Dime lo que piensas Capítulo 2
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Capítulo 2

Marina bosteza y se estira hasta que los hombros le crujen en cuanto le suena el despertador.

Enciende la luz de la mesilla y se queda tumbada bocarriba, mirando hacia cualquier punto de la habitación mientras deja que su mente se vaya despertando.

Lo hace cada mañana, casi saltar del susto para apagar la maldita alarma y después quedarse ahí, despierta, tomándose unos minutos que ayudan a que sus pulsaciones vuelvan a funcionar al mismo tiempo que su cerebro se pone en marcha.

Al fin se incorpora y pone los pies descalzos sobre la alfombra. Se queda otro minuto así, con las palmas de las manos apoyadas en el colchón mientras empieza a ser consciente del ruido de los coches en la calle que se escucha a lo lejos a través de las ventanas de su piso del Eixample.

La directora regional se levanta, camina hasta la ventana para subir la persiana y descorre las cortinas para echar un vistazo a la calle.

Le encanta su piso. Lo compró hace cuatro años después del divorcio y, aunque a veces se le antoja demasiado grande para ella sola, no se arrepiente de su inversión.

Camina hacia el baño, se lava los dientes y se desnuda para darse una ducha.

Media hora después sale de su habitación con un traje chaqueta gris marengo y los zapatos de tacón que ha elegido para hoy en la mano porque es consciente de que el ruido de sus pisadas a las siete de la mañana puede poner de mal humor a sus vecinos.

Los deja junto a la entrada y va a la cocina para prepararse un café, que se bebe apoyada contra el mármol mientras comprueba las notificaciones de su móvil.

Estos son los cinco minutos que más disfruta del día, dando varios sorbos y dejando que la cafeína termina de despejarla sin que nadie la busque para preguntarle, pedirle o decirle que está convocada en seis reuniones en una mañana.

El primer mensaje que abre es el de su madre, que se mudó a Tenerife hace seis años cuando falleció su marido, un padre al que Marina no echa de menos porque jamás estuvo unida a él, como si desde que nació hubiera existido una barrera entre ambos que les impedía conectar.

Cuando entra en la conversación, se encuentra con un vídeo de gatitos que dan los buenos días.

Marina sonríe porque Cristina Albeol le envía uno de estos cada día y cada noche, además de las dos veces que se llaman a la semana.

Le responde enviando un corazón y pasa a la siguiente conversación.

Esta aparece solo con el número de teléfono porque Marina no se ha molestado en grabar su nombre, aunque el tipo se llama Álex, tiene cinco años menos que ella, trabaja en una tienda de deporte y se divorció hace casi un año.

Marina no puede decir mucho más de él salvo que folla lo suficientemente bien como para dejarla satisfecha cuando lo necesita.

Álex

Estaré en Barcelona hasta mañana por un evento deportivo, ¿quieres que nos veamos?.

Quizá también puede decir que Álex es de Tarragona, uno de los motivos por los que aceptó quedar con él cuando hicieron match en Tinder.

A Marina no le gusta verse con gente de la ciudad porque, aunque Barcelona es inmensa y tiene dos millones de habitantes, que exista la probabilidad de cruzarse con un amante la hace sentir incómoda, y que Álex esté en su ciudad también le molesta, pero decide pasarlo por alto.

Marina Cardona

Depende de cómo me vaya el día en el trabajo, te escribo después.

Ya está, no hay saludos ni preguntas de cortesía —otra de sus normas— porque de eso ya tuvo mucho durante años con su exmarido, cuando después de doce de casados, se acabaron convirtiendo en dos desconocidos que se hablaban porque se tenían cariño, pero que ya no se aportaban nada el uno al otro.

Bloquea el teléfono, se termina el café, coge su gabardina y, por último, se pone los zapatos antes de salir.

Alcyone Consulting, la consultoría estratégica internacional donde trabaja ocupa tres plantas en el edificio, pero ella está en la veintidós, que es la zona ejecutiva de la compañía.

Marina comienza su día como cualquier otro, analizando, gestionando y, sobre todo, dirigiendo, porque una de sus mayores virtudes es su capacidad de liderazgo, pero la mañana se le tuerce en la segunda reunión cuando uno de los analistas del equipo le pasa una hoja con un dato que no cuadra.

