Dime lo que piensas Capítulo 4
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Capítulo 4

—¿Por qué hace tanto calor aquí? —pregunta Marina deteniéndose frente a una de las mesas del departamento de Recursos Humanos, dirigiéndose a la responsable de personal.

Núria, una mujer de cincuenta años que lleva tantos en la empresa que conoce a todos y cada uno de los trabajadores, levanta la cabeza con una sonrisa en los labios porque ha reconocido su voz antes de verla.

—Es una estrategia para que gente como tú —Núria se levanta y rodea la mesa—, que no deja de ascender, pase el mínimo tiempo posible por aquí.

Marina se ríe y le da un corto abrazo después de que se besen las mejillas.

—Enhorabuena, por cierto —la felicita Núria.

—Gracias.

—Siéntate, supongo que vienes a formalizar el nuevo cargo.

La que todavía es directora regional toma asiento y espera a que Núria, que ya tiene preparada la carpeta, la busque y la ponga frente a ella.

—¿Te lo has leído todo? —pregunta la mujer.

—De arriba abajo.

—Estupendo entonces, firma en todas las hojas y después echas un vistazo a estos nombres.

Marina acepta el bolígrafo, estampa su rúbrica debajo de Vicepresidenta Ejecutiva de Estrategia y desvía la mirada hacia otra carpeta que Núria tiene en las manos.

—¿Qué es?

—Con la jubilación de Ricard se pone en marcha una nueva redistribución de asistentes. Ahora mismo hay cuatro perfiles disponibles, puedes elegir a quién prefieras.

—Ah, sí —Marina ni siquiera había pensado en esto.

Para su cargo de directora regional no tenía asistente directa, sino que compartía secretaria con un compañero, pero su nuevo cargo viene con ese privilegio.

Abre la carpeta y empieza a leer con atención: nombre, antigüedad, conocimientos y evaluaciones de responsables anteriores.

El primero le parece interesante, a la segunda la descarta, con la tercera tiene dudas y decide que lo leerá de nuevo junto al primero, pero cuando llega a la cuarta, descarta a los tres anteriores sin dudarlo.

El cuarto nombre es el de Olga Serra, la asistente de Ricard que lleva años cubriendo ese mismo puesto, pero Marina no la elige solo porque a estas alturas Olga debe conocer los entresijos del cargo que acaba de firmar mejor que nadie, sino porque ya ha tratado con ella varias veces y sabe de sobra lo eficiente que es.

—Me gustaría que fuera Serra.

—Olga es la elección más lógica, sí, y no me ha solicitado ningún cambio —concuerda Núria, apuntando su nombre.

—De todos modos, no me la asignes todavía. La rotación está para algo y quizá está hasta las narices de su puesto y le apetece un cambio. Déjame hablar con ella antes para confirmarlo.

—Por cosas como esta es por lo que la gente te adora —apunta Núria—. De acuerdo, lo dejo anotado. Me llamas cuando hables con ella.

—Genial, gracias.

Marina regresa a la planta veintidós y la casualidad hace que, al abrirse las puertas del ascensor, la asistente esté pasando justo por delante, dando un sorbo a un café que ha ido a buscar a la máquina del pasillo.

Cuando ve salir a Marina, sus pies se detienen en seco, no porque quiera decirle algo, sino porque parece que se ha olvidado de caminar al ver a la mujer enfundada en una falda de tubo y una blusa de seda azul que resalta el color de sus ojos.

El líquido del sorbo se le va por el otro lado y Olga empieza a toser como si fuera a morirse, y todo se agrava cuando Marina se acerca y le da unos golpes suaves en la espalda.

Para cuando se calma, los ojos le lloran por el esfuerzo y sabe que debe estar roja como un tomate, pero al menos esta vez tiene una excusa.

—¿Mejor? —pregunta Marina, todavía con la mano en su espalda.

Olga menea la cabeza de arriba abajo y le dedica un intento de sonrisa. Es la segunda vez que Marina la toca y de pronto se siente pletórica, como si le hubiera tocado la lotería.

—Me he atragantado, lo siento.

Marina levanta las cejas y parpadea una vez con esas enormes pestañas que hacen que la asistente sienta un aleteo rápido recorrerle todo el pecho.

—¿Por qué te disculpas? —la directora regional sonríe, su comisura se tuerce y Olga quiere que la tierra se la trague.

—Tienes razón, lo siento, yo no... Oh, joder, me he vuelto a disculpar.

La sonrisa de Marina vuelve a aparecer, aunque esta vez no muestra los dientes y el aire se le sale por la nariz, y Olga se pasa la mano por la barbilla porque teme estar babeando.

—Precisamente venía a buscarte a ti, ¿tienes un par de minutos? —pregunta Marina, y los ojos de la asistente se desorbitan por la sorpresa.

—Eh, sí, claro.

—Estupendo. Vamos a mi despacho si te parece bien.

Es una propuesta que no admite réplica porque Marina ya se ha dado la vuelta y empieza a caminar por delante de Olga, pero a ella le hubiera gustado haber podido elegir cualquier otro lugar que no implicara encerrarse en una habitación diminuta con esta mujer.

—Pasa, por favor —Marina abre la puerta y se aparta para que acceda al interior.

Olga ha estado varias veces aquí, pero siempre acompañando a Ricard para alguna reunión que su jefe ha tenido con Marina, nunca a solas con ella.

