Capítulo V
La decisión
La semana de plazo que Candela le había pedido a Nicolás se le hizo, paradójicamente, más corta que cualquiera de los diez años anteriores.
La pasó entre llamadas con el banco, tardes enteras caminando la finca con Basilio y noches sin apenas dormir, dándole vueltas a un contrato manuscrito que ya se sabía casi de memoria.
Fue Martin Hoeffner, sin saberlo, quien acabó de inclinar la balanza.
Llamó el jueves por la tarde para comunicarle, con el mismo tono neutro que empleaba para anunciar despidos, que Sabrina ya se había hecho cargo del proyecto de Múnich y que la empresa entendía su situación personal, pero que necesitaban saber si pensaba reincorporarse antes de que acabara el mes o si prefería tramitar una excedencia de más largo plazo.
Candela colgó el teléfono y se quedó mirando la pantalla apagada durante un buen rato, sorprendida de no sentir la angustia que hubiera esperado sentir un año antes ante la misma noticia.
Lo que sintió, en cambio, fue una especie de alivio incómodo, como si aquella puerta cerrándose en Fráncfort le hubiera despejado el camino para abrir otra que llevaba evitando desde que puso un pie en Peñalvera.
Llamó a Nicolás esa misma noche.
—Acepto —dijo, sin preámbulos, en cuanto él contestó—. Pero quiero cambiar dos cosas del contrato antes de firmar.
—Te escucho.
—El porcentaje de beneficios que planteas es demasiado generoso para vosotros al principio. Si de verdad quieres que esto funcione a tres años, necesito reinvertir más los dos primeros años, no repartir. Y quiero una cláusula de salida clara para mí también, no solo para ti.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, y después algo que sonó parecido a una risa contenida.
—Veo que sigues siendo la misma que llevaba el cuaderno de cifras en la era.
—Y tú sigues siendo el mismo que cree que puede convencer a cualquiera con una sonrisa. Vamos a necesitar algo más sólido que eso si esto va a funcionar.
Se citaron dos días después en el despacho de don Prudencio para formalizar el acuerdo, con las modificaciones que Candela había pedido incorporadas al documento.
Ezequiel Salvatierra no estaba al tanto todavía, según le confirmó Nicolás mientras esperaban a que el notario terminara de redactar la última cláusula; pensaba decírselo esa misma semana, cuando el contrato ya estuviera firmado y no hubiera margen para que su padre lo bloqueara desde dentro.
—¿No te preocupa cómo vaya a reaccionar? —preguntó Candela, mientras firmaba la última página con una pluma que don Prudencio guardaba solo para las ocasiones importantes.
—Me preocupa, sí. Pero llevo tres años dejando que su reacción me detenga antes incluso de intentarlo, y esta vez he decidido que no.
—Firmó él también, con una letra firme que Candela reconoció de la propuesta manuscrita—.
Si esto sale bien, tendrá que aceptar que se puede hacer negocio de otra manera.
Y si sale mal, al menos habré tenido el valor de intentarlo por una vez.
Salieron del despacho con una copia cada uno del contrato ya sellado, y Candela sintió, por primera vez desde que había llegado al pueblo, que tenía delante un plan concreto en vez de una serie de problemas sin resolver.
El banco tardó nueve días en confirmar formalmente que la deuda quedaba cubierta por el capital aportado, nueve días en los que Candela revisó cada cláusula del contrato tantas veces que acabó por memorizar hasta las comas, buscando siempre el error que su desconfianza insistía en que debía estar en alguna parte y que nunca llegó a aparecer.
Empezaron el trabajo de campo esa misma tarde en que se firmó, sin ceremonia ni celebración, porque ambos sabían que lo que venía después era trabajo, no una victoria.
—Lo primero es hablar con Basilio sobre qué parcelas se pueden salvar todavía esta temporada —dijo Nicolás, ya en la finca, con un cuaderno distinto al del notario, uno de tapa dura y páginas cuadriculadas donde empezó a anotar de inmediato—.
Y necesitamos un ingeniero agrónomo que revise el estado del mildiu antes de que el tiempo empeore.
Conozco a uno bueno, trabaja para nosotros en las fincas nuevas.
—¿Y la maquinaria de la nave?
—Eso es más sencillo. Podemos alquilar la que necesitemos de Bodegas Salvatierra mientras arreglamos la vuestra, a precio de coste, sin que conste en ningún papel que lo sepa mi padre.
Candela lo miró, y por primera vez en toda la negociación no sintió la tensión defensiva que había cargado desde que se encontraron en la sala de espera del notario, sino algo parecido a la vieja complicidad de hacía diez años, la de dos personas que hablaban el mismo idioma sin necesidad de traducirlo.
Salieron juntos a recorrer la parcela alta esa misma tarde, con las botas hundiéndose en el barro todavía blando por la lluvia de la semana anterior, y Nicolás fue señalando, cepa por cepa, las que en su opinión merecían tratamiento prioritario.
