Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 33
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Capítulo 33

Audrey

Estuvimos hablando durante un buen rato de todo lo que había pasado en esos meses, y de como ella había llegado al rancho pidiendo perdón y diciendo que quería recuperar el amor de su hijo.

—Me parece vergonzoso, de verdad, que una madre pueda actuar así con un hijo.

—Pues no te extrañes, porque hoy, en el juzgado, he podido comprobar que no soy el único, que hay muchos hombres como yo.

—No se dan cuenta que los que pagan las consecuencias son los hijos…

—Por suerte, mi hijo te tiene a ti. Vuelve a casa, Audrey, ahora más que nunca, que tienes el trabajo allí, en el pueblo. Déjame demostrarte que te amo de verdad.

—No quiero que me hagan más daño, Logan. Creo que ya he sufrido bastante, y que no me lo merezco.

—Por supuesto que no te lo mereces, y por eso insisto. Te prometo que no volveré a mentirte, en nada, pero dame otra oportunidad, te lo ruego.

Me lo iba a pensar, le iba a decir que no podía, pero, como decía Paul, ya estaba bien de negarme a mí misma la felicidad, que suficiente jodida había sido ya mi vida como para que, encima, yo quisiera boicotear las cosas buenas que me pasaban.

No solo me había contado él todo lo que pasó con Britany, que así se llama esa mujer, sino que también me lo habían contado Paul y el niño, que era del que más me fiaba, porque me narró como su madre actuaba de una manera cuando estaba su padre, y de otra cuando estuvieron los dos a solas.

Podría habérselo dicho con palabras, pero preferí decírselo de otra manera, por lo que me acerqué a él, le tomé su cara con mis manos, y lo besé. No fue uno de esos besos que dejan con las piernas temblando, al menos no al principio.

Fue un roce de labios, pero tampoco fue de esos rápidos, porque me tomé mi tiempo. Cuando él se dio cuenta de lo que pasaba, me cogió por la cintura y profundizó el beso y, ahí sí que me temblaron las piernas.

—Me muero por tenerte desnuda, en esta cama, y hacerte sudar toda la noche.

—¿A qué esperas?

—A que me digas que sí.

—Hazlo, me muero por tenerte dentro de mí.

—Pues, lo siento, mi amor, pero, para que eso suceda, todavía va a tardar un poquito.

Metió las manos por debajo de mi jersey, haciendo que saliera de mi cuerpo por la cabeza, y dejando mis pechos a la altura de su boca. Bajó el sujetador y metió uno de mis pezones en su boca, mordisqueándolo como él sabía que me gustaba.

En pocos minutos, ya estaba completamente desnuda y posada en la cama, dónde mi hizo ver las estrellas, y justo de la manera en la que yo lo había anotado en mi libreta.

No paramos en casi toda la noche y, una vez que logramos conciliar el sueño, nos despertó el vibrador de su móvil, era Fred el que lo llamaba, y supe que sería urgente, por eso lo desperté.

—Logan, te llama Fred al móvil.

—Joder, con lo a gusto que estaba ahora.

—Lo sé, pero puede ser importante.

—Voy a contestar, a ver qué quiere.

Logan se sentó en la cama y contestó al teléfono, por su rostro, pude ver que era algo que le cogió por sorpresa, pues se levantó y empezó a pasarse las manos por la cabeza, como si no terminara de creérselo.

—Está bien, vamos para allá, nos vemos en el juzgado.

—¿Ha sucedido algo?

—Sí, Britany, eso es lo que ha sucedido.

—¿Qué es lo que quiere ahora?

—Dinero, que va a querer si no. Pero se lo daré, a cambio de que nos deje en paz, de que no se acerque a nosotros nunca más.

—Me visto y voy contigo.

—Contaba con ello. Tenemos tiempo de darnos una ducha antes, pues hasta las once no tenemos que estar en el juzgado, que es a la hora que nos ha citado el juez.

—Vale, pues son las nueve…

Logan soltó una carcajada, me cogió en brazos y me llevó hasta el baño, donde nos metió a los dos en el interior de la ducha, haciendo que dejáramos volar de nuevo nuestra pasión.

Le dije que deberíamos tomar precauciones, pero no consintió, decía que ese cabrón nos había quitado un hijo, pero que la vida nos lo devolvería muy pronto, y que él se lo iba a poner fácil.

