Capítulo 7
Olga deja la agenda del día sobre la mesa de Marina y se gira para salir, pero duda y vuelve a mirar la hoja impresa, colocando la mano encima para moverla unos milímetros a la derecha y dejarla perfectamente alineada con la alfombra del teclado.
Asiente satisfecha y camina hacia la puerta para ir hasta su mesa, deteniéndose unos segundos antes de salir para cerrar los ojos y disfrutar de ese aroma sutil que el perfume de Marina ha dejado en el despacho a lo largo de los días y que a ella le resulta un elixir que no se cansa de respirar desde que llega.
Sintiéndose una trastornada, apaga la luz y sale, corriendo hasta su mesa para coger su tarjeta e ir hasta la máquina de café.
Desde que mintió como una estúpida y aseguró que le gustaba el café descafeinado, Marina ya la ha invitado un par de veces a esa mezcla que le sabe a agua sucia y le deja un sabor de boca tan asqueroso que tiene que ir hasta recepción para robar un caramelo del cuenco que siempre hay disponible en la mesa de la secretaria de la planta.
Se saca un cortado y vuelve hasta su mesa para bebérselo con calma.
Hoy es lunes y hace una semana que es la asistente de Marina.
A Olga le están costando algunas cosas desde que cambió de jefa: no solo sobrevivir a la presencia de esa mujer, sino a la autosuficiencia de la vicepresidenta.
Al parecer, Marina nunca ha estado acostumbrada a tener asistente y le está costando tanto delegar que el jueves por la tarde Olga tuvo que entrar a su despacho para decirle que no tenía nada que hacer.
Marina levantó esa mirada capaz de derretir un bloque de hielo de su ordenador y la miró mientras pensaba.
—Tienes razón, perdona —abrió su propia agenda, pasando las hojas mientras observaba con el ceño fruncido hasta que su dedo se posó sobre una línea—.
Tengo pendiente hacer un resumen del estado actual de todas las tareas que dejó Ricard empezadas.
¿Te ocupas y asignamos fechas previsibles de cierre cuando lo tengas?
A Olga se le amplió la sonrisa como si acabara de decirle que le regalaba un viaje a las Bahamas, porque Ricard era muy de delegar pequeñas cosas, pero Marina le confió algo más complicado que demostraba que se fiaba de ella.
Aun así, todavía le cuesta acostumbrarse a que lo único que esta mujer necesite de ella cada día sea que deje una hoja de papel sobre su mesa.
También se ha visto obligada a levantarse antes para llegar más temprano al trabajo, porque Marina también tiene la costumbre de venir antes que los demás y ella quiere anticiparse, tenerle la agenda sobre la mesa y estar en su puesto por si la necesita para algo.
Está bebiendo el último trago de su café cuando escucha el sonido del ascensor al llegar a su planta y la puerta al abrirse.
De inmediato, se escuchan unos pasos rápidos y seguros, los pasos de Marina golpeando el suelo con sus tacones, y Olga, que en estos días ha sido capaz de memorizarlos y reconocerlos, no puede evitar que su corazón dé un vuelco.
—Buenos días, Olga —saluda la vicepresidenta mientras se va desabotonando el abrigo.
—Buenos días.
Olga no puede evitar el rubor de sus mejillas, pero al menos ya no se asusta, la voz le sale limpia y no tiene nada en las manos que se le pueda caer. Ve pasar a su jefa hacia el despacho, dejando esa estela de perfume a su paso, y al momento, la ve salir otra vez.
—¿Quieres café? —pregunta sin dejar de caminar.
Hipnotizada por su elegancia, Olga niega con la cabeza.
—Gracias, iré más tarde, ahora no me apetece.
Marina asiente y desaparece por el pasillo, y ella se siente una miserable por mentir de forma tan estúpida.
—¿Por qué no le dices que no te gusta? ¿Que te equivocaste? —le preguntó Silvia el viernes por la tarde cuando se tomaron unas cañas en el bar—. Tampoco es tan complicado.
Olga abrió la boca, pero su amiga no le dio tiempo a responder.
—Bueno, para ti es evidente que sí —se respondió ella misma—. Estás pillada por ella desde hace dos años y ni siquiera se lo has insinuado. Estoy empezando a pensar que son sus ojos, te mira y te aniquila las neuronas, ¿crees que es eso? —bromeó, y Olga le lanzó una patata frita.
La mañana va como las demás: Olga se ocupa de los correos, las llamadas y de ajustar la agenda de su jefa según van surgiendo imprevistos, moviendo reuniones o sacándola de algunas cuando la convocan en varias a la misma hora.
Esto se le da muy bien, gestionar y resolver con eficacia para que Marina solo tenga que preocuparse de hacer su trabajo, pero lo que pone nerviosa a Olga son los imprevistos que no puede controlar, como el momento en el que Javier Montoya, el CEO de la empresa, aparece en el despacho sin avisar.
