Diez vendimias sin ti Capítulo XVI
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Capítulo XVI

El regreso

Candela volvió a Peñalvera un domingo por la tarde, con una única maleta y la sensación extraña de estar regresando a casa de verdad por primera vez desde que había llegado meses atrás con el corazón todavía instalado, sin saberlo, en Fráncfort.

El autobús desde el aeropuerto la dejó en la plaza, y caminó los últimos minutos hasta la finca a pie, disfrutando del aire de mayo, mucho más templado que el que había dejado en Alemania, y de un silencio que ya no le resultaba extraño sino reconfortante.

Presenta la recibió en la puerta con un abrazo que se alargó más de lo habitual, y fue ella quien, mientras deshacían juntas el equipaje, le contó con detalle los cambios de las últimas dos semanas.

—Ha estado aquí casi todos los días —dijo su tía, doblando una chaqueta con un cuidado que no engañaba a nadie sobre lo mucho que le interesaba el tema—.

Ha renegociado el precio del sistema de riego con un proveedor mejor, ha conseguido que Saturio venga dos veces por semana en vez de una, y ayer mismo trajo un ingeniero para revisar la nave entera, no solo la maquinaria.

Está actuando como si esto fuera de verdad su proyecto, Candela, no una obligación contractual.

—¿Y de nosotros ha dicho algo?

—Nada directamente. Pero cada vez que termina de trabajar, se queda un rato mirando hacia el camino antes de irse, como si esperara que aparecieras de un momento a otro.

—Presenta sonrió, con una ternura que Candela no le veía a menudo—.

Yo creo que ese hombre ha hecho más en dos semanas de lo que hizo en diez años, hija.

Pero eso lo tienes que juzgar tú, no yo.

Candela no lo llamó esa misma tarde. Necesitaba, primero, recorrer la finca con sus propios ojos, comprobar por sí misma si los cambios que Presenta describía eran tan reales como parecían.

Salió al anochecer, cuando ya el trabajo del día había terminado, y caminó despacio entre las hileras de vides, ahora cargadas de brotes verdes que en febrero, cuando había llegado, no eran más que sarmientos grises y desnudos.

El aire olía a tierra húmeda y a las primeras flores de la temporada, un olor que Candela ya asociaba, sin proponérselo, con la idea de estar en casa.

El nuevo sistema de riego, ya instalado en su mayor parte, brillaba tenuemente bajo la luz del atardecer, una prueba física de que algo había cambiado de verdad mientras ella estaba fuera.

Fue en la parcela alta, la misma que Basilio le había enseñado su primera mañana en la finca, donde encontró a Nicolás, con las mangas de la camisa remangadas y las manos hundidas en la tierra, revisando algo junto a una de las cepas más viejas.

Se detuvo a unos metros, observándolo sin que él se hubiera dado cuenta todavía de su presencia, y sintió que algo se le aflojaba en el pecho, algo que llevaba semanas apretado sin darse tregua.

Lo observó así un buen rato, memorizando la escena con la misma atención con la que memorizaría después cada detalle de esa tarde: la luz dorada cayendo sobre los hombros de Nicolás, el silencio roto solo por el canto lejano de algún pájaro, la sensación extraña y a la vez familiar de estar exactamente donde quería estar.

—Presenta me dijo que estabas en Alemania —dijo Nicolás, levantando la vista al fin, sin sobresaltarse, como si de alguna manera hubiera sabido que ella acabaría apareciendo justo en ese lugar—. No sabía cuándo volvías.

—Hoy. —Candela se acercó unos pasos, con cautela—. He estado recorriendo la finca. Todo esto es nuevo.

—Todo esto debí hacerlo hace meses. —Se limpió las manos en el pantalón y se incorporó, quedando de pie frente a ella, a una distancia respetuosa que ambos parecían haber acordado sin palabras.

Se quedó mirándola un momento antes de continuar, como si necesitara asegurarse de que de verdad estaba allí, delante de él, y no fuera solo una imaginación cansada después de semanas de esperar—.

Estás distinta. No sabría explicar en qué exactamente, pero se nota.

—Fráncfort me ayudó a ver algunas cosas con más claridad. —Candela sonrió, apenas—. Entre ellas, que ya no reconozco esa vida como mía.

Nicolás asintió, sin necesidad de que ella se lo explicara más—. He hablado con mi padre, Candela. De verdad, esta vez. Sobre lo de la prensa, sobre Homero, sobre todo lo que llevábamos cuarenta años sin decirnos con claridad. Y he entendido algo que debí entender hace mucho tiempo.

—¿Qué?

