Capítulo 6
Diez días después.
Marina está tumbada bocarriba, como siempre, tomándose esos minutos que necesita para que su cuerpo reaccione después de que suene el despertador, bostezando mientras intenta que los párpados no se le cierren de nuevo.
Hoy es su primer día en el nuevo puesto y espera que comience más relajado que en los últimos, en los que las pocas horas que tenía entre reuniones las pasaba en su despacho haciendo el traspaso con su sustituta o en el de Ricard poniéndose al día con todo lo que iba a encontrarse en marcha al asumir el cargo.
Se sorprende de haber dormido tan bien porque anoche cuando se acostó estaba bastante nerviosa, a pesar de que dispone de toda la información que necesita y no le da miedo asumir el nuevo reto.
Una vez duchada y arreglada, va hasta la cocina —de nuevo con los tacones en la mano— y comprueba su móvil mientras se hace un café.
Como siempre, el mensaje de su madre está ahí, un vídeo con un oso de peluche que da los buenos días al que ella responde con un corazón sin siquiera verlo.
También tiene un par de notificaciones en Tinder para indicarle que ha hecho match con alguien.
Marina echa un vistazo rápido y los descarta de inmediato.
Llega a la oficina un poco antes de su hora habitual porque quiere tener tiempo de organizarse, de tener una reunión con Olga para que se ponga al día con su forma de trabajar y, sobre todo, de poder acomodarse en un despacho que para ella es como mudarse a una casa nueva, donde tienes que adaptarte a todo.
Cuando llega a la mesa de su asistente, ve que su bolso está sobre la silla y que la puerta de su despacho está abierta y la luz encendida.
Intrigada, Marina se acerca intentando no hacer ruido y se coloca junto al marco de la puerta, con la mitad del cuerpo cubierta por la pared mientras observa el interior.
Olga todavía tiene el abrigo puesto y está inclinada sobre su mesa, cuadrando las carpetas pendientes que Ricard dejó antes de irse, tan concentrada en lo que hace que no ha reparado en la presencia de Marina.
Cuando la mesa está como quiere, la ve encender la pantalla a la que ella conectará su portátil y después girarse hacia la ventana para abrirla un poco, quedándose delante mientras la observa hasta que de repente la cierra y murmura algo que Marina no logra escuchar bien.
—Buenos días, Olga —saluda antes de que se vuelva.
Su intención era que su asistente no se asustara al darse la vuelta y verla ahí, pero consigue lo contrario porque Olga se gira sobresaltada y da un paso atrás con una mano en el pecho y la boca medio abierta tras soltar un grito feroz que a su vez asusta a Marina.
—Dios mío, casi me da un infarto.
Su expresión pálida hace que Marina se acerque, todavía con el pulso acelerado.
—Lo siento, no quería asustarte. No me has escuchado llegar y pensaba que sería peor si te girabas y me encontrabas ahí, pero parece que he logrado lo contrario.
Olga se queda quieta unos segundos mientras se mentaliza de que su nueva jefa está ahí. No está acostumbrada a verla tan temprano, ni con el abrigo puesto y esa expresión entre despierta y desorientada de quien tiene el cuerpo espabilado pero el cerebro todavía no está en marcha del todo.
Su corazón está desbocado, pero Olga sabe que no es solo por el susto, sino porque esta mujer siempre logra ese efecto en su cuerpo, acelerones, sofocones y un rubor incontrolable que ya nota en las mejillas.
—Tranquila, es que no esperaba que llegaras tan temprano, Ricard solía venir más tarde y me daba tiempo de prepararlo todo.
—¿Qué preparabas? —pregunta Marina por curiosidad.
—Le gustaba encontrar el ordenador encendido, aunque a ti no te hará falta porque tienes portátil —Olga señala el maletín de Marina—. También le abría la ventana; era muy caluroso y quería que el despacho estuviera fresco al llegar, pero a ti no sé lo que te gusta, ni lo que necesitas.
Olga jadea cuando termina, porque apenas ha respirado mientras hablaba.
—Por mí no te preocupes —Marina deja el maletín sobre una silla y empieza a quitarse el abrigo—. No necesito que hagas nada, me basta con que a primera hora me entregues la agenda del día impresa.
—Impresa, vale —toma nota la asistente—. ¿Qué más?
