Capítulo 10
Olga llega a Esplugues de Llobregat con un nudo en el estómago.
Saber que una abogada iba a recibirla no ayudó a que dejara de estar preocupada, pero sí le permitió dormir mejor por la noche y pasar un fin de semana más o menos tranquilo, distraída con una visita al cine el sábado por la tarde y una sesión intensa de su serie el domingo.
En la oficina todo ha sido extraño desde el lunes hasta hoy.
Olga ha conseguido centrarse y no ha cometido más errores estúpidos desde que Marina habló con ella el viernes por la tarde.
Que su carga de trabajo haya aumentado con la preparación de la adquisición de Nauta ha ayudado porque tener cosas que hacer constantemente no le ha permitido pensar en su problema durante demasiado tiempo, pero sin duda, lo que la ha hecho sentir más segura ha sido saber que cuenta con el apoyo de su jefa, quien le pregunta todas las mañanas si ha dormido bien y se ocupa de darle más trabajo del que sabe que puede abarcar para asegurarse de mantenerla ocupada.
La asistente llama al número del interfono asignado al despacho de Andrea Soler y cuando le abren, sube a pie hasta la segunda planta, encontrando una única puerta abierta en el rellano donde desde fuera puede ver un mostrador vacío.
Olga entra y cuando está a punto de saludar para hacerse notar, una voz que procede de su derecha la sobresalta.
—Olga, ¿verdad?
La asistente se gira de golpe y se encuentra a una mujer de unos cuarenta y tantos vestida con un traje de falda, unos zapatos de tacón medio y media melena corta y oscura que enmarca un rostro bastante atractivo.
—Sí, vengo a ver a Andrea Soler.
—Soy yo misma —dice, cerrando la puerta y ofreciéndole la mano después—. Perdona que te atienda así, pero esta tarde estoy sola, la secretaria ha empezado sus vacaciones de Navidad al mediodía.
La mujer le da un apretón firme que la hace sospechar que sabe lo que hace, lo que le da esperanzas.
—Siento hacerte trabajar, pero estaba desesperada y…
—No te preocupes, Marina me ha contado algo, y lo entiendo, un burofax como ese asusta mucho. Sígueme.
Olga camina tras ella por un pasillo largo con iluminación cálida que tiene varias puertas a ambos lados.
Todas están abiertas con las luces apagadas y las mesas vacías, todas menos la de esta mujer que la atiende porque Marina Cardona se lo pidió como favor personal.
El despacho es enorme, con una mesa rectangular a la izquierda que tiene dos pantallas y otras dos situadas en las esquinas opuestas, una grande con varias sillas y otra más pequeña y redonda que es la que ocupan ellas, lo que hace suponer a Olga que utiliza una u otra dependiendo de la cantidad de gente que venga a la visita.
Andrea ya tiene una libreta y varios bolígrafos en un lapicero, y se pone las gafas de lectura cuando se sienta.
—¿Has traído el burofax?
—Sí, lo tengo aquí mismo.
La asistente lo saca del bolso, lo empuja sobre la mesa y Andrea lo lee bastante más rápido que Marina porque se salta todo el relleno que se sabe de memoria.
—Bueno —empieza, dejando la carta a un lado—. Después me haré una fotocopia de esto, ahora cuéntame toda la historia desde el principio.
Olga se lo cuenta. Le habla del piso de sus abuelos en el que vive, de sus padres fallecidos, del reparto de la herencia hablado entre su madre, su tío y su abuela cuando aún vivían. Le habla también de los papeles que firmó en la gestoría y de la llamada de su primo la otra noche.
Andrea no la ha interrumpido ni una sola vez, solo se ha limitado a ir apuntando cosas sueltas en la libreta.
—¿Voy a perder el piso? —pregunta Olga al final, con la angustia muy presente en su voz.
—Me aseguraré de que no pase —afirma Andrea—, pero vamos a ir por partes. Te voy a explicar primero lo que dice la ley, después lo que va a pasar y al final lo que vamos a hacer nosotras. ¿De acuerdo?
—Sí, vale —responde Olga, expectante e impaciente por recibir datos al fin y saber a qué atenerse.
—Lo que sabemos seguro es que tu tío se quedó la casa del pueblo y el dinero, y tú el piso de Barcelona. Si aquello se hizo, aunque fuera mal documentado, tu primo no está reclamando su herencia: está intentando cobrar dos veces.
Olga llena de aire los pulmones y casi se olvida de vaciarlos.
—Entonces, si su abogado sabe que ya cobraron su parte, ¿por qué me mandan esto? No lo comprendo.
—Bueno, te mencionó que se está divorciando y que tiene problemas económicos.
En momentos así las personas a veces hacemos estupideces por pura desesperación.
—Andrea junta las manos sobre la mesa—. Mira, la única mala noticia aquí es que tu primo no tiene razón, pero tiene el hecho de que el piso sigue escriturado a nombre de tu abuela, y eso es algo que pueden intentar defender y que te puede hacer pasar un par de años batallando en el juzgado.
La asistente se echa hacia atrás, turbada.
—¿Dos años? ¿En serio?
—Si esto va a juicio y él recurre y todo lo demás, sí.
Por eso existen estas cartas —dice señalando el burofax—, no se escriben con la intención de ganar, sino con la de asustar a personas como tú, con un trabajo, un piso que quieres conservar y cero ganas de pisar un juzgado y que te duela la cabeza durante meses.
Con la carta te asustan y después viene la llamada amistosa para llegar a un acuerdo «razonable».
—Dijo que la llamada era entre nosotros, para evitar abogados.
Andrea arquea una ceja.
—Eso es lo que te dijo, pero detrás está el consejo de su abogado, eso te lo aseguro porque es lo que yo haría.
Vamos al segundo punto: lo que va a pasar.
