Diez vendimias sin ti Capítulo I
5%
Diez vendimias sin ti

Diez vendimias sin ti

Por Rose Herent

© inepub.com

Capítulo I

El regreso

Apagó el motor delante de la casa y se quedó dentro del coche más tiempo del necesario.

Las contraventanas verdes estaban cerradas.

Alguien había apilado leña bajo el alero, pero la pila llevaba semanas sin tocarse; la lluvia la había ennegrecido por un lado.

Tres semanas atrás, cuando su tía Presenta la llamó para decirle que su padre había muerto mientras dormía, Candela estaba en el aeropuerto de Fráncfort con una maleta de ruedas rotas y una reunión pendiente.

No había llegado a tiempo para el entierro.

Había llegado, en cambio, a tiempo para esto: una casa vacía, una bodega con las cuentas en números rojos y una carta del banco que su tía le había reenviado sin abrir.

La puerta de la cocina no tenía echada la llave.

Nunca la había tenido, ni siquiera después de que empezaran a robar tractores en los pueblos vecinos.

Candela cruzó el umbral y el olor a humedad y a leña vieja la golpeó de una manera que no esperaba, no porque fuera desagradable sino porque era exactamente el mismo olor de siempre, intacto, como si la casa hubiera decidido no cambiar nada mientras ella estuvo fuera.

Sobre la mesa había dos platos sin fregar, una barra de pan dura como una piedra y el periódico local abierto por la sección de esquelas.

La suya, la de su padre, Homero Bastida, seguía marcada con un círculo de bolígrafo que no había hecho ella.

—Ya era hora —dijo una voz desde el pasillo.

Presenta apareció secándose las manos en el delantal, con el pelo blanco recogido en el mismo moño que llevaba desde que Candela tenía memoria.

Su tía no la abrazó enseguida. Se quedó mirándola, calculando cuánto había cambiado, y luego avanzó y la apretó contra su pecho con una fuerza que no correspondía a sus setenta y un años.

—Perdona que no llegara al entierro —empezó Candela, pero Presenta la cortó con un gesto de la mano.

—El entierro ya pasó. Lo que no ha pasado es esto.

—Señaló con la barbilla hacia el cajón del aparador, donde asomaba un montón de sobres con el membrete de Caja Rural de Peñalvera—.

Tu padre dejó de pagar la reforma de la nave hace ocho meses.

Y antes de eso dejó de pagar los intereses del préstamo de la maquinaria.

Yo no lo supe hasta que vino el del banco a preguntar por él, y para entonces ya era tarde para preguntarle nada, porque tu padre ya no hablaba con nadie de números. Solo hablaba con las vides.

Candela se sentó porque las piernas no le sostenían del todo.

Había discutido con su padre por teléfono la última vez que hablaron, hacía año y medio, sobre si vender parte de la finca a los primos de Ólvega.

Homero había colgado sin despedirse. Ella no había vuelto a llamar, convencida de que tenía tiempo de sobra para arreglarlo, porque los padres, en la cabeza de una hija que lleva diez años viviendo fuera, no tienen fecha de caducidad.

—¿Cuánto debemos? —preguntó.

Presenta sacó los sobres y los puso sobre la mesa, uno junto a otro, en un orden que revelaba que ya los había estudiado más de una vez.

—Ciento diez mil. Y el banco quiere una respuesta antes de que acabe marzo, o embarga la nave y la mitad de la finca de abajo, la que da al río.

Candela hizo cuentas rápidas, las que sabía hacer por su trabajo en la consultora, y el resultado no cambió por mucho que lo repitiera.

Ciento diez mil euros era más de lo que la bodega Bastida producía en dos años buenos, y llevaban cuatro años sin tener uno bueno.

La helada de hacía tres inviernos se había llevado media cosecha de tempranillo, y su padre, en vez de replantar con ayuda, había preferido esperar a que la tierra se recuperase sola, como si el tiempo pudiera pagar deudas.

