Diez vendimias sin ti Capítulo XIII
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Capítulo XIII

La honestidad incómoda

Los cuatro días que siguieron a la llamada fueron, para Candela, un ejercicio constante de mantenerse ocupada para no pensar.

Se volcó en el trabajo de la finca con una intensidad que hasta Basilio comentó, un poco preocupado, y rechazó dos invitaciones de Olalla a bajar al pueblo con la excusa de que había demasiado que hacer antes de que llegara el calor de mayo.

La verdad, que no confesó a nadie salvo a sí misma durante esas noches en vela, era que necesitaba el cansancio físico para no quedarse despierta dándole vueltas a la conversación telefónica, preguntándose si había sido justa o si había hablado desde el miedo más que desde la razón.

Presenta la observaba moverse por la casa y por la finca con una energía que no engañaba a nadie sobre su verdadero origen, y aunque no dijo nada directamente durante esos días, dejó pequeñas señales de su preocupación: una manta extra sobre la cama sin que Candela la pidiera, la cena servida un poco antes de lo habitual, como si supiera que su sobrina necesitaba rutinas pequeñas y predecibles en medio de todo lo demás que se le escapaba de las manos.

Nicolás se presentó en la finca al cuarto día, sin avisar, con el aspecto de alguien que no ha dormido bien en todo ese tiempo.

Candela lo vio llegar desde la ventana de la cocina y estuvo tentada de no abrir la puerta, pero Presenta ya se le había adelantado, y para cuando Candela bajó las escaleras, su tía y Nicolás ya estaban de pie en el porche, en un silencio incómodo que Presenta rompió enseguida con la excusa de ir a revisar algo en el gallinero.

—La reunión del consejo salió mejor de lo que esperaba —dijo Nicolás, sin preámbulos, en cuanto se quedaron solos—.

Mi padre planteó la posibilidad de reducir nuestra inversión en la finca para liberar capital para la fusión con los Recasens.

Yo me opuse, y el resto del consejo, incluida mi madre, votó a mi favor.

El acuerdo sigue en pie, tal como se firmó.

—¿Cómo conseguiste que tu madre votara en contra de tu padre? Nunca lo había hecho, según me has contado tú mismo.

—Le expliqué los números, sin adornos. Le mostré que la finca, aunque tarde más en dar beneficios que otros proyectos, tiene un margen mucho más sólido a cinco años que la fusión con los Recasens, que implica asumir buena parte de su deuda de expansión en Francia.

—Nicolás se pasó una mano por el pelo, con el gesto cansado de quien ha peleado una batalla larga—.

Y le dije, delante de todo el consejo, que si mi padre insistía en usar la finca como moneda de cambio, yo estaba dispuesto a comprarle mi parte del acuerdo con mis propios ahorros, aunque eso significara quedarme fuera de la empresa familiar el tiempo que hiciera falta.

—¿Ibas a hacer eso de verdad?

—Estaba dispuesto, sí. No hizo falta llegar tan lejos, porque el consejo votó a mi favor antes de que tuviera que ofrecerlo formalmente, pero lo tenía decidido antes de entrar en esa sala.

—Me alegro —respondió Candela, aunque su tono no reflejaba demasiado entusiasmo—. ¿Y la fusión?

—Sigue sobre la mesa, como proyecto separado.

Mi padre no ha renunciado a ella, pero al menos ha entendido que no puede usar la finca como moneda de cambio para conseguirla.

—Nicolás se pasó una mano por el pelo, visiblemente cansado de explicar algo que hubiera preferido no tener que explicar—.

He venido a decírtelo en persona porque no quería que te enteraras por rumores del pueblo, como con lo de Alba.

—Gracias.

Se quedaron en silencio un momento, con la distancia física entre ambos reflejando con precisión la distancia que la última llamada había abierto entre ellos.

—Sobre lo que te dije por teléfono —empezó Nicolás, pero Candela lo cortó antes de que pudiera continuar.

—No hace falta que te disculpes por eso.

Dije lo que pensaba, y sigo pensándolo. —Se cruzó de brazos, buscando en ese gesto una firmeza que no del todo sentía—.

Llevas semanas alejándote, Nicolás, aunque el contrato de la finca siga en pie.

Y el hecho de que hayas ganado esta votación en el consejo no cambia lo que pasó antes de la votación, ni lo que probablemente va a seguir pasando cada vez que tu padre presione con algo nuevo.

—Entonces qué quieres que haga, Candela. Dímelo tú, porque yo ya no sé qué más puedo ofrecer que no haya ofrecido ya.

—Quiero que decidas qué es lo que quieres tú, no lo que tu padre necesita, ni lo que tu madre espera, ni lo que el consejo vota.

