Diez vendimias sin ti Capítulo IV
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Capítulo IV

El trato

Nicolás llegó a la finca Bastida un martes por la tarde, puntual hasta el minuto, conduciendo una furgoneta de trabajo en vez del coche caro que Candela había imaginado.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y ropa de faena, no el traje gris del notario, y ese detalle la desarmó más de lo que le hubiera gustado admitir: había ido vestido para hablar de tierra, no para cerrar un negocio desde una posición de poder.

—Gracias por venir a la finca —dijo Candela, abriendo la puerta antes de que él llamara.

—Me lo pediste tú. —Nicolás miró alrededor, hacia la nave con las contraventanas cerradas, hacia las hileras de vides que se extendían ladera abajo hasta el río—. Hace mucho que no entraba aquí.

—Diez años.

—Diez años —confirmó él, sin más comentario, y Candela agradeció que no intentara convertir la cifra en una conversación sobre el pasado antes de tiempo.

Se sentaron en la cocina, en la misma mesa donde Ezequiel Salvatierra había puesto el contrato una noche de octubre hacía diez años, y Candela no pudo evitar pensar que la geografía de esa casa parecía empeñada en repetir sus peores escenas.

Presenta había dejado preparada una jarra de agua con limón y se había marchado discretamente a su propia casa, alegando una excusa poco convincente sobre una gallina enferma.

Nicolás abrió la carpeta y extendió sobre la mesa varios documentos: una tasación de la finca, una propuesta de compra firmada por su padre, y una segunda hoja que Candela no esperaba.

—Esto es lo que mi padre quiere ofrecer —dijo, señalando el primer documento—. Cubre la deuda con el banco y os deja un margen para instalaros donde queráis. Es una oferta justa, según el mercado de la zona.

—¿Y esto? —Candela señaló la segunda hoja, una propuesta escrita a mano con una letra que reconoció al instante como la de él, no la de un abogado ni la de un tasador.

—Esto es lo que yo te ofrezco a ti. No a mi padre, a ti.

—Nicolás la miró, y por primera vez desde que había llegado, la firmeza calculada de negociador desapareció de su expresión—.

Una asociación a tres años. Bodegas Salvatierra pone el capital para saldar la deuda y financiar la próxima cosecha.

Tú mantienes la propiedad, la marca Bastida sigue existiendo, y repartimos beneficios según un porcentaje que podemos negociar.

Si en tres años decides que quieres vender del todo, vendes a mejor precio del que te ofrece hoy mi padre.

Y si decides que quieres quedarte, te quedas sin deber nada a nadie.

Candela leyó el papel dos veces, buscando la trampa que su instinto insistía en que debía estar ahí.

—¿Por qué harías esto? Tu padre lleva años comprando fincas enteras. Esto no le beneficia a él.

—No, no le beneficia. —Nicolás se recostó en la silla, cruzando los brazos—. Por eso esta propuesta no la sabe mi padre. Todavía.

—Entonces vas a tener un problema.

—Ya tengo problemas con mi padre desde hace años, Candela.

Uno más no cambia mucho. —Hizo una pausa, y la miró de una manera que ella recordaba de la era, de las noches de hacía diez años, una mirada que no había aprendido a hacerle a nadie más aunque lo hubiera intentado—.

Llevo tres años intentando convencerlo de que comprar toda la tierra del valle y homogeneizar la producción bajo una sola marca es un error.

Que lo que hace valiosa esta zona son precisamente las fincas pequeñas, cada una con su carácter, no un monocultivo con el nombre Salvatierra en cada etiqueta.

Nunca he conseguido que me escuche. Pero esta finca, la vuestra, es la única donde todavía puedo hacer algo distinto antes de que sea tarde.

—¿Y si acepto y en un año decides que prefieres la oferta de tu padre?

—Entonces habré roto un contrato firmado por mí, no por él, y tú podrás llevarme a juicio y quedarte con la mitad de mi sueldo durante el resto de mi vida. —Sonrió, apenas, la primera sonrisa completa desde que había llegado—. Redacté el contrato yo mismo, Candela. Sé lo que firmo.

Ella se levantó, necesitando poner distancia física entre los dos para pensar con claridad, y caminó hasta la ventana que daba a la finca.

El sol de la tarde caía oblicuo sobre las vides desnudas, y por primera vez desde que había llegado, Candela se permitió imaginar cómo se verían en agosto, cargadas de racimos, si alguien invertía el dinero y el trabajo necesarios para sacarlas adelante.

—Necesito pensarlo —dijo, sin darse la vuelta.

—Tómate el tiempo que necesites. Pero no mucho —añadió Nicolás, recogiendo los papeles con calma—. El banco tiene su propio calendario, y mi padre también. Si tardas demasiado, puede que la decisión deje de ser tuya.

Candela se giró justo cuando él se levantaba de la silla, y quedaron a menos de un metro de distancia, en un silencio que ninguno de los dos se apresuró a romper.