—Hola, ¿Marina está libre?
Olga lo observa un segundo antes de responder.
Este hombre no le cae ni bien ni mal, pero es el típico ejecutivo que solo se aprende los nombres de las personas con las que trata cada día y ostentan un cargo alto como el de Marina.
En los años que lleva aquí, jamás se ha dirigido a Olga por su nombre.
—Sí, señor Montoya, pero por poco tiempo —deja caer sin ningún tipo de temor—, tiene una reunión en diez minutos.
—Serán dos minutos —asegura el hombre, impresionado por el atrevimiento de la mujer.
La asistente se levanta, llama a la puerta de Marina y abre para anunciar la visita, pero lo que se encuentra la deja sin aliento, con ese maldito rubor llegándole hasta las orejas y la entrepierna tan repentinamente húmeda que ahoga un jadeo antes de girarse hacia el CEO para pedirle un minuto.
—Claro —dice el hombre, desconcertado cuando Olga le cierra la puerta en las narices y se queda en el interior del despacho, bloqueándola como una auténtica guardiana.
Marina está de pie junto a su mesa, abotonándose una camisa oscura que desde luego no es la de color blanco que traía esta mañana.
—El señor Montoya está aquí —murmura Olga sin saber dónde demonios posar su mirada.
La vicepresidenta todavía tiene unos cuantos botones por abrochar en la parte de arriba y se ha desabrochado el pantalón para meter la camisa por dentro.
—Me he tirado la mitad del café encima —explica con esa jodida sonrisa torcida curvando sus labios—. ¿Está en la agenda? Pensaba que no tenía nada hasta la reunión —pregunta mientras termina de vestirse.
—Se ha presentado sin avisar, pero puedo echarlo si quieres.
Marina se detiene y arquea una ceja, divertida.
—¿Quieres echar al CEO de mi despacho? —la sonrisa se le amplía y la asistente empieza a sentirse mareada—. No sabía que eras tan atrevida —comenta, divertida.
A Olga le hace gracia el comentario, pero está tan nerviosa que cuando suelta el aire de la risa le sale una pedorreta que hace que Marina se ría más.
—Dile que pase —pide cuando se abrocha el último botón, cogiendo la camisa sucia para dejarla en el colgador y llevársela después.
—Te la llevo a la tintorería si quieres. Puedo escaparme cuando salgamos de la reunión.
Marina duda, mirándola mientras sigue sosteniendo la camisa.
—¿Eso forma parte de tu trabajo?
—No exactamente, pero Ricard era bastante torpe, o sea, no quiero decir que tú lo seas —Olga se abanica con la mano mientras Marina la observa con atención—. En fin, joder, ¿no hace mucho calor aquí?
—Yo estoy bien, pero puedo llamar a mantenimiento para ver si pueden bajar un poco la calefacción en esta zona.
—No, está bien. Dame —Olga le arrebata la camisa de las manos—. Lo que quería decir es que Ricard tenía un don para manchar corbatas y chaquetas, y yo se las solía llevar a una lavandería que hay muy cerca, la regenta una mujer asiática que hace maravillas con las manchas.
—De acuerdo —cede la ejecutiva—. Gracias.
Olga sale por fin y casi exhala su alivio por alejarse de la tentación que supone Marina Cardona sobre Javier, que espera frente a la puerta con gesto interrogante.
—Ya puede pasar. Lamento haberle hecho esperar.
El hombre le dedica una sonrisa forzada y atraviesa al fin la puerta.
—Tienes una asistente muy eficaz —dice cuando está frente a Marina.
Ambos toman asiento a la vez.
—He tenido suerte, sí —confirma ella, aunque no está muy segura de lo que pretendía decir su jefe—. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Te preguntaría qué tal te va en el nuevo puesto, pero ella ya me ha dicho que entras en una reunión ahora mismo, así que seré breve.
Marina lo mira sorprendida. Le cuesta imaginarse a Olga, que casi tartamudea en su presencia, explicándole al hombre que podría despedirla en cinco minutos que su jefa no tiene tiempo para él.
—Nauta Partners, la empresa que estábamos estudiando —empieza Javier, y ella se muerde la lengua para no decirle que es la misma donde introdujeron una discrepancia a propósito para ver si su equipo la detectaba.
—¿Qué pasa con ella?
—Ya no es un tanteo, la compramos —responde Javier—. Y quiero que tú te encargues de la adquisición. Ya nos reuniremos con más tiempo —el CEO se levanta—, pero tiene que estar cerrada para primavera, eso implica…
—Trabajar incluso en Navidad —completa ella.