—La voz se le quebró ligeramente, y odió esa fragilidad tanto como odiaba tener que decir esto en voz alta—.

Hace diez años elegiste proteger la paz con tu padre en vez de avisarme a tiempo.

Ahora eliges la empresa en vez de estar presente conmigo cuando más lo necesitaba.

En algún momento, Nicolás, vas a tener que elegir algo por ti mismo, sin que sea una reacción a lo que espera de ti tu familia.

Nicolás no respondió enseguida, y cuando lo hizo, su voz sonaba más cansada que defensiva.

—Tienes razón. —Fue lo único que dijo al principio, y Candela no esperaba esa concesión tan directa—.

Llevo toda mi vida definiéndome en contraposición o en obediencia a mi padre, y no sé bien cómo hacer otra cosa.

Pero necesito tiempo para aprender, Candela.

No para decidir si te quiero, porque de eso ya no tengo ninguna duda.

Para aprender a plantarme delante de él sin que cada decisión se convierta en una negociación con dos frentes abiertos a la vez.

—¿Y cuánto tiempo es eso?

—No lo sé. —Fue sincero, y esa sinceridad, aunque dolorosa, fue lo único de la conversación que Candela agradeció sin reservas—.

Pero te pido que no lo confundas con lo que pasó hace diez años.

Esto no es que no quiera arriesgarme por ti.

Es que no sé todavía cómo hacerlo bien, y prefiero decírtelo así antes que prometerte algo que no sé si voy a poder cumplir.

—¿Y qué pasa con Alba? ¿Con la fusión?

—Le he dicho a mi padre, con todas las palabras, que no voy a casarme con nadie por conveniencia empresarial, ni ahora ni nunca.

—Nicolás la miró con una firmeza que no dejaba lugar a dudas—.

Eso no es parte de lo que necesito tiempo para resolver, Candela.

Eso ya lo tengo claro desde hace tiempo, aunque no supiera cómo comunicártelo bien en medio de todo lo demás.

Candela se quedó mirándolo, debatiéndose entre la ternura que le producía esa honestidad y el agotamiento acumulado de meses esperando certezas que nunca terminaban de llegar del todo.

—Necesito pensarlo, Nicolás. Igual que tú necesitas tiempo para aprender a plantarte frente a tu padre, yo necesito tiempo para decidir si puedo seguir esperando mientras aprendes.

Nicolás no discutió la petición. Se quedó un momento más en el porche, como si buscara algo más que decir, algo que pudiera acortar la distancia que acababa de reconocer entre ambos, pero finalmente pareció entender que cualquier palabra adicional en ese momento sonaría a insistencia, y que la insistencia era precisamente lo que Candela menos necesitaba escuchar esa tarde.

Él asintió, sin discutir, y se marchó poco después, dejando a Candela con la misma sensación de vacío suspendido que llevaba arrastrando desde la llamada de la semana anterior, solo que ahora acompañada de una honestidad que, al menos, no dejaba lugar a falsas esperanzas fáciles de sostener.

Esa noche, ya sola, Candela se sentó a escribirle un correo a Martin Hoeffner, distinto del que llevaba días evitando redactar.

No aceptaba el ascenso, pero tampoco lo rechazaba del todo; le pedía una semana más antes de dar una respuesta definitiva, alegando asuntos personales pendientes.

Sabía, mientras lo enviaba, que aquella semana adicional no era solo para pensar en el trabajo, sino para descubrir si la honestidad incómoda que Nicolás le había ofrecido esa tarde era el principio de algo real o solo el último gesto de un hombre que todavía no sabía romper del todo con los patrones heredados de su padre.

Bajó al pueblo al día siguiente, necesitando una perspectiva distinta a la de Presenta, y encontró a Olalla cerrando el bar tras el turno de mediodía.

—Cuéntamelo todo —dijo su amiga, sirviéndole un café sin preguntar, la manera habitual de invitarla a hablar.

Candela le resumió la visita de Nicolás, la votación del consejo, la confesión de que necesitaba tiempo para aprender a plantarse ante su padre. Olalla escuchó sin interrumpir, con los brazos apoyados en la barra.

—¿Y tú qué sientes de verdad, más allá de lo que él diga o deje de decir? —preguntó al fin.

—Que estoy cansada de medir cada gesto suyo para decidir si merece la pena confiar. Y que, al mismo tiempo, no consigo imaginarme dejando esto sin intentarlo una vez más, aunque sea la última.

—Entonces quizás esa es tu respuesta, aunque todavía no te guste del todo.

—Olalla le apretó la mano por encima de la barra—.

No tienes que decidir hoy si va a funcionar.

Solo tienes que decidir si quieres darle la oportunidad de intentarlo, sabiendo que puede volver a salir mal.

Eso ya es una decisión en sí misma, y es tuya, no de él.