Capítulo 8
Olga siempre se ha considerado una mujer tranquila y controlada —excepto en presencia de Marina—, pero ahora no puede dejar de mover las piernas mientras espera en la oficina de Correos.
Está incómoda, no solo ha dormido fatal esta noche sino que considera que dentro hace demasiado calor, y si a eso añade que a pesar de haber ido pronto cuando ha sacado el ticket tenía un ejército de personas por delante, la cosa no mejora.
Suspira y trata de calmarse, pero cada vez que la pantalla canta un número a ella se le tensan los hombros como si hubieran dicho su nombre en voz alta.
Cuando por fin es su turno, Olga firma donde le piden, coge el sobre y se despide para salir del edificio de inmediato.
Su plan es llegar al trabajo, sentarse a su mesa y abrir la carta para leer con calma, pero lo primero que ha visto cuando se lo han entregado ha sido el membrete de un bufete de abogados, y sabe de sobra que ninguno te escribe para darte una alegría.
Se detiene en medio de la calle con el aire frío y húmedo de diciembre atravesándole el abrigo, pero ella no se inmuta, desdobla el papel con los dedos blancos de tanto apretar y empieza a leer.
Durante la noche, ha estado repasando mentalmente a posibles remitentes que podrían ser los autores del burofax, pasando desde el banco hasta la comunidad de vecinos para terminar en Hacienda, esa entidad recaudadora que cualquier español honrado que pague sus impuestos —como ella— teme igualmente.
Cuando llega al segundo párrafo lee un nombre que le suena: Marc Serra Vidal, y a partir de ahí las líneas empiezan a ondular ante sus ojos y las palabras y las letras comienzan a mezclarse, haciendo que solo logre leer cosas sueltas mientras el corazón le late como el de un caballo de carreras.
Herencia yacente, comunidad hereditaria, cuota legítima del representado, y hacia el final, la frase que la deja sin aliento: acción de división de bien común con la venta del inmueble en pública subasta como horizonte si no hay acuerdo entre las partes.
El inmueble que se menciona es su piso en Paseo de Gracia, el que heredó de sus abuelos paternos.
Olga se queda quieta en mitad de la calle, con las hojas temblándole en las manos mientras la gente la esquiva como si fuera solo un objeto incómodo.
Se trata de su piso, el mismo en el que su abuela insistía en que aprendiera a hacer canelones y donde su abuelo escuchaba el transistor en la galería, y que al parecer sigue inscrito en el Registro de la Propiedad a nombre de una muerta.
Lo que entiende es que la herencia nunca llegó a escriturarse, que lo que ella firmó cuando tenía veinticinco años y estaba rota por la pena no era lo que creía.
Se guarda la carta en el bolso y camina hasta el trabajo sin recordar cómo ha llegado.
Cuando el ascensor se abre en la planta veintidós, Olga se siente desorientada porque por primera vez en seis años, cuando llega a su zona, la luz del despacho del fondo ya está encendida.
Marina ha llegado antes que ella y eso la hace sentir que su rutina se ha roto, y ese detalle absurdo le produce un vértigo que no comprende.
—Buenos días —saluda asomándose al despacho de su jefa—, siento llegar tarde, tenía que pasar por Correos y la cola…
—Sé cómo son esas colas, Olga. Buenos días —responde Marina—. No te preocupes, solo pásame la agenda cuando puedas.
—Sí, vale. Gracias.
Eso es lo primero que hace la asistente, se deja caer en su silla, enciende el ordenador y se quita el abrigo como puede mientras arranca, dejándolo a su espalda.
Abre el correo y busca el que ella misma se envía todas las noches desde su portátil con la agenda cerrada de Marina, le da a imprimir sin mirar nada —algo que jamás haría en un día normal, porque ella repasa las cosas mil veces— y se levanta para recogerlo de la impresora y llevárselo a su jefa.
La vicepresidenta lo coge con una mano para echar un vistazo mientras da sorbos a su café, sosteniendo la taza con la otra.
—Parece que empezamos fuerte: a las diez baja Javier a hacer el anuncio oficial y a las doce tenemos la primera sesión con el equipo. Necesitaremos la sala grande, ¿te encargas de reservarla?
—Ahora mismo —responde Olga.
La asistente vuelve a su mesa, se sienta, entra en el calendario de la empresa y reserva la sala.
Suspira satisfecha, segura de que solo necesita unos minutos para serenarse y tomar el control, pero cuando verifica que la hora está bien, se da cuenta de que, en lugar de reservar la sala grande, ha pedido la pequeña.
