Capítulo 9
Tres días después.
—Ustedes verán mucho volumen —Ferran Roca, el mayor de los dos socios de Nauta que están presentes en la reunión, alterna la mirada entre Marina y Jordi antes de abrir una carpeta de la que todos los presentes tienen una copia sobre la mesa—, pero nuestra cartera no es excelente por el volumen, sino por la fidelidad de nuestros clientes.
Muchos de ellos llevan con nosotros desde que se fundó la empresa hace doce años.
Marina lee un par de párrafos.
—Es una fidelidad admirable —comenta, haciendo una anotación en el borde del papel que deja que lea Jordi—, pero ¿cuántos de esos contratos tienen cláusula de permanencia si cambia la propiedad de la empresa?
Los dos hombres se miran entre ellos.
—Eso está en la documentación que les hemos facilitado.
La vicepresidenta —que ha leído el dosier antes de la reunión— niega con la cabeza.
—Está el listado de clientes, pero las cláusulas de cambio de propiedad no las hemos visto.
—Si nos las pueden hacer llegar esta semana, mejor que después de fiestas —añade Jordi con amabilidad.
—Por supuesto —interviene Duarte Almeida, el socio más joven, que ha venido desde Lisboa y arrastra las eses cuando habla—, aunque entenderán que nuestros clientes son sensibles a estos rumores; agradeceríamos la máxima discreción antes de ejecutar la operación.
—Siempre que dispongamos de toda la documentación, no habrá problema.
Los socios asienten y el mayor toma la palabra de nuevo.
Marina mira de reojo a su izquierda, donde está sentada Olga para tomar notas, solo que, aunque Olga se piensa que Marina no se da cuenta, no está siendo nada eficiente.
La vicepresidenta lleva observándola toda la semana porque su asistente está cometiendo varios errores tontos que no son propios de ella, además de estar entre hiperalerta y abotargada, como si hubiera dos versiones de ella que van de un extremo al otro.
En esta reunión parece ser el segundo caso: está completamente distraída, se queda con el bolígrafo suspendido sobre el cuaderno con los ojos fijos en un punto de la mesa y de pronto vuelve, parpadea y escribe deprisa como si alguna zona de su cerebro hubiera retenido la información útil, pero este no hubiera enviado a tiempo la orden a su mano para que se mueva y escriba.
Y eso por no hablar de que no deja de consultar el móvil: lo mira con disimulo cada pocos minutos y lo deja bocabajo sobre su pierna.
—¿Les parece que veamos la estructura de honorarios? —propone Jordi, y así pasan otras dos horas hasta que hacen una pausa al mediodía en la que Javier, el CEO, baja a comer con los dos socios para hacer de anfitrión.
Cuando todos salen —incluida Olga—, Marina se queda un poco más en la sala para repasar las cifras antes de la siguiente reunión de esta tarde, pero le cuesta concentrarse porque ve a su asistente caminar de un lado a otro del pasillo con el teléfono pegado a la oreja y expresión desesperada.
—¿Por qué no vas a comer? —pregunta la vicepresidenta cuando sale.
Olga todavía está en el pasillo, aunque en esta ocasión está parada frente a la salida de emergencia, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en la pared de enfrente. Parpadea al escuchar a Marina y levanta los ojos para ver esa mirada azul de pestañas increíbles sobre ella.
—Sí, ahora voy.
—¿Estás bien? —Marina entorna un poco los ojos.
—Sí, sí —responde, y el rubor le sube por la piel como si hubieran prendido la mecha de un petardo—, solo me he distraído.
—Venga, mujer, que es viernes. Nos queda un último achuchón esta tarde y tendrás todo el fin de semana para relajarte.
Olga no tiene claro si hay algo que leer entre líneas en esa frase, si Marina trata de animarla de verdad o si le está diciendo que haga el favor de concentrarse en el trabajo.
Eso la estresa más, y asiente con una sonrisa y camina rápido hacia su mesa para coger su bolso y salir a comer algo rápido.
La vicepresidenta se saca un sándwich de la máquina del pasillo y una botella de agua.
No le parece la comida más saludable, ni mucho menos agradable al paladar, pero quiere tenerlo todo atado y que no se le escape nada porque de estos dos socios que han venido, uno le parece demasiado verde y el otro con el suficiente recorrido como para intentar jugar al despiste.
Hora y media después, está encerrada en su despacho terminando de enviar un correo cuando Jordi entra sin llamar y le deja un par de caramelos sobre la mesa.
