Capítulo XVIII
La tormenta
La vendimia empezó la primera semana de septiembre, con un amanecer despejado que Basilio calificó de buen augurio, aunque advirtió que el parte meteorológico anunciaba inestabilidad para el fin de semana.
Candela, Nicolás, Basilio y un equipo de temporeros contratados para la ocasión se lanzaron a recoger la uva de las parcelas bajas primero, las más expuestas, dejando para el final las cepas viejas de la ladera alta, las que Saturio había identificado como la joya de toda la cosecha.
El ambiente de esos primeros días tenía algo de fiesta contenida, con los temporeros cantando entre las hileras mientras trabajaban, una tradición que Basilio insistió en mantener porque, según decía, la uva recogida con alegría siempre daba mejor vino que la recogida en silencio.
Los primeros tres días transcurrieron sin incidentes, con un ritmo de trabajo agotador pero satisfactorio, las cajas de uva llenándose una tras otra bajo un sol todavía generoso de principios de otoño.
Candela descubrió, con las manos manchadas de mosto y la espalda dolorida de agacharse entre las cepas durante horas, una satisfacción física que ningún informe de consultoría le había dado jamás.
Por las noches, después de cenar algo ligero con Presenta y con el equipo de temporeros, caía dormida casi de inmediato, con un cansancio limpio que no tenía nada que ver con el agotamiento nervioso de sus años en Fráncfort.
Nicolás se turnaba entre la vendimia de la finca Bastida y la de las propias fincas de Bodegas Salvatierra, coordinando con Ezequiel un calendario que, por primera vez en años, ambos habían acordado sin discusión previa.
Cada noche, antes de irse a descansar, se pasaba por la finca para revisar con Candela el estado de las cajas ya recogidas, un ritual pequeño que ninguno de los dos había planeado pero que se había convertido, sin palabras de por medio, en la parte del día que ambos esperaban con más ganas.
El cuarto día, sin embargo, el cielo empezó a cambiar hacia el mediodía, con un frente de nubes oscuras avanzando desde el oeste a una velocidad que Basilio, con cuarenta años de experiencia leyendo el cielo de la comarca, reconoció de inmediato como una amenaza seria.
Hasta ese momento, la mañana había transcurrido con la misma rutina que los tres días anteriores: Candela y dos temporeras trabajando la fila más próxima al camino, Nicolás coordinando con Basilio el orden de recogida de las parcelas restantes, y el sol calentando con la generosidad típica de principios de septiembre, sin que nada hiciera presagiar lo que se avecinaba apenas unas horas después.
—Viene granizo —dijo, dejando caer las tijeras de vendimia y mirando hacia el horizonte con el ceño fruncido—. Y viene rápido. Nos quedan quizás dos horas antes de que llegue aquí.
—¿Qué parcela corre más peligro? —preguntó Nicolás, ya moviéndose hacia la furgoneta.
—La alta. La de las cepas viejas. Todavía no la hemos vendimiado, y si el granizo cae con la fuerza que parece que va a caer, nos vamos a quedar sin la mejor parte de la cosecha en cuestión de minutos.
No hizo falta más conversación. Candela llamó de inmediato a todos los temporeros disponibles, Nicolás movilizó a dos equipos más de Bodegas Salvatierra que estaban terminando su propia vendimia en fincas cercanas, y en menos de media hora tenían a casi veinte personas trabajando a un ritmo frenético en la parcela alta, cortando racimos con una urgencia que no dejaba espacio para la delicadeza habitual de la vendimia manual.
El cielo se oscureció por completo hacia las tres de la tarde, y el viento empezó a agitar las hojas de las cepas con una violencia que anunciaba lo que se avecinaba.
Candela trabajaba junto a Nicolás en la fila más alta, ambos con las manos ensangrentadas por los cortes de las tijeras manejadas demasiado deprisa, cuando las primeras piedras de granizo empezaron a caer, pequeñas al principio, pero aumentando de tamaño con una rapidez alarmante.
—¡Hay que refugiarse! —gritó Nicolás, sobre el ruido creciente del viento—. ¡Ya hemos salvado más de la mitad!
—¡Cinco minutos más! —replicó Candela, sin dejar de cortar racimos con una determinación que rozaba la temeridad—. ¡Podemos con la fila que falta!
El granizo arreció en cuestión de segundos, piedras del tamaño de una uña golpeando con fuerza suficiente para hacer daño de verdad, y Nicolás, sin discutir más, la sujetó del brazo y tiró de ella hacia el cobertizo más cercano, el mismo cobertizo derruido donde se habían refugiado meses atrás bajo la lluvia.
Corrieron entre las hileras, protegiéndose la cabeza con los brazos, mientras el resto del equipo hacía lo mismo hacia distintos refugios improvisados por la finca.
Se quedaron dentro del cobertizo, empapados y con pequeños moratones ya formándose en los brazos y los hombros, escuchando el granizo golpear con fuerza el tejado de chapa, un sonido ensordecedor que parecía anunciar el fin de todo lo que habían trabajado durante meses.
Candela se abrazó las rodillas, sintiendo que el corazón le latía tan deprisa por el miedo como por el esfuerzo físico de los últimos minutos.
—¿Y si lo hemos perdido todo? —preguntó, con la voz quebrada, mirando hacia fuera sin poder ver más que una cortina blanca de granizo golpeando la tierra.
