conversación justo cuando le llega otro mensaje.

Este es de Alex, su amante ocasional, que además de felicitarla le propone verse la segunda semana de enero.

Ella contesta que ya le dirá algo y justo cuando lo envía, otro mensaje con el nombre de Olga se desliza por la parte de arriba y lo abre de inmediato.

Olga Serra

Feliz año, Marina. Gracias por no haberte enfadado, prometo comportarme como una adulta a partir del día cinco. Pasa buena noche.

La vicepresidenta no puede evitar sonreír y empieza a escribir una respuesta, pero la borra varias veces porque de repente no tiene claro lo que es adecuado. Al final se decide por lo último que ha puesto, lo siente de verdad y no le parece nada que pueda confundir a su asistente.

Marina Cardona

Feliz año, Olga. Que este año te devuelva todo lo que te deba el anterior. Descansa.