Diez vendimias sin ti Capítulo VIII
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Capítulo VIII

Lo que no dijimos

Después de que Ezequiel se marchara, Nicolás se quedó más tiempo del habitual, ayudando a Candela a recoger los papeles que la discusión había desordenado sobre la mesa, aunque ambos sabían que aquello era solo una excusa para no separarse todavía.

Presenta, que había escuchado la conversación entera desde el cuarto de la lavadora sin atreverse a interrumpir, salió al fin con una manta y la puso sobre los hombros de Candela sin decir nada, y después se retiró discretamente a su propia casa, alegando de nuevo la gallina enferma que ya empezaba a ser una broma privada entre las dos.

—Tu padre tiene razón en una cosa —dijo Candela, cuando se quedaron solos, envolviéndose mejor en la manta—. El pueblo entero va a hablar de esto. De que un Salvatierra financia a una Bastida.

—Que hablen. Llevo toda la vida escuchando lo que el pueblo opina de mi familia, y la mayoría de las veces tiene razón.

Esta es una de las pocas veces que estoy dispuesto a que se equivoque.

—Nicolás se sentó frente a ella, con los codos apoyados en la mesa, visiblemente cansado de una tensión que no era solo la de esa tarde—.

Lo que me preocupa no es el pueblo. Es que mi padre no vaya a parar en seis meses, diga lo que diga el contrato.

Va a intentar sabotear esto de alguna manera, Candela. Le conozco.

—¿Y qué vamos a hacer si lo intenta?

—Lo que hemos hecho hasta ahora. Trabajar más rápido y más limpio de lo que él pueda anticipar.

—Sonrió, sin mucha convicción, y Candela reconoció en ese gesto cansado una vulnerabilidad que Nicolás rara vez dejaba ver—.

Lo siento, de verdad. No quería que tu primer mes de vuelta en Peñalvera fuera esto.

Una discusión a gritos en tu propia cocina por mi culpa.

—No es culpa tuya. Es culpa de una discusión que empezó hace diez años y que ninguno de los dos supo cerrar a tiempo.

—Candela se sorprendió de decirlo en voz alta, pero una vez dicho no quiso retirarlo—.

Llevo toda la tarde pensando en lo que te ha dicho tu padre.

Que estás pensando con otra cosa que no es la cabeza.

—¿Y tú qué opinas? ¿Tiene razón?

—No lo sé. —Fue sincera, porque después de esa tarde ya no le quedaban fuerzas para fingir certezas que no tenía—. Lo que sí sé es que llevo semanas trabajando contigo todos los días y que ya no consigo pensar en ti solo como en el hombre que gestiona la inversión de mi finca.

Nicolás no respondió con palabras. Se levantó despacio, rodeó la mesa hasta quedar de pie frente a ella, y esperó, sin tocarla todavía, dándole el tiempo suficiente para apartarse si eso era lo que quería.

Candela no se apartó. Alzó la vista hacia él, y fue ella quien acortó los últimos centímetros de distancia, apoyando una mano en su pecho antes de que sus labios se encontraran.

El beso no tuvo nada de la torpeza de dos adolescentes descubriéndose por primera vez en una era iluminada por la luna.

Fue más lento, más consciente, cargado de diez años de preguntas sin responder que ninguno de los dos necesitó ya formular en voz alta.

Nicolás la sujetó por la cintura con la misma decisión de siempre, y Candela respondió apretando los dedos contra la tela de su camisa, exactamente igual que había hecho la primera vez, como si el cuerpo recordara antes de que la cabeza terminara de darle permiso.

Se separaron despacio, sin prisa por poner distancia esta vez.

—Diez años pensando en este momento —dijo Nicolás, con la frente apoyada contra la de ella— y sigue sin parecerme suficiente.

—No prometas nada todavía —respondió Candela, aunque sin apartarse—. Todavía tenemos una finca que salvar y un Ezequiel Salvatierra decidido a que esto fracase.

—Lo sé. Pero al menos ahora sé que si fracasa el negocio, no va a ser porque tú y yo no fuéramos capaces de mirarnos a la cara.

Se quedaron así un rato más, en un silencio distinto a todos los anteriores, hasta que el teléfono de Nicolás empezó a sonar con una insistencia que rompió el momento de golpe. Miró la pantalla, y Candela vio cómo el color se le retiraba de la cara antes incluso de contestar.

—Es mi madre —dijo, con la voz ya alterada, y descolgó—. ¿Mamá? ¿Qué pasa?

Candela no pudo oír lo que decían al otro lado, pero vio suficiente en la expresión de Nicolás para entender que algo grave acababa de ocurrir. Él cerró los ojos un instante, respiró hondo, y cuando volvió a hablar su voz sonaba completamente distinta a la de un minuto antes.