Ella notó, de nuevo, el mismo perfume de madera y cítrico, y esta vez no le produjo únicamente tensión en el estómago sino también un impulso incómodo de acortar la distancia que los separaba, un impulso que llevaba diez años creyendo enterrado.

—¿Por qué no me llamaste nunca? —preguntó, sin planear la pregunta, sorprendida ella misma de haberla dicho en voz alta—. Después de Madrid. Después de que no te abriera la puerta. ¿Por qué dejaste de intentarlo?

Nicolás tardó en responder, y cuando lo hizo, su voz había perdido toda la calma de negociador que había mantenido durante los últimos veinte minutos.

—Porque me dejaste clarísimo, esperando delante de tu portal durante una hora, que no querías que insistiera.

Y porque después de un tiempo, insistir con alguien que no quiere que insistas deja de ser amor y empieza a ser otra cosa que no quería ser contigo.

—Se acercó un paso, no lo suficiente para invadir del todo su espacio, pero sí lo suficiente para que Candela sintiera el calor de su cuerpo a pesar del frío de febrero que entraba por la ventana mal sellada—.

Pero si me preguntas si dejé de pensar en ti, la respuesta es que no. Ni un solo día en diez años.

Candela no supo qué responder. Se quedó mirándolo, con el contrato firmado por él sobre la mesa de la cocina y diez años de silencio pesando entre los dos, consciente de que aceptar aquella propuesta significaba algo más que salvar la finca de su padre: significaba dejar entrar de nuevo, aunque solo fuera por tres años, al único hombre que había conseguido que Peñalvera le pareciera un lugar donde merecía la pena quedarse.

—Dame una semana —dijo al fin.

—Tienes una semana —respondió Nicolás, recogiendo la carpeta y dirigiéndose hacia la puerta.

Se detuvo con la mano en el picaporte, igual que había hecho en el notario, y la miró una última vez antes de salir—.

Y Candela... sea cual sea tu respuesta sobre la finca, me alegro de haber tenido esta conversación contigo. Hacía diez años que me la debías.

Salió sin esperar respuesta, dejando a Candela sola en la cocina con el contrato manuscrito todavía sobre la mesa y la certeza incómoda de que la semana que tenía por delante iba a ser mucho más larga de lo que el calendario indicaba.

Fuera, el sol empezaba a ponerse detrás de las colinas que separaban su finca de la de los Salvatierra, y por primera vez desde que había llegado a Peñalvera, Candela no supo si lo que sentía al ver marchar la furgoneta de Nicolás era alivio o el principio de algo que llevaba diez años intentando, sin éxito del todo, dejar de sentir.

Presenta volvió media hora después, con la excusa de la gallina enferma ya olvidada, y encontró a Candela todavía sentada a la mesa con los dos documentos extendidos delante: la oferta oficial de Ezequiel Salvatierra por un lado, la propuesta manuscrita de Nicolás por otro.

—¿Y bien? —preguntó, colgando el abrigo en el respaldo de una silla.

—Me ha ofrecido un trato distinto al de su padre. Una asociación, no una venta. —Candela le acercó la hoja escrita a mano, y Presenta se puso las gafas que llevaba colgadas del cuello para leerla despacio, línea por línea, con la misma atención con la que había leído los sobres del banco.

—Esto no es lo que hace un Salvatierra normalmente —dijo su tía al terminar, dejando la hoja sobre la mesa—. Esto es lo que hace un hombre que quiere una excusa para volver a esta casa.

—O un hombre que de verdad cree en lo que dice sobre las fincas pequeñas.

—Puede ser las dos cosas a la vez, Candela.

La gente rara vez tiene un solo motivo para lo que hace.

—Presenta se sentó frente a ella y le sirvió lo que quedaba de la jarra de agua con limón, ya tibia—.

Lo que yo te pregunto es otra cosa. ¿Tú puedes trabajar codo con codo con este hombre durante tres años sin que se te remueva todo lo de hace diez?

Candela no respondió enseguida. Miró por la ventana, hacia la ladera donde había caminado esa misma mañana con Basilio, hacia las cepas de cincuenta años que todavía tenían remedio si alguien se decidía a tiempo.

—No lo sé —admitió al fin—. Pero si digo que no por miedo a lo que pueda sentir, voy a perder la finca de todas formas, y entonces habré perdido las dos cosas por la misma razón.

Presenta no dijo nada más. Se limitó a asentir despacio, con la expresión de quien ha visto a la misma familia tomar decisiones difíciles durante setenta años y ha aprendido que lo único que se puede hacer, llegado el momento, es acompañar sin empujar.

Candela se quedó despierta hasta tarde esa noche, releyendo el contrato manuscrito de Nicolás una y otra vez, no buscando ya la trampa que esperaba encontrar, sino tratando de entender por qué, debajo del miedo evidente a equivocarse con la finca, lo que de verdad le quitaba el sueño era la posibilidad de volver a tenerlo cerca todos los días durante los próximos tres años, sabiendo que su corazón, en contra de toda la lógica que había construido en una década, seguía sin haber cerrado del todo aquella puerta.