Dime lo que piensas Capítulo 1
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Dime lo que piensas

Dime lo que piensas

Por Monica Benitez

© inepub.com

Capítulo 1

Cuando las puertas del ascensor se abren en su planta y Olga Serra sale al pasillo, apenas hay unas pocas luces encendidas en despachos salteados que se ven a través de las paredes acristaladas.

Son de los pocos compañeros a los que, como a ella, les gusta llegar un poco antes de su hora para tener unos minutos de tranquilidad antes de que empiece todo el caos en la oficina.

Olga es la asistente ejecutiva de Ricard Mandril, el vicepresidente ejecutivo de estrategia a quien la asignaron cuando llegó a la empresa hace seis años.

Disfrutando del silencio, llega a su mesa, saca la agenda del bolso antes de colgarlo detrás de su silla y enciende el ordenador.

Mientras arranca, Olga abre la agenda del día para repasarla una vez más.

Suele dejarla cerrada la noche anterior y tiene memorizado cada dato que ha apuntado, como la reunión de coordinación de las diez, el comité de seguimiento al mediodía o las llamadas que Ricard tiene programadas y que ella tendrá que realizar para después pasarle con su interlocutor, pero no se siente cómoda si no repasa cada punto antes de comenzar la jornada, asegurándose de tenerlo todo controlado.

Una vez hecho, se levanta y se quita la chaqueta porque la calefacción central siempre está puesta a veintitrés grados a pesar de que a finales de noviembre en Barcelona el frío no es tan intenso como en otras ciudades del país.

Olga camina hacia una de las dos zonas comunes de su planta y se prepara un café mientras echa un vistazo rápido a su móvil. Nada, ni una notificación, algo que a veces, como ahora, la alivia, y otras le produce cierta sensación de incomodidad porque siente que tiene una vida social bastante pobre.

Con su café en la mano, vuelve hasta su puesto de trabajo, lo deja sobre la madera y entra en el despacho de Ricard como hace cada día.

Le ordena los papeles que tiene sobre la mesa, abre un poco la ventana porque el hombre siempre se queja del calor de la oficina y le enciende el ordenador de sobremesa porque le gusta encontrarlo en marcha cuando llega.

Después echa un vistazo a las notas de colores que su jefe a veces pega bajo la pantalla del ordenador y se asegura de que ninguna está dirigida a ella porque Ricard tiene tendencia a quedarse hasta tarde y si necesita que Olga haga algo al día siguiente porque no ha podido hablar con ella, le deja una nota ahí en lugar de dejársela en su mesa.

—Las personas son muy cotillas, Olga, por delante de tu mesa pasa mucha gente, mejor en la mía —argumentó cuando ella se atrevió a preguntarle por ese comportamiento la primera vez que el hombre se quejó de que no había hecho una tarea, algo imposible porque Olga ni siquiera sabía que existía.

Ricard es algo excéntrico, pero no es un mal tipo para trabajar con él. Es educado y amable y no es el típico jefe que delega todo lo que puede en los demás, o en Olga en este caso.

Tras asegurarse de que todo está bien, sale del despacho para volver a su puesto y se pone a trabajar, tan sumergida en lo que hace que apenas ha sido consciente del momento en el que la oficina se ha llenado y el ruido de pasos por el pasillo o conversaciones simultáneas al teléfono lo han inundado todo.

—Buenos días, Olga —la sobresalta Ricard cuando llega con su inseparable maletín de cuero marrón.

—Buenos días, señor Mandril —saluda ella.

El hombre, trajeado y con el pelo tan blanco que le brilla como si tuviera papel de aluminio en la cabeza, le dedica una sonrisa amable mientras pasa por su lado.

—¿Alguna novedad?

—No, señor, la agenda para el día sigue como la dejamos ayer —responde Olga, girándose hacia atrás para verlo entrar en su despacho.

—Estupendo.

Su jefe no cierra la puerta, la deja medio abierta porque los espacios completamente cerrados no le gustan, y Olga vuelve a su trabajo, sumergiéndose de nuevo hasta que, cuando se quiere dar cuenta, Ricard sale para dirigirse a la sala de reuniones porque apenas faltan diez minutos para que comience la que tienen programada a las diez.

—Voy enseguida —dice la asistente, terminando de anotar algo en la agenda.

—Tranquila —sonríe él—, hay tiempo.

Ricard desaparece y ella se levanta, coge su móvil, la agenda junto a su bolígrafo y sale al pasillo esperando ver a su amiga Silvia antes de la reunión, pero a la que ve es a Marina Cardona, que viene caminando desde el otro lado con un traje blanco, una camisa de seda marrón claro y su melena rubia oscura recogida en un moño suelto.

Olga casi trastabilla y se queda parada como un pasmarote mientras la mujer de la que lleva enamorada dos años reduce la distancia hasta que se detiene a su lado cuando la ve.

