Capítulo XIX
El resultado
La reunión que iba a decidir el futuro del acuerdo se celebró tres semanas después de la tormenta, una vez que Saturio y el equipo de bodega habían terminado de procesar toda la uva salvada y de calcular las primeras estimaciones de producción y calidad.
Ezequiel había convocado formalmente el consejo de Bodegas Salvatierra para revisar, tal como había anunciado meses atrás, si la inversión en la finca Bastida cumplía con las expectativas necesarias para continuar.
Los días previos a la reunión, Candela se preparó con la misma disciplina que había empleado años atrás para sus presentaciones más importantes en Fráncfort, aunque esta vez el ejercicio le resultaba extrañamente placentero en vez de agotador.
Repasó cada cifra con Nicolás en la cocina de la finca, ensayó las respuestas a las preguntas más difíciles que podía anticipar del consejo, y hasta Presenta, que rara vez se involucraba en los asuntos de números, insistió en revisar con ella el orden de la presentación, alegando que después de tantos años sirviendo café a hombres de negocios había aprendido un par de cosas sobre cómo convencerlos.
Candela llegó a la sede de Bodegas Salvatierra con una carpeta preparada con el mismo cuidado que hubiera dedicado a cualquier presentación de su antigua vida profesional, aunque esta vez, por primera vez en años, no sentía la ansiedad habitual antes de defender un proyecto, sino una confianza tranquila construida sobre meses de trabajo real, no de proyecciones especulativas.
La sala de juntas estaba ocupada por los seis miembros del consejo, incluidos Ezequiel y Renata, además de Nicolás, que se sentó junto a Candela en un gesto que no pasó desapercibido para nadie presente.
Ezequiel abrió la sesión con su habitual tono formal, aunque Candela creyó detectar, debajo de esa formalidad, un interés genuino distinto al de meses atrás.
—Adelante, Candela —dijo, cediéndole la palabra sin necesidad de que nadie se lo pidiera—. Queremos oír los números.
Candela expuso los resultados con la claridad que la caracterizaba: la producción total, un veinticinco por ciento menor de lo proyectado a causa de la tormenta de granizo, pero compensada con creces por la calidad excepcional de la uva salvada de las cepas viejas, que Saturio había calificado como la mejor materia prima que había visto en la comarca en más de una década.
Presentó las proyecciones de venta para el vino de gama alta que planeaban embotellar bajo la nueva etiqueta, con márgenes que, aunque todavía modestos en comparación con la escala de Bodegas Salvatierra, superaban ampliamente lo que el propio contrato original había fijado como objetivo mínimo para el primer año.
Mostró también, con una satisfacción que no intentó ocultar, las primeras cartas de intención de dos distribuidores especializados que habían mostrado interés en el vino incluso antes de que estuviera embotellado, atraídos por el relato de la cosecha salvada del granizo, que ya empezaba a circular entre los círculos enológicos de la región como una pequeña leyenda local.
—En resumen —concluyó, cerrando la carpeta—, la finca Bastida no solo ha cubierto los costes de la inversión inicial, sino que proyecta beneficios netos para el segundo año muy por encima de lo pactado.
Y esto sin contar el valor añadido de recuperación de un patrimonio agrícola que, hace ocho meses, estaba a punto de perderse por completo.
Uno de los miembros del consejo, un hombre mayor con quien Candela no había tratado directamente hasta entonces, tomó la palabra para plantear preguntas técnicas sobre los costes de mantenimiento a largo plazo, y Candela respondió cada una de ellas sin titubear, con la misma precisión que había empleado durante años en salas de juntas mucho más hostiles que aquella.
Otro consejero preguntó por los planes de expansión más allá de la primera cosecha, y Candela, con Nicolás asintiendo a su lado, expuso un plan a tres años que incluía la recuperación gradual de dos parcelas adicionales que su padre había dejado de cultivar por falta de recursos, así como la posibilidad de abrir una pequeña tienda de venta directa en la propia finca para complementar la distribución mayorista.
Cuando terminó la ronda de preguntas, Ezequiel pidió a los presentes ajenos a la familia que abandonaran la sala un momento, dejando dentro solo a Candela, Nicolás, Renata y él mismo.
—Has demostrado más de lo que exigía el contrato —dijo Ezequiel, una vez a solas, con una seriedad que no dejaba traslucir del todo lo que estaba a punto de decir—. Y he sido lo bastante terco como para necesitar pruebas antes de admitir que me equivoqué contigo desde el principio.
—Se lo agradezco, señor Salvatierra.
