Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 32
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Capítulo 32

Logan

Llegamos esa misma tarde, pero tardamos casi el doble de tiempo, porque empezó a nevar y, aunque tuve que pararme a poner las cadenas en las ruedas para poder circular sin problemas, continué el camino a la mitad de la velocidad con la que lo cogía habitualmente.

Mi hermano y Fred nos llamaron en infinidad de ocasiones para saber si íbamos bien o necesitábamos algo, y así nos servía, también, para ir distraídos, porque ya se nos había echado la noche encima y había poco tráfico, al menos hasta llegar a Austin.

—Menos mal que habéis llegado, porque me teníais con las carnes abiertas —dijo mi hermano, tan dramático como siempre.

—Hijo mío, que venimos de aquí al lado, no de Groenlandia.

—Papá, vendremos de aquí al lado, pero, desde luego, yo vengo con un hambre como si viniéramos de una expedición en la Antártida —dijo mi hijo.

—Ven aquí, campeón, que yo tengo preparada lasaña de carne con queso, y está para chuparse los dedos —le contestó Fred.

—Pero no te la comas toda, que yo también tengo hambre; guárdame un trocito.

Pasamos al salón, donde ya mi hermano tenía la mesa puesta para cenar, porque ellos tampoco lo habían hecho; estaban esperando a que llegáramos nosotros para hacerlo.

—Paul, necesito que, a partir de mañana y mientras que estemos aquí, te hagas cargo de Noah, por favor.

—No te preocupes, que ya me ha contado Fred todo y eso es lo que deberías haber hecho desde el momento en el que se marchó.

—Ahora me doy cuenta de que he sido un gilipollas, aunque espero estar a tiempo de remediarlo.

—Todo lleva su tiempo, cuñado; no tienes que precipitarte. Verás cómo todo vuelve a su sitio —me dijo Fred.

Nos sentamos a cenar y, después, nos marchamos a la cama, no sin que mi hijo le hiciera una petición a su tío Paul, de la que estaba seguro de que le cumpliría, así le fuera la vida en ello.

Fred y yo nos levantamos temprano y marchamos hasta su despacho, donde prepararíamos toda la documentación para presentarla ante el juzgado. Además, habíamos pedido también medidas cautelares para que no se pudiera acercar al niño, porque nos esperábamos lo peor.

Durante toda la mañana estuvimos yendo de un despacho para otro, pero, al final, lo conseguimos. Nos habían concedido, como medidas cautelares, que no podía llevarse al niño y, si quería verlo, tenía que estar con alguien de la familia.

Pusimos como prueba la declaración del niño, al que Fred se encargó de grabar sin que se diera cuenta, para que el juez viera que no era algo preparado, sino que el niño habló como si estuviera solo con nosotros, con total naturalidad.

Había llegado la hora de comer y sabía que tanto mi hermano como mi hijo estaban con Audrey, puesto que había ido a desayunar con ella y a pasar el día, al menos, la mañana.

El tiempo nos dio una pequeña tregua, pero, en este momento, volvía a nevar copiosamente, así que pensé que estarían en el hotel y que ella no querría verme, pero no, el destino me lo puso fácil por primera vez en la vida y estaban en un centro comercial.

Allá que nos fuimos los dos, calándonos hasta los huesos, pues desde donde tuvimos que dejar el coche hasta el centro comercial, había como cinco minutos andando, cayéndonos los copos de nieve por encima.

Desde lejos me fijé en dónde estaba y, como siempre, estaba junto a Noah, limpiándole la boca, porque mi hijo ya estaba comiendo. Era más barato comprarle un traje de diseño que invitarlo a comer. Me preguntaba dónde echaba todo lo que comía, porque estaba canijo hasta decir basta.

—Buenas tardes —dije, nada más llegar, y noté cómo Audrey se tensaba.

—Buenas tardes —respondió, sin querer mirarme a los ojos.

Mi hermano, que era una persona muy inteligente, había dejado un hueco entre él y Audrey, y fue justo ahí donde yo me senté, como quien no quiere la cosa, pero con todas las intenciones del mundo.

Audrey empezó a ponerse nerviosa, llegando incluso a plantearse si se levantaba y se marchaba, porque era evidente que ella no tenía secretos para mí, y no pude evitar sonreír.

—¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? —Me preguntó, pero solo para que yo me enterara.

—La manera de comportarte, justo como la primera vez que nos vimos, en la casa de mi madre.