—Hay otra cosa —añadió Presenta, y por primera vez desde que Candela había entrado bajó la voz, como si las paredes de la casa que la había visto nacer pudieran ahora traicionarla—.

Ha llamado gente de Bodegas Salvatierra.

Dos veces. Quieren hacer una oferta por la finca antes de que el banco se adelante.

El apellido cayó sobre la mesa como un plato roto.

Candela no contestó enseguida. Miró el periódico abierto, la esquela de su padre con el círculo de bolígrafo ajeno, y pensó que había vuelto a Peñalvera exactamente por las dos razones que había jurado que nunca la harían volver: el dinero de su padre y el apellido Salvatierra.

—¿Con quién has hablado? —preguntó al fin.

—Con una secretaria. Pero dejó dicho que si queríamos hablar en persona, el que se ocupa ahora de las fincas de la zona es Nicolás.

Candela cerró los ojos un segundo. Diez años.

Había estado fuera diez años exactos, y en todo ese tiempo se había construido una vida en la que el nombre de Nicolás Salvatierra no aparecía en ninguna conversación, en ningún archivo, en ningún mensaje.

Había sido fácil mientras vivía en Madrid y después en Fráncfort, rodeada de gente que no sabía nada de Peñalvera ni de vinos ni de lo que había pasado en la era de la finca de arriba una noche de agosto de hacía más de una década.

Volver a este pueblo era volver también a él, como si el pueblo y el hombre fueran la misma trampa con dos entradas distintas.

—No voy a vender —dijo, y se sorprendió de la firmeza con que le salió, porque todavía no sabía si era verdad o si era solo el primer impulso de alguien que acaba de llegar y todavía no ha dormido en su propia cama después de tres años.

Presenta no la contradijo. Se limitó a servir dos vasos de vino de la última botella que quedaba con la etiqueta de la casa, un tinto de hacía cinco años que Homero había guardado para una ocasión que nunca llegó, y puso uno delante de su sobrina.

—Entonces vas a tener que hablar con él —dijo—. Porque si no vendes, y el banco embarga en marzo, lo que quede de la finca lo va a comprar Salvatierra igual, solo que en subasta y por la mitad de precio. Al menos hablando con él a tiempo puedes elegir cómo perder.

Candela bebió sin responder. El vino sabía a tierra mojada y a algo más oscuro, casi a humo, y reconoció en el paladar el trabajo de su padre en cada barrica que había llenado con sus propias manos durante cuarenta años.

Pensó en las vides de fuera, en las que había visto al llegar, desnudas y expuestas al frío de febrero, esperando que alguien decidiera si merecía la pena que volvieran a dar fruto.

Subió al piso de arriba cuando Presenta se marchó a su casa, prometiendo volver por la mañana con pan recién hecho.

La habitación de Candela seguía igual que la había dejado a los veintidós años: la cama estrecha, el armario con las puertas que no cerraban del todo bien, un póster descolorido de un grupo de música que ya no existía.

Se sentó en el borde del colchón y sacó el móvil para revisar los correos del trabajo, la costumbre de siempre, el refugio de siempre.

Tenía catorce mensajes sin leer y ninguno le importaba esa noche.

Por la ventana se veía, a lo lejos, la mole iluminada de las naves de Bodegas Salvatierra, la única construcción del valle que tenía luz encendida a esas horas.

Candela apagó la suya y se quedó mirando la oscuridad del resto del pueblo, calculando cuántos días tendría que quedarse, cuántas veces tendría que cruzarse con un apellido que llevaba diez años evitando, y si sería capaz, esta vez, de plantarle cara sin que le temblara la voz.

No durmió bien. Soñó con una era de piedra, con el calor pegajoso de una noche de agosto y con unas manos que ya no tenía derecho a recordar.

Se despertó antes del amanecer con la certeza incómoda de que Peñalvera no le iba a devolver solo una herencia en ruinas, sino también todo lo que había dejado sin cerrar hacía diez años, y que esta vez no tendría un aeropuerto al que huir.