—Mierda —masculla nerviosa, anulando la petición para cambiarla por la correcta.
Está muy molesta consigo misma porque ese es un error de becaria en su primera semana, un error que ella jamás cometería.
Cuando termina y está segura de haberlo hecho bien, se reclina hacia atrás y se ahueca el jersey, abanicándose con la mano como si el rubor de haber visto a Marina no hubiera desaparecido todavía.
A pesar de su turbación —o quizá por eso— el tiempo le pasa volando y entra en la sala grande junto a su jefa y escucha todo el discurso del CEO anunciando oficialmente la compra de Nauta Partners.
Lo oye decir que el cierre está previsto en primavera, que al frente de la operación estará la vicepresidenta Cardona, y el típico discurso de que esto es una muestra más de que Alcyone se mueve en la dirección correcta.
Cuando salen, Olga comienza con el trabajo real sobre la adquisición, bloqueando la agenda de su jefa en fechas concretas y creando las convocatorias de las primeras reuniones, pero mientras lo hace, tiene la sensación de estar bajo el agua, oyendo los chismes del pasillo de fondo mientras ella solo piensa en el maldito burofax.
—¿Puedes localizarme el organigrama de Nauta que nos enviaron en octubre?
Olga levanta la mirada y se encuentra a Marina frente a ella. No la ha escuchado salir, su cuerpo no se ha puesto rígido al oír los tacones de la mujer acercándose a la puerta ni su corazón ha dado un vuelco cuando la ha abierto, porque está tan absorta que no puede concentrarse en el trabajo.
—¿Olga?
La asistente se da cuenta de que se ha quedado pasmada, mirando a su jefa sin verla.
—Sí, perdona, el organigrama. Lo busco y te lo envío enseguida.
—¿Estás bien? Estás un poco pálida.
Olga se pasa la mano por la frente, notándola fría a pesar de lo acalorada que se siente.
—Sí, es que no he dormido muy bien y parece que no he tomado suficiente café hoy.
—Normal que no te despiertes si tomas descafeinado, no sé cómo puedes beberte eso. ¿Quieres que te traiga uno de verdad?
Los ojos de Olga se abren de golpe. Al fin tiene la oportunidad de dejar de beberse esa porquería, y esta vez no la desaprovecha.
—Si vas a ir, sí, por favor. Un cortado con un poco de azúcar.
La comisura de Marina se mueve un poco, lo suficiente para que Olga tenga ganas de jadear.
—Hecho, voy mientras me buscas eso.
—Gracias —murmura, aunque le sale la voz tan floja que Marina no la escucha.
En cuanto su jefa desaparece, entra en el correo interno y le envía un mensaje a Silvia para suplicarle que le dedique un rato en el bar antes de marcharse. No es habitual que vayan dos días seguidos, pero para ella esto es una emergencia.
Cuando llegan al bar, Olga insiste en buscar una mesa y no quedarse en la barra como ayer, y como está tan alterada y no sabe cómo explicarse sin entrar en cólera, lo que hace es sacar la carta del bolso y dejarla delante de su amiga.
—¿Te han despedido por desnudar a Marina con la mirada? —bromea Silvia, pero cuando ve la expresión seria de su amiga, se le borra la sonrisa—. Vale, no ha tenido gracia, déjame leer.
Olga junta las manos encima de la mesa mientras espera, moviendo las piernas igual que esta mañana en la oficina de Correos. Cuando termina, Silvia coge su caña y le da un trago largo y refrescante.
—A ver si lo estoy entendiendo, este tal Marc es tu hermano, tu primo…
—Mi primo. Es el único hijo de mi tío Andreu, el hermano de mi padre —Olga bebe por primera vez, porque al nombrarlo la boca se le ha secado como si estuviera masticando paja—. No tenemos relación, la última vez que lo vi fue en el entierro de su padre, y antes de eso en el de mi madre.
—No lo entiendo —su amiga guarda las hojas en el sobre—. Yo pensaba que el piso era tuyo, heredado, pero tuyo.
—Yo también lo pensaba —Olga suena tan abatida que su compañera estira la mano para cogérsela, y entonces es cuando comienza a contarle toda la historia—.
El piso era de mis abuelos, pero mi padre murió antes que mi abuela.
Yo tenía veintiuno en aquel momento, y cuando mi abuela falleció cuatro años después, el reparto lo hicieron entre mi tío y mi madre a la antigua usanza.
