Capítulo VI
Manos a la obra
Las semanas siguientes tomaron una rutina que a Candela, para su propia sorpresa, empezó a resultarle reconfortante.
Se levantaba antes del amanecer, revisaba con Basilio las parcelas que el ingeniero agrónomo había marcado para tratamiento urgente, y a media mañana llegaba Nicolás con la furgoneta cargada de material o con noticias sobre la maquinaria que estaban reparando en los talleres de Bodegas Salvatierra.
El ingeniero, un hombre joven llamado Saturio Bengoa que hablaba de las cepas como si fueran pacientes en lugar de plantas, confirmó lo que Basilio ya sospechaba: la mitad de la parcela alta tenía mildiu avanzado y necesitaba un tratamiento intensivo antes de marzo si querían salvar la cosecha del verano.
La otra mitad, la de las cepas de cincuenta años, respondía bien a los primeros cuidados y solo necesitaba poda y abono en condiciones.
—Vais a necesitar más manos de las que tenéis ahora mismo —dijo Saturio, el primer día que recorrió la finca entera con los tres—. Con Basilio y un par de temporeros no llegáis a tiempo a las parcelas altas.
—Puedo traer a dos hombres de nuestra plantilla durante quince días —ofreció Nicolás—. Están libres hasta que empiece la poda en nuestras fincas.
—¿Y tu padre no notará que faltan dos hombres? —preguntó Candela, mientras caminaban de vuelta hacia la casa.
—Los voy a apuntar en la nómina como si estuvieran en la finca de los Herranz.
Nadie va a comprobarlo hasta la temporada alta.
—Nicolás se encogió de hombros con una tranquilidad que a Candela le seguía pareciendo temeraria, aunque cada vez la sorprendía menos—.
No es la primera vez que hago algo así, Candela.
Llevo años aprendiendo a moverme por dentro de la empresa de mi padre sin que él lo note. Es agotador, pero funciona.
Trabajaron codo con codo durante toda la última semana de febrero, y Candela descubrió, casi sin darse cuenta, que había recuperado gestos de hacía diez años que creía completamente olvidados: cómo sujetar las tijeras de podar en el ángulo correcto, cómo distinguir un sarmiento sano de uno enfermo con solo tocarlo, cómo calcular a ojo cuántos kilos de uva podía dar una cepa según su grosor.
Nicolás la corregía a veces, con la misma paciencia con la que había hablado siempre de vino, y ella se sorprendía disfrutando de esas correcciones en vez de sentirlas como una imposición.
Saturio pasaba por la finca cada tres o cuatro días para revisar el avance del tratamiento contra el mildiu, y sus visitas se convirtieron en una especie de examen que Candela, para su propia sorpresa, esperaba con ganas de aprobar.
—Vais mejor de lo que esperaba —admitió el agrónomo, una mañana de principios de marzo, revisando las hojas nuevas de la parcela alta con una lupa de mano—.
Si seguimos así, para mayo tendréis controlado el foco principal.
Lo que me preocupa ahora es el riego. El sistema viejo pierde presión en la mitad de los aspersores, y en cuanto llegue el calor de verdad vais a necesitar algo más fiable.
—¿Cuánto costaría renovarlo? —preguntó Candela, ya con el móvil en la mano para anotar cifras, la costumbre de siempre.
—Depende de si queréis goteo o aspersión.
El goteo es más caro de instalar, pero a la larga ahorra mucha más agua, y con los veranos que estamos teniendo últimamente, eso no es un detalle menor.
—Saturio miró a Nicolás, que asentía sin necesidad de que se lo explicaran dos veces—.
Yo, si fuera vosotros, invertiría ahí antes que en cualquier otra cosa.
—Lo estudiamos esta semana —dijo Nicolás, ya anotando también en su cuaderno—. Puedo conseguir precio de proveedor a través de la empresa, aunque la instalación la paguemos por nuestra cuenta.
Candela lo observó negociar con Saturio los detalles técnicos con la misma soltura con la que hablaba de contratos, y pensó, no por primera vez esa semana, que había subestimado durante años lo mucho que aquel hombre había aprendido a moverse entre dos mundos que ella siempre había considerado incompatibles: el de los números fríos y el de la tierra que los sostenía.
Una noche, después de un día especialmente largo revisando junto a Saturio el estado de los tratamientos, Nicolás se quedó a cenar en la finca por primera vez desde que habían empezado a trabajar juntos, aceptando la invitación casi distraída que Presenta le hizo al verlo todavía allí a las nueve de la noche, cubierto de barro hasta las rodillas.
Comieron los tres alrededor de la misma mesa donde días antes Ezequiel había puesto un contrato hacía diez años, y por primera vez la conversación no giró en torno a números ni a parcelas, sino a anécdotas de infancia que Presenta contaba con el placer evidente de tener público nuevo para historias que Candela ya conocía de memoria.
—Tendrías que haber visto a esta cuando tenía siete años —dijo Presenta, señalando a Candela con el tenedor—. Se pasó todo un verano empeñada en que quería ser enóloga, hasta que Homero la dejó probar un mosto sin fermentar del todo y estuvo dos días quejándose de dolor de tripa.
—No hace falta que cuentes esa historia —protestó Candela, aunque sin verdadera irritación.
—Yo la recuerdo distinta —intervino Nicolás, con una sonrisa que Candela no le había visto en semanas, relajada, sin el peso constante de la negociación o del enfrentamiento con su padre—.
Recuerdo que después de esos dos días de dolor de tripa, volviste a la nave dispuesta a probar otra vez, solo para demostrar que no te había vencido un mosto. Ya entonces eras así.
—¿Así cómo?