—Hay una discrepancia —explica el chico, ajustándose las gafas con el dedo—. Las cifras de tesorería que la empresa objetivo entregó la semana pasada no coinciden con las que aparecen en el último informe trimestral. No es una diferencia grande, pero…

Marina, sentada a la cabecera de la mesa donde está reunida con un equipo de siete personas, levanta la mirada de su portátil y la posa sobre él, que se afloja el nudo de la corbata como si esta tuviera vida propia y quisiera estrangularlo.

La directora regional nunca se acostumbrará a estas reacciones.

No es una mujer a la que se le deba tener miedo a pesar de su cargo, porque es de las que sabe escuchar, de las que señala las virtudes en la gente para motivarla y de las que explican los errores que detecta en privado para no humillar a nadie, pero su presencia siempre impone, y eso es algo para lo que no tiene solución.

—Déjame verlo.

El analista le tiende el portátil con las dos manos como si le estuviera entregando una corona de oro sobre un cojín de terciopelo.

Marina lo revisa en silencio, sintiendo todos los ojos clavados en ella, pero eso no la pone nerviosa porque otra cosa que ha aprendido en los años que lleva aquí es a mantener la calma, porque si ella se muestra alterada, contagiará a todo el equipo y eso solo llevará a que cometan errores durante la jornada.

—No es un error vuestro. —Marina gira el portátil y lo empuja hacia el chico, que se desinfla de alivio mientras estira los brazos para cogerlo—.

El desfase está en el criterio de consolidación, no en los números.

Ellos han metido en tesorería una partida que nosotros contamos aparte —explica con calma, alternando la mirada entre unos y otros, pero después la fija en el analista que ha detectado el error—.

Que no te dé miedo un número que no cuadra.

—Ahora se dirige a todos—. Lo único que nos tiene que asustar es no encontrar el motivo.

Todos asienten a la vez, concentrados.

—Búscame de dónde sale esa partida y me lo enseñas esta tarde.

El analista asiente y ella se levanta dando por finalizada la reunión, pero cuando abandona la sala, no va directamente hasta su despacho, sino que se dirige al de su compañero y amigo: Jordi Puig.

Los dos comenzaron casi al mismo tiempo en la empresa y, aunque durante los cuatro primeros años prácticamente compitieron por los mismos puestos, eso nunca amenazó la amistad que se forjó entre ellos casi de inmediato.

—¿Vienes para invitarme a comer? —pregunta él en cuanto ella entra y cierra la puerta.

—La verdad es que vengo a robarte cinco minutos de tu cerebro. —Marina se sienta, cruza una pierna sobre la otra y coge un caramelo de menta del cuenco que Jordi siempre tiene sobre su mesa.

Lo abre con parsimonia y se lo mete en la boca, y él se queda embobado unos segundos mientras la observa.

Siempre ha sentido algo por ella, aunque no puede decir que esté enamorado ni que sea algo que le quite el sueño, tampoco que lo haya intentado porque sabe el resultado, en estos años la ha conocido lo suficiente como para saber que es una mujer que jamás cometería el error de acostarse con un amigo.

—Supongo que tendré que conformarme, ¿qué pasa?

Ella mueve los hombros y arruga el envoltorio hasta convertirlo en una bola.

—En realidad nada para lo que no tenga un plan, pero quiero tu opinión. Ha habido una discrepancia en una partida que es tan absurda que me molesta.

Marina le cuenta lo que ha pasado en la reunión y él la escucha sin interrumpir.

—No creo que haya sido un despiste contable, creo que han movido esa partida sin avisar solo como prueba, para saber si el equipo de analistas lo detectaba.

—Una prueba para ver hasta dónde miráis. —Jordi asiente al mismo tiempo que habla, porque está de acuerdo con ella.

Se trata de Nauta, una empresa que están estudiando como posibilidad para comprar su cartera de clientes.

—Sí, justo eso.

—¿Y qué vas a hacer?

Marina muerde el caramelo hasta que cruje y se parte en mil pedazos. Sabe que no es bueno para la dentadura hacer eso, pero no ha podido evitarlo y ahora saborea con más intensidad la menta.

—Voy a pedir el desglose completo por escrito y guardaré el correo, solo por si acaso.

Él sonríe y vuelve a afirmar, pensando que esta mujer es brillante en todo lo que hace.

—En fin, ya está, gracias por tu tiempo.

La directora se levanta y coge otro caramelo.

—En realidad no he hecho nada, me has contado el problema y la solución, a veces siento que solo me utilizas para escuchar tus pensamientos en voz alta.

Marina sonríe desde la puerta y su comisura se eleva solo por un lado, embobando de nuevo a su amigo.