—Ezequiel, por favor. Ya no hace falta tanta formalidad, después de la tormenta que habéis capeado juntos.
—Hizo una pausa, mirando alternativamente a su hijo y a Candela—.
El acuerdo se mantiene tal como está firmado, sin ninguna modificación.
Y en cuanto a la propuesta de fusión con los Recasens, la he retirado esta misma semana.
No porque el negocio en sí fuera malo, sino porque he entendido, tarde pero lo he entendido, que no tengo derecho a seguir usando el futuro de mi hijo como moneda de cambio para mis propias inseguridades empresariales.
Nicolás no dijo nada, pero Candela notó que le apretaba la mano por debajo de la mesa, un gesto pequeño que decía más que cualquier discurso. Renata, que había permanecido en silencio durante buena parte de la reunión, tomó entonces la palabra, dirigiéndose tanto a su marido como a Candela.
—Quiero añadir algo, si me lo permitís. —Miró a Ezequiel con una firmeza que Candela ya había aprendido a reconocer como propia de aquella mujer—.
He apoyado este acuerdo desde el principio, no solo porque los números lo justificaran, sino porque llevaba años esperando ver a mi hijo comprometerse con algo por convicción propia, en vez de por obligación hacia esta empresa.
Y verlo hoy, sentado aquí, defendiendo este proyecto con la misma pasión con la que lo defiende Candela, es la mejor prueba que necesito de que hemos tomado la decisión correcta.
—Gracias, mamá.
—No me las des a mí. Dáselas a ella, que ha sido quien ha hecho el trabajo de verdad. —Renata le sonrió a Candela con una calidez sincera—. Yo solo he tenido que convencer a un consejo. Tú has tenido que salvar una finca entera, un negocio, y a mi hijo, todo a la vez.
—Hay algo más —añadió Ezequiel, dirigiéndose ahora directamente a Candela, con una vulnerabilidad que Candela no le había visto ni siquiera en el hospital—.
Le debía una disculpa a tu padre que nunca llegué a darle.
No puedo dártela a ti en su lugar, porque no sería justo pedirte que la aceptaras por él.
Pero puedo decirte que la finca que has salvado, la que has hecho prosperar contra todo pronóstico, es la prueba más clara de que Homero Bastida tenía razón en algo que yo tardé cuarenta años en entender: que la tierra bien cuidada, con paciencia y sin atajos, siempre acaba dando más de lo que promete.
Candela sintió que se le cerraba la garganta, no de rabia esta vez, sino de una emoción distinta, más cercana al alivio de ver cerrarse, aunque fuera de forma imperfecta, una herida que llevaba abierta desde mucho antes de que ella naciera.
—Gracias, Ezequiel. Creo que a mi padre le hubiera gustado oír eso, aunque haya llegado con retraso.
—Todo en esta familia llega con retraso, Candela. —Ezequiel esbozó algo parecido a una sonrisa, la primera que Candela le veía—. Es una tradición que espero que mi hijo consiga romper, si tú le das la oportunidad.
Renata, sentada al otro lado de la mesa, observaba la escena con una expresión de alivio evidente, como quien lleva años esperando ver a su marido reconocer, aunque fuera tarde, los errores que había cargado en silencio durante décadas.
Salieron de la reunión ya entrada la tarde, con el contrato confirmado y la sensación, por primera vez desde que había vuelto a Peñalvera, de que el pasado y el presente habían dejado por fin de tirar en direcciones opuestas.
En el pasillo, antes de salir del todo del edificio, se encontraron con Alba Recasens, que había acudido esa misma tarde para una reunión distinta, ajena por completo a la fusión ya descartada. Se saludaron con una cordialidad breve, sin rencor evidente por ninguna de las dos partes.
—Me he enterado de que la fusión con mi padre no va a seguir adelante —dijo Alba, sin rodeos, dirigiéndose a Nicolás—. Espero que no sea por mi culpa.
—No lo es, Alba. Es una decisión de negocio, nada que ver contigo. —Nicolás lo dijo con una tranquilidad que a Candela le pareció, por primera vez, completamente libre de la tensión que había marcado su encuentro anterior en la feria.
—Me alegro, entonces. —Alba miró a Candela con una sonrisa que ya no tenía nada de la superioridad calculada de meses atrás—. Espero que os vaya bien con la finca. Por lo que cuentan, habéis hecho algo bastante impresionante este año.
Se despidieron sin más formalidad, y Candela, mientras caminaban hacia el coche, sintió que aquel breve encuentro cerraba, casi sin proponérselo, uno de los últimos hilos sueltos de una historia que llevaba meses complicándoles la vida sin necesidad.