Como solo eran dos hermanos, acordaron que la casa del pueblo y el dinero eran para mi tío y el piso de Barcelona para mi padre.
—Y como él ya no estaba, la herencia pasó a ti —concluye Silvia.
—Sí. Yo me limité a firmar lo que me dijeron en una gestoría y jamás volví a pensar en ello. Poco después murió mi madre, ambos eran mayores cuando me tuvieron, y el año pasado mi tío.
—Joder, cuántas muertes —se asombra Silvia.
—Ya —sonríe Olga con tristeza—. Ahora resulta que todo aquello no se escrituró nunca. Que en el Registro de la Propiedad el piso sigue a nombre de mi abuela, y Marc dice que la mitad es suya.
Silvia se queda pensativa unos segundos.
—¿Y es verdad? ¿Puede reclamarla?
—No lo sé —la voz le sale rota—, supongo que sí porque lo ha hecho. Yo no entiendo de esto, ni siquiera sé qué es lo que firmé ni dónde están los papeles o si mi abuela llegó a hacer testamento. Me he pasado la vida sabiéndome de memoria la agenda de los demás y resulta que la mía es un desastre.
—Eh… —la anima su amiga—. Tranquilízate y trata de no angustiarte antes de tiempo. Lo primero que tienes que hacer es contratar a un abogado. Mañana mismo empezamos a buscar a uno especializado en estos asuntos, seguro que tiene solución.
—Casi es Navidad, Silvia, no creo que ningún abogado me dé cita antes de enero, y me moriré de incertidumbre.
—Alguno habrá, no te preocupes. Las cartas como esta siempre buscan lo mismo, asustar.
—Pues lo han conseguido.
Olga se tumba en el sofá, con el pijama puesto y la sensación de que el día ha sido un desastre, y para rematarlo le empieza a sonar el teléfono.
Cuando ve el nombre en la pantalla, se incorpora de golpe.
Su primo Marc la está llamando y por un momento duda sobre si debe contestar, pero su dedo se mueve antes que su cerebro.
—¿Sí?
—Olga, soy Marc. ¿Te pillo bien?
Las cejas de la asistente se levantan con incredulidad. Su primo suena dócil y amable, como si no fuera el responsable de esa carta que le ha cerrado el estómago.
—Dime —responde cortante.
—Supongo que has recibido la carta. —Olga se queda en silencio—. Quería llamarte yo antes, pero ya sabes cómo son los abogados.
No, Olga no lo sabe, pero sigue manteniéndose a la espera.
—Mira, lamento tener que recurrir a esto, pero estoy pasando por un momento muy complicado —sigue Marc—.
Me estoy divorciando y el negocio no está yendo muy bien últimamente, en fin, no te voy a aburrir con esas cosas.
El caso es que ordenando las cosas de mi padre aparecieron los papeles de los abuelos y, bueno, resulta que aquello nunca se llegó a arreglar bien. Cosas de la época, supongo.
Olga se muerde el puño. ¿Qué época? Tan solo hace unos pocos años de esto.
—Nadie tuvo mala fe, Olga, pero está sin arreglar, y lo que dice la ley ya sabes que es ley.
—La ley también dirá algo de lo que se repartió entonces —responde ella por fin—. Porque la casa del pueblo y los ahorros de la abuela se los quedó tu padre.
—Bueno, el dinero se esfuma rápido, ya lo sabes, y la casa la vendió antes de morir.
Mira, sé que es una putada, pero esto lo podemos arreglar tú y yo sin abogados de por medio.
Somos familia, nos sentamos, lo miramos con calma, llegamos a un acuerdo con una cifra razonable y aquí no ha pasado nada.
—Una cifra razonable —repite Olga con un tono viperino—. Ha sido un detalle que me llames, Marc, pero a partir de ahora, cualquier cosa se la dices a tus abogados para que hablen con el mío. Buenas noches.
Cuelga antes de que él pueda responder, sintiendo que se le sale el corazón por la boca y sin poder creerse la cara dura de su primo.
Se mira las manos y descubre que le tiemblan, y asume que esta noche tampoco va a dormir porque, de repente, ha perdido la seguridad que le proporcionaban estas paredes, que siempre ha pensado que eran su refugio y que ahora podrían convertirse en su ruina.
No quiere vender este piso, le gusta vivir aquí y es lo único que le queda de su familia. Hay demasiados recuerdos encerrados entre estas paredes, pero tampoco tiene ahorros para llegar a un acuerdo con su primo.
Se tapa con la manta y enciende la tele con la esperanza absurda de encontrar algo que logre distraerla.