Diez vendimias sin ti Capítulo XVII
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Capítulo XVII

La vendimia

Las semanas de junio y julio pasaron con la velocidad extraña que solo tiene el tiempo cuando está lleno de trabajo compartido.

Candela y Nicolás retomaron la rutina de la finca con una normalidad nueva, distinta a la de los primeros meses: ya no había negociación tensa en cada conversación, ni distancia calculada en cada ausencia.

Se veían casi a diario, cenaban juntos con frecuencia en la cocina donde todo había empezado, y aunque todavía no habían vuelto a besarse desde aquella tarde en la parcela alta, ambos sabían que era solo cuestión de tiempo, un tiempo que por primera vez no les urgía forzar.

Nicolás empezó a dividir su semana laboral entre la bodega de su familia y la finca Bastida con una naturalidad que sorprendió incluso a Renata, que comentó más de una vez, medio en broma, que su hijo parecía haber encontrado por fin un equilibrio que llevaba años sin conseguir.

Candela, por su parte, retomó poco a poco tareas que antes hubiera delegado sin pensarlo, aprendiendo de Basilio los pequeños detalles del oficio que su padre nunca había tenido tiempo de enseñarle del todo: cuándo despuntar un brote, cómo leer el color de una hoja para anticipar una carencia de nutrientes, qué días de calor intenso convenía regar de madrugada en vez de al atardecer.

Olalla bajaba a la finca casi cada domingo, con la excusa de traer pan recién hecho, aunque en realidad lo que buscaba era comprobar con sus propios ojos que la reconciliación entre Candela y Nicolás seguía avanzando por buen camino.

—Nunca pensé que acabaría viéndote tan tranquila hablando de vendimias y de porcentajes de mildiu —le dijo, un domingo de julio, mientras las dos tomaban café en la cocina—. La Candela que se fue de aquí hace diez años se hubiera reído de esta escena.

—La Candela que se fue de aquí hace diez años tenía mucho menos claro lo que quería que la que ha vuelto. —Candela sonrió, removiendo el café con calma—. Aunque, para ser justos, tardé bastante en darme cuenta de eso.

—Lo importante es que te has dado cuenta a tiempo. —Olalla le apretó la mano por encima de la mesa—. Y que este pueblo, por fin, va a tener algo bueno que contar sobre los Bastida y los Salvatierra, en vez de las mismas historias de rencor de siempre.

Saturio confirmó, a mediados de agosto, que la cosecha se presentaba mejor de lo que nadie en la finca se hubiera atrevido a predecir en febrero.

—Las parcelas que tratamos a tiempo van a dar una uva excelente —dijo, revisando con Candela y Nicolás los racimos ya casi maduros de la ladera alta—.

Y las cepas viejas, las que Basilio insistió en salvar en vez de replantar, van a producir menos cantidad, pero con una concentración que no vais a encontrar en ninguna otra finca de la comarca.

Si el tiempo aguanta hasta la vendimia, esto puede ser la mejor cosecha de la zona en años.

—¿Y si el tiempo no aguanta? —preguntó Candela, con la cautela de quien ya ha aprendido a no confiar del todo en las buenas noticias sin condiciones.

—Entonces rezamos —respondió Saturio, medio en broma—. Agosto en esta comarca puede traer tormentas de granizo capaces de arruinar una cosecha entera en veinte minutos. Llevamos tres años seguidos sin una gorda, lo cual, estadísticamente, no es una buena señal para lo que queda de verano.

La advertencia se quedó flotando en el ambiente durante las semanas siguientes, un recordatorio constante de que todo lo que habían construido, la finca recuperada, la relación reconstruida con paciencia, seguía dependiendo, en última instancia, de fuerzas que ni Candela ni Nicolás podían controlar del todo.

Ezequiel, ya recuperado casi por completo, empezó a visitar la finca con una frecuencia que sorprendió a todos, incluido su propio hijo.

Sus visitas ya no tenían el tono de inspección hostil de los primeros meses, sino algo parecido a una curiosidad genuina, casi arrepentida, por un proyecto que había intentado sabotear desde el principio.

Llegaba siempre sin avisar, a media mañana, con el pretexto de traer algún repuesto o alguna herramienta que aseguraba que le sobraba en su propia bodega, y se quedaba después charlando con Basilio sobre técnicas de poda que ambos habían aprendido de sus respectivos padres, comparando métodos con el mismo entusiasmo con el que dos viejos amigos hubieran hablado de cualquier otra pasión compartida.

—Tu padre trabajó estas mismas parcelas con las manos, ¿sabes?

—le dijo a Candela, una tarde de finales de julio, mientras caminaban juntos entre las hileras recuperadas, algo que meses atrás hubiera parecido impensable—.

Antes de que las deudas y el orgullo lo convencieran de que ya no valía la pena el esfuerzo.

