Capítulo III
Diez años
Diez años antes, Peñalvera olía distinto.
O quizás olía igual y era Candela quien todavía no había aprendido a distinguir el olor de un pueblo del olor de estar enamorada dentro de él.
Tenía veintidós años, había terminado la carrera en Zaragoza y había vuelto para pasar el verano ayudando a su padre con la vendimia antes de buscar trabajo en la ciudad.
No pensaba quedarse. Lo tenía decidido desde los diecisiete, cuando entendió que en Peñalvera las mujeres de su familia siempre acababan haciendo lo mismo: casarse, trabajar la tierra de otro y envejecer esperando una cosecha que compensara todas las anteriores.
Nicolás Salvatierra tenía entonces veinticuatro años y acababa de volver de estudiar Enología en Burdeos, cargado de ideas que su padre, Ezequiel Salvatierra, escuchaba con una paciencia calculada, del tipo que se reserva para los hijos a los que se necesita convencer sin que se note el esfuerzo.
Se cruzaron la primera vez en la era de la finca de arriba, un terreno de nadie entre las dos propiedades donde de niños habían jugado juntos antes de que sus padres empezaran a disputarse cada metro de viña colindante.
Candela estaba sentada sobre un muro bajo, con un cuaderno donde apuntaba cifras de la cosecha para su padre, cuando Nicolás apareció con las botas llenas de barro y una sonrisa que ella recordaría durante los siguientes diez años con una nitidez que no le hacía ningún favor.
—Sigues viniendo aquí a esconderte —dijo él, sin saludar, como si los años transcurridos no hubieran interrumpido nada.
—No me escondo. Trabajo.
—Se puede hacer las dos cosas a la vez. Yo lo llevo haciendo toda la vida.
Aquel verano se convirtió, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, en el verano en que dejaron de fingir que la era era un lugar de paso.
Se veían al anochecer, cuando el trabajo de las bodegas terminaba y los padres respectivos daban por hecho que sus hijos estaban en otra parte.
Hablaban de vino, primero, porque era el único tema en el que ambos tenían autoridad y el único que no levantaba sospechas si alguien los oía desde lejos.
Hablaban de vino y terminaban hablando de todo lo demás: de la vida que Candela quería construirse fuera del pueblo, de las ideas que Nicolás traía de Burdeos y que su padre rechazaba una tras otra, del miedo compartido a convertirse en una copia exacta de sus progenitores.
La primera vez que Nicolás la besó fue una noche de agosto, con la luna casi llena y el calor todavía pegado a la piel a las once de la noche.
No fue un beso torpe ni dudado. Nicolás la sujetó por la cintura con una decisión que a Candela la dejó sin argumentos para protestar, y ella respondió apretando los dedos contra la tela de su camisa, tirando de él hacia sí en vez de apartarlo.
Cuando se separaron, él apoyó la frente contra la de ella y dijo, en voz baja, que llevaba esperando ese momento desde que tenía dieciséis años y ella se había reído de un chiste suyo delante de todo el pueblo sin darse cuenta de que él se había enamorado en ese mismo instante.
Duraron ese verano y parte del otoño, viéndose entre viñas y en la era de nadie, prometiéndose cosas que a los veintidós y veinticuatro años parecen sencillas de cumplir: que se irían juntos si hacía falta, que ninguna disputa entre sus padres por lindes de tierra iba a decidir por ellos, que lo suyo era más importante que el apellido que cada uno cargaba.
Candela creyó todo eso con la misma certeza con la que creía en las cifras de su cuaderno.
Recordaba, sobre todo, una tarde de finales de julio en la que Nicolás la llevó a escondidas a la nave nueva de Bodegas Salvatierra, la que su padre acababa de terminar de construir con la tecnología más avanzada que se había visto en la comarca.
La recorrieron entera, de la mano, mientras él le explicaba con un entusiasmo que no se molestaba en disimular los depósitos de acero, el sistema de control de temperatura, la sala de barricas que olía a roble recién tostado.
Candela había fingido interés por cortesía al principio, y había acabado genuinamente fascinada por la forma en que Nicolás hablaba del vino, no como un negocio sino como un lenguaje entero que había aprendido a traducir.
—Algún día voy a tener mi propia bodega —le había dicho él aquella tarde, sentados sobre unas cajas vacías al fondo de la nave—.
Pequeña, nada que ver con esto. Unas pocas hectáreas, las mejores parcelas de la zona, sin prisa por crecer.
Y tú vas a llevar las cuentas, porque se te dan mejor que a nadie que conozco.
