Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 30
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Capítulo 30

Logan

Bajé a desayunar porque el día anterior no había comido mucho; el run run que tenía en la cabeza sobre lo de Britany no me había dejado hacerlo, así que le dije a Audrey que no tardaría, despidiéndome de ella antes de salir de la habitación.

Al llegar a la cafetería y pedir el desayuno, me di cuenta de que se me había olvidado la cartera, lo que no recordaba era si la había dejado arriba, en la habitación del hospital, o no había llegado a cogerla cuando salí del banco.

Por suerte, llevaba mi tarjeta en el móvil y pude pagar con ella, porque si no hubiera sido así, hubiera tenido que pedirle a alguien que me abonara el desayuno, y eso, conociéndome, hubiera sido una misión imposible para mí.

Subí a la habitación y, al entrar, me encontré con la situación que más temía, puesto que allí estaban Britany y el niño, y quise que la tierra me tragara, porque lo que me esperaba no iba a ser agradable.

Después de intentar varias veces que Audrey me escuchara y de ver la sonrisa de satisfacción de Britany, supe que lo había hecho a propósito y que no era el niño quien le interesaba, sino yo, bueno, más concretamente, mi dinero.

Al salir de la habitación, mi teléfono empezó a sonar y era Paul. Ahora lo llamaría, pero, primero, tenía que dejarle muy claras las cosas a Britany. Había perdido a Audrey, pero ella no se saldría con la suya.

—En cuanto que lleguemos al rancho, recoge tus cosas, que te vas —le dije.

—Está bien, pero mi hijo se viene conmigo.

—El niño no se mueve de allí y, si quieres volver a verlo, ya sabes lo que tienes que hacer, vas al juzgado y solicitas un régimen de visitas.

—Esto no es justo; soy su madre y tengo derecho a vivir con él.

—Pues te lo hubieras pensado antes de marcharte con ese tipo. Por aquel entonces, no te importaba que fuera tu hijo.

—¿Es eso lo que tienes? ¿Te ha dado un ataque de celos?

—Para que eso hubiera sucedido, tendrías que importarme y, créeme, me importas un carajo.

—Eso lo dices ahora porque ya no recuerdas lo bien que nos compenetrábamos en la cama; en cuanto lo vuelvas a comprobar, todo eso que dices no tendrá sentido.

—¿Qué parte de que quiero que te vayas de mi casa y, ya de paso, de mi vida, no entiendes?

—Venga, vamos a comer por aquí, pasemos el día en familia y luego hablamos cuando lleguemos al rancho.

—Te he dicho que no, así que sube al coche que nos marchamos.

Habían acudido hasta Austin en un autobús, sabiendo que, en cuanto que Audrey se enterara de su presencia, además de la manera en la que ella contó lo de la cartera, dando a entender algo que no era, me echaría de su lado, como así sucedió.

Una vez que se subieron al coche, llamé a Paul, aunque ya sabía lo que me iba a decir; quería decirle varias cositas. Sí, sé que él no tenía la culpa, que era toda mía, por no poner a esa mujer en su lugar, por no contarle a Audrey toda la verdad.

—Logan, cuando me levanté, no estaban; estoy como loco buscando a los dos, pero no los encuentro.

—Tranquilízate, están aquí, conmigo. Han venido al hospital y ahora volvemos a casa.

—Joder, Logan, sabíamos que esto iba a suceder, más pronto que tarde, además.

—No hubiera sucedido si tú hubieras estado pendiente.

—¿Qué pretendías, que me quedara despierto toda la noche? ¿Qué hiciera guardia delante de la puerta con una silla?

—Tienes razón y lo siento. Tú no has tenido la culpa de nada. En cuanto llegue, hablamos.

—Te quiero, Logan.

—Y yo a ti, hermano.

Me subí al coche y, como Noah se había despertado demasiado temprano, en cuanto lo puse en marcha, se quedó dormido. Su madre iba en el asiento del copiloto, alegando que si se sentaba detrás, se mareaba.