—Siéntate.

A veces, Olga desearía que Marina no fuera tan amable, eso seguro que la ayudaría a controlar sus sentimientos de otro modo, pero la jodida mujer es casi perfecta, lo cual solo logra el efecto contrario.

—Supongo que sabes que Ricard se jubila —empieza Marina.

Olga toma un sorbo de café antes de responder.

—Sí, me lo dijo ayer, pero no sé quién asume el cargo.

—Pues yo tampoco lo sabía hasta ayer, pero aquí me tienes, acabo de firmar el ascenso.

La mandíbula de Olga se descuelga primero, después sus cejas se alzan y por último el corazón le da un vuelco.

—¿Tú? Quiero decir, no me sorprende, es decir...

—se detiene porque esta mujer anula su capacidad de raciocinio hasta lo absurdo, y prefiere tomarse unos segundos antes de decir una estupidez que haga que Marina piense que es más tonta de lo que ya debe pensar—.

Vaya, me alegro mucho, enhorabuena —dice al fin, satisfecha por no haber tartamudeado.

—Gracias. Necesitaré que busques huecos en la agenda con Ricard para ponerme al día con todo lo que tiene.

—Sí, claro, por supuesto. ¿Él ya lo sabe?

—Pues no tengo ni idea, la verdad, después me pasaré un momento para decírselo, pero no te he llamado por eso.

—¿No? —Olga arruga las cejas hasta casi juntarlas.

—Con su jubilación has entrado en rotación y yo tengo que elegir asistente.

—Sí, es verdad —confirma Olga, bebiendo otro sorbo mientras mira fijamente a la mujer de pestañas largas.

—Me gustaría que fueras tú.

Por un momento, Olga siente que la habitación da varias vueltas a su alrededor. Su corazón, que ya estaba acelerado por la simple presencia de Marina, ahora golpea contra sus costillas con violencia.

—Pero quería comentarlo contigo antes de decidir —sigue Marina, ajena a lo que sus palabras han provocado en el cuerpo de la mujer—.

Quizá ya tienes otros planes, y si eso es así, lo entiendo perfectamente, pero llevo tiempo viéndote trabajar y no necesito más que eso para saber que quiero que sigas en el ala ejecutiva, conmigo.

«Conmigo».

La palabra se repite en la mente de Olga como un susurro bajo que le calienta todo el cuerpo y le vacía los pulmones como si le hubieran dado un puñetazo en el plexo solar.

Debe decir que no, tiene que explicarle que tiene un correo redactado desde anoche que todavía no ha enviado a Recursos Humanos pero que piensa hacerlo en cuanto tenga un momento, porque si cruzarse con Marina en los pasillos le impedía formular dos frases seguidas, ¿qué pasará si se convierte en su asistente ejecutiva directa?

—Si todavía no te has cansado de tu puesto, me gustaría mucho que siguieras ahí, siendo mi mano derecha —remata Marina.

—De acuerdo —la lengua de Olga ignora sus pensamientos precavidos y obedece a sus impulsos primarios.

—¿Sí? —Marina estira los labios y, cuando estos se curvan más de un lado que del otro, las piernas de Olga se cierran de golpe.

—Sí, me encantaría ser tu asistente.

Olga no puede creérselo, está ahí sentada siendo consciente de que lo ha dicho y reprendiéndose por ser cobarde incluso para esto. Ha tenido la oportunidad de alejarse de forma definitiva y, en lugar de eso, se ha metido de lleno en la boca del lobo.

—Estupendo, me alegro mucho de que hayas aceptado, Olga, creo que haremos un buen equipo.

Si Olga ya tiene problemas para tomar decisiones lógicas, cuando Marina se incorpora y le tiende la mano para sellar esta especie de pacto entre ellas, su cerebro deja de funcionar del todo y se mueve solo por instinto.

Se levanta de la silla con cuidado porque le está temblando el cuerpo entero ante la idea de tocarla otra vez.

Dos en un día, piensa para sí, turbada y excitada al mismo tiempo.

Cuando nota los dedos de Marina resbalando por su mano hasta que se cierran sobre ella, casi tiene que ahogar un jadeo.

Su piel es suave y el contacto es más agradable de lo que había imaginado hasta ahora.

La mano de Marina está templada, ni calor excesivo ni frío sudoroso, perfecta para acariciar un cuerpo, y si es el suyo, mucho mejor.

—Seguro que sí —dice, sacudiendo la mano de Marina con fuerza antes de soltarla—. Bueno, si no necesitas nada más, debería volver antes de que Ricard me eche de menos. Te enviaré al correo sus horas libres esta semana para que elijas las que puedas cuadrar con tu agenda.

—Gracias, Olga. Hablaré con Núria de Recursos Humanos para formalizarlo, supongo que contactará contigo la semana que viene.

—Estupendo, estoy deseando comenzar. Bueno, quiero decir, no es que esté mal con Ricard —Olga se pone nerviosa de nuevo y nota cómo el rubor le sube por el cuello hasta la cara en menos de un segundo—, es un buen jefe, y es amable —la asistente se abanica con la mano y la ceja de Marina se levanta.

—Sí, lo sé —sonríe, y Olga comprende que dentro de menos de dos semanas su vida va a convertirse en un infierno.