—Buenos días, Olga —saluda con ese tono amable que forma parte de un carácter agradable y cercano que contrasta con la ferocidad de esta mujer en las reuniones.

—Hola, Marina.

Su voz sale baja y Olga aprieta la agenda contra su pecho mientras el aroma del perfume de la directora regional la envuelve y la deja atrapada en esa nube donde siempre flota cuando está cerca de ella.

A Olga le iría mucho mejor si Marina fuera una mujer fría y distante de las que marcan distancias claras con el personal, también que no tuviera esa elegancia natural que la hace moverse por la oficina como si formara parte de ella, o que no tuviera esas enormes pestañas sobre unos ojos azul claro ni desprendiera tanta seguridad en sí misma o tuviera ese magnetismo natural que hace que ella orbite a su alrededor como una polilla cerca de una bombilla.

También serviría de ayuda que la mujer no recordara su nombre y la ignorara como a un mueble como hacen otros ejecutivos de la empresa, pero Marina no es así, la amabilidad y la empatía forman parte de su carácter y eso solo hace que el cosquilleo que Olga siente por el cuerpo en su presencia haga que se le aflojen siempre las rodillas.

Sin todos esos detalles, a lo mejor no se hubiera empezado a fijar en ella desde el primer día, primero con admiración hacia una mujer que parece haber logrado todos sus objetivos y después de otra manera cuando se dio cuenta de que estaba desarrollando sentimientos hacia ella y no podía hacer nada para evitarlo.

A pesar de la insistencia de su amiga Silvia en que se lance y por lo menos tantee el terreno, Olga nunca se ha atrevido a mover un dedo, no porque tema una mala contestación de Marina, sino porque la directora regional es muy reservada con su vida personal a pesar de que toda la empresa sabe que está divorciada desde hace cuatro años y, aunque a la última cena de empresa acudió sola, a todas las anteriores lo había hecho en compañía de hasta dos hombres distintos.

Silvia dice que eso no significa nada, que puede ser bisexual, pero a su amiga no es a la que se le desboca el corazón en presencia de esta mujer, tampoco la que se pone roja sin motivo, tartamudea, suelta gallos o responde estupideces, ni a la que se le olvida lo que iba a decir cuando Marina la enfoca o le sonríe ni la que se siente al borde del desmayo cuando la toca.

Bueno, esto último solo pasó una vez porque Marina no es muy de tocar a pesar de ser tan cercana, pero hubo un día en que el ascensor iba algo lleno y cuando Olga retrocedió un paso para dejar espacio a alguien que decidió entrar de todas formas, chocó con otra persona, trastabilló de manera dramática hacia un lado y se estabilizó cuando Marina la cogió por un brazo.

El calor que su mano provocó sobre su piel se le extendió por todo el cuerpo y lo siguiente que sintió fue que toda la sangre se le concentraba entre las piernas, y la sensación la dejó tan abrumada que cuando abrió la boca para darle las gracias, le salió un pitido agudo que dibujó una sonrisa en los labios de Marina que a Olga le pareció más seductora que divertida.

Desde aquel día, sueña con que la toque de nuevo y a veces hasta se descubre planificando tropezar con ella a propósito como si fuera una auténtica perturbada.

—¿Sabes si Ricard ha terminado el informe del tercer trimestre? Necesito saber si la partida de Lisboa quedó cerrada o si hay algo pendiente —pregunta Marina tras comprobar que todavía quedan unos minutos para la reunión.

Olga se recuerda que tiene que respirar si no quiere morirse y toma una bocanada tan profunda que por un momento se marea.

—Lo cerró ayer —responde al fin, rezando para que sus mejillas no se hayan puesto muy rojas.

Marina asiente y al parpadear con esas pestañas largas y espesas, provocando un aleteo en el pecho de Olga que la hace sentir como si la hubiera sacudido un tsunami.

La asistente ejecutiva baja la mirada porque le cuesta mantenerla en esos ojos sin perderse en ellos, y solo se da cuenta de que la ha detenido en los labios llenos de Marina cuando estos empiezan a moverse.

—¿Me lo puedes enviar al correo antes de la reunión de esta tarde?

—Sí, por supuesto. Pensaba que te lo había enviado Ricard —dice, orgullosa de que la frase le haya salido completa.

Marina se humedece los labios de repente, justo antes de que su comisura izquierda se curve ligeramente hacia arriba y las bragas de Olga se pongan perdidas.

La sonrisa de Marina es muy popular en la oficina por ser muy particular.

La directora regional tiene una cicatriz en el labio superior, cerca de la comisura izquierda.

Es una línea fina que empieza justo en el borde y se pierde dentro de su boca.

No deforma su labio, pero le tuerce la sonrisa hacia ese lado de forma automática y, en lugar de afearla, la hace odiosamente sexy y seductora.

—Ricard suele enviarme lo que no le pido y se olvida de lo que de verdad necesito —dice Marina, pero no a modo de crítica sino como un comentario divertido porque todos saben que el vicepresidente es el hombre más despistado de toda la planta.

