Capítulo 11 #2
Se gira hacia su pantalla y necesita varios segundos antes de poder concentrarse para saber la pestaña que debe abrir.
Al fin lo logra y pasa la siguiente media hora comprando los vuelos y reservando dos habitaciones en el hotel más cercano a la sede de Nauta de los que la empresa tiene aprobados en Lisboa.
—Hecho —dice con alivio.
—Genial. —Marina se gira y arrastra uno de los contratos hacia ella—. Este va con los de permanencia, te he señalado un par de cláusulas que quiero que revisemos la semana que viene con más calma; déjalo apartado o en algún sitio en el que te acuerdes.
Olga no escucha nada. Sus propios latidos retumban en su cabeza porque Marina está completamente girada hacia ella, con la mano sobre el contrato casi rozando la suya y esos ojos azules que parecen un mar en calma posados sobre ella bajo esas enormes pestañas.
Su perfume la tiene envuelta por completo y todos sus sentidos están demasiado agudizados, y de repente un pensamiento la atraviesa en el peor momento posible.
Lleva dos semanas batallando por conservar su piso, peleando con uñas y dientes por lo que quiere con una determinación que hasta ahora no sabía que tenía, y entonces se pregunta por qué demonios no lucha también por saber si sus sentimientos son correspondidos.
Si pelea por una cosa, debería pelear por todas, pero algo falla en el plan que está elaborando a toda velocidad, y cuando abre la boca para decirle lo que siente, en lugar de hablar lo que hace es inclinarse hacia delante y estampar sus labios contra los de Marina.
Es un beso corto, pero tampoco es fugaz.
Olga presiona y deja que las mariposas le atraviesen todo el cuerpo antes de separarse y ser consciente de lo que acaba de hacer.
Cuando abre los ojos y ve la mirada sorprendida de su jefa —que está paralizada— a Olga la atraviesa ese miedo intenso que te corta el aliento cuando sueñas que estás cayendo por un precipicio y te despiertas justo antes de llegar al suelo.
—Dios mío. —La voz le sale quebrada por la angustia—. Perdona, yo no… —El calor le sube por el cuello en una oleada que le llega hasta las orejas.
Olga empuja su silla hacia atrás, pero una de las ruedas se atasca con la pata de la mesa y su cuerpo se sacude en un leve balanceo que la mueve como si pudiera ondular. Marina sigue inmóvil, con la mano sobre el contrato y los ojos muy abiertos.
—Lo siento, Marina. Lo siento muchísimo, no sé qué… No sé por qué he hecho eso, te juro que no…
—Olga. —Por primera vez, la voz de la vicepresidenta suena titubeante, como si supiera que tiene que decir algo, pero no supiera el qué.
—Por favor. —La asistente se aprieta las manos temblorosas a la altura del esternón, con las mejillas tan rojas que parece que tiene brasas en la cara—.
No digas nada. Olvida lo que ha pasado —suplica, y las palabras comienzan a salirle a tropel, sin respirar—.
Ha sido un… No ha sido nada, es decir, yo…
Bueno, llevo unas semanas horribles con lo del piso y todo eso.
No he dormido mucho, estoy muy nerviosa y tú has sido tan amable conmigo que se me ha…
se me ha cruzado todo. No volverá a pasar, te lo prometo, te lo juro, pero por favor, olvida lo que acaba de pasar.
Marina abre la boca y la deja así mientras intenta pensar. Ahora mismo tiene mil preguntas en la punta de la lengua, pero decide no lanzar ninguna al ver a Olga tan angustiada.
—Respira —dice de pronto.
Olga exhala con fuerza.
—Estoy respirando —responde nerviosa.
—No lo parece. —Marina retira la mano del contrato, se arregla el cuello de la camisa como si este se hubiera torcido con el beso y entonces mira a su asistente, que parece al borde del colapso—. Oye, Olga, lo que…
—Por favor. —Los ojos de Olga brillan y la voz le sale con ese pitido agudo que solo aparece en presencia de su jefa—. No hablemos nunca más de esto, necesito que lo ignores.
La vicepresidenta la observa. Ella no es de ignorar las cosas que le incomodan, prefiere hablarlas y ahora mismo podría decir muchas cosas, pero delante tiene a una mujer que parece estar a punto de romperse, una que batalla con un familiar caradura que quiere quitarle parte de su herencia mientras ellas están en medio de una de las operaciones más importantes de la empresa.
—De acuerdo, esto no ha pasado —asegura, presenciando el suspiro de alivio más largo que ha visto en su vida.
Olga asiente mientras el aire le llena los pulmones y después mira hacia un lado y a otro como si buscara un agujero en el que esconderse.
—Es tarde, debería marcharme. Andrea me espera y yo…
—Vete tranquila, yo seguiré con esto un rato más y también me marcharé a casa. Mañana será otro día —dice Marina, tratando de calmarla.
—Sí, será otro día —repite Olga mientras se levanta—. Gracias. Hasta mañana.
—Adiós, Olga.
Marina la ve salir de su despacho y la oye caminar a pasos rápidos por el pasillo hasta que llega al ascensor y pulsa el botón.
Ella se echa hacia atrás en el asiento con la cabeza dándole vueltas a lo que acaba de pasar.
Casi podría decir que es la primera vez en su vida que un beso la ha cogido desprevenida.
No lo ha visto venir y está tan impactada que decide poner una lista de reproducción en YouTube para que la música no la deje pensar y pueda concentrarse en el trabajo.