Capítulo XIV
Fráncfort
Candela voló a Fráncfort la semana siguiente, con la excusa oficial de finalizar los trámites de su renuncia definitiva y recoger las pocas cosas que todavía guardaba en el apartamento que había dejado a medio cerrar meses atrás.
La excusa no oficial, la que no le confesó a nadie salvo a sí misma durante el vuelo, era que necesitaba poner un océano de distancia simbólica, aunque solo fueran dos horas de avión, entre ella y todo lo que Peñalvera representaba en ese momento.
Durante el vuelo, con la cabeza apoyada contra la ventanilla, se sorprendió calculando instintivamente cuántos días de sol le quedaban a la parcela alta antes de que Saturio recomendara el siguiente tratamiento, un pensamiento que meses atrás le hubiera resultado completamente ajeno.
El apartamento seguía tal como lo había dejado: ordenado, impersonal, con las paredes blancas que en su día le habían parecido un símbolo de la vida limpia y controlada que se había construido lejos de cualquier apellido familiar.
Se sentó en el sofá el primer día, rodeada de cajas a medio hacer, y se sorprendió de lo poco que aquel espacio le decía ya, de lo poco que se reconocía en los objetos que había elegido con tanto cuidado cinco años atrás.
Ni siquiera los libros de la estantería, elegidos uno a uno con un criterio del que en su día se había sentido orgullosa, le devolvían ninguna sensación de pertenencia; eran, simplemente, objetos que pertenecían a otra versión de sí misma que ya no reconocía del todo.
Se reunió con Martin Hoeffner el segundo día, en un café cerca de la oficina que ya no era su oficina, para hablar formalmente de los términos de la renuncia definitiva.
Antes de esa reunión, sin embargo, quedó a cenar con Greta, una excompañera del departamento con la que había compartido más de un cierre de trimestre a horas intempestivas, y fue en esa cena donde empezó a notar con más claridad la distancia que se había abierto entre su vida antigua y la que estaba construyendo ahora.
El restaurante que eligieron, uno de los favoritos de ambas durante años, le pareció esta vez excesivamente ruidoso, lleno de conversaciones de trabajo que en su día le habrían resultado familiares y que ahora sentía completamente ajenas.
—Cuéntame de esa bodega —le pidió Greta, con genuina curiosidad, mientras compartían una botella de vino que a Candela, para su propia sorpresa, le pareció mediocre en comparación con lo que llevaba meses probando en Peñalvera—.
Todo el mundo en la oficina está convencido de que has perdido la cabeza.
—Puede que sí. —Candela sonrió, sin ofenderse—. Pero es la primera vez en años que no me despierto contando los días que quedan hasta el siguiente fin de semana, Greta. Ahora mismo cuento las semanas que quedan hasta la vendimia, y no lo hago con ansiedad, sino con ganas.
—Eso suena sospechosamente a que has encontrado algo más que una bodega allí.
Candela no lo negó, y el silencio que siguió a esa media confesión le dijo más sobre sus propios sentimientos de lo que había estado dispuesta a admitir en voz alta hasta ese momento.
Se reunió con Martin Hoeffner al día siguiente, en un café cerca de la oficina que ya no era su oficina, para hablar formalmente de los términos de la renuncia definitiva.
—Sigo pensando que estás cometiendo un error —le dijo Martin, con la franqueza directa que siempre lo había caracterizado—. Eres de las mejores analistas que hemos tenido en años, Candela. ¿De verdad vas a cambiarlo por una bodega en un pueblo del que llevas media vida huyendo?
—No estoy huyendo de nada, Martin. Por primera vez en mucho tiempo, estoy corriendo hacia algo.
—¿Y ese algo justifica renunciar a un ascenso que llevas cuatro años persiguiendo?
Candela se tomó su tiempo antes de responder, revolviendo el café que ya se le había quedado frío mientras hablaban.
—El ascenso me hubiera dado un despacho mejor y un sueldo más alto, Martin. La finca me está dando algo que no sabía que necesitaba: la sensación de que lo que hago cada día importa más allá de un informe trimestral. No sé cómo explicarlo mejor sin sonar cursi, pero es la verdad.
Martin no pareció del todo convencido, pero tampoco insistió más de lo necesario, y la conversación terminó con un apretón de manos cordial y la promesa, poco sincera por parte de ambos, de mantenerse en contacto.
Pasó por la oficina esa misma tarde para recoger las pocas pertenencias personales que todavía guardaba en el cajón de su antiguo escritorio: una taza desportillada, una fotografía de Presenta y su padre en la vendimia de hacía quince años, un cactus que había sobrevivido, contra todo pronóstico, a tres años de olvido sistemático.
Varios excompañeros se acercaron a despedirse con la cordialidad algo forzada de quien no sabe bien qué decirle a alguien que ha decidido abandonar el camino que todos los demás siguen recorriendo.
Candela se sorprendió de lo poco que le costó despedirse, de lo poco que aquel espacio, que durante años había sido el centro de su identidad profesional, significaba ya para ella.