Marina sonríe y su maldita cicatriz hace que le salga torcida, provocando una oleada de calor en el pecho de Olga. Siempre ha querido saber cómo se la hizo, pero le parece algo demasiado íntimo como para preguntarlo.
—Nada más, con eso es suficiente.
—Vale —dice Olga, aunque parece desconcertada, como si perder parte de su rutina matutina la hubiera descolocado.
—En fin, voy a sacarme un café, ¿te traigo uno? —se ofrece Marina, y los ojos de su asistente se desorbitan.
—¿Tú? La asistente soy yo; dime cómo lo quieres y te lo traigo ahora mismo.
Los párpados de Marina se entornan un segundo y Olga se queda hipnotizada con esas enormes pestañas.
—Eres mi asistente, no mi camarera personal. Puedes decirme lo que quieres o acompañarme, pero voy a ir personalmente a buscarlo.
Olga, que lo normal sería que se quedara bloqueada, logra reaccionar a tiempo para no parecer estúpida y asiente.
—Está bien, voy contigo —murmura y, mientras camina al lado de su jefa, se felicita mentalmente por haber aprovechado la oportunidad de pasar unos segundos más con ella.
Marina pasa su tarjeta por el lector y Olga no puede evitar mirar su manicura perfecta, con las uñas pintadas de color borgoña y el reloj plateado que adorna su muñeca derecha.
No lleva anillos en ningún dedo, ni en una mano ni en otra, y la asistente se pregunta cuánto tardará en conocer a alguien que quiera regalarle uno de compromiso, porque ¿quién no querría casarse con esta mujer?
—Adelante —dice Marina.
—¿Qué?
—Pulsa el botón de lo que quieres —responde, señalando la máquina.
—Oh, sí, perdón.
De repente, Olga nota cómo el rubor regresa, haciendo que su cara arda como si tuviera brasas debajo de la piel. Se pone nerviosa y en lugar de apretar el café normal, le da al botón de descafeinado, que le parece lo más asqueroso que ha probado nunca.
—Mierda —masculla para sí.
—¿Qué pasa? ¿Te has equivocado?
—No, no, está bien. Me gusta el descafeinado —miente sin piedad—, ya sabes, así no me pongo tan nerviosa.
Sus manos se mueven como si sacudiera algo porque no puede controlarlas, y Marina la mira un poco confundida mientras Olga siente una oleada de vergüenza por ser incapaz de mantener la serenidad delante de su jefa.
—¿Estás bien? —la pregunta solo hace que Olga tenga ganas de salir corriendo.
¿Cómo le responde que se altera tanto en su presencia que su comportamiento se vuelve errático e incluso ella misma alucina con las cosas que dice?
No puede decirle que le gusta tanto que cuando la mira a los ojos directamente no es capaz de sostener esa mirada porque teme quedarse hipnotizada y parecer una acosadora.
Y por supuesto, no puede decirle que cuando la toca su piel hormiguea durante horas y que siente la tentación de no ducharse en días solo para seguir teniendo su aroma sobre una parte de su cuerpo.
—Sí, gracias por el café —responde sin respirar.
Olga se gira y se aleja tan deprisa que Marina no tiene tiempo de decir nada.
La nueva vicepresidenta ejecutiva de estrategia saca su café y se lo toma junto a la máquina.
Siempre ha sido consciente de que Olga se pone nerviosa teniéndola cerca, aunque ella lo asocia erróneamente a ese respeto a cargos superiores que muchos empleados tienen con sus jefes, y ahora se pregunta si su asistente será capaz de relajarse en su compañía algún día o si todos sus encuentros van a ser como este.
Tira el vaso vacío a la basura y cuando regresa, Olga vuelve a estar en su despacho, dejando unos papeles sobre la mesa.
Marina se queda quieta, de nuevo junto a la puerta, dudando sobre si debe anunciar su presencia o esperar a que se dé la vuelta para no asustarla otra vez, pero apenas ha tenido tiempo de decidir cuando Olga se vuelve y suelta otro grito desgarrado que hace que Marina se ría.
—Por Dios, Olga, cualquiera que te escuche pensará que intento matarte —dice divertida.
—Lo sé, lo siento. —La asistente se abanica con la mano—. Es que no me acostumbro, Ricard era muy predecible, pero contigo no conozco las rutinas todavía.