—Entonces lo perdemos juntos, y volvemos a empezar.
—Nicolás se sentó a su lado, tan cerca que sus hombros se tocaban, y le cogió la mano, sin importarle ya la sangre ni la tierra que ambos tenían encima—.
Pero hemos salvado más de la mitad de la parcela alta antes de que empezara a caer con fuerza, Candela.
Pase lo que pase con el resto, eso ya no nos lo puede quitar nadie.
La tormenta duró apenas veinte minutos, pero cuando amainó lo suficiente para salir, el paisaje que encontraron fuera del cobertizo parecía sacado de una guerra: hojas destrozadas cubriendo el suelo, racimos enteros reventados por el impacto de las piedras de hielo, charcos de agua mezclada con mosto donde antes había tierra seca.
Recorrieron la finca en silencio, evaluando los daños parcela por parcela, mientras el resto del equipo salía también de sus refugios improvisados con la misma expresión de incredulidad cautelosa.
La parcela baja, la primera que habían vendimiado, estaba completamente a salvo, ya con la uva recogida y almacenada.
La parcela media había sufrido daños moderados, quizás un veinte por ciento de pérdida en la fruta que aún quedaba en las cepas.
Pero fue en la parcela alta, la de las cepas viejas, donde el destino pareció querer premiar su carrera desesperada de última hora: casi el sesenta por ciento de esa cosecha ya estaba a salvo en las cajas, cortada antes de que el granizo empezara a caer con fuerza, y aunque el cuarenta por ciento restante había quedado seriamente dañado, la parte salvada era, según confirmó Saturio esa misma noche tras una inspección minuciosa, más que suficiente para producir el vino de gama alta que habían proyectado desde el principio.
Los temporeros, agotados pero con una moral sorprendentemente alta dadas las circunstancias, se turnaron para revisar cada caja recogida, separando con cuidado los racimos intactos de los que habían sufrido algún golpe, en un trabajo minucioso que se prolongó hasta bien entrada la noche bajo la luz de varios focos improvisados que Nicolás había traído de la bodega familiar.
—Habéis tenido una suerte tremenda —dijo el agrónomo, todavía con el barro hasta las rodillas—. O, mejor dicho, no ha sido suerte del todo. Habéis tenido el instinto de correr hacia la parcela correcta en el momento correcto, y eso, en una vendimia, vale tanto como cualquier otra cosa.
La noticia de la tormenta corrió rápido por el valle, y antes de que anocheciera del todo, Ezequiel se presentó en la finca por su cuenta, sin avisar, con una expresión de preocupación genuina que no intentó disimular.
Recorrió las parcelas dañadas junto a Basilio, con el mismo ojo experto que había empleado durante cuarenta años en sus propias tierras, y al terminar la inspección buscó a Candela y a Nicolás, que todavía estaban ayudando a descargar las últimas cajas de la furgoneta.
—He visto lo que habéis salvado —dijo, con una admiración que no era habitual en él—.
La mayoría de las fincas de la comarca han perdido esta tarde entre el sesenta y el ochenta por ciento de lo que quedaba en la cepa.
Vosotros os habéis quedado en un cuarenta, y la parte buena, según me dice Saturio, está prácticamente intacta.
Eso no es solo suerte, Candela. Eso es haber tomado la decisión correcta bajo presión, algo que en este negocio vale más que cualquier balance.
—Gracias por venir a comprobarlo en persona.
—Quería veros con mis propios ojos, para saber si estabais bien. —Ezequiel dudó un momento, con una torpeza poco habitual en él—. Las cosas, no la cosecha.
Fue el primer gesto de preocupación sincera que Ezequiel le mostraba desde que se conocían, y Candela lo guardó, sin comentarlo en voz alta, como una pequeña señal de que algo entre los Bastida y los Salvatierra empezaba, por fin, a cambiar de verdad.
Candela y Nicolás se quedaron esa noche en la finca, demasiado agotados y demasiado conmocionados para separar el trabajo de todo lo demás, y fue Presenta quien, viéndolos entrar en la cocina cubiertos de barro y con las manos vendadas de forma improvisada, decidió no hacer ninguna pregunta y simplemente les sirvió a los dos un plato caliente de la cena que había preparado horas antes, esperando pacientemente a que la tormenta pasara.
Los días siguientes se dedicaron por completo a evaluar y procesar la uva salvada, trabajando codo con codo en la nave con Saturio y con el resto del equipo, separando racimo por racimo lo aprovechable de lo dañado, en un proceso lento y minucioso que dejó a todos con las manos permanentemente teñidas de morado durante casi una semana.
Fue en esos días de trabajo compartido, más que en la propia tormenta, donde Candela sintió que se terminaba de sellar algo entre ella y Nicolás: la certeza tranquila de que, ante una crisis real, ambos reaccionaban de la misma manera, con la cabeza fría y las manos dispuestas a trabajar, sin necesidad de discutir quién debía tomar el mando.
—Después de esto, cualquier otra cosa nos va a parecer sencilla —le dijo Nicolás, una noche, mientras los dos limpiaban juntos la última tanda de racimos del día, todavía con el eco del granizo resonándoles en la memoria.
—Espero que tengas razón. Aunque después de lo de hoy, no sé si me fío mucho de las predicciones de nadie sobre lo que va a ser sencillo o difícil a partir de ahora.