Voy a responder a este burofax la semana que viene comunicando que asumo tu representación y que cualquier reclamación deberá acreditar la composición real del caudal hereditario, incluyendo lo que la rama de tu tío recibió en su día, o lo que es lo mismo, les decimos que tú también sabes jugar y que si quieren guerra, la batalla incluirá la casa del pueblo y el dinero.
Eso les bajará un poco los humos para empezar.
—¿Y después?
—Después está lo que haremos. Para pelear necesito munición y esa tienes que dármela tú.
La semana que viene voy a pedir la nota simple en el Registro para ver exactamente a nombre de quién está el piso y con qué cargas, y el certificado de últimas voluntades de tu abuela si lo hay, que nos dirá si hizo testamento y ante qué notario.
Eso tarda unos días y teniendo en cuenta las fechas, se alargará más, así que mientras tanto necesito que tú busques cualquier cosa que tengas sobre aquel reparto, la escritura de compraventa de la casa del pueblo y…
—Pero la vendió —interrumpe Olga.
—Mejor todavía, porque entonces figurará como único vendedor y además demostrará mala fe por su parte, asegurándose de escriturar su parte de la herencia sabiendo que tú no habías escriturado la tuya. Me sirven incluso anotaciones en una servilleta de papel, Olga, pero tienes que encontrar algo.
Olga piensa en la habitación pequeña de su piso, la que en su día era la sala de costura de su abuela y la que ella utiliza como trastero desde que se mudó.
Ahí llevó todas las cosas de su madre cuando murió con la intención de revisarlas cuando hubiera superado el duelo, pero el tiempo fue pasando y nunca ha encontrado el momento.
—Puede que tenga algo, guardo cosas de mi madre, pero necesitaré tiempo para buscar y tampoco hay garantías de que haya nada.
—Bueno, tú inténtalo. Yo me ocuparé de solicitar la escritura de compraventa a la otra parte.
Andrea anota algo más en su libreta.
—Con esto creo que ya está. ¿Tienes alguna duda más? Cualquier cosa que quieras preguntar, dímela, que no te dé vergüenza. Marina me dijo que estabas muy estresada.
—Es mi piso. No es solo lo material, me gusta vivir ahí, tengo muy buenos recuerdos y…
—Lo entiendo, pero si podemos demostrar que tu tío recibió su parte, tu primo no tiene nada que hacer, te lo prometo.
Olga suelta el aire despacio y, al exhalar en esta ocasión, nota que parte de esa tensión que le ha estado oprimiendo las costillas se libera.
—Gracias, de verdad —dice cuando se levanta—. Siento mucho haberte hecho trabajar de más.
—No te preocupes. —Andrea la acompaña hasta la puerta con el mismo paso firme con el que Marina se mueve por la oficina, y Olga no puede evitar compararlas.
La abogada también es una mujer atractiva y segura de sí misma, pero con ella puede hablar sin tartamudear y sin que el rubor la haga parecer una adolescente con las hormonas disparadas.
Es Marina la que le provoca esa reacción.
Su presencia le nubla la mente la mayoría de las veces sin necesidad siquiera de que le diga nada, le basta con mirarla, y a Olga le gustaría poder comportarse con ella con la misma tranquilidad con la que lo ha hecho frente a esta mujer.
—Feliz Navidad, Olga. Dale recuerdos a Marina de mi parte.
La mujer vuelve a estrecharle la mano.
—Lo haré, feliz Navidad para ti también.
—Estamos en contacto, si hay cualquier duda o contratiempo, me llamas. Si no contesto, te devolveré la llamada cuando pueda.
—Gracias.
Cuando Olga sale del edificio ya es completamente de noche y los adornos navideños iluminan la calle del despacho.
Se mete las manos en los bolsillos y camina hacia la parada del autobús sintiéndose renovada.
Ya no tiene ese terror instalado en las entrañas y, aunque le ha quedado claro que la cosa puede alargarse, Olga está dispuesta a no ceder ante el estafador de su primo, y como si al pensar en él lo hubiera convocado, el móvil comienza a sonarle y su nombre —que grabó la otra noche— aparece en la pantalla.
Olga duda si debe responder, pero la intriga le puede.
—Hola, ¿qué tal? —saluda él como si no pasara nada—. ¿Preparada para mañana? Nochebuena, digo.
La asistente no se puede creer su descaro.
—¿Qué quieres, Marc?
—Nada, mujer, es que me preguntaba si has pensado en lo que te dije el otro día.
Sé que te pillé por sorpresa y entiendo que te pusieras nerviosa, pero en frío, quizá le has dado una vuelta al tema.
Esto no nos conviene a ninguno de los dos, Olga.
Mira, si lo cerramos antes de fin de año me conformo con bastante menos de lo que me toca.
Lo firmamos tú y yo, como familia. Tú te quitas un problema y yo otro, pero tiene que ser ya, Olga, porque…
—No voy a firmar nada, Marc. Te puedes ahorrar las llamadas y el numerito de bonachón. Acabo de contratar a una abogada, así que a partir de ahora ella se encargará de esto, y me da igual hasta dónde haya que llegar. No pienso regalarte mi parte de la herencia así que no vuelvas a llamarme.
—Siempre fuiste la favorita —suelta antes de que ella cuelgue—, hasta mi padre lo decía, que a ojos de los abuelos tú eras la preferida.
Olga sabe que miente, que solo lo dice para hacerse la víctima y ablandarla. No solía coincidir mucho con él en casa de sus abuelos, pero ellos siempre lo nombraban ante ella y cualquier regalo que compraban para uno, lo compraban para el otro.
—Feliz Navidad, Marc.
Olga cuelga y se pregunta si debe llamar a Andrea para hablarle de esta llamada, pero considera que sería molestarla para nada.