—¿Y si yo no quiero quedarme en Peñalvera llevando cuentas de nadie?
—Entonces me voy contigo a donde tú quieras. —Lo había dicho con una naturalidad que a Candela, en su momento, le pareció la prueba más sólida de que aquello iba en serio—. Me da igual el sitio. Lo que me importa es que sea contigo.
Ella le había creído sin reservas, tumbada contra su hombro entre el olor a madera nueva, convencida de que a los veintidós años una ya sabía distinguir las promesas que se cumplen de las que se dicen para llenar un silencio.
Esa misma certeza fue la que se hizo pedazos tres meses después, en la cocina de la finca Bastida, cuando entendió que las promesas de Nicolás tenían un límite que no había previsto: todo, menos enfrentarse abiertamente a su padre antes de tiempo.
Todo se rompió en octubre, la noche en que Ezequiel Salvatierra se presentó en la finca Bastida sin avisar, acompañado de dos hombres del banco, y le puso a Homero Bastida sobre la mesa de la cocina un contrato de compra que llevaba semanas preparando en secreto: una oferta por la mitad de la finca, la que lindaba con las tierras Salvatierra, aprovechando que Homero acababa de pedir un préstamo para renovar la maquinaria y necesitaba liquidez inmediata.
Homero se negó, indignado, y Ezequiel se marchó con una advertencia que Candela oyó desde la escalera, agazapada: que tarde o temprano acabaría comprando esa finca entera, con préstamo o sin él, porque los Bastida siempre habían jugado a ser más orgullosos de lo que su cuenta bancaria podía permitirse.
Candela bajó a la era esa misma noche, furiosa, exigiendo explicaciones a Nicolás.
Y descubrió que él ya lo sabía. Su padre le había contado el plan tres días antes, y Nicolás no había dicho nada, ni a ella ni a nadie, convencido de que podría convencer a Ezequiel de retirar la oferta antes de que llegara a materializarse.
No lo consiguió a tiempo. Y para Candela, en ese momento, el silencio de Nicolás fue una traición tan grande como la oferta misma: había elegido proteger la paz con su padre antes que advertirla a ella, antes que dejarle a su familia margen para prepararse.
—Debiste decírmelo —le dijo aquella noche, con la voz rota por una rabia que no sabía si iba dirigida a él o a la situación entera—. Me dejaste creer que estábamos del mismo lado.
—Estamos del mismo lado, Candela. Por eso no dije nada, porque pensé que podía arreglarlo sin que tuvieras que preocuparte, sin que esto se convirtiera en una guerra entre nuestras familias.
—Se ha convertido en una guerra igual. Solo que tú lo sabías y yo no.
No hubo forma de reconciliar esa diferencia.
Candela se marchó a Zaragoza dos semanas después, antes incluso de que empezaran los fríos, con la excusa de una entrevista de trabajo que en realidad no tenía.
Nicolás fue a buscarla una vez, se plantó en la puerta del piso compartido que tenía con dos compañeras de carrera, y ella no abrió.
Lo vio desde la ventana, esperando en la calle durante casi una hora, y no bajó.
Después de aquello, Nicolás dejó de insistir, y Candela interpretó ese silencio como la confirmación definitiva de que, cuando había que elegir, él siempre elegiría primero la paz con Ezequiel Salvatierra.
Se marchó a Madrid seis meses más tarde, y de Madrid a Fráncfort dos años después, construyendo una carrera en consultoría que no tenía nada que ver con viñas ni con barricas, precisamente porque cualquier cosa relacionada con el vino le devolvía, sin excepción, la imagen de una era iluminada por la luna y unas manos que ya no eran suyas para recordar.
En una década no había vuelto a Peñalvera más que en Navidades cortas, programadas para no coincidir con ninguna fiesta del pueblo donde pudiera cruzarse con él, y nunca se había permitido preguntar a su padre, ni a Presenta, qué había sido de la vida de Nicolás Salvatierra.
Ahora, sentada en su antigua habitación con la ventana dando a las luces de Bodegas Salvatierra, entendía que ese silencio cuidadosamente construido durante diez años acababa de romperse en la sala de espera de un notario, y que la pregunta que llevaba una década evitando —si aquel silencio de Nicolás había sido cobardía o si había sido, como él insistía entonces, un intento torpe de protegerla— seguía sin respuesta.
Y ahora, además, tenía que decidir si estaba dispuesta a hacerle esa pregunta después de tanto tiempo, sabiendo que la respuesta ya no cambiaría nada de lo que habían perdido, pero podría cambiar todo lo que estaba por decidir.