—Los de Nauta ya están esperando en la puerta de la sala doce —anuncia con parsimonia mientras desenvuelve uno de los caramelos y se lo lleva a la boca.
Marina coge el otro y mira la hora.
—Faltan cinco minutos —dice, y se levanta—. ¿Vamos?
—Hay un pequeño inconveniente.
Ella se detiene en seco y se gira para mirarlo.
—¿Y me lo vas a contar o me moriré esperando?
Jordi sonríe y se muerde el labio después.
—La sala doce está ocupada, hay una formación de Recursos Humanos hasta las cinco.
Marina arruga la frente y empieza a pensar con rapidez.
Le pidió a Olga que reservara esa sala el miércoles por la mañana, cuando se confirmó la reunión con los socios de Nauta, pero es evidente que no lo ha hecho.
Ahora podría entrar en cólera y gritarle que ha dejado a diez personas en el pasillo a la espera de una sala que no pueden ocupar, pero ese no es su estilo; no va con ella lo de señalar los errores de la gente delante de los demás, ella los corrige en privado, así que decide que ni siquiera va a preguntarle porque en el estado en el que está Olga esta semana, lo más probable es que colapse, así que lo resuelve ella misma.
—Diles que ha habido un cambio de sala —ordena mientras comprueba el programa en su ordenador—. Acompáñalos a la veinte, ahora está libre. Voy a reservarla hasta las seis.
—Hecho —responde Jordi, y sale del despacho.
Marina mastica el caramelo y lo destroza para tragárselo antes de salir.
—¿Vamos, Olga? —pregunta, y su asistente se levanta de un salto, volviendo hacia atrás cuando se da cuenta de que ha cogido el bolígrafo y se ha dejado el cuaderno.
La reunión se alarga hasta las seis y media y Marina se queda unos minutos en la entrada de la sala manteniendo la típica conversación de cortesía antes de despedir a los socios, pero después va de inmediato hasta su despacho, y antes de llegar se encuentra la mirada sofocada de Olga detrás de su mesa.
—Siento lo de la sala, me pediste que reservara la doce y yo…
Olga no sabe qué decir. Cuando ha ido con Marina a la reunión y han pasado por delante de la doce y la ha visto llena, el estómago se le ha caído al suelo.
—Dios mío. —Olga se ha llevado una mano a la boca.
—Está solucionado, lo he movido a la veinte. Vamos. —La respuesta de Marina no ha sido brusca, pero tampoco amable.
—Busqué otra sala cuando vi que esa estaba cogida, pero no llegué a confirmar la reserva —dice al fin—. Lo siento de verdad, yo no cometo esos fallos, no sé qué me ha pasado.
—Ven un momento, anda —pide Marina, haciéndole un gesto para que la siga a su despacho.
La espera junto a la puerta y la cierra cuando Olga, roja como un tomate —esta vez de vergüenza— entra tras ella.
—Siéntate. —Marina le señala una de las sillas, y para sorpresa de la asistente, ella se sienta en la otra en lugar de rodear la mesa, cruzando las piernas hacia un lado.
Olga se pierde en esa visión unos segundos, pero levanta la mirada enseguida.
—Lo de la sala se ha resuelto y no ha muerto nadie —empieza Marina.
—Entonces…
La jefa se humedece los labios.
—Te he hecho pasar porque lo de hoy no es algo aislado, Olga. Llevas toda la semana despistada, cometiendo errores, respondiendo tarde o algo que no te he preguntado, y eso por no hablar de que no te despegas del teléfono en toda la jornada.
La boca de Olga se abre, pero no sabe qué decir, y Marina se sorprende cuando ve que se le humedecen los ojos.
—Oye, sé que eres eficiente hasta niveles sobrehumanos, por eso te elegí y no me arrepiento de haberlo hecho, pero si te pasa algo, dímelo. Puedo darte unos días si los necesitas, pero lo que no puedo hacer es tenerte aquí si no me puedo fiar de lo que haces. Habla conmigo, Olga.
La asistente sabe que esto no es normal, que ningún jefe le diría lo que le está diciendo esta mujer, pero precisamente eso fue una de las primeras cosas que la enamoraron de ella: su capacidad de empatizar y de no creerse por encima de los demás.
—El martes recibí un burofax de un bufete de abogados.
Vienen de parte de mi primo, que reclama la mitad del piso en el que vivo porque, al parecer, mi madre y su padre nunca formalizaron la herencia ante el notario, por lo que algo que se supone que era mío resulta que todavía está a nombre de mi abuela fallecida.