Olga suelta una risita que le sale estrangulada por los nervios, y cuando Marina reanuda la marcha y la ve mover ese trasero que le encantaría tener entre las manos, quiere darse un guantazo en la frente.

Siempre le pasa algo delante de la directora regional, si no le sale un gallo en la voz, responde con algo estúpido porque los nervios siempre la traicionan.

Es ridículo y lo sabe. Ella es una mujer de treinta y ocho años con una carrera sólida a la espalda que se queda sin respiración porque una directiva recuerda su nombre y se detiene a hablar con ella de vez en cuando.

—Genial —susurra sofocada, obligándose a moverse y rezando para no quedarse embobada mientras la mira en la reunión.

Llevar dos años así es un suplicio y a veces le gustaría despertarse y descubrir que todo es una fantasía o un sueño que la pone húmeda, pero sabe que no es nada de eso, que Marina Cardona existe y es una mujer demasiado atractiva e inteligente para ignorarla, y si le añade que es una buena jefa que no se agencia los méritos de otros sino que los reconoce y los aplaude delante de los demás, el resultado es que Olga todavía no ha encontrado ni un solo rasgo que no le guste de ella, aunque le encantaría hacerlo, a ser posible, algo terrible como que es una asesina en serie o come animalitos para desayunar, pero ni siquiera sabiendo algo así tiene claro que dejase de gustarle.

—Eh, qué mañana más loca —dice Silvia, alcanzándola poco antes de llegar a la sala de reuniones.

—¿Loca? Si apenas son las diez —se extraña Olga.

—Ponte a dirigir a un equipo y después me lo cuentas —resopla su amiga.

Silvia es jefa del equipo de desarrollo y a veces acaba tan nerviosa que cuando terminan la jornada convence a Olga para ir a un bar cercano a tomar un par de cervezas que le ayudan a calmarse.

—¿Qué te pasa? Estás roja como un tomate —pregunta Silvia, cuando repara en la expresión de su amiga.

Olga siente una corriente fría por la espalda y se estremece mientras se toca las mejillas.

—¿Se me nota mucho? —pregunta con los ojos muy abiertos—. Del uno al diez, ¿cómo de roja?

Silvia estalla en una sonora carcajada y después la coge de un brazo y la arrastra lejos de la puerta.

—Has visto a Cardona, ¿no? —pregunta, aunque sabe la respuesta de sobra porque la reacción de Olga ante la directora regional siempre es automática y sus mejillas y su pecho cambian de su tono pálido habitual a un rojo intenso que no puede esconder.

—Hace un minuto —confiesa—. Dios, debe pensar que soy imbécil.

—A mí me pareces cobarde, pero no imbécil —se burla Silvia, dándole un empujón—. En serio, Olga, ¿no crees que dos años es mucho?

—Como si son veinte, ¿te has parado a pensar alguna vez lo violento que sería? Oye, Marina, me preguntaba si eres un poco lesbiana… —dice cambiando la voz, arrancando otra carcajada de su compañera.

—Eres muy dramática y un poco radical, si me permites el comentario…

—No te lo permito —trata de cortarla sin éxito.

—Me da igual, lo diré de todos modos. No tienes que ser tan directa, solo tantear, invitarla primero a un café, después a otro, luego a comer y si por último acepta una copa, la tienes en el bote.

—¿Desde cuándo tienes tanta experiencia con mujeres? —la ceja de Olga se levanta.

—Bueno, no puede ser muy diferente a ligar con un hombre, ¿no?

Olga decide no contestar, levanta la cara al techo como si suplicara paciencia y esta vez es ella la que coge a su amiga por el brazo.

—Vamos, la reunión está a punto de empezar.

Atraviesa la puerta muy segura, como si por un momento se hubiera olvidado de que en una de las treinta sillas blancas que hay alrededor de la mesa, está sentada Marina.

La directora regional está entre Ricard y Jordi Puig, este último es el director de desarrollo de negocio y por lo que Olga ha podido notar en este tiempo, es bastante amigo de Marina e incluso a veces se martiriza pensando que quizá sean algo más.

—Deja de babear, vamos a sentarnos —ordena Silvia en voz baja, retirando dos sillas en la otra punta de la mesa desde donde Olga tomará notas para su jefe sin intervenir, mientras intenta no perderse en el sonido de la voz de Marina cuando hable.

A veces, Olga envidia el puesto de su amiga, porque eso le permite interactuar con Marina a nivel profesional y verla en más reuniones donde Ricard no pinta nada y por lo tanto ella tampoco.

Suspira resignada y coge su bolígrafo, rezando para que la intervención de la directora regional no requiera que la mujer se levante y se ponga delante de la pantalla gigante para mostrar datos, porque Olga no podrá apartar los ojos de ella y el rubor volverá a asaltar sus mejillas hasta hacerla parecer enferma.