—Voy para allá ahora mismo. No lo muevas, espera a la ambulancia.

—Colgó y se quedó mirando el teléfono un segundo, como si necesitara ese instante para procesar lo que acababa de escuchar—.

Mi padre. Ha sufrido un ataque al corazón al llegar a casa.

Está consciente, pero mi madre dice que se ha puesto muy mal de repente.

—Ve. —Candela ya le estaba tendiendo su chaqueta, la misma que él le había prestado semanas atrás bajo la lluvia—. Ve ya, Nicolás. Yo me quedo aquí, llámame en cuanto sepas algo.

Nicolás la miró un segundo, como si quisiera decir algo más, pero el momento no daba para palabras.

Salió corriendo hacia la furgoneta, y Candela se quedó en la puerta de la cocina, viendo las luces alejarse por el camino oscuro, con el sabor de aquel beso todavía en los labios y la certeza incómoda de que la discusión de esa tarde, y todo lo que acababa de empezar entre ellos, quedaba ahora suspendido sobre la posibilidad de que Ezequiel Salvatierra no sobreviviera a la noche.

Presenta volvió en cuanto Candela la llamó, sin hacer preguntas, y se sentó junto a ella en la cocina con dos tazas de tila que ninguna de las dos llegó a probar del todo.

Se quedaron las dos despiertas hasta pasada la medianoche, esperando noticias que no llegaban, escuchando cada coche que pasaba por el camino como si pudiera ser la ambulancia de vuelta con malas noticias.

—¿Y si no sale de esta? —preguntó Candela en un momento, más para sí misma que para su tía—. Nicolás nunca me perdonaría haber estado besándolo mientras su padre se moría a pocos kilómetros de aquí.

—No sabías que iba a pasar esto. Nadie lo sabía.

—Presenta le apretó la mano por encima de la mesa—.

Y si algo he aprendido en setenta y un años es que la culpa que uno se inventa por adelantado casi nunca coincide con la que de verdad hay que cargar después.

Espera a saber cómo está el hombre antes de empezar a torturarte por algo que ni siquiera ha pasado.

Candela asintió, sin demasiada convicción, y siguió mirando el teléfono sobre la mesa como si la insistencia de su mirada pudiera acelerar la llamada que tanto tardaba en llegar. Fue casi la una cuando el teléfono por fin sonó.

—Está estable —dijo Nicolás, con la voz rota por el cansancio de horas en un pasillo de hospital—. Le han hecho un cateterismo. Los médicos dicen que ha tenido suerte, que si llega a tardar diez minutos más en llegar, no lo hubiéramos contado.

—Menos mal. —Candela cerró los ojos, sintiendo un alivio que la sorprendió por su intensidad, teniendo en cuenta de quién estaban hablando—. ¿Cómo estás tú?

Hubo un silencio al otro lado antes de que Nicolás respondiera, y cuando lo hizo, su voz sonaba distinta, más pequeña de lo que Candela le había oído sonar nunca.

—No lo sé, Candela. Hace tres horas estaba besándote en tu cocina pensando que por fin las cosas empezaban a ir bien, y ahora estoy en un hospital preguntándome si mi padre va a salir de esta, y si cuando salga, va a culparte a ti de habérselo provocado.

—Hizo una pausa—. Y lo peor es que una parte de mí, la parte más honesta, sabe que él no se equivocaba del todo esta tarde.

Que llevo semanas pensando en ti más de lo que pienso en cualquier otra cosa, incluida esta empresa que se supone que debería ser mi prioridad.

Candela no supo qué responder a eso, y el silencio que siguió, cargado de miedo y de algo parecido a la culpa, fue la última certeza que tuvo antes de colgar esa noche: que lo que había empezado entre ellos horas antes, apenas nacido, ya estaba a punto de tener que sobrevivir a su primera y verdadera prueba.

Se quedó despierta mucho después de colgar, sentada en la cocina con la manta todavía sobre los hombros, escuchando el silencio de la casa y pensando en la expresión de Ezequiel al marcharse, en la advertencia velada que le había dejado antes incluso de que su corazón fallara camino a casa.

Presenta la encontró así al amanecer, sin haber dormido, y no le hizo falta preguntar para saber que la noche había sido larga en más de un sentido.

Se sentó a su lado, en silencio, y le apretó la mano, exactamente igual que había hecho después de contarle la historia de la prensa comprada a medias hacía cuarenta años, como si ambas supieran, sin necesidad de decirlo, que la próxima batalla de esta historia todavía estaba por llegar.