No articulé una sola palabra durante todo el trayecto porque, si lo hacía, sabía que me sacaría de mis casillas y que, al final, podíamos tener un tropiezo en la carretera. Iba mi hijo en el asiento de atrás y no iba a poner su vida en juego.

Llegamos al rancho y, nada más bajarnos, se lo volví a repetir, a pesar de que ya debía tenerlo bastante claro, pero, por si acaso todavía no se había enterado.

—Recoge tus cosas y vete.

—¿Me vas a echar de mi casa? ¿En serio?

—Esta dejó de ser tu casa cuando te fuiste y dejaste a Noah con menos de un año.

—No me esperaba que fueras tan rencoroso…

—¿Rencoroso? ¿Yo? Si yo fuera eso que estás diciendo, no te habría dejado ni entrar, pero ¿sabes qué? Se acabó la compasión porque tú no la has mostrado conmigo.

—Tan solo lo he hecho porque quería volver a tener a mi familia, que fuéramos lo mismo que éramos antes.

—Antes de marcharte y, además, le tengo que dar la razón a mi hermano y a mi madre, si ese hombre no te hubiera dejado tirada, ni te hubieras acordado de nosotros.

—Eso no es cierto; siempre me acordé de vosotros y supe que había cometido un error.

—Pues, si hubieras vuelto al momento, lo mismo y hasta te hubiera perdonado, pero ya no.

—No me hagas esto, Logan; no tengo a dónde ir.

—Me da lo mismo, te lo hubieras pensado antes de hacer lo que has hecho. Ahora, todas mis fuerzas serán para volver a conquistar a mi mujer, porque a ella sí que la considero como tal, no a ti.

Entré en la casa y me encontré a mi hermano recogiendo las cosas del armario de Audrey: su ropa, su bolso, su dinero, que estaban todos allí, esperando a su regreso, ese que veía que no se produciría, no al menos de manera inmediata.

—¿Qué estás haciendo?

—Lo que me ha pedido Audrey.

—No lo hagas, por favor.

—Tengo que hacerlo. Además, aunque no me guste pronunciarlo, te lo dije, te advertí de que esto iba a suceder.

—Lo sé, pero es que cuando la he visto allí, haciéndole creer que estábamos juntos, la sangre me ha hervido, te lo prometo.

—Bueno, ya lo tengo todo, aunque de poco le va a servir lo que lleva con el frío que hace.

—Espera, toma, cómprale ropa acorde, pero no le digas que se lo he comprado yo, o no querrás cogerla y se morirá de hipotermia.

Mi hermano salió del rancho con la maleta de Audrey y no pude evitar que dos lágrimas me cayeran por el rostro. ¿Por qué fui tan idiota y no eché a esa mujer de aquí? ¿Por qué le permití que volviera a entrar en mi vida de nuevo?

Fui hasta el salón, donde estaba mi hijo dibujando, como siempre hacía cuando llegábamos a casa, o eso pensaba, hasta que llegué y lo vi llorando como una magdalena, mientras que Britany me miraba con satisfacción, como si hubiera conseguido lo que pretendía.

—¿Por qué lloras, mi amor?

—Porque, por tu culpa, me he vuelto a quedar sin mamá, sin ninguna de las dos.

Mi hijo me dijo eso con rabia, cuando sabía que él no era así, que nunca lo había sido, porque era un niño muy razonable, con el que se podía hablar desde la tranquilidad, y sabía que su madre lo había envenenado.

—Ven aquí, Noah, vamos a hablar, como siempre hacemos.

—¡No, no quiero hablar contigo! ¡Eres malo y no te quiero!

No voy a decir que esas palabras de mi hijo no me dolieron, porque fue como si me hubieran atravesado el corazón con un puñal, pero sabía que lo decía desde la rabia y el dolor; por eso no se lo tomé en cuenta y seguí intentando dialogar con él.

