Dime lo que piensas Capítulo 12
35%

Capítulo 12

Marina sabe que el día va a ser raro desde el momento en el que sale del ascensor, llega a la antesala de su despacho y ve a Olga de pie junto a la impresora, esperando a que esta escupa el papel que necesita.

—Buenos días, Olga —saluda, y la asistente se gira muy despacio, dejando a la vista un rubor casi morado que le ocupa la cara y el cuello.

—Hola, buenos días —responde, forzando una sonrisa que le sale temblorosa por los nervios y la vergüenza de lo sucedido con el beso, justo antes de devolver la mirada a la impresora.

La vicepresidenta pasa de largo hacia su despacho y se quita el abrigo mientras escucha los pasos de su asistente detrás de ella.

—Te dejo la agenda del día —anuncia, deslizando el papel sobre la mesa—, como no hay reuniones ni llamadas que tengas que hacer, te he puesto solo lo que tenemos pendiente de revisar hoy.

—De acuerdo, gracias.

Marina pasa por su lado, rodea la mesa hacia su puesto y retira la silla para sentarse.

No intercambian ni una palabra más, Olga sale disparada hacia la puerta y la escucha teclear en el ordenador de inmediato.

Ayer a esta hora, su asistente ya le habría hecho un par de preguntas sobre Nauta y ella le habría aclarado sus dudas.

Ahora, sin embargo, existe una tensión incómoda y la vicepresidenta se arrepiente de no haber hablado de lo que pasó para aclararlo.

Enciende su portátil, revisa la hoja de la agenda que Olga le ha pasado y se levanta para ir a por un café.

—Voy a la máquina, ¿quieres…?

—Me he tomado uno hace un rato, gracias —responde de inmediato.

A las nueve, Marina despeja el lado izquierdo de su mesa como ha estado haciendo toda la semana para que su asistente se instale con su portátil y su cuaderno, y justo cuando lo está haciendo, Olga aparece en su puerta con las manos entrelazadas sobre el abdomen y los ojos muy abiertos.

—He pensado que hoy igual es mejor que trabaje desde mi mesa —recita a toda velocidad—. Tengo que hacer varias llamadas a proveedores por lo de Lisboa y no quiero molestarte con el ruido.

Marina la mira. Sabe que hoy no hay ninguna llamada por hacer porque los proveedores que le interesan no trabajan, y en caso de ser cierto, durante el resto de la semana Olga ha hecho todas las llamadas que necesitaba junto a ella, bajando el tono de voz sin que a Marina le molestase en absoluto.

—Claro, como prefieras.

Olga asiente intentando disimular su alivio y desaparece hacia su puesto.

La vicepresidenta se queda mirando el hueco vacío que ha quedado en el lado izquierdo de su mesa y después el documento abierto que tiene en la pantalla, un contrato de permanencia que pretendía revisar con ella, pero que acepta revisar sola porque no quiere que la incomodidad aumente.

La situación le parece una de las más ridículas que ha vivido en los últimos años: están a apenas unos metros la una de la otra, separadas por una pared y una puerta que siempre está abierta, y se pasan las siguientes dos horas escribiéndose correos.

«Te adjunto el comparativo de las cláusulas del bloque tres».

«Recibido, gracias».

«Confirmado el traslado del aeropuerto para el día seis».

«Perfecto».

Marina resopla cuando escribe la respuesta al último correo y se pasa dos dedos por la frente, apretando como si eso le aliviara el estrés que le genera la situación.

Continúa revisando el documento que tiene delante y cuando encuentra una discrepancia, abre el correo para enviarle una captura a Olga, pero se detiene y frunce los labios mientras niega con la cabeza, hastiada de esta situación absurda.

Lo lógico es hacerlo así, enviarlo y pedirle lo que quiere que haga, pero decide que no pueden seguir con esa actitud, que Olga tiene que aprender a estar a su lado otra vez para que la situación se normalice o van a tener un problema muy serio.

—Olga, ¿puedes venir un momento? —pide, elevando un poco el tono.

—Voy.

La escucha trastear sobre su mesa y al momento, aparece en su puerta con el cuaderno y un bolígrafo en la mano.

—Acércate, desde ahí no vas a ver nada —dice, arqueando una ceja.

Olga casi tropieza con sus propios pies cuando echa a caminar. Se acerca por el lateral derecho de la mesa y se sitúa al lado de su jefa para ver lo que quiere mostrarle en la pantalla.

—Aquí. —Marina señala unas líneas que tiene seleccionadas y Olga se inclina un poco hacia delante para ver mejor, pero coloca las manos en su espalda como si le diera miedo que estas rozaran algo que no deben.

—Estos doce clientes aparecen en el listado de octubre, pero no en el de diciembre —explica Marina, recorriendo la columna con el cursor—. Quiero saber si es un error del documento o si los han perdido y no nos lo han dicho.

—Puedo cruzar los dos listados y preparar la relación de los que faltan con su facturación —responde Olga, sin que la voz le salga rara.

