Capítulo 5
Olga ha vuelto a su mesa hace una hora y, en todo este tiempo, apenas ha logrado avanzar en nada porque no puede dejar de pensar —sin creérselo del todo— en lo que ha pasado en el despacho de Marina.
Ladea la cabeza y mira hacia la puerta del despacho de Ricard, donde en unos pocos días ya no estará ocupado por ese hombre mayor de pelo canoso, sino por una mujer despampanante que acelera el corazón de Olga solo con mirarla.
La notificación de un mensaje en el correo interno la hace volver a la pantalla y abrirlo, porque hace un rato le ha preguntado a Silvia si tenía tiempo para un café, y su amiga acaba de responder.
«Nos vemos en la máquina del pasillo en diez minutos».
Olga suspira, entre aliviada y frustrada, y prácticamente se queda mirando cómo corren los segundos hasta que llega la hora acordada y se levanta para salir al encuentro de Silvia.
La ve desde lejos. Su amiga ya está frente a la máquina, justo inclinándose para coger el vaso cuando Olga llega a su lado.
—Necesito hablar contigo.
—Vale, pero déjame sacar esto antes de que se llene de espuma —responde concentrada.
Apenas es un instante, pero a Olga se le antoja como un minuto largo hasta que Silvia saca su vaso y se incorpora.
—¿Qué pasa?
La asistente ejecutiva le hace un gesto para que la siga hasta un rincón en el rellano de los ascensores; ahora está vacío, pero puede ver perfectamente a todo el que venga, y necesita tenerlo todo controlado para que nadie las escuche.
—El puesto de Ricard es para Marina, y me ha pedido que siga siendo su asistente.
Silvia, con una mueca de dolor porque se ha quemado al dar el primer sorbo, la mira como si acabara de decirle que ha ganado la lotería y a la vez ha perdido el boleto.
—¿Cómo que te ha pedido? ¿Marina? ¿Tu Marina?
—No es mi Marina —sisea en voz baja, mirando a un lado y a otro con nerviosismo—, pero sí, ella.
Básicamente ha dicho que le gusta cómo trabajo y que quiere que siga con ella, pero que si prefiero otra cosa, que lo entiende.
¿No es encantadora? —Olga lo suelta todo de golpe, sin apenas respirar—. Y le he dicho que sí.
—¿Y eso es malo?
—Claro que es malo, joder. Yo tenía un plan, ¿recuerdas?
Incluso tenía el correo redactado y listo para enviar a Recursos Humanos, y en el momento en que Marina ha abierto la boca y me ha pedido que me quede, se me ha olvidado todo de golpe y he dicho que sí como si estuviera desesperada por trabajar con ella.
Silvia sopla el café antes de dar otro sorbo.
—A ver si lo entiendo —empieza sin poder evitar una sonrisa que a Olga no le gusta nada—. Has estado buscando la manera de huir de esa mujer y en el momento en que te da la opción de decir que no, ¿tú dices que sí?
La asistente ejecutiva se muerde los labios y baja la mirada hacia el suelo unos segundos, avergonzada de su propia actitud.
—Sí, justo eso.
—Pero ¿por qué? —intenta comprender su amiga.
Olga abre la boca y la vuelve a cerrar porque no encuentra ninguna respuesta que suene bien, o al menos, una que no la haga parecer más idiota de lo que ella se siente.
—No he podido decir que no —admite al fin, bajando tanto la voz que Silvia tiene que dar un paso hacia ella y acercar la oreja para escucharla—. Sé que no lo entiendes, pero ella estaba ahí, delante de mí, mirándome con esos ojos, y sus pestañas, y esa sonrisa torcida que…
—La verdad es que, dicho así, me puedo hacer una idea. Te ha mirado, el coño te ha dado un petardazo y a partir de ahí no has podido pensar con claridad —resume Silvia.
Su amiga le parece muy soez cuando habla así, pero Olga no puede evitar reírse, y tampoco encuentra una descripción más acertada que esa.
—Madre mía, Olga, estás muy jodida.
—Gracias por tu sinceridad.
—Es que no sé qué otra cosa decirte. —Silvia apura el último sorbo y tira el vaso en una papelera junto a la esquina—.
Llevo dos años escuchándote decir que lo tuyo con ella es imposible, que no tienes opciones y que nunca pasará nada entre vosotras, y en cuanto tienes la oportunidad de alejarte, corres hacia ella en lugar de salir corriendo.
