Capítulo II
La finca de enfrente
El notario de Peñalvera tenía el despacho encima de la farmacia, en una sala con las paredes forradas de expedientes y una estufa de butano que llevaba treinta años calentando a medias.
Candela llegó a las nueve en punto con una carpeta llena de papeles del banco y la determinación de resolver en una sola mañana lo que su padre había dejado pendiente durante un año.
No contaba con que la sala de espera tuviera solo dos sillas, y que una de ellas estuviera ocupada.
Lo reconoció por la espalda antes de que se diera la vuelta.
Había algo en la manera de sentarse, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza ligeramente inclinada hacia el móvil, que diez años no habían cambiado en absoluto.
Cuando Nicolás Salvatierra levantó la vista, Candela ya no tuvo tiempo de fingir que miraba otra cosa.
—Candela. —Dijo su nombre como quien confirma un dato, no como quien saluda.
—Nicolás.
Se quedaron así, midiéndose desde sus respectivas sillas, mientras la secretaria del notario tecleaba al fondo sin levantar la cabeza, ajena a que en esa salita diminuta acababan de encontrarse diez años de silencio.
Candela había imaginado este momento de muchas formas distintas a lo largo de una década, y en ninguna de ellas él llevaba un traje gris que le sentaba mejor de lo que debería sentarle nada a un hombre que se había pasado la vida entre viñas.
Había cambiado: los hombros más anchos, la mandíbula más marcada, unas líneas finas alrededor de los ojos que antes no estaban.
Pero la forma de mirarla, fija y sin pestañear demasiado, seguía siendo exactamente la misma que recordaba de la última noche que se habían visto.
—Siento lo de tu padre —dijo él, y por el tono parecía sincero, lo cual a Candela le molestó más que si hubiera sido una frase de cortesía—. Era un hombre terco, pero yo lo apreciaba.
—Terco es poco decir. —Candela se sentó en la silla libre porque quedarse de pie hubiera sido reconocer que necesitaba huir—. ¿Qué haces tú aquí?
—Lo mismo que tú, imagino. Papeles.
—¿Papeles de qué?
Nicolás dudó un instante, el tiempo justo para que Candela entendiera que la respuesta no le iba a gustar.
—De la finca de los Herranz. Llevamos meses negociando la compra y hoy firmamos. —Hizo una pausa—. Y de la vuestra, si al final decidís vender.
—No hemos decidido nada.
—Lo sé. Por eso hablo en condicional. —Guardó el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta con un gesto tranquilo que a Candela le pareció insultante en su calma—.
Mi padre quiere hacer una oferta antes de que el banco actúe.
Es mejor para vosotras negociar con nosotros que perder la finca en subasta.
—Qué generosos.
—No es generosidad, es negocio. —Nicolás la miró directamente, sin la sonrisa fácil que Candela recordaba de cuando tenía veintidós años y todavía creía que ese chico se iba a quedar en el pueblo con ella para siempre—.
Pero si prefieres perder la finca por orgullo, es tu decisión. No voy a suplicarte que aceptes nada.
La secretaria del notario llamó al fondo, anunciando que don Prudencio ya podía atender la primera visita.
Nicolás se levantó, se abrochó un botón de la chaqueta y se detuvo un momento frente a Candela, lo bastante cerca para que ella notara el mismo perfume que llevaba diez años atrás, algo de madera y cítrico que en su día le había parecido el olor más reconfortante del mundo y que ahora solo le producía una tensión incómoda en el estómago.
—Me alegro de que hayas vuelto —dijo, bajando la voz—, aunque haya sido por esto.
—No he vuelto. Estoy aquí solo hasta que arregle el desastre que dejó mi padre.
—Como quieras llamarlo. —Se encogió de hombros y entró en el despacho del notario, dejando a Candela sola en la sala de espera con el corazón latiendo más rápido de lo que estaba dispuesta a admitir.
Esperó veinte minutos, revisando sin ver los mismos tres papeles del banco, hasta que Nicolás salió con una carpeta bajo el brazo y una expresión que Candela no supo leer del todo. Se detuvo en la puerta.
—Piénsalo, Candela. No hace falta que me des una respuesta hoy. —Y añadió, ya con la mano en el pomo—: Pero si decides hablar, dime un día y voy yo a la finca. No hace falta que vengas tú a la nuestra.
—¿Por qué ibas a venir tú?
—Porque a lo mejor a ti te cuesta más volver a pisar Bodegas Salvatierra de lo que a mí me cuesta pisar vuestra casa.
Se marchó antes de que Candela pudiera responder, dejándola con la certeza incómoda de que él la conocía mejor de lo que ella hubiera querido, incluso después de tanto tiempo.
Entró al despacho del notario cuando la llamaron, y don Prudencio, un hombre menudo con gafas de pasta que llevaba treinta años redactando los testamentos del pueblo, le confirmó lo que ya sospechaba: la finca estaba a nombre de su padre sin ningún reparto previsto, así que la heredaba entera, junto con las deudas asociadas.
Le explicó las opciones con la paciencia de quien ha dado esta misma charla a media docena de herederos reticentes cada año: podía aceptar la herencia con las deudas, podía renunciar a ella, o podía negociar con el banco una moratoria mientras buscaba financiación o comprador.
—¿Y si quiero seguir con la bodega? —preguntó Candela.
Don Prudencio se quitó las gafas y las limpió con la manga antes de contestar, un gesto que en él equivalía a pensarse mucho la respuesta.
—Entonces necesita usted, como mínimo, sesenta mil euros antes de marzo solo para que el banco no ejecute la nave.
Y otros tantos para la próxima cosecha, si quiere hacer algo más que sobrevivir.
—La miró por encima de las gafas ya limpias—.
