Capítulo XX
Lo que el vino no olvida
Salieron de Bodegas Salvatierra caminando despacio hacia el coche, sin prisa por romper el silencio cargado de alivio que los envolvía a ambos.
Nicolás condujo hasta la finca sin que ninguno de los dos propusiera otro destino, como si después de todo lo ocurrido esa tarde, aquel fuera el único lugar que tenía sentido visitar.
Llegaron cuando el sol empezaba a ponerse detrás de las colinas, tiñendo de naranja las hileras de vides ya vendimiadas, que en unas semanas empezarían a perder las hojas de cara al invierno, cerrando el ciclo que había comenzado con la muerte de Homero, casi un año atrás.
Caminaron juntos hasta la parcela alta, la de las cepas viejas, la que había sobrevivido tanto al abandono como al granizo, y se detuvieron frente al mismo cobertizo derruido donde se habían refugiado dos veces ese año, primero de la lluvia y después de la tormenta.
—¿Sabes qué es lo que más me sorprende de todo esto?
—dijo Candela, apoyándose contra el marco de la puerta del cobertizo, mirando hacia la finca entera extendida ante ellos—.
Que hace un año, cuando llegué aquí, lo único que quería era resolver el desastre de mi padre lo más rápido posible y volver a Fráncfort.
Y ahora no me imagino viviendo en ningún otro sitio.
—A mí me sorprende otra cosa. —Nicolás se acercó, quedando frente a ella, con la misma cautela paciente que había mantenido durante los últimos meses—.
Que después de diez años convencido de que había perdido la oportunidad de estar contigo para siempre, resulta que solo tenía que esperar el tiempo suficiente para hacerlo bien esta vez.
—¿Y crees que lo hemos hecho bien?
—Creo que hemos hecho lo que pudimos, con los errores que ambos arrastrábamos, y que ha sido suficiente.
—Le apartó un mechón de pelo de la cara, con un gesto tan sencillo como cargado de significado—.
No sé si existe una manera perfecta de querer a alguien después de diez años de silencio, Candela.
Pero si existe, creo que se parece bastante a esto.
Ella sonrió, y fue esta vez quien acortó la distancia entre ambos, besándolo con la misma decisión consciente del primer beso de meses atrás, pero sin ninguna de las dudas que entonces todavía pesaban sobre los dos.
Nicolás respondió rodeándola con los brazos, y se quedaron así, en la puerta del cobertizo que había sido testigo involuntario de tantos momentos decisivos de su historia, mientras el sol terminaba de ponerse sobre la finca que, contra todo pronóstico, habían conseguido salvar juntos.
—Quédate a vivir aquí conmigo —dijo Candela, cuando se separaron, sorprendida de la naturalidad con la que le salieron las palabras—. No en la casa de tus padres, ni yendo y viniendo cada día desde la bodega. Aquí, en la finca, si eso es lo que quieres tú también.
—Llevo esperando que me lo pidieras desde la primera noche que cené en esta cocina. —Nicolás sonrió, con una felicidad que no intentó disimular—. Sí, Candela. Quiero eso más de lo que he querido nada en mucho tiempo.
Se casaron la primavera siguiente, en una ceremonia pequeña celebrada en la propia finca, entre las hileras de vides que empezaban a brotar de nuevo tras el invierno, con Presenta llorando de una alegría que no intentó ocultar, con Basilio y Olalla como testigos, y con Ezequiel y Renata sentados en primera fila, en un gesto de reconciliación que un año atrás nadie en Peñalvera hubiera creído posible.
Los preparativos, sencillos y sin grandes lujos porque así lo habían querido los dos desde el principio, se organizaron entre la propia familia: Olalla se encargó del banquete desde su bar, cerrando el local un fin de semana entero para trasladar toda la cocina a la finca; Basilio insistió en preparar personalmente la decoración floral, usando ramas de las propias vides entrelazadas con flores silvestres que él mismo recogió de los alrededores; y Presenta, que llevaba semanas cosiendo en secreto, sorprendió a Candela la mañana de la boda con un velo bordado a mano que había pertenecido a la madre de Candela, guardado durante años en un baúl que Candela ni siquiera sabía que existía.
—Tu madre lo llevó el día que se casó con tu padre —le dijo Presenta, ayudándola a colocárselo frente al espejo—. Siempre supe que algún día tendría sentido volver a sacarlo.
La ceremonia, breve y sin más formalidad que la necesaria, terminó con un brindis improvisado en el que Ezequiel, para sorpresa de todos los presentes, se levantó a decir unas palabras que nadie le había pedido.
—Conocí a Homero Bastida hace más de cuarenta años, y durante la mayor parte de ese tiempo elegí ser su rival en vez de su amigo, por razones que ya no me enorgullecen.
—Levantó la copa, con la voz algo quebrada por la emoción—.
Hoy, viendo a su hija casarse con mi hijo en esta misma tierra que tanto nos costó a ambos entender que merecía más cuidado que rencor, quiero brindar por la posibilidad de que las segundas oportunidades, aunque lleguen tarde, todavía cuenten para algo.