—Mi amor, entiendo que estés enfadado, pero déjame darte una explicación, como siempre hago cuando algo no te gusta o no te cuadra.

—Bueno, yo me marcho, ya tendrás noticias de mi abogado —dijo Britany, que se marchó sin dejarle a su hijo ni un mísero beso, y eso me dolió más que todo lo que me había dicho Noah anteriormente.

El niño lloraba desconsolado y, hasta que consiguió calmarse, pasó un buen rato. Cuando ya estaba más tranquilo y consciente de que podíamos hablar, lo senté en mi regazo, dispuesto a explicarle todo.

—Mi amor, ¿me vas a escuchar ahora?

—Papi, lo siento, yo sí te quiero, pero es que mi madre me dijo que si te decía eso, ibas a permitir que ella se quedara.

—Lo sé, mi vida. Sé que tu madre te ha manipulado, pero las cosas no son como te las ha contado ella…

Le expliqué al niño todo lo que había sucedido, dejándole muy claro que la culpa no era de él, porque sabía que llegaría a culparse, como ya lo había hecho anteriormente.

—Papá, quiero que vuelva mi madre, pero no esta que se ha marchado, sino la otra, la que me trataba con cariño.

—¿Me estás queriendo decir que tu madre no te trataba con cariño?

—Cuando tú estabas delante, sí, me daba besos y jugaba conmigo, pero, cuando te marchabas a trabajar o al hospital…

—Entonces, ¿qué hacía, mi vida?

—Me decía que no la molestara y se ponía a hablar con un hombre por videollamada.

—¿Recuerdas algo de lo que le decía?

—Sí, le decía que, en cuanto te separara de esa niñata, volverías a caer rendido a sus pies y te quitaría el dinero con el que podrías vivir con ese otro hombre.

—¿Eso lo hacía delante de ti?

—Ya lo creo, porque pensaba que yo, mientras que pintaba, me quedaba sordo, pero yo escuchaba todo, te lo prometo.

Me hizo mucha gracia la manera en la que me lo contaba, y eso me hizo sonreír, aunque no tuviera la más mínima gana de hacerlo; pero él no se merecía tener un padre llorando por las esquinas.

Le prometí que haría todo lo posible por recuperar a Audrey, pero que iba a necesitar su ayuda, y se puso muy contento, diciéndome que sí, que él me ayudaría siempre, que la quería de vuelta en casa.

Cuando terminé esa conversación con mi hijo, lo primero que hice fue llamar a Fred para contarle todo lo sucedido con Britany y lo que mi hijo había escuchado en esas conversaciones.

—Tienes que adelantarte a ella y presentar en el juzgado ese documento firmado en el que renuncia a la custodia de su hijo.

—Necesito tu ayuda, Fred.

—No te preocupes, eso sí, tendrás que venir hasta Austin para hacer todo legalmente. ¿Podrías venir mañana?

—Lo haré esta misma tarde; eso sí, me llevaré a mi hijo. No me atrevo a dejárselo a mi madre ni a que esa mujer haga algo en su contra.

—No hay problema, Paul se quedará aquí unos días y podrá quedarse con él mientras que nos encargamos de todo.

—Gracias, Fred. No quiero que esa mujer se quede con mi hijo cuando lo único que ha visto en él es una tarjeta bancaria.

—Eso lo tengo claro desde el primer día que la vi, además. No siente cariño por el niño, pero si lo reclama y consigue llevárselo, tendrás que pasarle una pensión alimenticia que, con tu dinero, podría servirle para vivir de lo más cómodo y sin dar un golpe.

Corté la llamada y le dije a Noah que preparara una mochila con ropa, que volvíamos a Austin y que pasaríamos unos días allí, puesto que papá tenía que resolver algunos asuntos que no podía demorar más.

—¿Podré ver a Audrey, papá?

—Eso no depende de mí, mi vida. Estarás con tu tío Paul la mayor parte del tiempo, así que, como él no está enfadado, lo mismo te tienes suerte.