—Que llevo toda la vida esperando que él me dé permiso para las cosas que de verdad me importan, y que esa espera me ha costado cosas que no pienso volver a perder por el mismo motivo.

—La miró directamente, sin la calma calculada de negociador que solía emplear ni siquiera en los momentos más íntimos—.

No te estoy pidiendo que confíes en mí solo porque lo diga.

Te estoy pidiendo que me des la oportunidad de demostrártelo con hechos, como he intentado hacer estas dos semanas, aunque no estuvieras aquí para verlo.

Candela se quedó mirando la parcela entera, las cepas recuperadas, el sistema de riego nuevo, y después volvió a mirarlo a él, calculando con la misma precisión con la que calculaba cualquier balance si lo que veía era suficiente para volver a arriesgarse.

—No voy a fingir que todo está resuelto solo porque hayas cambiado de comportamiento en dos semanas, Nicolás.

—Su voz sonó más firme de lo que esperaba—.

Pero tampoco voy a fingir que no me importa lo que has hecho mientras yo no estaba.

Quiero intentarlo otra vez. Despacio. Sin que ninguno de los dos dé nada por sentado todavía.

—¿Qué significa eso, exactamente, en términos prácticos? —preguntó él, con una media sonrisa que suavizaba la pregunta—. Porque sigo siendo el mismo hombre al que le cuesta hablar de lo que siente sin que suene a informe de negocio.

—Significa que vamos a seguir trabajando juntos en la finca, como hasta ahora.

Que vamos a hablar de lo que sentimos cuando lo sintamos, no cuando ya se haya convertido en un problema que hay que gestionar.

Y que si tu padre vuelve a presionar con algo, me lo cuentas a mí directamente, el mismo día, no semanas después ni por boca de otra persona.

—Puedo hacer eso.

—Y significa también —añadió Candela, con una vulnerabilidad que no intentó disimular— que no voy a fingir que no he pensado en ti cada día que he estado fuera, aunque estuviera furiosa contigo la mitad de ese tiempo.

—Despacio me parece bien. —Sonrió, la primera sonrisa completa que Candela le veía desde antes de la feria de vinos—. Llevo diez años esperando. Puedo esperar un poco más para hacerlo bien esta vez.

Dio un paso hacia ella, despacio, dándole tiempo de sobra para retroceder si lo necesitaba, y Candela no se apartó.

Se quedaron así, a un palmo de distancia, con la tarde cayendo sobre la parcela recuperada, y aunque ninguno de los dos se atrevió todavía a cerrar del todo esa distancia, ambos supieron, sin necesidad de decirlo, que la próxima vez que se besaran sería porque los dos habían elegido llegar hasta ahí con los ojos bien abiertos, sin la urgencia ni el miedo que había marcado el primer beso meses atrás.

Se quedaron allí, entre las vides que empezaban a recuperar su color, sin tocarse todavía, pero con una distancia que, por primera vez en semanas, no se sentía como una despedida sino como el principio prudente de algo que ambos, esta vez, estaban dispuestos a construir con más cuidado del que habían tenido la primera vez.

A lo lejos, Basilio los observaba desde la entrada de la nave, y aunque no dijo nada en voz alta, la sonrisa que se le escapó mientras volvía al trabajo fue suficiente para que Presenta, esa noche, supiera exactamente cómo había ido el reencuentro sin necesidad de que Candela le contara ni un solo detalle.

—No hace falta que me cuentes nada —dijo su tía, cuando Candela entró en la cocina con la ropa todavía manchada de tierra de la caminata—. Tienes la misma cara que tenía tu padre cada vez que volvía de ver a tu madre, antes de que se casaran.

—Vamos despacio, Presenta. No he prometido nada que no pueda cumplir.

—Me parece lo más sensato que has hecho en meses.

—Su tía le sirvió un plato de la cena que ya tenía preparada, y se sentó frente a ella con la satisfacción tranquila de quien ha visto una historia larga empezar, por fin, a enderezarse—.

Solo una cosa te pido, hija. Disfruta de lo que está pasando ahora, en vez de pasarte el tiempo calculando lo que podría salir mal.

Ya habrá tiempo de sobra para preocuparse si hace falta.

Faltaban apenas ocho semanas para la vendimia, la primera cosecha completa desde que Candela había vuelto, y con ella llegaría también el final del plazo de seis meses que Ezequiel había impuesto meses atrás.

Todo lo que habían construido, la finca, el acuerdo, y ahora también esta segunda oportunidad todavía frágil entre los dos, iba a medirse muy pronto por el resultado de esa cosecha, y ninguno de los dos, esa tarde entre las cepas recuperadas, podía todavía predecir si sería suficiente.