Por Candela y Nicolás. Y por Homero, que se merecía ver este día.
Presenta, sentada junto a Basilio, se llevó una mano a la boca para contener las lágrimas, y Candela, que había escuchado el brindis con la mano firmemente entrelazada con la de Nicolás, sintió que aquellas palabras, imperfectas y tardías como todo lo que Ezequiel Salvatierra hacía, cerraban por fin, de una manera que ningún contrato hubiera podido lograr, la larga historia de rencor entre las dos familias.
La primera botella de la nueva cosecha, la que había sobrevivido al granizo y a todo lo demás, salió al mercado ese mismo verano, con una etiqueta sencilla que mostraba el dibujo de una cepa vieja sobre fondo oscuro y un nombre que Candela había elegido semanas después de la reunión con el consejo, mientras revisaba, junto a Nicolás, los últimos detalles del diseño.
—Lo que el vino no olvida —leyó Nicolás en voz alta, la primera vez que vio la etiqueta terminada—. Es perfecto.
—Es lo único que se me ocurrió que resumiera todo esto —respondió Candela, pasando un dedo por el cristal de la botella—.
Las traiciones que arrastramos sin saberlo, las promesas que tardamos diez años en cumplir, la tierra que recuerda cada cosecha buena y cada cosecha mala.
El vino no olvida nada de eso, Nicolás. Lo guarda todo, año tras año, y de alguna manera consigue convertirlo en algo que merece la pena beber.
Aquella noche, sentados en el mismo porche donde meses atrás se habían dado su primer beso después de diez años de silencio, brindaron con la primera copa de la cosecha que habían salvado juntos, mientras las luces de Bodegas Salvatierra parpadeaban a lo lejos, ya no como un recordatorio de una guerra heredada entre dos familias, sino como la señal tranquila de que, al otro lado del valle, había alguien dispuesto por fin a dejar de repetir los errores del pasado.
Basilio se despidió esa noche más temprano de lo habitual, alegando que a su edad las celebraciones largas ya no le sentaban tan bien como antes, pero antes de marcharse se detuvo un momento junto a Candela, con una copa todavía en la mano.
—Tu padre estaría orgulloso, Candela. No solo de la cosecha, ni del negocio.
De verte aquí, en esta cocina, con la vida que has construido.
—El capataz, poco dado a los gestos sentimentales, le apretó el hombro con torpeza antes de continuar—.
Yo llevo treinta y cinco años en esta finca, y puedo decirte que nunca la había visto tan viva como este último año.
—Gracias por no dejarnos rendirnos, Basilio. A ninguno de los dos.
—Ese ha sido siempre mi trabajo, aunque no viniera escrito en ningún contrato.
Candela miró hacia el cartel oxidado que todavía colgaba a la entrada de la finca, el mismo que había visto al llegar un año atrás, con la pintura desconchada y el nombre casi ilegible.
Se prometió a sí misma que, antes de la próxima vendimia, lo repintaría con letras nuevas, aunque conservando el año original, 1958, como un recordatorio de todo lo que aquella tierra había sobrevivido para llegar hasta ella.
Y por primera vez desde que tenía memoria, pensó en el futuro de la finca Bastida no con miedo ni con la sensación de una obligación heredada, sino con la certeza tranquila de que, pasara lo que pasara, aquel sería siempre el lugar al que pertenecía.
Meses después, ya entrado el invierno, Candela encontró entre las cosas de su padre, guardadas en una caja que todavía no se había atrevido a revisar del todo, un cuaderno viejo con anotaciones de vendimias de hacía treinta años, la misma letra apretada con la que Homero había llevado las cuentas de la finca durante toda su vida.
En una de las últimas páginas, fechada apenas unos meses antes de morir, encontró una anotación que no tenía nada que ver con cifras ni con cosechas: una sola frase, escrita con el pulso ya algo tembloroso de los últimos años, que decía simplemente que esperaba que algún día Candela volviera a casa, aunque él ya no estuviera para verlo.
Se quedó sentada con el cuaderno entre las manos durante mucho rato, llorando sin vergüenza por primera vez desde el funeral al que no había podido llegar, y después subió a guardarlo junto a los documentos importantes de la finca, convencida de que aquella frase, más que cualquier contrato firmado ese año, era la que de verdad había terminado de traerla de vuelta.
Bajó de nuevo a la cocina, donde Nicolás la esperaba con la cena ya casi lista, y aunque no le contó de inmediato lo que acababa de encontrar, se sentó a su lado con una calma nueva, la de alguien que por fin ha cerrado del todo un círculo que llevaba abierto casi toda una vida.
Fuera, la finca dormía bajo el primer frío del invierno, esperando paciente, como llevaba haciendo desde 1958, a que llegara la próxima primavera y con ella el ciclo entero de brotes, flores, racimos y vendimia que Candela ya no imaginaba vivir en ningún otro lugar del mundo.