Capítulo VII
Ezequiel
Ezequiel Salvatierra se enteró del acuerdo por la peor vía posible: un empleado del banco, conocido suyo desde hacía treinta años, le comentó de pasada en el casino del pueblo que la finca Bastida ya no estaba en trámite de embargo porque había recibido una inyección de capital de origen privado.
Ezequiel no necesitó preguntar mucho más para atar cabos.
Llegó a la finca esa misma tarde, sin avisar, con el motor del coche todavía caliente y una expresión que Candela reconoció enseguida, porque era la misma que Presenta le había descrito de la noche de hacía diez años en aquella misma cocina.
—Así que es verdad —dijo, sin saludar, plantado en la puerta con Nicolás un paso por detrás, visiblemente tenso—. Mi hijo ha decidido regalarte el dinero de la familia sin consultarme.
—No es un regalo, señor Salvatierra —respondió Candela, de pie tras la mesa de la cocina, decidida a no dejarse intimidar en su propia casa—. Es una inversión con contrato y condiciones de devolución. Su hijo puede explicárselo con detalle si quiere revisar los números.
—No necesito que una Bastida me explique números. Llevo cuarenta años haciendo negocios en este valle. —Ezequiel avanzó hacia la mesa, y Nicolás se interpuso, no con violencia pero sí con una firmeza que Candela no le había visto emplear contra su padre hasta ese momento.
—Papá, siéntate y hablamos con calma, o te vas y hablamos yo y tú solos en casa. Aquí no.
—Aquí sí, porque aquí es donde se ha decidido todo a mis espaldas.
—Ezequiel se giró hacia su hijo, y por primera vez desde que había entrado, la rabia dio paso a algo más parecido a la incredulidad—.
¿Sabes lo que va a pensar todo el pueblo cuando se entere de que un Salvatierra financia a una Bastida en vez de comprarle la tierra?
Van a pensar que somos débiles. Que se puede negociar con nosotros desde la debilidad.
—Van a pensar que somos capaces de hacer algo distinto a comprarlo todo y arrasar con lo que había antes —replicó Nicolás—.
Llevo tres años diciéndote que ese modelo tiene fecha de caducidad, papá.
Esto es lo que llevo tres años pidiéndote que me dejaras probar, y lo he hecho con mi propio criterio porque sabía que si te lo consultaba antes, me ibas a decir que no sin ni siquiera escuchar el plan entero.
—Porque el plan es malo, Nicolás. Es sentimentalismo disfrazado de estrategia.
—Ezequiel bajó la voz, aunque no perdió la dureza—.
Y no me digas que no tiene que ver con ella, porque te conozco desde que naciste y sé reconocer cuándo mi hijo está pensando con la cabeza y cuándo está pensando con otra cosa.
El silencio que siguió a esa frase pesó en la cocina más que cualquier grito anterior. Candela sintió que la miraban los dos a la vez, y que cualquier cosa que dijera en ese momento iba a ser usada por Ezequiel como munición contra su hijo.
—Con todo respeto —dijo al fin, con la voz firme aunque el pulso le latiera más rápido de lo que le hubiera gustado—, este acuerdo lo he negociado yo con la misma cabeza fría con la que negocio cualquier contrato en mi trabajo.
Si tiene dudas sobre los números, se los explico línea por línea.
Pero no voy a permitir que use lo que haya o no haya entre su hijo y yo para invalidar un contrato firmado y legal.
Ezequiel la miró un largo instante, y Candela creyó ver, debajo de la rabia, algo parecido al reconocimiento de una determinación que quizás no esperaba encontrar en ella.
—Tu padre también hablaba así —dijo al fin, con una voz distinta, más cansada—. Hasta el último día. Nunca dio su brazo a torcer, ni siquiera cuando la deuda lo estaba enterrando. Y mira dónde ha acabado esa terquedad.
—Mi padre ha acabado en un cementerio con una finca en ruinas porque nadie de esta familia —dijo Candela, señalando indistintamente a los dos Salvatierra— le tendió una mano cuando la necesitaba, sino que esperó a que cayera para comprar los pedazos.
Si su hijo ha decidido hacer algo distinto, quizás debería preguntarse si el problema es el modelo de negocio de él, o el suyo propio.
Ezequiel no respondió enseguida. Se quedó mirando la mesa de la cocina, la misma mesa donde diez años atrás había puesto un contrato de compra sin que nadie se lo esperara, y por un momento pareció que algo en su expresión cedía, aunque se recompuso antes de que la grieta se hiciera visible del todo.
—Te doy seis meses —dijo finalmente, dirigiéndose a Nicolás—.
Si en seis meses esta finca no da beneficios ni la mitad de lo que daría vendida, paras esto y dejas que se resuelva como debería haberse resuelto desde el principio.