—Incapaz de dejar que algo te gane sin pelear primero.
Candela no supo si aquello era un cumplido o una advertencia, pero decidió tomárselo como lo primero.
La cena se alargó más de lo previsto, y cuando Nicolás por fin se marchó, ya pasada la medianoche, Candela se sorprendió acompañándolo hasta la puerta con una naturalidad que no había sentido en compañía de nadie desde hacía mucho tiempo.
Una tarde, pocos días después, mientras revisaban juntos la parcela más alta, empezó a llover de repente, una lluvia fría de finales de invierno que los pilló sin abrigo a ambos, lejos de la casa y de cualquier refugio salvo un cobertizo medio derruido que su padre había usado antaño para guardar herramientas.
Corrieron hacia allí entre risas involuntarias, empapados en menos de un minuto, y se quedaron de pie bajo el techo de chapa oxidada, escuchando el ruido de la lluvia y recuperando el aliento.
—Esto no estaba en el contrato —dijo Nicolás, apartándose el pelo mojado de la frente con una mano.
—Nada de lo que ha pasado estas semanas estaba en el contrato. —Candela se abrazó a sí misma, tiritando, y Nicolás, sin pensarlo demasiado, se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros.
—Toma. Yo tengo más capa de grasa que tú para aguantar el frío.
—Muy galante de tu parte.
—Intento estar a la altura de las circunstancias.
—Sonrió, y el gesto le suavizó la expresión de un modo que Candela recordaba con una precisión que no le convenía en absoluto—.
Aunque, para ser justos, tampoco es que tenga mucha competencia últimamente.
Llevo meses sin hacer nada que se pueda calificar de galante.
—¿Y eso por qué?
—Porque llevo meses sin encontrar a nadie por quien mereciera la pena serlo. —Lo dijo sin dramatismo, mirándola directamente, y Candela sintió que el frío de la ropa mojada quedaba en un segundo plano frente al calor que le subía por el cuello.
Se quedaron en silencio, más cerca de lo que la prudencia hubiera aconsejado, mientras la lluvia seguía golpeando el tejado de chapa.
Candela fue consciente, con una claridad que la incomodó, de que si daba un paso más hacia adelante, Nicolás no se apartaría.
Fue ella quien retrocedió primero, apretando la chaqueta prestada contra su pecho como si fuera un escudo.
—Deberíamos volver a la casa antes de que esto empeore —dijo, con la voz menos firme de lo que hubiera querido.
—Deberíamos —confirmó él, sin moverse todavía—. Aunque llevo diez años comprobando que hacer lo que debemos y hacer lo que queremos casi nunca coinciden, contigo menos que con nadie.
No añadió nada más, y Candela tampoco le pidió que lo hiciera.
Salieron del cobertizo cuando la lluvia amainó lo suficiente para caminar sin empaparse del todo, y recorrieron el camino de vuelta a la casa en un silencio que no era incómodo, sino cargado de una tensión que ninguno de los dos se atrevía todavía a nombrar en voz alta.
Al día siguiente, cuando bajó al pueblo a comprar provisiones, Olalla la interceptó antes de que llegara a la puerta del bar, con una expresión que anunciaba noticias antes incluso de abrir la boca.
—Todo el pueblo habla de que un camión de Bodegas Salvatierra ha estado descargando material en tu finca —dijo, sirviéndole un café sin que Candela lo pidiera—.
Y de que Nicolás ha estado más días en vuestra casa que en la suya propia.
Cuéntame que no es lo que parece, o cuéntame que sí lo es, pero cuéntamelo ya, porque llevo dos días inventándome excusas cuando me preguntan.
—Es un acuerdo de negocio, Olalla. Nada más.
—Ya. —Olalla se sentó frente a ella con los brazos cruzados, la misma postura que empleaba desde niñas cuando sabía que le estaban mintiendo—. Y la cara que has puesto al decir "nada más" es la misma que ponías con dieciocho años cuando negabas que salías con él a escondidas de vuestros padres.
Candela no pudo evitar sonreír, a su pesar, ante la insistencia de su amiga.
—Está bien. No es solo negocio. Pero tampoco sé todavía qué es, así que no me pidas que le ponga nombre a algo que ni yo misma entiendo del todo.
—No te pido que le pongas nombre. Te pido que tengas cuidado con lo que ya sabes: que esto es un pueblo pequeño, que la gente habla, y que si esto sale mal, no solo vas a perder lo que sea que tengáis tú y él, sino que vas a tener que seguir viviendo aquí, si te quedas, viendo cómo todo el mundo lo comenta en la panadería durante los próximos veinte años.
—Lo sé.
—Y también te pido —añadió Olalla, bajando la voz y suavizando el tono— que si de verdad hay algo ahí que merece la pena, no dejes que el miedo a lo que diga el pueblo, o Ezequiel Salvatierra, o cualquiera, te impida intentarlo esta vez.
Te fuiste de aquí hace diez años sin haber tenido la oportunidad de elegir de verdad.
Ahora la tienes. Úsala mejor que la última vez.
Candela guardó esas palabras durante el resto del día, mientras trabajaba junto a Basilio en la parcela baja, y todavía las tenía presentes cuando, por la tarde, la sorprendió la lluvia junto a Nicolás en el cobertizo derruido.
Esa noche, ya sola en su habitación, colgó la chaqueta que él le había prestado en el respaldo de una silla, sin decidirse a devolvérsela al día siguiente como hubiera sido lo razonable, y se quedó mirando el techo durante un buen rato, pensando que el trato que había firmado para salvar la finca de su padre se estaba convirtiendo, sin que ella lo hubiera previsto, en algo mucho más complicado de gestionar que cualquier balance de cuentas.