Capítulo 3
—Pasa, Olga. Cierra la puerta y siéntate, por favor.
Ricard le señala la silla al otro lado de su mesa y Olga se acomoda delante de su jefe sin saber exactamente para qué la llama tan temprano, porque apenas hace unos minutos que el hombre ha llegado y no es habitual en él reunirse con ella tan pronto, aunque lo que de verdad le intriga es que le haya pedido cerrar la puerta cuando a él le gusta dejarla abierta.
—¿Va todo bien? —la pregunta le sale disparada con un deje de preocupación que no consigue ocultar por mucho que lo intenta.
—Claro, mujer —dice Ricard, sonriendo y pasándose la mano por su pelo canoso como si tratara de peinarlo.
El hombre se recuesta en la silla con expresión satisfecha y le dedica una sonrisa victoriosa.
—Me jubilo, Olga.
Las cejas de ella se disparan hacia arriba como en una especie de gesto automático, intentando mostrar sorpresa a pesar de que hace semanas que sospecha que este momento llegaría antes de lo previsto, porque Ricard no deja de hablar de su piso en Sitges y de una pequeña reforma que está haciendo para adecuarlo y que sea más cómodo, lo cual se traduce para ella en que tiene intención de mudarse allí.
—Creo que se lo ha ganado, señor Mandril. Enhorabuena —dice Olga sonriendo de forma sincera. Se alegra mucho por él, y en una parte muy diminuta, también por ella, porque Olga tiene un plan preparado para cuando este momento llegase.
—Gracias. Ya está firmado, a partir del lunes, no me ves más por aquí.
Esto sí que logra sorprenderla y Olga pestañea como si abrir y cerrar los ojos le diera tiempo para decidir lo que quiere decir. Pensaba que le iba a decir dentro de un mes o dos, pero no de dos días.
—Vaya, qué rápido.
—Llevo unas semanas negociando las condiciones, pero no quería decir nada hasta tenerlo todo atado. Recursos Humanos va a empezar con la redistribución la semana que viene, pero ya sabes que a ti no te va a faltar sitio en esta empresa porque cualquier directivo estaría encantado de tenerte.
En Alcyone Consulting la normativa sobre cobertura de puestos funciona bajo sus propias reglas, y que Ricard se jubile no significa que ella vaya a seguir siendo la asistente ejecutiva de quien ocupe ahora el cargo.
Entrará en rotación como él ha dicho, porque una de las políticas de empresa es fomentar las oportunidades de trabajar en otros departamentos.
Así que Olga puede decidir si se queda donde está o solicita un cambio.
—Gracias —la asistente ejecutiva se sonroja—. ¿Sabe a quién pondrán en su puesto?
El hombre niega con la cabeza.
—No, y la verdad es que no me importa mucho —suena tan sincero que Olga se ríe.
—Tiene razón, ahora solo debe preocuparle disfrutar de una jubilación bien merecida.
—En fin, solo quería que lo supieras por mí.
—Gracias por decírmelo, y enhorabuena de nuevo. —La asistente se levanta y abandona el despacho, dejando la puerta entornada cuando sale.
Se sienta a su mesa y se recuesta en la silla sintiendo una especie de presión cosquilleante en la boca del estómago.
Ha llegado su oportunidad y piensa aprovecharla.
Cuando empezó a sospechar que su jefe se jubilaría antes de hora, decidió que pediría un cambio no solo de departamento, sino de planta.
Ahora que no tendrá asignación directa es el momento de elegir, y Olga quiere cualquier puesto que le permita reducir de forma considerable el número de encuentros que tiene con Marina Cardona.
Si cambia de planta, habrá evitado la mitad, porque ya no tendrá riesgo de cruzarse con ella por el pasillo, y según el departamento que elija, probablemente no tendrá que verla más que dos veces al año en las reuniones semestrales conjuntas.
Es un plan perfecto —y cobarde—, pero si busca su bienestar emocional, esto es lo único que se le ocurre porque si deja de verla, lo normal es que poco a poco ese enamoramiento vaya desapareciendo y la deje libre para empezar a salir con mujeres que sí estén a su alcance.