El resto de la semana, Candela la pasó recorriendo la ciudad que había sido su hogar durante tres años, sin encontrar en ninguna de sus calles la sensación de pertenencia que sí había empezado a sentir, sin buscarla, entre las hileras de vides de la finca Bastida.
Caminó por el río, visitó el mercado navideño aunque todavía faltaran meses para la Navidad y estuviera cerrado, se sentó en los mismos bancos donde solía almorzar entre reuniones, y en cada uno de esos lugares se encontró pensando, contra su voluntad, en cómo describiría Nicolás el suelo de una parcela después de la lluvia, o en qué diría Basilio sobre la calidad de la luz de esa tarde para las últimas semanas antes de la vendimia.
Una tarde, sentada en una terraza junto al río con un café que ya se le había quedado frío, se sorprendió sacando el móvil para hacerle una fotografía a un viñedo urbano, un pequeño experimento municipal de apenas veinte cepas plantadas entre dos edificios de oficinas, con la intención de enseñárselo a Basilio a su vuelta.
Fue en ese gesto pequeño, casi automático, donde entendió con mayor claridad que en cualquier conversación consciente cuánto había cambiado en apenas unos meses la forma en que se relacionaba con el mundo que la rodeaba.
El tercer día, ya avanzada la tarde, el teléfono le sonó con un número que reconoció al instante, aunque llevaba días sin verlo aparecer en la pantalla. Dudó antes de contestar, con el pulso acelerado de una forma que le pareció ridícula para una llamada telefónica.
—No sabía si ibas a coger el teléfono —dijo Nicolás, con una voz cautelosa que Candela no le había oído antes.
—Casi no lo hago. —Fue sincera, porque después de todo lo que había pasado ya no le quedaban fuerzas para fingir serenidades que no sentía—. ¿Qué necesitas?
—Nada de la finca, si es lo que preguntas. Solo quería saber cómo estabas. Presenta me dijo que habías volado a Fráncfort, y no conseguía dejar de pensar en si estabas allí para quedarte definitivamente o solo de paso.
Candela se quedó en silencio un momento, sopesando cuánto quería contarle.
—Todavía no lo sé del todo —admitió al fin—. Estoy resolviendo cosas pendientes aquí. Cuando las tenga claras, lo sabrás.
—Está bien. —Hubo un silencio breve al otro lado de la línea antes de que continuara—. Solo quería que supieras que, decidas lo que decidas, voy a seguir cumpliendo con el acuerdo de la finca exactamente igual. Esto no depende de si tú y yo conseguimos arreglar lo nuestro o no.
—Gracias por decirlo.
Colgaron poco después, sin haber resuelto nada concreto, pero con algo distinto flotando entre ambos, una especie de tregua tentativa que Candela no supo nombrar del todo hasta que, ya de noche, se sorprendió sonriendo sola frente a la ventana del apartamento, pensando en la voz cautelosa con la que él había preguntado por ella sin exigir nada a cambio.
Llamó a Presenta cada noche que quedaba de su estancia, y aunque las conversaciones giraban oficialmente en torno al estado de las vides y las gestiones pendientes con el banco, ambas sabían que el verdadero contenido de esas llamadas era otro: la confirmación diaria de que Candela seguía decidida a volver, aunque todavía no supiera con qué certezas concretas sobre Nicolás.
—¿Ha vuelto a pasar por la finca? —se atrevió a preguntar, la penúltima noche de su estancia, incapaz de seguir fingiendo que no le importaba la respuesta.
—Ha pasado por aquí dos veces esta semana, con la excusa de revisar el riego. —Presenta hizo una pausa, calculando cuánto contarle—. No ha preguntado directamente por ti, pero se ha quedado más tiempo del necesario mirando hacia el camino, como esperando que aparecieras en cualquier momento.
Candela no supo qué hacer con esa información, salvo guardarla junto a todo lo demás que había recogido esa semana: la certeza cada vez más firme de que Fráncfort ya no era su sitio, y la incertidumbre, todavía sin resolver, de si el sitio al que quería volver incluía a Nicolás Salvatierra o solo a la tierra que llevaba su apellido, el de ella, grabado en cada cepa de cincuenta años.
El último día antes de volar de vuelta, Candela recorrió una vez más las calles cercanas a su antiguo apartamento, ya vacío, con las cajas selladas y listas para un transportista que se encargaría de enviarlas a Peñalvera.
Se detuvo frente al portal, mirando hacia la ventana de lo que había sido su hogar durante tres años, y sintió, más que tristeza, una especie de despedida serena, la misma que sentiría alguien al cerrar un libro que ya ha terminado de contar lo que tenía que contar.
Subió al avión esa misma tarde sin remordimientos, con la sensación clara, por primera vez en meses, de que volvía a Peñalvera no como quien huye de un fracaso en Fráncfort, sino como quien elige, con los ojos bien abiertos, la vida que de verdad quiere vivir.