Dime lo que piensas Capítulo 11
30%

Capítulo 11

—Este silencio es raro —comenta Olga en voz alta, levantando la cabeza de su pantalla para mirar a través de la puerta abierta del despacho de Marina.

Es casi mediodía de ese miércoles treinta de diciembre y las únicas luces encendidas que hay en la planta veintidós son las del rellano de los ascensores y las del despacho de la vicepresidenta.

Están las dos trabajando en la mesa de Marina, así llevan desde el lunes, siendo las únicas que trabajan en esa semana de vacaciones de Navidad que hace toda la empresa.

Trabajan sin descanso en la adquisición de Nauta, revisando documentación y muchas cláusulas que la empresa tiene con sus clientes para saber bien qué es lo que van a comprar.

Marina también levanta la mirada y aprovecha para destensar el cuello, moviendo la cabeza a un lado y a otro en suaves círculos que hacen que Olga contenga la respiración.

Todavía no se explica cómo puede sobrevivir a estar sentada a apenas treinta centímetros de ella.

De hecho, cuando Marina se lo pidió hace un par de días alegando que era más práctico que tener que llamarla cada cinco minutos, Olga por poco se cayó de su silla.

La sola idea de la cercanía, de estar envuelta en su perfume de forma constante o de poder ver cómo movía los dedos sobre el portátil con expresión concentrada, hicieron que todo su cuerpo entrara en ebullición, pero para su sorpresa, solo se siente jodidamente nerviosa durante la primera media hora de cada mañana; es entonces cuando le cuesta concentrarse y coger el hilo de lo que tienen que hacer, pero una vez lo logra, se mete de lleno en el trabajo y solo se ruboriza si su jefa sonríe por alguna tontería o cuando de repente le pide que se acerque para mirar algo en su pantalla.

En esos momentos, la mente de Olga falla mucho y sus pensamientos derivan más hacia la boca de su jefa que hacia lo que le está contando.

—A mí me gusta —responde Marina mientras sigue revisando unos números—. Es como trabajar desde casa, pero aquí, sin el caos de fondo que tiene la oficina en un día normal.

—¿Te molesta el ruido? —se interesa Olga.

Marina aparta la mirada de su pantalla un segundo y hace una leve mueca con los labios mientras piensa, frunciéndolos antes de humedecerlos y hacer que Olga exhale.

—No, la verdad es que a los diez minutos de estar aquí me acostumbro y dejo de escucharlo, pero creo que es un ruido que se te mete en la cabeza y te sobrecarga sin que te enteres, por eso cuando llego a mi piso no enciendo la televisión ni nada que haga ruido hasta una hora después.

Necesito ese tiempo para descargarme, aunque a veces escucho a los críos de mi vecina de arriba y es casi peor que estar aquí.

Olga sonríe y sus labios permanecen estirados incluso después de que ambas vuelvan a sus cosas, porque disfruta mucho estos pequeños detalles sobre su vida cotidiana que Marina va compartiendo con ella de vez en cuando.

A Olga le resulta muy fácil imaginársela en su casa, caminando descalza desde que entra porque otra de las cosas que su jefa le ha explicado es que no usa los tacones en casa para no molestar a los vecinos.

La puede ver yendo a su dormitorio mientras se desabrocha la camisa y se prepara para entrar en la ducha.

Olga siempre se detiene ahí, en esos botones abiertos, porque de inmediato se transporta al día que entró en su despacho y la vio con el torso al descubierto.

Aquello fue un regalo inesperado y también una tortura, porque esa visión de la curva de sus pechos por encima del sujetador azul oscuro que llevaba ese día la persigue desde entonces.

—¿Dónde pido la comida hoy? —pregunta Olga al cabo de un rato.

—¿Te gusta la cocina japonesa? El restaurante que hay a dos manzanas hace un sushi para llorar, podemos pedir ahí.

—Me encanta el sushi.

Olga abre la aplicación para pedir comida, aplica los filtros y gira la pantalla hacia su jefa para mostrarle los restaurantes que salen.

—Es el segundo —afirma Marina.

En apenas veinte minutos, reciben el pedido y ambas se trasladan a la mesa de reuniones que Marina tiene en su despacho para poder comer con más espacio.

—¿Has sabido algo más de Andrea? —pregunta la vicepresidenta mientras Olga reparte la comida.

—Ya tiene pedida la nota simple y para enero hará lo de las últimas voluntades. Hoy tengo que pasar por su despacho para firmar unos papeles, pero todo va lento con las fiestas. La verdad es que tengo ganas de que terminen para ver cómo se va encarando todo.

Marina muerde un trozo y cierra los ojos con deleite mientras lo saborea, y la asistente es incapaz de hacer otra cosa que mirarla.

—Al menos ahora sabes que tu primo no tiene razón y puedes pelear —responde tras limpiarse con la servilleta.

—Sí. No creo que pueda agradecerte lo suficiente que me pusieras en contacto con ella, la agonía me estaba matando.