Sabes que yo soy partidaria de que hables con Marina y le digas lo que sientes, pero si no tienes intención de hacerlo, convertirte en su asistente me parece un suicidio emocional como la copa de un pino.
—Lo sé. —Olga tuerce el gesto—. Pero es que ella ha venido y yo… —La asistente se interrumpe cuando siente un cosquilleo abrumador expandirse por su pecho al recordar el momento en que Marina le ha estrechado la mano.
—Y tú podrías haber dicho «gracias, Marina, pero prefiero otro destino», que es justo lo que querías. En serio, Olga, ¿qué coño te pasa en la cabeza? —Silvia se cruza de brazos.
La asistente vuelve a mirar al suelo, buscando la explicación que le permita salir de esta con algo de dignidad, pero no la encuentra porque la verdad es sencilla y vergonzosa al mismo tiempo: lleva demasiado tiempo enamorada de esa mujer y cuando la oportunidad de pasar tiempo con ella se ha materializado ante sus ojos, todo su plan racional se ha desmontado en cuestión de segundos.
—No lo sé.
Su amiga suaviza la expresión y le pone una mano en el hombro.
—Bueno, ahora ya no importa, lo único que sabemos es que tu plan de fuga ha sido un completo fracaso.
Olga se ríe.
—Sí, lo ha sido.
—¿Cuándo comienzas con ella? —pregunta su compañera.
—El lunes que viene no, al siguiente.
—Estamos a jueves. —Silvia calcula mentalmente, moviendo los dedos de las manos para contar—. Te quedan diez días.
—Lo sé.
Silvia no puede evitar sonreír.
—Esto puede ser un desastre. Vas a tener su agenda en las manos cada mañana.
—Su amiga no lo dice con maldad, de hecho, lo hace con ternura, pero Olga siente que los hombros se le hunden—.
Dos años observándola desde lejos y ahora vas a saber a qué hora se despierta, con quién come o lo que la pone de mal humor.
La asistente suelta un suspiro dramático y los hombros de Silvia botan de la risa.
—Entonces, ¿estás lista para eso? —pregunta, y su ceja se levanta con curiosidad.
Olga no responde de inmediato. Su mente se transporta a esta mañana, a hace poco más de una hora cuando todavía estaba en el despacho con ella mientras hacía esfuerzos titánicos por respirar y hablar al mismo tiempo.
—No, pero ya no hay vuelta atrás, he dicho que sí y tengo que asumir mi decisión.
—Esa es la actitud —aplaude Silvia sin ironía—. Y ahora, si me disculpas, tengo que volver al despacho para prepararme la reunión de las cuatro.
—Claro.
Cuando llega la hora de salir, Olga decide marcharse a casa caminando a pesar de que hoy en Barcelona hace un frío húmedo de los que te calan los huesos y te dejan temblorosa todo el camino, pero pasear suele despejarla, así que se abrocha bien el abrigo, mete las manos en los bolsillos y empieza a caminar.
Para cuando llega a su piso en Paseo de Gracia —que puede permitirse porque básicamente lo heredó de sus abuelos paternos y ya está pagado— ha tenido tiempo de arrepentirse, porque a mitad de camino, además de estar helada, ha comenzado a caer una lluvia fina que la ha ido calando hasta los huesos porque no llevaba paraguas.
Se quita la ropa y se mete bajo la ducha, quedándose bajo el chorro caliente hasta que nota que la sangre le vuelve a circular por los pies, que tenía tan entumecidos que apenas podía sentir los dedos.
Se pone un pijama gordo y va al salón para ver un episodio de la serie que sigue haciendo tiempo para la hora de cenar, pero antes de coger el mando del televisor, coge su portátil y lo abre, porque todavía tiene el correo que redactó ayer en la carpeta de borradores y ya no tiene ningún sentido guardarlo.
Lo abre y lo lee de nuevo, y sus labios se tuercen en una mueca de frustración mientras piensa que tal vez le iría bien asistir a alguna charla que ayude a subir su autoestima, porque quizá así no tendría tanto miedo de enfrentarse a algo tan sencillo como plantarse delante de la mujer que le gusta, invitarla a un café para decirle cómo se siente y aceptar la negativa con dignidad.