Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 31
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Capítulo 31

Audrey

Estaba en el hotel, viendo caer los copos de nieve por la ventana. Nunca había visto nevar, mucho menos de esta manera, puesto que en mi ciudad no nevaba jamás y mis padres no me sacaron de allí.

Este había sido el lugar más lejano al que había llegado. Cuando era pequeña, los viajes a los que ellos iban eran para mayores, en los que se hacían negocios, y no podía ir.

Y cuando fui creciendo, el motivo seguía siendo el mismo, pero ahora entendía que lo que no querían que viera eran todos los chanchullos que hacían y las argucias para quedarse con el dinero de los demás.

Me hubiera encantado salir de allí y visitar la ciudad, que no conocía, pero con esa nieve y casi sin ropa adecuada, era mejor quedarme donde estaba, porque lo que me faltaba era caer enferma y tener que volver al hospital.

Como ya no me importaba usar mi apellido porque todo el mundo que podía hacerme daño estaba en prisión, empecé a buscar trabajo en todas las webs que encontré y ahora, ya sí, de profesora, que era para lo que me había formado.

Mi mala suerte hizo que me topara con un anuncio de la escuela del pueblo, en el que buscaban una profesora de infantil. Suponía que era para suplir a Sandy, a la que habían despedido, además de que se había marchado de allí por la orden de alejamiento.

Por un momento dudé en enviar mi currículo, pero luego me dije que allí había sido feliz y que un desengaño amoroso no tenía por qué impedirme cumplir uno de mis sueños.

Además, si me eligieran a mí para ese puesto, podría ver a Noah a diario, hablar con él y seguir dándole mi cariño, sin tener que ver ni a su padre ni a su madre, y lo envié.

Justo estaba enviando el correo electrónico cuando mi teléfono empezó a sonar. Era Paul y no dudé en contestar porque él no tenía la culpa de todo lo que había pasado entre su hermano y yo.

—Dime, guapetón.

—Vaya, te cojo de buen humor. Qué alegría.

—Hombre, tanto como de buen humor… Más bien, digamos que me has cogido en una hora tonta.

—Bueno, a lo que iba, ¿qué te parece que nos veamos mañana para desayunar en tu hotel?

—Eso te iba a decir, que no está el tiempo como para ir paseándonos.

—Vale, eso ha quedado claro, pero sobre lo otro, ¿qué me dices?

—Pues, a lo otro, que me parece una idea fantástica.

—Entonces, cariño, nos vemos a las nueve en la cafetería del hotel.

Esa noche no dormí mucho, entre que extrañaba el colchón, que, por cierto, no era nada bueno para lo que costaba la noche, que la mirada de Noah me perseguía continuamente, y que no podía dejar de imaginarme a Logan con esa mujer, pues os podéis imaginar la buena noche que había pasado.

Me levanté en cuanto entraron los primeros rayos de sol por la ventana, me di una ducha y me vestí con lo que Paul me había traído. Tenía que ir de compras y buscar una casa, aunque eso no lo haría hasta que no tuviera contestación del centro escolar del pueblo.

Tomé el ascensor y bajé a la cafetería, todavía era temprano para que llegara Paul, pero me tomaría un café calentito mientras no llegaba y me elaboraría una lista para saber lo que tenía pendiente.

Sí, esa era una costumbre que no quería perder y, al abrir mi libreta, no pude evitar encontrar aquella que me había hecho después del desengaño de Jacob, y una sonrisa me salió en la cara. La leí para que no se me olvidara.

No confiar en ningún hombre: te van a hacer daño.

Procura que, si lo haces, sea tan solo para una noche; el que no te quieras enamorar no está reñido con pasar un buen rato.

Que no tenga ninguna profesión relacionada con el dinero; se cree superior a todos los demás.

No confíes en quien venga de príncipe azul; terminan convirtiéndose en ogros.

Procura que no haga boxeo o te tomará como su saco personal.

Que no te hable dulce, recuérdale que eres diabética. Tanta dulzura, al final, se vuelve amargura.

Procura que no sea guapo; esos son los peores, porque te pondrán los cuernos a la primera de cambio.

Maneja tu propio dinero o terminarás siendo un pelele en sus manos.