Me vestí con algo de la ropa que me había comprado nueva, porque el frío no tenía que estar reñido con la elegancia, y así se lo demostré a mi chico cuando me vio salir.

—No se puede ser más bonita que tú, y esta ropa te sienta de maravilla.

—Tú también estás muy guapo, a pesar de que lleves la misma ropa que ayer.

—No es exactamente la misma, el jersey es diferente, que lo llevaba en el maletín.

—¡No! ¿Para qué lo llevabas?

—Llevaba eso y un bóxer, por si era tocado por el rayo divino y me dabas la oportunidad de pasar la noche contigo.

Solté una carcajada al verle la cara, y me duró hasta que casi salimos del hotel y tomamos el taxi que nos llevaría hasta la puerta del juzgado, donde ya nos estaría esperando Fred.

Nada más bajarnos del taxi, Fred se vino hasta dónde estábamos nosotros, y su cara lo decía todo, porque era como un libro abierto, y su sonrisa llegaba de oreja a oreja.

—¿Qué ocurre, Fred? —preguntó Logan.

—Ha caído en su propia trampa, Logan. Pero venga, entremos que el juez se lo dirá a ella y te lo explicará a ti.

En cuanto que entramos, allí estaba ella, con una actitud de lo más altiva, acompañada del que se suponía que era su abogado, que no era otro que el hombre con el que se largó, dejando abandonado a su hijo.

—Esta no tiene porqué estar aquí —dijo en voz alta, y dirigiéndose a mí.

—Señorita Campbell, será mejor que guarde silencio. En esta sala, soy yo el que dice quién está y quién no —contestó el juez.

—Ya, pero es que, a ella, ni le va ni le viene.

—Por supuesto que le va y le viene, porque es a ella a quién su hijo llama mamá.

—Por favor, pero si ha estado con él menos de un año…

—Pues, ya ve, en ese poco tiempo la quiere más a ella que a usted.

—Eso no es cierto, mi hijo me quiere mucho, como yo a él.

—Ah, ¿Sí? ¿Usted cree?

—No es que lo crea, es que lo aseguro, porque lloraba como una magdalena cuando me marché, bueno, cuando su padre me echó de allí, y por eso he solicitado esas medidas.

—Según veo aquí, usted quiere que su expareja y padre de su hijo, se marche de la casa en la que vive y se la deje a usted, para que el niño no sufra desarraigo.

—Claro que sí, así mi hijo no se tendría que mover de su casa, y, con la pensión compensatoria, yo podría ocuparme íntegramente de él.

—Eso es lo que quería escuchar —le dijo el juez, sonriendo.

—¿A qué se refiere, su señoría? —le preguntó el hombre que iba con ella, y que se estaba dando cuenta de que nada estaba saliendo como lo habían planeado.

—A que su clienta no quiere al niño, no siente ningún apego por él, y por eso, mi sentencia es la siguiente…

El juez dictó que ni el niño, ni Logan, por supuesto, se tenían que mover de la casa, y que las visitas, si es que las quería, tendrían que ser supervisadas por el personal autorizado.

—¿No me va a dictar una pensión compensatoria? —preguntó ella.

—¿Qué pretende que le compense, señorita Cambell? ¿Su abandono? ¿El haber dejado a su hijo? Más le vale que se mantenga en silencio, porque, al final, tendrá usted que compensarlo a él, por su dedicación al niño.

—Entonces, no me interesa seguir, si no voy a obtener ningún beneficio económico, no quiero volver a tener contacto con el niño… al menos, de momento.

Logan miró a Fred, que sabía lo que iba a decirle, y asintió con la cabeza, esperando a que hablara y a que el juez admitiera su propuesta.

—Su señoría, mi cliente quiere hacerle una oferta a la señorita Cambell.

—Pues, hágala y a ver qué ocurre —dijo el juez, harto ya de casos así.

—Mi cliente le ofrece veinte mil dólares a cambio de que firme un documento en el que renuncia al niño y se compromete a no acercarse a él jamás en la vida.

—Y yo, acepto. ¿Quién redacta ese documento? —dijo Britany.

Ahí demostró lo que buscaba y lo que quería de su acercamiento, tanto a Logan como al niño, pero, mientras que nos dejara en paz, que le diera lo que fuera necesario.