Capítulo XV
Lo que Nicolás aprendió
Mientras Candela estaba en Fráncfort, Nicolás se encontró, por primera vez en meses, con tiempo de sobra y sin la distracción constante del trabajo compartido en la finca para llenar sus días.
Las noches, sobre todo, se le hacían largas, y más de una vez se sorprendió revisando el móvil sin ninguna notificación real que justificara la comprobación, solo la esperanza vaga de que Candela hubiera escrito algo, cualquier cosa, que le permitiera medir el terreno antes de dar el paso que sabía que tenía pendiente.
Empleó parte de ese tiempo en algo que llevaba postergando desde la confrontación en la cocina de los Bastida: hablar con su padre sobre la historia real de la prensa comprada a medias con Homero, la que Presenta le había contado a Candela y que Candela, sin saberlo del todo, le había mencionado a Nicolás en una de sus últimas conversaciones antes de la ruptura.
Encontró a Ezequiel en el despacho de la bodega, todavía con el ritmo de trabajo reducido que los médicos le habían impuesto, revisando papeles con las gafas puestas y una taza de infusión que sustituía, con evidente resignación, al café que tenía prohibido.
—Necesito preguntarte algo, papá. Sobre Homero Bastida.
Ezequiel levantó la vista, con una cautela inmediata que confirmó a Nicolás que había elegido bien el tema.
—¿Qué quieres saber?
—La verdad sobre la prensa que comprasteis juntos hace cuarenta años. Toda la verdad, no la versión que siempre nos has contado.
Su padre se quitó las gafas despacio, con el gesto de quien necesita ese pequeño ritual para ganar tiempo antes de responder algo incómodo.
—¿Quién te ha hablado de eso?
—Da igual quién. Quiero oírtelo a ti.
Ezequiel se recostó en la silla, y por un largo momento pareció sopesar si merecía la pena seguir sosteniendo, después de cuarenta años, una versión de los hechos que ya no convencía ni a su propio hijo.
—Homero puso más dinero del que yo puse al principio, es verdad —admitió al fin, con la voz baja—.
Yo llegué tarde con mi parte porque tuve un problema de liquidez esa misma temporada, no porque lo planeara.
Pero cuando por fin pude aportar mi parte, ya habían pasado semanas, y para entonces yo había empezado a usar la prensa con más frecuencia de la acordada, aprovechando que Homero estaba ocupado con la boda y no llevaba la cuenta con el mismo cuidado que yo.
Nunca fue un engaño premeditado, Nicolás.
Pero tampoco lo corregí cuando debí hacerlo, y con el tiempo, corregirlo se hizo cada vez más difícil, hasta que dejó de parecer necesario.
—¿Y toda la enemistad que ha venido después? ¿Cada disputa por una linde, cada oferta agresiva por sus tierras?
—Fue más fácil convencerme de que Homero era un rival terco y orgulloso que reconocer que yo le debía una disculpa que nunca llegué a darle.
—Ezequiel se frotó los ojos, con un cansancio que no tenía nada que ver con la recuperación del corazón—.
Cuando un hombre lleva cuarenta años sosteniendo la misma versión de una historia, Nicolás, acaba creyéndosela él mismo, aunque en el fondo sepa que no es del todo cierta.
Y cada vez que veía a Homero prosperar un poco, aunque fuera modestamente, sentía una rabia que ahora entiendo que no tenía nada que ver con él, sino con la vergüenza que yo mismo me negaba a admitir.
—¿Por eso intentaste comprar la finca hace diez años? ¿Y ahora otra vez, cuando murió?
—En parte sí. Convencerme de que la tierra debía ser mía era más fácil que convencerme de que le debía a un hombre honesto una disculpa que llevaba cuarenta años posponiendo.
Nicolás se quedó en silencio, procesando la confirmación de algo que ya sospechaba, y sintió, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a la compasión hacia su padre, mezclada todavía con la rabia por todas las decisiones que esa mentira sostenida había provocado a lo largo de los años.
Salió del despacho y caminó sin rumbo fijo por las naves de la bodega en la que había crecido, deteniéndose frente a las barricas más antiguas, las que su abuelo había comprado antes incluso de que Ezequiel naciera.
Pensó en cuántas decisiones de su vida, cuántas ausencias y cuántos silencios, habían estado moldeados por una mentira de cuarenta años que ni siquiera conocía hasta esa tarde, y en cuánto de sí mismo había construido en reacción a un padre al que ahora, por primera vez, empezaba a ver no como una autoridad inapelable sino como un hombre tan lleno de arrepentimientos como cualquier otro.