—Es el primer día, las dos tenemos que acostumbrarnos a varias cosas, me temo. ¿Qué has dejado ahí? —pregunta intentando aligerar el ambiente.
—Tu agenda de hoy, la he imprimido tal y como has dicho. Tienes un día bastante movido para ser el primero en el puesto, así que te he subrayado un par de puntos que podría mover a otros días si te surge algo.
Las cejas de Marina se levantan con sorpresa y asiente, sabiendo que no se ha equivocado al elegirla. Se acerca a la mesa y coge las dos hojas.
—Muchas gracias, Olga.
La asistente trata de no mirarla para que sus facciones no la atrapen, pero escuchar su nombre pronunciado por ella es suficiente para que casi se la lleve por delante cuando se da la vuelta para salir del despacho.
—Lo siento —dice sin levantar la mirada, y Marina se queda quieta hasta que la ve salir y cerrar la puerta.
Al fin se sienta en su silla, la ajusta para estar más cómoda y se pone a trabajar.
A pesar de haberse reunido varias veces con Ricard, hay muchas cosas que no tiene por la mano, por lo que las horas se le pasan volando entre entender lo que tiene pendiente y las reuniones que tiene programadas.
Olga la acompaña a dos de ellas y al principio Marina no está muy segura de necesitarla, pero cuando su asistente entra al mediodía y le entrega un resumen inmaculado de los puntos importantes, decide que le pedirá que siempre la acompañe.
—Te lo he pasado también al correo —explica Olga—, solo lo he imprimido para que puedas señalar lo que quieras que cambie, no sé si prefieres otro orden o me he dejado algo que te gustaría tener en el informe.
—De acuerdo, le echo un vistazo y te digo. ¿Todo lo subrayado en amarillo qué es?
—Son los puntos que te afectan a ti directamente.
Los datos a los que tienes que hacer seguimiento y los proyectos que están pendientes de que revises y des por finalizados.
Lo que está en verde es parte de los temas abiertos que han quedado sobre nuevos proyectos; estos son los que casi con toda seguridad te van a caer a ti, así les puedes echar un vistazo con más detenimiento.
Marina levanta la mirada, impresionada.
—Espero que te equivoques en unos pocos o vamos a tener trabajo hasta el fin de los días —comenta divertida, y Olga le dedica una sonrisa amable que hace que Marina la mire unos segundos de más.
No recuerda haberla visto sonreír antes, al menos en su presencia, y su sonrisa le parece encantadora.
—¿Se puede? —ambas mujeres levantan la mirada para encontrarse con Jordi.
—Sí, claro, adelante —responde Marina—. ¿Qué necesitas?
—La verdad es que nada —dice él, alisándose la corbata mientras se sienta en una silla—. Solo quería saber cómo te estaba yendo tu primer día e invitarte a comer si esta mujer no te tiene muy ocupada —bromea, mirando a Olga con gesto cómplice.
Ella sufre otro de sus sofocos cuando Marina levanta la mirada hacia ella sonriendo, y la asistente decide que esa curvatura de labios debería estar prohibida como probable causa de fallos cardíacos.
—Al contrario, me está ayudando más de lo que esperaba. ¿Quieres venir a comer, Olga? —pregunta de pronto, y Olga tiene la sensación de que se marea por un momento.
Si ya se siente estúpida la mayor parte del tiempo que pasa con ella, solo le falta sentarse a una mesa para compartir un rato que no tiene nada que ver con el trabajo. Está segura de que acabará derramando un vaso de agua o tirándose encima parte de la comida. No, gracias.
—¿Y-yo? —pregunta nerviosa.
—Sí, claro.
—No iremos lejos, se puede ir a pie —aporta Jordi como si quisiera convencerla.
—Gracias, pero ya he quedado para comer —miente, y empieza a preguntarse si su amor por Marina la convertirá en una mentirosa patológica—. Otro día, quizá —añade, azorada.
—Claro —Marina se levanta para coger su abrigo, pasando lo suficientemente cerca de Olga como para drogarla con el aroma de su perfume—. Nos vemos después.
Los dos ejecutivos salen del despacho y Olga se queda ahí, con el corazón desbocado y la sensación de que va en caída libre y lo único que la espera abajo es el asfalto.