Y perdone que se lo diga, pero llevo treinta años viendo cómo los Salvatierra compran finca a finca en este valle.
No sé si usted quiere ser la siguiente casilla de ese tablero o no, pero debería decidirlo pronto.
Candela salió del despacho con más preguntas que respuestas y con la sensación de que Peñalvera entero, el notario incluido, daba por hecho que su historia con la bodega familiar terminaría de la misma forma que las demás: un cartel de SE VENDE y el apellido Salvatierra en la escritura.
Caminó de vuelta a casa por la plaza, pasando frente al bar donde de adolescente se había sentado en la terraza con Nicolás durante tardes enteras fingiendo que hablaban de música cuando en realidad no hacían más que buscar excusas para tocarse las manos por debajo de la mesa.
Se detuvo frente al escaparate de la antigua tienda de ultramarinos, ahora cerrada, y se miró en el reflejo del cristal sucio.
Diez años atrás había salido de este pueblo jurándose que jamás volvería a depender de nadie con el apellido Salvatierra para nada, ni para el corazón ni para el dinero.
Y ahora, en menos de veinticuatro horas, se encontraba necesitando ambas cosas de la misma familia, y lo peor no era la vergüenza de reconocerlo.
Lo peor era que, al ver a Nicolás sentado en aquella silla incómoda, con el traje gris y la mirada fija, algo en su pecho se había alegrado antes incluso de que su cabeza tuviera tiempo de protestar.
Antes de volver a casa se sentó en la terraza del único bar de la plaza que seguía abierto en febrero, más por no llegar todavía a la casa vacía que por hambre. No llevaba diez minutos cuando una voz conocida la llamó desde la puerta.
—No me lo puedo creer. —Olalla Ferraz dejó la bandeja que llevaba sobre la barra y salió a abrazarla antes de que Candela pudiera levantarse—. Me enteré de lo de tu padre por mi madre. Quería llamarte, pero no tenía tu número nuevo y no sabía si te iba a parecer bien que te molestara.
Habían sido inseparables hasta los dieciocho años, cuando Olalla se quedó en el pueblo para hacerse cargo del bar de su padre y Candela se fue a la universidad convencida de que aquello era solo el primer paso de una despedida definitiva de Peñalvera.
Se sentó frente a ella con dos vasos de vino que ni siquiera había pedido, la costumbre de la casa desde que ambas tenían edad legal para beberlo.
—Me he cruzado con Nicolás esta mañana —dijo Candela, sin rodeos, porque con Olalla nunca había hecho falta rodeos—. En el notario.
Olalla no pareció sorprendida. Se limitó a apoyar los codos en la mesa y bajar un poco la voz, aunque no había nadie más en la terraza a esa hora.
—Sigue soltero, por si te lo estás preguntando sin preguntármelo directamente.
—Sonrió, la misma sonrisa traviesa de siempre—.
Hubo algo con una chica de Logroño hace un par de años, pero no llegó a nada serio, según cuentan.
Y desde que su padre empezó a fallar de salud, se ha vuelto todavía más comedido con su vida privada.
Casi nunca sale, casi nunca se le ve en el bar. Trabaja, y punto.
—¿Ezequiel está enfermo?
—Del corazón. Le dio un aviso hace año y medio, y desde entonces Nicolás lleva casi toda la gestión de Bodegas Salvatierra, aunque el viejo siga apareciendo por la bodega dos veces por semana para recordarle a todo el mundo quién manda todavía.
—Olalla bebió un trago y miró a Candela con una atención que no dejaba lugar a dudas sobre hacia dónde iba la conversación—.
Se ha pasado años intentando cambiar cosas ahí dentro, según cuenta mi padre, que sigue vendiéndoles corcho.
Quiere volver a algo más artesanal, fincas pequeñas con nombre propio en vez de comprar y mezclar todo bajo la misma etiqueta. Su padre no le deja avanzar ni un paso.
Candela removió el vino en el vaso sin beber, pensando en la propuesta manuscrita que Nicolás le había mencionado sin entrar en detalles, la que había dejado caer que existía sin llegar a mostrársela todavía.
—¿Y tú qué opinas que debería hacer yo con la finca?
Olalla se recostó en la silla y la miró con la franqueza que solo permite una amistad de veinte años.
—Yo lo que opino es que llevas diez años huyendo de este pueblo por dos razones, y que las dos razones se llaman Ezequiel Salvatierra y su hijo, aunque solo una de ellas te haya hecho daño de verdad.
—Hizo una pausa, dejando que la frase calara—.
No te estoy diciendo qué decidir con la finca.
Te estoy diciendo que, decidas lo que decidas, más vale que sepas separar una cosa de la otra, porque si no vas a acabar tomando la peor decisión posible solo por evitar la conversación que en realidad te da miedo tener.
Candela no respondió enseguida. Se quedó mirando la plaza, casi vacía a esa hora, con las luces del ayuntamiento encendidas y el frío empezando a calar a través del abrigo. Sabía que Olalla tenía razón, y saberlo no le hacía la decisión ni un ápice más sencilla.
Llegó a la finca cuando ya oscurecía, y Presenta la esperaba con la cena hecha y una pregunta clavada en la cara que no hizo falta que formulara en voz alta.
—Me lo he encontrado en el notario —dijo Candela, sentándose a la mesa sin quitarse el abrigo—. Va a venir a hablar de la oferta.
—¿Cuándo?
—Todavía no lo sé. —Candela se llevó la mano a la frente, cansada de un día que solo llevaba unas horas de haber empezado—.
Pero antes tengo que decidir qué quiero de verdad, Presenta.
Porque si le dejo entrar en esta casa sin tenerlo claro, me temo que voy a acabar perdiendo mucho más que la finca.