Me alegra ver que alguien ha conseguido devolverle a esta tierra lo que se merecía.

—Viniendo de usted, no sé si tomármelo como un cumplido o como una disculpa tardía.

—Tómatelo como las dos cosas —respondió Ezequiel, con una honestidad que Candela no le conocía—. Llevo toda la vida siendo malo pidiendo perdón como es debido. Este es lo más parecido que voy a conseguir, probablemente.

Candela no le ofreció un perdón fácil, porque no lo sentía todavía del todo, pero tampoco rechazó el gesto, entendiendo que aquella tregua incómoda entre ambos, aunque tardía, era en sí misma un pequeño triunfo dentro de la historia mucho más larga de rencores entre las dos familias.

Caminaron un rato más en silencio, y Ezequiel se detuvo frente a una de las cepas más viejas, la que Basilio había señalado meses atrás como la más antigua de toda la finca, plantada por el abuelo de Homero antes incluso de que existiera la carretera que ahora unía Peñalvera con la capital.

—Mi padre y el abuelo de Homero fueron amigos, ¿sabías eso?

—preguntó Ezequiel, pasando una mano por la corteza rugosa del tronco—.

Antes de que la siguiente generación, la mía y la de Homero, decidiéramos que la amistad no era rentable y la sustituyéramos por la competencia.

A veces me pregunto cuánto tiempo hemos perdido todos, generación tras generación, repitiendo la misma historia sin aprender nada de la anterior.

—Quizás esta generación consiga romper el patrón —dijo Candela, sorprendida ella misma de la esperanza sincera que había en su propia voz.

—Eso espero, Candela. De verdad que lo espero.

Aquella misma noche, Nicolás se quedó en la finca después de la cena, y los dos se sentaron en el porche a ver caer el sol sobre las parcelas cargadas de fruta casi madura, con el silencio cómodo de dos personas que ya no necesitan llenar cada pausa con palabras.

Antes de esa noche, sin embargo, hubo toda una tarde de trabajo que Candela recordaría después como una de las más felices de ese verano.

Habían pasado horas juntos revisando el estado de los racimos parcela por parcela, comprobando el nivel de azúcar de la uva con un pequeño refractómetro que Nicolás manejaba con la misma destreza con la que manejaba cualquier instrumento relacionado con el vino, y en algún momento, sin que ninguno de los dos lo planeara, habían acabado sentados entre las cepas, compartiendo un racimo recién cortado, con el jugo dulce chorreándoles por las manos mientras se reían de una anécdota que Nicolás contaba sobre su primer intento fallido de hacer vino casero a los quince años, un desastre que había terminado con media cocina de sus padres manchada de mosto fermentado.

—Mi madre todavía me lo recuerda cada vez que puede —había dicho él, limpiándose las manos en el pantalón—. Dice que fue la primera señal clara de que iba a dedicarme a esto, aunque en su momento pareciera solo una travesura de adolescente aburrido.

—A mí me hubiera encantado ver esa cocina destrozada.

—Algún día te enseño las fotos. Mi madre las guarda como prueba, por si algún día se me ocurre presumir demasiado de mis conocimientos de enología.

Fue en ese tipo de momentos pequeños, sin trascendencia aparente, donde Candela sentía con más claridad que la relación que estaban reconstruyendo tenía una base distinta a la de diez años atrás: menos urgencia, más paciencia, y una confianza que se iba tejiendo despacio, conversación a conversación, tarde a tarde, en vez de construirse de golpe sobre la intensidad de un verano adolescente.

Aquella misma noche que había empezado con el racimo compartido terminó en el porche, con los dos sentados viendo caer el sol sobre las parcelas cargadas de fruta casi madura, con el silencio cómodo de dos personas que ya no necesitan llenar cada pausa con palabras.

—Faltan tres semanas para empezar la vendimia —dijo Nicolás, al fin, mirando hacia la ladera—. Y con ella, el plazo de mi padre. Sea cual sea el resultado, esto se va a decidir muy pronto.

—Lo sé. —Candela apoyó la cabeza en su hombro, un gesto que no había planeado pero que le salió con una naturalidad que la sorprendió a ella misma—.

Pase lo que pase con el negocio, Nicolás, quiero que sepas que estas semanas contigo, despacio, sin prisa, han sido de las mejores que recuerdo en mucho tiempo.

No cambiaría ni una sola de las conversaciones incómodas, ni siquiera la de la cocina cuando te pedí tiempo, si eso significaba llegar a este momento exacto.

—Para mí también. —La rodeó con un brazo, con cuidado, como quien todavía no da nada por sentado del todo—. Y quiero que sepas que, gane o pierda esta apuesta con mi padre, no pienso irme a ningún lado, Candela. Esta vez no.