—Es mejor que hablar sola, eso me hace sentir incómoda.

—Un placer ayudarte. ¿Comes conmigo? Hoy no creo que me dé tiempo de ir a casa para hacerlo. Podemos ir a por algo ligero a donde quieras, no quiero nada pesado o me dormiré en la reunión de las cuatro.

—Vale. Te aviso después.

El resto del día pasa para Marina como cualquier otro. Se va a comer con Jordi, acude a otra reunión por la tarde, después el analista viene a entregarle lo que le ha pedido y ella le pide que con esa información rehaga la conciliación con el criterio correcto.

—Pero hazlo mañana, por hoy ya está bien, vete a casa.

Él le dedica una sonrisa amable y cuando sale de su despacho, Marina se dispone a dar por finalizada también su jornada, pero cuando está a punto de apagar el portátil, alguien llama a su puerta y la abre sin esperar a que responda.

—Perdona que te moleste a esta hora, Marina —dice Javier Montoya, el CEO de la empresa—, pero he tenido un día del demonio. ¿Tienes un par de minutos?

El hombre lleva una carpeta verde en la mano y cierra la puerta antes de que ella pueda decir nada.

Marina lo mira mientras se sienta frente a ella con ese aire altivo que siempre ha desprendido, aunque su carácter no es acorde con la actitud que proyecta —un poco como le pasa a ella— porque Javier es un tipo con los pies en la tierra.

—¿Qué necesitas? —pregunta sorprendida al verlo aquí.

Él sonríe y se inclina hacia delante, abriendo la carpeta y girándola hacia ella para que lea el contenido de las hojas grapadas que hay en ella.

—Que me digas que sí.

Marina coge las hojas y empieza a leer mientras Javier se deleita viendo cómo su expresión se va transformando de la curiosidad al asombro.

—¿Me ofreces el puesto de Ricard? —Su tono muestra su sorpresa, pero la directora regional no puede esconder su media sonrisa de satisfacción.

—Ricard solicitó el mes pasado la jubilación anticipada y se la hemos concedido, pero alguien tiene que ocupar su puesto y te quiero a ti en él.

Ella todavía no da crédito. Lleva tiempo aspirando a ese puesto, pero con paciencia porque a Ricard no le tocaba jubilarse hasta dentro de dos años.

—No me tienes que responder ahora, pero tampoco tardes mucho porque…

—Acepto —lo corta Marina, y él asiente satisfecho antes de levantarse.

—Me alegra oírlo. —Javier le ofrece la mano y Marina se levanta y se la estrecha desde el otro lado de la mesa—. Enhorabuena.

—Gracias.

—De todos modos, echa un vistazo con calma a las cláusulas y el sueldo. Si estás de acuerdo, ve directamente a Recursos Humanos en un par de días para formalizarlo, asumirías el cargo dentro de dos semanas.

—¿Tan pronto? —pregunta, sintiendo que su cuerpo se llena de adrenalina.

—Parece que Ricard tiene prisa por darse la buena vida en su apartamento de Sitges. —Javier mira la hora—. Habla con él y poneos de acuerdo para que te ponga al día antes de irse, y tendrás que desdoblarte, porque necesitaré que a su vez hagas el traspaso con quien ocupe tu puesto.

—No hay problema, ¿quién va a sustituirme?

—Todavía no lo he decidido, esperaba que me echaras un cable con eso. Mis dos candidatos son Gabi de tecnológica y Eva Sanz de marketing y producción.

—Eva, sin duda —dice ella—. Gabi también está muy preparado, pero su fuerte no es la comunicación y aquí hace falta alguien que no asuste al personal.

—Decidido entonces —el CEO se levanta, aliviado por haber resuelto sus dudas—. Te dejo, que todavía me espera algo de papeleo. Enhorabuena otra vez.

—Gracias.

Javier sale de su despacho y ella automáticamente marca la extensión de Jordi, pero nadie responde y, a la hora que es, probablemente es porque su amigo ya se ha marchado.

Marina se deja caer en su silla y la hace girar de un lado a otro, sintiendo que necesita hacer algo para liberar el subidón que tiene ahora mismo, así que, aunque no tenía intención de llamarlo porque estaba agotada, coge el móvil y le escribe a Álex.

Marina Cardona

¿A las nueve en tu hotel?.

La respuesta llega en menos de un minuto.

Álex

Hecho. Te envío dirección y número de habitación.