Quiere que le dé un dinero que no tengo o que se venda y se reparta.
—¿Por eso estás todo el día haciendo llamadas? ¿Hablas con tu abogado?
Olga suelta una risita amarga y se limpia las lágrimas antes de que caigan.
—Ojalá. Todos los despachos que he encontrado que se dedican a esto en exclusiva no me dan cita hasta enero, y yo necesito que alguien que sepa de esto hable conmigo y me diga que no puede hacerlo, que él ya tuvo su parte de la herencia y no puede quitarme la mía.
Sé que para enero apenas faltan dos semanas, pero no puedo pasarme quince días así sin saber si el año que viene seguiré viviendo en mi piso o…
—Lo entiendo, te angustia no saber qué opciones tienes. ¿Puedo verlo? El burofax.
La asistente salta de la silla y corre hasta su bolso, donde lleva la maldita carta cada día con la esperanza de que algún despacho le dé hora milagrosamente cualquier tarde.
Marina se acomoda mejor y lee las dos hojas con una concentración que hace que el corazón de Olga se agrande porque su jefa parece mostrar verdadero interés en su problema.
—Conozco a una abogada —dice al terminar—.
Tiene el despacho en Esplugues de Llobregat, es la que llevó mi divorcio hace cuatro años.
Su especialidad es derecho de familia y sucesiones.
No es que seamos grandes amigas, pero la conozco de cuando íbamos juntas al colegio y nos tomamos algo de vez en cuando.
—Marina, no hace falta que…
Su sonrisa se tuerce un poco cuando le devuelve los papeles, y Olga se queda mirando esa cicatriz que parte su labio y ella sueña con besar.
—Me imagino que su despacho también estará dando citas para enero, pero si se lo pido como favor personal, es posible que te atienda antes, al menos para decirte las posibles opciones que tienes.
Los ojos de Olga se vuelven a inundar.
—No quiero causarte molestias, yo…
—Escucha —Marina se inclina un poco hacia delante y Olga siente que flota en ese perfume que ya es como una droga para su existencia—.
Es una llamada, Olga, y no me cuesta nada hacerla.
Además, te necesito centrada porque lo que nos espera a partir del lunes ya no va a ser tan tranquilo, pero no voy a hacerla si te sientes incómoda.
La mirada de Olga baja a sus propios zapatos, unos mocasines de suela plana, prácticos y cómodos que contrastan con los tacones de ocho centímetros que lleva su jefa y que está segura de que a ella le destrozarían los pies.
—Sí, si no te importa… —pide con timidez.
A Olga no le gusta pedir favores, y mucho menos a alguien del trabajo, pero está desesperada y si Marina puede conseguir que esa abogada le aclare las dudas que tiene antes de que se vuelva loca, lo agradece.
—De acuerdo, dame un minuto.
Marina se levanta y se sienta en su silla, cogiendo el móvil para buscar el número personal de la abogada. Se lleva el móvil a la oreja y hace girar la silla hacia la ventana, cruzando las piernas de nuevo mientras espera que conteste.
—Hola, Marina —responde la abogada.
—¿Qué tal, Andrea?
—Saliendo del despacho para irme el fin de semana a Tarragona. No irás a divorciarte otra vez, ¿verdad? —bromea, y Marina sonríe justo cuando vuelve a hacer girar la silla, lo que hace que el corazón de Olga dé un vuelco.
—Para eso tendría que casarme otra vez, y no está dentro de mis planes ahora mismo —responde divertida—. No te robo tiempo, te llamo porque necesito un favor.
—Dispara.
Marina se lo resume en menos de un minuto.
—Estamos dando citas para finales de enero, Marina; si hago esto me vas a deber como poco una comida en el sitio más caro que se me ocurra.
—Hecho.
—Está bien. Que se pase el miércoles veintitrés a las cinco. Es el último día que abro antes de fiestas y pretendía marcharme a casa pronto.
—Comida y copa, lo pillo.
—Genial. Te dejo, que voy a bajar al metro. Hablamos.
—Pásalo bien.
Marina cuelga y deja el móvil sobre la mesa.
—El miércoles a las cinco, no tiene nada antes.
—Es… gracias. —Olga se abanica con la mano—. Pero a esa hora todavía…
—Obviamente, tienes mi permiso para salir antes.
Olga sonríe.
—No sonrías, con esta adquisición nos va a tocar hacer horas extra. Anda, vete a casa y trata de olvidarte de esto, seguro que tiene solución.
—Gracias, en serio —dice Olga poniéndose de pie para salir.