—No me costó nada, mujer. Hacer una llamada y pagarle una cena que le habría pagado igualmente en cualquier ocasión.

—¿Quedas mucho con ella?

Olga no sabe si está siendo muy entrometida, pero con Marina resulta tan fácil hablar que a veces se escucha haciendo este tipo de preguntas.

—No sé, un par de veces al mes o así, quizá alguna más cuando tiene que hacer alguna gestión cerca de aquí, entonces quedamos para comer.

—Es amable y muy cercana, me hace sentir cómoda —asiente Olga.

—Es que no me imagino contratar a una abogada que no te haga sentir segura cuando le cuentas tu problema. Bastante tenemos con nuestras mierdas como para dar con una estirada que te escucha sin mirarte.

—Totalmente.

—¿Qué vas a hacer mañana? —pregunta Marina de pronto—. ¿Cena familiar, con amigas?

Olga niega con la cabeza mientras observa la bandeja de sushi para elegir.

—Ni una cosa ni la otra. Familia no me queda ninguna desde que murió mi madre, bueno, Marc, pero él y yo no tenemos relación, y mucho menos ahora. Y mi mejor amiga es Silvia Mas —explica mientras Marina asiente al escuchar el nombre.

Ya lo intuía porque las ha visto hablar muchas veces, incluso irse juntas algunas tardes.

—Pero Silvia se ha ido al pueblo del novio a pasar estos días, así que lo que me espera será un poco de sofá, uvas y el especial de la tele.

No suena tan triste como parece —aclara cuando Marina frunce el ceño—.

Estoy acostumbrada y no es algo que me agobie.

Me entretengo con el programa, ceno y si no me entra sueño antes, me como las uvas y a la cama.

No me parece un mal plan comenzar el año descansando.

¿Has probado a salir por Barcelona el día uno de enero a primera hora?

—pregunta divertida—. No es que estén las calles desiertas, pero puedes pasear sin tener que ir esquivando personas para poder avanzar.

—Sí, lo he hecho alguna vez. Yo suelo pasar las Navidades en Tenerife con mi madre, pero si no lo hago, como va a ser el caso este año, mi plan es como el tuyo, solo que yo me pongo alguna peli y nunca llego a las uvas despierta.

A Olga el corazón le late muy deprisa. Es la primera vez que hablan tanto y se siente tan cómoda con esta mujer que, si fuera por ella, renunciaría a todas las vacaciones de su vida si la recompensa fuera estar con ella.

Vuelven al trabajo y se sumergen en la dinámica que han ido desarrollando en los últimos días.

Trabajan muy bien juntas —a pesar de los nervios y la torpeza de Olga, que aparece en los momentos menos oportunos— y se compenetran a la perfección.

Marina empieza a leer y señala párrafos mientras Olga clasifica información y toma notas de cada contrato que revisan.

Siempre intenta no mirar mucho los dedos de su jefa sobre la hoja porque sus manos son otra cosa que le encanta y Olga necesita compartimentar para poder acordarse de trabajar y respirar al mismo tiempo, pero esta tarde le está resultando todo cada vez más difícil.

Desde la conversación de la comida, siente que algo se ha intensificado, que la atracción por Marina ya no es solo física y emocional, sino que hay otra cosa, como si ahora tuviera la constatación de que es esa alma gemela que solo unos pocos afortunados aseguran haber encontrado.

—Ah, se me había olvidado. —Marina se gira hacia ella y Olga se yergue, quedándose tan tensa ante su cercanía que le empiezan a doler los músculos de la espalda.

—¿Qué pasa?

—Javier me envió un correo anoche confirmando la visita de Lisboa.

Salimos el día de Reyes por la mañana, creo que es martes.

Pasaríamos un día de reuniones en las oficinas de Nauta y volvemos el miércoles por la tarde.

Sé que es festivo y que es un plan terrible, pero esa gente trabaja el seis y con el calendario tan apretado que tenemos…

—Sí, claro, no hay problema. ¿Reservo vuelos entonces? —pregunta Olga, aunque para ella sí que hay problema; tiene el pulso tan acelerado ahora mismo ante la idea de viajar con su jefa que le sorprende que su voz haya salido limpia y no con el pitido agudo de siempre.

—Vuelos y hotel, sí.

El rubor la invade de golpe y su pecho se infla como si respirase por fases cuando intenta contener el suspiro nervioso y fracasa estrepitosamente.

—Hotel, claro, sí, por supuesto. No vamos a dormir en la calle —murmura aturdida, y lo peor viene cuando Marina se ríe por el comentario y la cicatriz le tira del labio y le curva la comisura solo por un lado.

Olga quiere saltar sobre ella, presionar sus labios contra los suyos y lamer esa jodida cicatriz que tanta curiosidad le causa.

—¿Olga? —La pregunta de Marina hace que quiera abrir la ventana y lanzarse por ella, porque la asistente se ha quedado pasmada mirando su boca, y Marina solo puede estar pensando dos cosas: que es tonta o que es una acosadora.

—Disculpa, sí. Ahora mismo.