—Perfecto.

La asistente apunta algo en su cuaderno y Marina mueve el brazo para volver a colocar la pantalla bien, y al hacerlo, su codo roza la cintura de Olga y esta da un paso lateral tan rápido que tropieza con la esquina opuesta de la mesa, se apoya en una de las sillas de visitantes para no caerse y esta se desplaza hacia un lado haciendo un ruido chirriante antes de que Olga la tenga que sujetar para que no se vuelque.

—Perdón —murmura con las mejillas al rojo vivo—, la silla, yo…

—Ya —dice Marina, alucinada.

—¿Necesitas algo más? —pregunta la asistente.

—No, solo era esto.

Olga sale de inmediato y Marina se queda mirando la silla de visitas que ahora está torcida. Le molesta verla así y se levanta para colocarla mientras suspira profundamente y se recuerda la frase que dijo ayer a petición de Olga.

«Esto no ha pasado».

Pues para no haber pasado está generando bastante caos entre ellas y, aunque ayer consiguió no pensar en ello, hoy está pensando demasiado.

Se pone los auriculares para escuchar música y sacar todo el ruido de su cabeza, y se concentra en el trabajo y ya no se detiene hasta que su estómago ruge de hambre por tercera vez.

La vicepresidenta mira la hora en su reloj de pulsera y ve que ya pasa de la una y media.

—Voy a pedir comida —dice asomándose a la puerta—. ¿Quieres japonés otra vez o pedimos otra cosa?

La mirada de Olga se levanta y, aunque la mira, Marina sabe que no la está viendo.

—Creo que me compraré algo por ahí, tengo que bajar a la farmacia antes de que cierren y así aprovecho y estiro las piernas un poco. ¿Quieres que te traiga algo?

Marina se pasa la lengua por los dientes y niega con la cabeza.

—No. Pediré algo. Tengo bastante hambre.

Se da la vuelta y regresa a su despacho y Olga siente que el desasosiego le cierra la garganta.

Es muy consciente de que la está evitando y de que encima no lo está disimulando muy bien, pero no sabe cómo hacer esto.

Ahora mismo se siente incapaz de mirarla a la cara y no pensar en lo que hizo.

Marina le dijo que no pasaba nada, pero ella sabe que estas cosas no se olvidan, que su jefa debe preguntarse qué tipo de demonio la poseyó para hacer lo que hizo.

Siente la tentación de llamar a Silvia para contárselo, porque además de reírse como una histérica al principio, después la apoyará y la consolará, y con suerte le dará algún consejo válido para que, ahora que estaba logrando comportarse como una persona normal en presencia de su jefa, pueda volver a hacerlo después de haber perdido todo el terreno ganado con ese estúpido beso que todavía no entiende cómo pudo atreverse a dar.

Lleva dos años sin ser capaz de decirle lo que siente y cuando por fin se atreve a mover ficha, lo hace de la peor manera posible.

Descarta llamar a su amiga, está en el pueblo con su novio y no quiere molestarla con sus tonterías. Coge el abrigo y sale, dispuesta a caminar lo que haga falta mientras el frío de ese día que ha amanecido con lluvia y que ahora sigue con el cielo encapotado le despeja un poco la cabeza.

Marina pide sushi de nuevo y come sola frente a su portátil mientras recuerda que ayer a esta misma hora, las dos estaban sentadas en la mesa de la esquina, hablando como dos iguales y no como jefa y asistente.

Le parece increíble que un gesto que apenas duró una fracción de segundo haya cambiado tanto el ambiente entre ellas, y se lleva los dedos a los labios porque al recordarlo, casi ha podido sentir la presión suave y perfecta que Olga aplicó contra ella.

Le pareció un beso tierno, delicado y exquisito que atribuyó al hecho de que siempre ha besado a hombres y ellos son más ásperos debido a la barba, pero ahora, mientras mastica el sushi y sigue analizando la situación, no le parece un beso fortuito de alguien que lo ha hecho sin pensar, básicamente porque ella sabe lo que es un pico y los labios de Olga permanecieron sobre los suyos un segundo más de lo normal.

Casi no pudo apreciarlo en ese momento, pero lo recuerda con claridad y siente una explosión de imágenes atravesando su mente que la deja aturdida y con un trozo de sushi resbalando de los palillos.

Con una claridad abrumadora, empieza a repasar varias de las veces que ha coincidido con Olga, tanto antes de ser su asistente como ahora.

Recuerda el grito del primer día, el rubor casi constante que siempre la tiene invadida en su presencia y que Marina no ha detectado al verla con otras personas.

Los tartamudeos y el nerviosismo, lo mucho que le costaba al principio recitar dos frases seguidas cuando hablaba con ella, la vez que la sujetó del brazo en el ascensor hace años y a Olga le salió un pitido ahogado en lugar de la voz, o hace unas semanas, cuando entró a su despacho y apartó la mirada de inmediato cuando la descubrió con la camisa abierta.