Decide que esta noche en su casa redactará la carta para hacer la petición formal y mañana mismo la presentará en el departamento de Recursos Humanos para pedir un puesto en un departamento tranquilo, con un director de área cualquiera y una agenda que no la obligue a ver a Marina.
Es un plan razonable, además, le permite conservar el sueldo, la antigüedad y de paso mantener a salvo su corazón maltrecho.
Descuelga el teléfono y marca la extensión de Silvia.
—¿Quedamos al salir en el bar de siempre?
—Sí, vale. ¿Pasa algo? —pregunta su amiga.
—Nada importante, hablamos después.
El bar donde suelen quedar está a media manzana del edificio, es un local estrecho con las mesas demasiado juntas para el gusto de Olga y una máquina de café que hace más ruido que un reactor nuclear, pero a Silvia le encanta porque es de los pocos bares de Barcelona que sirven la caña fría de verdad, y eso para ella, que suele pasar las vacaciones con su novio en un pueblo de Andalucía donde la tienen acostumbrada a cerveza casi congelada, es un punto a favor.
Olga espera en la barra a que le sirvan las dos cañas y las lleva a la mesa que su amiga ha elegido.
—Gracias —dice Silvia cuando se la pone delante.
La asistente de Ricard —por muy poco tiempo— se sienta frente a ella, brindan y bebe un buen trago.
—Deliciosa —paladea Silvia—. Bueno, cuéntame, ¿estamos aquí porque al fin te has decidido a invitar a Marina a un café?
Olga pone los ojos en blanco.
—Ricard se jubila, me lo ha dicho esta mañana.
La expresión de sorpresa de Silvia es parecida a la de Olga cuando se ha enterado.
—Pensaba que le faltaba más tiempo, ¿cuántos años tiene? —pregunta intrigada.
—Se prejubila, así que no importa su edad, pero sí que el lunes ya se marcha.
Silvia silba sorprendida y de inmediato frunce el ceño porque ella conoce el plan de Olga para cuando llegara este momento.
—Dime que no cometerás la estupidez de solicitar un cambio de planta.
—No es una estupidez, es supervivencia.
Su amiga se ladea en la silla y hace virguerías para poder cruzar una pierna sobre otra sin partirse la rodilla contra el borde de la mesa.
—Sabes que te quiero y te respeto, Olga, pero creo que estás llevando esto un poco lejos.
¿De verdad no piensas intentarlo? Si huyes y dejas de verla, estoy segura de que lo vas a lamentar durante el resto de tu vida, y no porque tu plan no vaya a funcionar porque no hay nada como poner tierra de por medio para olvidar a alguien, pero creo que te vas a arrepentir con el tiempo.
—No sé de qué —murmura Olga.
—De no haberlo intentado. Cuando tengas la mente despejada y analices esta situación con otra perspectiva, te darás cuenta de que no era tan difícil, de que solo tenías que reunir valor una vez para invitarla a salir y que al no hacerlo jamás sabrás lo que te hubiera respondido.
—Venga, Silvia, tú y yo sabemos que a Marina le van los hombres y que, aunque no fuera así, una mujer como ella jamás se fijaría en alguien como yo.
Estamos en niveles totalmente distintos.
Ella es ambiciosa e inconformista, le gusta la responsabilidad, asumir retos y dirigir al personal, y a mí lo que me gusta es gestionar la agenda de alguien, estar tranquila en mi puesto ocupándome de una sola persona sin más responsabilidad que la de adelantarme a sus pensamientos para ser eficaz.
—Eso no os hace incompatibles, solo diferentes. Y no eres menos que ella ni que nadie; todos sabemos aquí que Ricard es un despiste andante y que si ha sobrevivido en ese puesto tanto tiempo ha sido gracias a que tú has estado ahí, ocupándote de todo lo que a él se le olvida.
—Puede que tengas razón, pero te estás olvidando de que a estas alturas Marina debe pensar que soy idiota. ¿Sabes cuántas veces me he ruborizado o he tartamudeado delante de ella?
—A mí eso me parece encantador. —Silvia se encoge de hombros, desmontando cada excusa de su amiga como lleva haciendo casi dos años, desde que Olga se lo confesó tras una tarde de cañas que se alargó demasiado y las dejó bastante perjudicadas.