—Sí, pero dispondrás de todo lo que necesites y obviamente se te recompensará. Pide lo que sea y el departamento de logística lo aprobará.
—Por ahora, me basta con Olga. Si necesito algo más, ya lo diré.
—¿Olga?
—Mi asistente eficaz —ella arquea una ceja y Javier se ajusta el nudo de la corbata al mismo tiempo que se levanta.
—Claro, sí. No te robo más tiempo, gracias por tu comprensión.
Javier sale de su despacho y Marina mira su reloj.
Ya llega tarde a la reunión, pero tampoco será la primera ni la última vez.
Coge su portátil y sale del despacho, pero en lugar de decirle a Olga que ya pueden ir, rodea la mesa de su asistente y se sienta en el borde con una pose entre relajada y sexy que hace que la mandíbula de Olga se descuelgue.
—¿Sabes algo de Nauta Partners? —pregunta, y su asistente mueve la cabeza en círculos como si destensara el cuello, aunque lo que intenta es activar su mente.
—Sí, la estábamos tanteando, ¿no?
—Exacto, pero ya se ha hecho oficial. La compramos, ¿y a que no sabes a quién le ha caído el muerto? —las cejas de Marina se levantan.
—¿A ti?
—Y a ti. Te necesito conmigo en esto, eso implica trabajar hasta tarde y probablemente no tener vacaciones de Navidad. ¿Es un problema? Puedo pedir ayuda si hace falta.
—No, está bien. Tengo disponibilidad.
Marina se muerde el labio y pone cara de víctima.
—Yo voy a tener que llamar a mi madre y explicarle que me quedo a pasar las navidades en Barcelona porque tengo que trabajar, en lugar de irme con ella a Tenerife. Le va a encantar —su tono irónico hace reír a Olga—. Venga, vamos, que ya pasan diez minutos.
Olga coge su agenda y la sigue por el pasillo a paso rápido, regocijándose en ese calor que ha sentido en el pecho cuando Marina ha compartido un detalle de su vida con ella.
Es la primera vez que sucede, y ha sido tan agradable escucharla hablar de su madre y Tenerife, que espera que no sea la última.
—¿Es verdad que Marina llevará la adquisición de Nauta? —pregunta Silvia, de pie junto a la barra del bar donde suelen quedar.
—Sí —confirma Olga—, me quedo sin vacaciones.
—Pero estarás con ella y seguramente haréis algún que otro viaje a Lisboa.
Olga deja de respirar porque en esa parte no había pensado. La empresa en cuestión tiene sede tanto en Madrid como en Lisboa, así que lo más probable es que tengan que hacer algún viaje a una de las dos ciudades mientras se cierra la adquisición.
—Quita esa cara de espanto y no finjas que no estás deseando pasar tiempo con ella.
—Dios mío, si apenas sobrevivo siendo su asistente en el despacho. Esta mañana la he encontrado cambiándose la camisa y casi me desmayo —lloriquea sofocada.
Silvia suelta una carcajada. Ha intentado animar a su amiga a dar el paso muchas veces, pero viendo que es imposible, lo que sí puede hacer es reírse de todo lo que le pasa para aligerar el ambiente.
—¿Y qué tal? ¿Lo que hay debajo de su ropa te ha gustado? —la provoca, y Olga se pone tan roja que Silvia suelta otra carcajada—. Joder, Olga, como no espabiles vas a pasarlo muy mal.
—¿Y qué quieres que haga? No puedo controlarlo cuando estoy delante de ella, es como si me poseyera una versión de mí odiosamente cobarde y tan torpe que me hace parecer tonta. A estas alturas no quiero ni imaginarme lo que piensa de mí.
—Ha pedido que estés con ella en el proyecto al cien por ciento, así que muy tonta no debes de parecerle. Deberías quererte un poco más, en serio.
Silvia pide dos cañas más y Olga se hace con un taburete que queda libre, como si no hubiera estado sentada en todo el día.
De camino a su piso se maravilla con las decoraciones navideñas.
A esas horas ya es de noche y el paseo de Gracia brilla bajo las luces de colores.
Olga llega feliz a su portal, se lo ha pasado bien con Silvia, se ha reído mucho y al final han pedido unas tapas que ya le han servido de cena, así que su plan es ducharse y tumbarse un rato en el sofá para seguir viendo su serie, pero cuando abre el buzón para recoger el correo habitual, hay un papel que le hace darle prioridad.
Es un aviso de Correos, en concreto de un burofax que han intentado entregarle esta mañana y que la espera en la oficina a partir de mañana.
Olga se queda unos segundos en el rellano mientras mira el aviso e intenta buscar en su cabeza una sola vez en la que alguien haya recibido un burofax para una buena noticia. Sufre un escalofrío que le recorre el cuerpo entero y entra en el ascensor sabiendo que no dormirá en toda la noche.