Y si en algún momento entiendo que esto es más sobre ella que sobre el negocio, te lo pienso hacer pagar de una manera que no te va a gustar.
Se marchó sin despedirse, dejando la puerta de la cocina abierta al frío de febrero.
El coche arrancó con un chirrido de neumáticos que se oyó hasta bien entrado el camino, y durante un rato ninguno de los dos dijo nada, escuchando cómo el motor se alejaba hasta desaparecer del todo.
Nicolás se quedó de pie un momento, con los hombros tensos y las manos apoyadas en el respaldo de una silla, como si necesitara ese punto de apoyo para no dejar que la tensión de los últimos minutos se le notara del todo en el cuerpo.
Candela reconoció en su postura la misma tensión que había visto en su padre, años atrás, cada vez que colgaba el teléfono después de hablar con el banco.
Al fin, Nicolás cerró la puerta y se volvió hacia Candela con una expresión de disculpa que ella no esperaba.
—Siento que haya venido así —dijo—. Debí decírselo yo antes de que se enterara por otro lado.
—No pasa nada. —Candela se sentó, con las piernas todavía temblando por la tensión de la confrontación—. Aunque me gustaría saber una cosa. ¿Es verdad lo que ha dicho? ¿Que esto tiene que ver conmigo y no solo con el negocio?
Nicolás tardó en responder, y cuando lo hizo, no apartó la mirada.
—Las dos cosas son ciertas a la vez, Candela. Ya te lo dije el primer día. La gente rara vez tiene un solo motivo para lo que hace, y yo no soy la excepción.
Se marchó poco después, y Presenta, que había esperado discretamente en el patio hasta ver salir el coche de Ezequiel, entró en la cocina y se sentó frente a Candela con la expresión de quien lleva mucho tiempo callando algo.
—Hay una parte de esta historia que tu padre nunca te contó —dijo, sirviéndose ella también un vaso de vino, algo que rara vez hacía—.
Ezequiel y Homero no empezaron siendo enemigos.
De jóvenes fueron casi amigos, socios en un proyecto para comprar juntos una prensa nueva que ninguno de los dos podía pagar solo.
Tu padre puso el dinero que tenía ahorrado para la boda con tu madre, confiando en que Ezequiel pondría su parte según lo acordado.
—¿Y no lo hizo?
—Lo hizo tarde, y con condiciones distintas a las pactadas, después de que tu padre ya hubiera gastado sus ahorros y no pudiera echarse atrás.
Ezequiel acabó quedándose con la mayoría de horas de uso de la prensa, con el argumento de que su parte del capital, aunque llegara tarde, había sido mayor en términos absolutos.
Tu padre se sintió engañado, y con razón, aunque nunca pudo demostrar que hubiera mala fe desde el principio.
—Presenta bebió un trago, con la mirada perdida en algún punto de la pared—.
Desde entonces, cada disputa entre las dos familias, cada linde discutido, cada oferta de compra, no ha sido solo un problema de tierras.
Ha sido la continuación de esa traición de juventud, repetida generación tras generación, como si ninguno de los dos supiera ya discutir por otra cosa.
Candela se quedó en silencio, digiriendo la información con la misma sensación incómoda con la que había recibido, semanas atrás, la revelación de que Nicolás había sabido de la oferta de su padre tres días antes de contárselo.
Pensó en su padre joven, con los ahorros de su boda entregados de buena fe a un socio que después cambió las condiciones, y entendió, quizás por primera vez, por qué Homero Bastida nunca había hablado bien de los Salvatierra en toda su vida, y por qué cada disputa posterior, por pequeña que fuera, había reabierto para él aquella misma herida original.
—¿Por qué no me lo contó nunca? —preguntó, más para sí misma que para su tía.
—Porque le daba vergüenza, hija. Vergüenza de haber confiado tan rápido, y vergüenza de no haber sido capaz de recuperar lo perdido en cuarenta años de intentarlo a su manera, comprando parcela a parcela con el poco margen que le quedaba cada cosecha.
—Presenta suspiró, con la mirada puesta en la ventana oscura—.
Los hombres de esta zona son así. Prefieren cargar solos con la vergüenza antes que compartirla con quien podría ayudarles a soltarla.
—Entonces esto no es solo entre Nicolás y yo. Es una herencia entera de rencor que ninguno de los dos empezó.
—Así es. —Presenta le apretó la mano por encima de la mesa, un gesto poco habitual en ella—.
Y por eso mismo, hija, si de verdad quieres algo distinto con ese chico, vais a tener que ser más fuertes que dos generaciones enteras de orgullo mal gestionado.
No va a ser fácil. Pero tampoco ha sido fácil nada de lo que has hecho desde que volviste, y hasta ahora te las has arreglado.