Candela lo observaba trabajar con una atención que no tenía nada que ver con la desconfianza de los primeros días: la manera en que sostenía cada sarmiento con dos dedos, girándolo despacio para examinar el envés de las hojas más viejas, la paciencia con la que anotaba cada dato en su cuaderno de tapa dura sin apresurarse aunque el frío empezara a calarles los guantes.
—¿Sigues teniendo la misma letra horrible de siempre? —preguntó ella, asomándose por encima de su hombro para ver las anotaciones.
—Peor, si cabe. Mi madre dice que parece la de un médico que nunca fue a la facultad. —Nicolás cerró el cuaderno, sonriendo—. Tú, en cambio, seguro que sigues escribiendo los números tan ordenados que hasta el banco se avergonzaría de los suyos.
—Alguien tenía que llevar las cuentas claras en esta familia.
—Vamos a necesitar dinero para todo esto antes de que entre el que aporta tu familia —dijo ella después, ya de vuelta hacia la casa, volviendo a los números, el único terreno donde se sentía completamente segura—.
El banco no libera los fondos hasta que se registre formalmente la asociación, y eso puede tardar dos semanas.
—Adelanto yo el dinero de mi bolsillo mientras tanto. Lo descontamos después del capital que aporte la empresa.
—Eso no está en el contrato.
—No, no está. —Nicolás cerró el cuaderno y la miró con una calma que a Candela le pareció, de nuevo, más inquietante que tranquilizadora—. Hay cosas que uno hace sin necesidad de que estén en un contrato, Candela. Ya deberías saberlo de mí, aunque tardaras diez años en dejarme demostrarlo otra vez.
No supo qué responder a eso, así que se limitó a asentir y a cambiar de tema, preguntando por el ingeniero agrónomo y el calendario de visitas, consciente de que cada frase que Nicolás pronunciaba con esa naturalidad tranquila le iba abriendo, sin que ella lo autorizara del todo, una grieta en el muro que llevaba diez años construyendo.
Antes de que Nicolás se marchara esa tarde, Candela bajó a la nave a contarle a Basilio cómo habían quedado las cosas. El capataz escuchó en silencio, apoyado contra una de las cubas vacías, sin apartar la vista de ella mientras hablaba.
—¿Un Salvatierra metiendo dinero en esta casa? —dijo al fin, cuando Candela terminó de explicarle los términos—. Tu padre se estaría revolviendo en la tumba.
—Mi padre dejó una deuda de ciento diez mil euros y una finca que se cae a pedazos, Basilio. No creo que tuviera muchas más opciones que ofrecerme, esté donde esté ahora.
El capataz se tomó su tiempo antes de responder, limpiándose las manos en el mono de trabajo aunque ya las tuviera limpias, el gesto de alguien que necesita ocupar las manos mientras piensa.
—No digo que te equivoques. Digo que tengas cuidado.
—Levantó la vista hacia ella, con una seriedad que Candela no le había visto emplear en mucho tiempo—.
Conocí a Ezequiel Salvatierra de joven, antes de que se hiciera tan duro como es ahora.
Y conozco a su hijo desde que era un crío que venía a robar uva a esta finca con tu padre persiguiéndolo entre las cepas, más por divertirse que por enfadado de verdad.
Nicolás no es su padre. Pero lleva el apellido, y en este valle el apellido pesa más que las intenciones.
—Lo sé, Basilio.
—No estoy seguro de que lo sepas del todo.
—El capataz se apartó de la cuba y se dirigió hacia la puerta de la nave, deteniéndose antes de salir—.
Solo te pido que, decidas lo que decidas hacer con el negocio o con el hombre, no dejes que el trabajo de tu padre se convierta en la excusa para tomar la decisión equivocada con cualquiera de las dos cosas.
Candela se quedó pensando en esas palabras mucho después de que Basilio se marchara a su casa, y todavía las tenía presentes cuando, ya de noche, se sentó frente al ordenador para escribirle a Martin Hoeffner el correo que llevaba días posponiendo.
Le explicó, con la misma precisión que empleaba para cualquier informe de trabajo, que había decidido solicitar una excedencia de un año para gestionar un patrimonio familiar, y que entendía perfectamente si la empresa necesitaba cubrir su puesto de forma definitiva.
Pulsó enviar antes de darse tiempo a reconsiderarlo, y sintió, al hacerlo, una mezcla de vértigo y alivio que no supo del todo cómo interpretar.
Aquella primera tarde de trabajo conjunto había terminado, sin embargo, mucho antes de ese correo, con los dos sentados en la cocina, revisando un calendario de tareas que Nicolás había esbozado sobre una servilleta porque no encontraron papel a mano, y con Presenta observándolos desde la puerta con una expresión que no llegó a comentar en voz alta, aunque a Candela no le hizo falta preguntarle para saber exactamente qué estaba pensando.