—Esa no fue la primera vez, que fue cuando me tropecé contigo y me caí de culo.

—Mira, has reconocido que fuiste tú la que se tropezó.

—Esa es una manera de hablar. Porque si alguien aquí ha tropezado, no he sido yo, precisamente.

—Déjame que te cuente todo, por favor, pero no aquí, en un lugar donde podamos estar a solas y hablar tranquilamente.

—Sigue soñando, chaval.

Ahí sí que solté una carcajada porque, cuando decía esas cosas, es que sus barreras empezaban a bajar, y eso, siendo egoísta, me venía muy bien, porque podría colarme por alguna de esas rendijas.

La comida transcurrió entre risas y bromas de mi hermano con su chico, y tengo que reconocer que me vino muy bien, tanto a nivel anímico, porque me ayudó a desconectar de todo, como para acercarme a Audrey, que se notaba mucho más relajada.

—Papi, tengo sueño —dijo mi hijo, que no perdonaba su siesta, a pesar de que hoy no se había levantado temprano.

—Venga, campeón, nosotros nos vamos contigo en el coche y dejamos a papá y a Audrey que tienen mucho que hablar —le dijo Fred, cogiéndolo en brazos.

—Reina, si me necesitas para algo, no dudes en llamarme, aunque no sé si la porquería de teléfono que llevas te sirva para algo —le dijo Paul.

—Sí, voy a ir a comprarme uno nuevo, que ni el número me pertenece, y como ya no tengo por qué esconderme…

No me había dado cuenta de que el número que tenía Audrey estaba incluido en mi contrato, pero es que tampoco me importaba absolutamente nada, la verdad, y así se lo hice saber.

—No me importa que sigas con el mismo número; al final, todos lo tienen y no te conviene cambiarlo ahora.

—No, amiga, que te tienen que llamar del colegio —dijo mi hermano, dándole un beso en la mejilla antes de salir.

—¿De qué colegio habla mi hermano?

—Del centro al que acude Noah.

—¿Ha tenido el niño algún problema?

—Para nada, bueno, al menos hasta donde yo sé. Es que empiezo a trabajar allí el lunes, como profesora, sustituyendo a Sandy.

—Gracias, destino —dije, levantando mis manos y haciéndola reír.

—¿Por qué le das las gracias al destino?

—Porque, por una vez en mi vida, me lo va a poner fácil. Bueno, tampoco eso; digamos que se está poniendo de mi parte.

—Que vuelva al pueblo no significa que vaya a volver contigo. Me has mentido.

—Y no sabes de lo que me arrepiento, pero no quiero hablarlo aquí; vayamos a tu hotel o a casa de mi cuñado; me da lo mismo.

—Está bien, vayamos a mi hotel.

Sabía que estaba alojada en un hotel porque me lo había dicho Fred esa misma mañana, cuando le pregunté por ella y por cómo se encontraba, porque mi hermano no soltaba prenda; decía que, si quería saber, que me comprara un libro.

Su hotel estaba en la acera de enfrente del centro comercial, así que corrimos lo que pudimos hasta ahí, porque volvía a nevar con fuerza, y entramos en él, empapados, pero con una sonrisa en la cara.

—Me encanta cuando nieva así.

—Eso es porque no vivías aquí; cuando lleves un par de años, verás cómo no te gusta tanto.

—No pienso volver a Florida nada más que en vacaciones, lo tengo claro.

—Y espero que nos dejes acompañarte, porque este verano no hemos ido, Noah decía que o íbamos los tres o no íbamos ninguno.

—Podíais haber ido con su madre.

—Con esa mujer no voy yo ni a la esquina a comprar el pan.

Cogí una bocanada de aire y le conté todo lo que había pasado, cómo se coló en mi casa y lo que pretendía, así como el miedo que sentí por todo lo sucedido y cómo evité darle el disgusto.

—Audrey, te prometo que entre esa mujer y yo no ha habido ni un simple beso.

—Entonces, ¿por qué sabía que te habías dejado la cartera al salir de la habitación?

—Pues muy sencillo, porque la cogí rebuscando en tu armario, quería utilizar la ropa que bajaste de la buhardilla, como si todavía tuviera derecho.

—En cierto modo lo tenía, ahí, la intrusa era yo, la que ocupé su lugar, tanto en tu vida como en la de su hijo.

—Ella no quiere al niño, pero lo ve como un cajero automático. Si no me crees, puedes preguntarle a Noah, que te dirá todo lo que ha vivido con ella en estos días.