A las siete de la mañana, incapaz de seguir dando vueltas en la cama estrecha, bajó a la finca con las botas de agua de su padre porque las suyas se habían quedado en Fráncfort.

Encontró a Basilio ya trabajando entre las cepas de la parcela baja, el hombre que llevaba treinta y cinco años como capataz de la familia Bastida y que había enseñado a podar a Candela cuando todavía no le llegaba a los hombros.

—No esperaba verte tan pronto por aquí —dijo Basilio, sin dejar de examinar un sarmiento entre los dedos.

—No esperaba estar aquí en absoluto. —Candela se agachó junto a él y miró la cepa, retorcida y gris, con las yemas todavía dormidas por el frío—. ¿Cómo está esto realmente, Basilio? Sin suavizarlo.

El capataz se tomó su tiempo antes de responder, arrancando una hoja seca de la base del tronco.

—Mal. Tu padre dejó de invertir en tratamiento hace tres años, cuando empezaron los problemas de dinero.

Hay parcelas con mildiu que no se ha tratado como Dios manda, y la maquinaria de la nave lleva meses sin revisión.

Si esto se abandona un año más, la mitad de las cepas viejas no aguanta otra helada como la de hace tres inviernos.

—¿Y la otra mitad?

—La otra mitad todavía tiene remedio. Son cepas de cuarenta, cincuenta años, Candela.

Esas no se replantan en tres temporadas, esas se cuidan o se pierden para siempre.

—Basilio se incorporó, con las rodillas crujiendo, y señaló con el brazo extendido hacia la ladera completa—.

Tu padre plantó la mitad de esto con su padre.

Antes de decidir nada, deberías caminarlo entero, no solo mirarlo desde la ventana de la cocina.

Caminaron juntos durante una hora, parcela por parcela, y Basilio le fue señalando lo que se podía salvar y lo que ya estaba perdido, con la misma voz seca con la que un médico da un diagnóstico sin adornos.

Candela tomó notas en el móvil, cifras y nombres de parcelas que no significaban nada para su jefe en Fráncfort pero que empezaban a pesarle en el pecho de una manera que no esperaba.

De vuelta en la casa, con las botas llenas de barro, encontró seis llamadas perdidas de su jefe, Martin Hoeffner, y un mensaje escueto pidiéndole que se conectara a una videollamada en cuanto pudiera.

Candela se sentó en la cocina, todavía con el abrigo puesto, y encendió el ordenador.

La cara de Martin apareció en la pantalla, con el fondo ordenado de su despacho en Fráncfort, un mundo que hacía apenas cuarenta y ocho horas era el único que ella conocía.

—Candela, sé que es un mal momento —empezó él, en el inglés directo que usaba siempre para las conversaciones incómodas—. Pero el cliente de Múnich pregunta cuándo vuelves. Necesitamos una respuesta esta semana.

—Todavía no lo sé, Martin. Mi padre acaba de morir y hay un problema serio con la propiedad que tengo que resolver.

—Lo entiendo, de verdad. —No sonaba como si lo entendiera del todo—. Pero si necesitas más de dos semanas, voy a tener que pasarle el proyecto a Sabrina. Y ya sabes lo que eso significa para tu evaluación de este año.

Candela cerró el ordenador después de prometer una respuesta antes del viernes, y se quedó mirando la pantalla apagada, pensando que hacía dos días su vida tenía un orden perfecto: un trabajo que le gustaba, un apartamento ordenado en una ciudad donde nadie conocía su apellido, y ninguna obligación con una tierra que llevaba diez años evitando pisar.

Ahora tenía una semana para decidir si esa vida ordenada valía más que las cepas de cincuenta años que Basilio le había enseñado esa mañana, y no le sorprendió lo poco convencida que estaba de la respuesta que llevaba toda la vida dando por segura.