—Deberías habérselo dicho a Homero antes de que muriera.
—Lo sé. —Ezequiel bajó la vista hacia los papeles de la mesa, sin verlos realmente—.
Es una de las pocas cosas de mi vida de las que me arrepiento sin condiciones.
Tuve cuarenta años para arreglarlo, y los dejé pasar todos, uno tras otro, convencido de que siempre habría tiempo.
Y ahora Homero está muerto, y lo único que me queda es intentar no cometer el mismo error con lo que tengo delante.
—¿Y qué significa eso, exactamente?
Su padre lo miró entonces, con una expresión que Nicolás no le había visto en años, algo parecido a la vulnerabilidad genuina que el infarto y la conversación entera parecían haber sacado a la superficie.
Por un momento, Nicolás creyó ver en sus ojos al hombre joven que debió ser antes de que cuarenta años de orgullo mal gestionado lo convirtieran en la figura severa que había definido toda su infancia, y esa visión fugaz le dolió más de lo que hubiera esperado.
—Significa que voy a dejar el acuerdo con la finca Bastida tal como está, sin más intentos de sabotearlo desde dentro.
Y significa que si de verdad quieres a esa chica, Nicolás, deberías dejar de venir a pedirme permiso, aunque sea de forma indirecta, para quedarte con ella.
Ya cometí yo ese error de dejar pasar lo importante por comodidad.
No hace falta que lo repitas tú también solo porque yo sigo sin saber cómo pedir perdón como es debido.
Fue la conversación más honesta que padre e hijo habían tenido en años, y aunque no resolvió de golpe la tensión acumulada de toda una vida, dejó a Nicolás con una claridad que no había tenido antes: que la distancia que había puesto con Candela en las últimas semanas no había sido, en realidad, una cuestión de lealtad familiar bien entendida, sino el mismo patrón heredado de su padre, el de posponer lo importante con la excusa de que ya habría tiempo más adelante.
Antes de marcharse del despacho, se cruzó con su madre en el pasillo, y Renata, que llevaba semanas observando la tensión entre su hijo y su marido sin intervenir directamente, lo detuvo un momento con una mano en el brazo.
—He oído parte de la conversación —admitió, sin disculparse por ello—.
Me alegro de que por fin hayáis hablado de eso.
Llevo cuarenta años viendo a tu padre cargar con esa culpa en silencio, dejando que se transformara en rabia contra los Bastida en vez de en la disculpa que debería haber sido desde el principio.
—¿Tú lo sabías?
—Lo sospechaba. Los matrimonios largos aprenden a leer los silencios del otro, Nicolás, aunque nunca lleguen a nombrarlos en voz alta.
—Renata le sonrió, con una calidez cansada que Nicolás reconoció como genuina—.
Ve a buscar a esa chica cuando vuelva de donde sea que se haya ido.
Y esta vez, hazlo sin mirar por encima del hombro a ver si tu padre aprueba el gesto.
Esa misma tarde, sin esperar más, cogió el coche y condujo hasta la finca Bastida, aunque sabía perfectamente que Candela todavía estaba en Fráncfort.
Necesitaba, de todas formas, empezar a demostrar el cambio con hechos y no solo con intenciones, y lo primero que hizo fue sentarse con Presenta y con Basilio para revisar personalmente, línea por línea, cada gasto y cada decisión pendiente de la finca, sin la distancia calculada de las últimas semanas, como si de pronto hubiera recordado por qué había empezado todo esto en primer lugar.
Trabajó junto a Basilio hasta bien entrada la tarde de los días siguientes, revisando cada parcela con un cuaderno nuevo en el que anotaba no solo cifras sino también observaciones que hasta entonces había dejado en manos de Saturio por completo.
El capataz lo observó trabajar en silencio durante un buen rato, antes de decidirse a hablar.
—Esto no es lo que hace un hombre que solo quiere cumplir un contrato —dijo Basilio, arrancando una hoja seca de una cepa cercana—. Esto es lo que hace alguien que ha decidido quedarse de verdad.
—Estoy intentando hacer las cosas bien esta vez, Basilio. Por la finca y por Candela.
—Me alegra oírtelo decir. —El capataz asintió, con la parquedad de siempre, pero con algo parecido a la aprobación en la mirada—. Ahora solo falta que ella vuelva y lo vea con sus propios ojos, porque las palabras, en esta familia, siempre han pesado menos que los hechos.