Silvia se considera una persona empática, pero le cuesta mucho comprender la actitud de su amiga porque una cosa es tener miedo al rechazo —que sabe que es lo que en realidad le pasa a Olga— y otra es pasarte dos años suspirando por una mujer y no encontrar ni un solo momento de valentía aunque sea solo para tantear el terreno.
En más de una ocasión, ha pensado en intervenir.
No tiene confianza de ningún tipo con Marina, puesto que toda su relación se basa en temas laborales, pero es una mujer cercana y cabal con la que está segura de que se puede hablar de cualquier cosa, y si no lo ha hecho todavía ha sido por miedo a perder la amistad de Olga.
—A ti te parece encantador porque me quieres —bromea Olga—, pero ella no me conoce, solo tiene la versión de mí que soy delante de ella, lo que es equivalente a un tomate con boca que no puede decir dos frases seguidas sin atragantarse.
Silvia se echa a reír por el comentario y después la mira con ternura.
Le gustaría poder hacer algo más que escucharla, darle un pequeño empujón o provocar una situación que la ayude a dar ese salto que necesita, pero Olga es así, retraída, reservada e indecisa, y hasta que ella misma no se sienta lista, nadie podrá ayudarla.
—Bueno, pues entonces brindaremos porque la olvides pronto para que puedas salir por ahí y follarte a un par de tías que te dejen satisfecha y con la mente despejada.
El rubor de Olga aparece como si fuera Marina la mujer que está sentada frente a ella, porque desde hace dos años todo lo que tenga que ver con mujeres y sexo su mente lo tiene relacionado con la directora regional, y a veces se imagina cosas muy interesantes que le cortan el aliento y le humedecen la ropa interior.
—Por Dios, deja de pensar guarradas con ella —se ríe Silvia al ver el tono casi morado de sus mejillas y su cuello.
Las veces que la ve así son las únicas que es capaz de hacerse una idea de hasta qué punto lo pasa mal su amiga y del bloqueo emocional que le provoca esa mujer.
—Piensas que soy una cobarde, ¿verdad? —pregunta Olga tras levantar la mano para pedir otra ronda.
—Cobarde no es la palabra que yo utilizaría contigo porque reconozco que Marina impone mucho, pero sí pienso que no intentar nada no es la decisión más acertada.
—Los ojos de Silvia se abren de golpe y empiezan a brillar como dos faros en mitad de la noche—.
¿Y si se lo dices por escrito? —propone pletórica, tras lo que considera la solución perfecta para Olga—. Le dejas una nota en el…
—Ni de coña, no pienso hacer eso. Una nota sin remitente es lo mismo que nada, y si no soy capaz de decírselo a la cara no se lo diré por escrito, creo que sería peor, me moriría de ansiedad esperando su reacción la siguiente vez que me cruzase con ella.
—Tienes razón, pues nada, operación Marina Cardona abortada.
Silvia alza la caña que le acaban de poner delante y Olga coge la suya y la imita, pero por un momento titubea antes de brindar, porque es como si el tema de Marina se zanjara y hay una parte de ella que siente mucha angustia ante su plan.
—Operación abortada —susurra al fin, golpeando el vaso de Silvia, sintiéndose una completa cobarde al mismo tiempo.
Por la noche, después de haberse duchado y cenado un sándwich y un refresco mientras veía un capítulo de la nueva serie a la que se ha enganchado, Olga recoge la mesa y se acomoda en el sofá con el portátil sobre las piernas.
Abre un correo nuevo dirigido a la responsable de Recursos Humanos y empieza a redactar su petición para cambiar de planta a partir del lunes.
Tiene muy claro lo que debe escribir y en apenas cinco minutos tiene tres párrafos cortos explicando las razones por las que quiere el cambio.
Obviamente, omite que está enamorada de una de sus jefas y atribuye la petición a una necesidad de experimentar en otros departamentos porque tiene ganas de crecer en otra dirección.
El correo es cordial, impecable e imposible de rechazar; además, sabe que, si es necesario, Ricard la apoyaría si se lo pide.
Lo lee una vez más para asegurarse de que no tiene errores y pone el cursor encima del botón de enviar, pero su dedo no se mueve y en el último segundo cierra el portátil, diciéndose que no pasa nada si lo envía mañana.