No permitas que nadie apague tu luz o estarás perdida.

10.Busca a alguien que te haga ver las estrellas, pero no con sus puños, sino en la cama, en la ducha o en el sofá… vamos, que sea con el sexo.

Esta última me hizo mucha gracia porque sí que lo había encontrado, pero, al parecer, el número siete era infalible y lo acababa de descubrir, y de la peor manera posible.

Estaba pensando en todo ello cuando una voz que conocería entre miles y que me hacía muchísima ilusión escuchar entró en la cafetería llamándome. Al levantar la mirada, lo vi corriendo hacia mí con los brazos abiertos.

—¡Mami!

—Mi vida, qué ganas tenía de volver a verte.

—Pero si me viste ayer.

—Lo sé, pero no pudimos pasar mucho tiempo juntos.

—Por eso no te preocupes, porque vais a poder pasar varios días juntos, siempre que tú quieras —me dijo su tío.

Se acercó a darme un beso y se sentó junto a mí, donde pedimos un buen desayuno para los tres, en el que nos pusimos hasta arriba de comida y de risas, pues Noah tenía cada ocurrencia que no era ni medio normal.

Después de eso, y como había dejado de nevar y de llover, nos abrigamos bien y nos fuimos hasta un centro comercial que estaba próximo al hotel y en el que iba a comprarme ropa adecuada.

—Hay una vacante en el colegio del pueblo y he enviado mi currículo.

—¿Me lo dices en serio?

—No, si te parece, me lo estoy inventando.

—Pues dame un minuto, que te aseguro que el puesto es tuyo.

Paul se paró y sacó su teléfono, marcando el número de la directora del centro, que, al parecer, era su amiga desde hacía mucho tiempo. No era la misma que nos atendió cuando fuimos por lo del niño; esa se había jubilado y había entrado otra chica.

Mientras que Paul hablaba por teléfono, el niño y yo entramos en una juguetería, en la que nos pusimos a ver juegos de diseño, que le encantaban a Noah, y al final, salimos de allí con un par de ellos. Esperaba que a su madre no le importara.

—Ya he vuelto. Prepara la maleta, porque empiezas el lunes.

—¿De verdad? ¿Me lo han dado a mí?

—Por supuesto, tan solo le he tenido que decir a la directora, que, por cierto, es un encanto, quién eras y no lo ha dudado un minuto.

—Bueno, entonces tendré que buscar una casa en el pueblo, porque no pienso volver a invadir la casa de nadie.

—¿Ni siquiera la mía?

—La tuya, todavía menos, y no te lo tomes a mal, pero estás con Fred y necesitáis intimidad.

—Mami, podrías volver con nosotros al rancho… —me dijo el niño, como con miedo o vergüenza, que no lo sabría distinguir.

—Allí no puedo volver, cariño, están papá y tu mamá de verdad.

—No, tan solo estamos papá y yo, esa mujer ya se ha marchado, además, no me quiere ni yo la quiero a ella.

Miré a Paul porque no me podía creer lo que estaba escuchando. ¿Cómo iba a decir el niño que su madre no lo quería? Esperaba que no fuera algo producto de lo que le hubiera dicho su padre, pero la mirada de su tío me indicaba que estaba diciendo la verdad.

No quise seguir indagando y preferí centrarme en lo que habíamos venido a hacer, que no era otra cosa que adecuar mi armario para mi nueva vida, porque me encantaba ese pueblo y no pensaba volver a Florida nada más que en vacaciones.

Nos hartamos de comprar ropa para los tres, porque Paul era un coqueto de mucho cuidado, y su sobrino no se quedaba atrás, aunque él, más que ropa, pedía pijamas y chándal calentito para estar en casa lo que quedaba de invierno.

En ello estábamos cuando el teléfono de Paul sonó, era Fred quien preguntaba dónde estábamos para venir a comer con nosotros. Quedamos en vernos en uno de los restaurantes del centro comercial, pues hacía mucho frío y había empezado a nevar de nuevo y no queríamos estar por la calle.

Cargados de bolsas, encaminamos nuestros pasos hacia el restaurante, en el que nos sentamos a esperar a que llegara Fred, lo que no me esperaba era que viniera acompañado, ni más ni menos, que por Logan.