Capítulo 29
Audrey
Logan se mantuvo conmigo todo el día del sábado, incluso durmió allí, en el sillón del hospital, y eran las diez de la mañana cuando bajó a la cafetería a tomarse un café, dejándome un beso en los labios.
—Vuelvo enseguida, mi amor.
—No te preocupes, desayuna tranquilamente. Además, el fisioterapeuta debe estar al llegar.
—Pues dale caña, mi amor, para que salgas prontito.
Me dejó un beso en los labios antes de salir y se marchó de la habitación con una sonrisa pintada en su boca, la misma que me dejó a mí. Me levanté sola porque ya tenía la fuerza suficiente en las piernas para hacerlo sin ayuda y me senté en uno de los sillones.
Justo estaba haciendo esto cuando la puerta de mi habitación se abrió, entrando por ella quien menos me esperaba, pero quien más alegría me daba tenerlo allí. Era Noah, que venía acompañada por una mujer muy guapa y que me resultaba familiar, pero no terminaba de encuadrarla.
—Pero bueno, ¿qué haces tú aquí?
—He venido a verte, mamita, que tenía muchas ganas.
—Yo también, mi amor, pero pensaba que pasabas el fin de semana con tu amiguita Bethany, que era su cumpleaños.
—No, mami, el cumpleaños de Bethany fue ayer y me llevó mi otra madre.
—¿Cómo? ¿De qué otra madre estás hablando, cariño?
—De mí. Perdona que no me haya presentado; soy Britany, la madre de Noah.
—Ah, encantada.
—Noah lleva desde anoche diciendo que quería venir a verte y acordamos levantarnos temprano para pasar el día en Austin y, de paso, acudir al hospital y quitarle el antojo.
Os juro que, si me pinchan, no me sacan una gota de sangre. Me fijé en su ropa y me di cuenta de que las botas que llevaban estaban en mi armario, era una de las que Logan me dijo que cogiera de la buhardilla, así como la camisa.
En el momento en el que estaba a punto de hablar, se abrió la puerta de la habitación, de nuevo, entrando por ella Logan, que venía con cara de chufla, hasta que entró y la vio allí, sentada y con Noah en mi regazo.
—Menos mal que tenía la tarjeta en el móvil, porque he ido a pagar y… ¿Se puede saber qué coño haces tú aquí? —Estaba hablando cuando la vio.
—Como que cualquier día te dejas la cabeza en casa. Toma, te has dejado la cartera encima de la cómoda cuando te marchaste ayer de la habitación.
Miré a Logan, intentando encontrar una respuesta lógica a todo esto, pero, de repente, me di cuenta de que empezó a dar vueltas por la habitación, como si no supiera qué decirme para justificarse.
Lo tuve claro, me había mentido, y eso sí que no pensaba permitirlo. Si algo había aprendido después de todo lo que me había pasado, era que quien te miente no es merecedor ni de tu amor ni de tu cariño, porque terminaría haciéndote daño.
—Noah, mi amor, ahora vendrá el fisioterapeuta para darme mi sesión, así que es hora de marcharse.
—Pero yo no me quiero ir, mami. Me quiero quedar contigo.
—Lo sé, mi vida, pero no puede ser. Te prometo que nos veremos muy pronto y pasaremos el día juntos, siempre que tus padres estén de acuerdo, claro.
—Audrey, yo…
—Tú te marchas con ellos y no vuelves más.
—Déjame que te explique, por favor.
—Las explicaciones llegan tarde. Te lo pregunté en cuanto que desperté, y me lo negaste, ahora, todo lo que puedas decir, me da exactamente igual.
Estaba diciéndole que se marchara cuando entró el fisioterapeuta por la puerta. Al ver que tenía visita, quiso marcharse y volver más tarde, pero no lo dejé: no iba a permitir que mi recuperación sufriera un retroceso por su culpa.
—Si quieres, vuelvo más tarde.
—No hace falta; ellos ya se marchan.
—Audrey, por favor, tenemos que hablar…
—Adiós, Logan, que os vaya muy bonito y logréis ser felices.
Agarró a esa mujer de un brazo, para sacarla fuera de la habitación, mientras que cogía al niño en brazos. Noah me miró y me regaló una sonrisa que guardaría en mi corazón para siempre, mientras que mis lágrimas caían sin control.
—Audrey, ¿estás bien? ¿Lo dejamos para mañana?
—No, necesito salir de aquí cuanto antes. Tan solo necesito cinco minutos para hacer una llamada.
—Vale, voy a hacer una cosa. Hago la siguiente sesión con el paciente, y vuelvo en media hora. ¿Te parece bien?
—Me parece genial. Gracias.
—No hay que darlas; no me cuesta nada.
El fisioterapeuta salió de mi habitación, mientras que yo cogía el teléfono para llamar a Paul, que debía estar hablando con alguien porque no paraba de comunicarse.
Y así estuve un buen rato hasta que me contestó. En su voz se notaba que algo se le había escapado de las manos, y sabía lo que era, pero, realmente, me daba exactamente igual.
—Hola, cariño, ¿cómo estás?
—Paul, necesito tu ayuda.
—Imagino lo que me vas a decir, pero no adelantaré acontecimientos. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?
—Quiero que bajes mi maleta del altillo de la habitación de tu hermano y metas toda mi ropa dentro, pero solo la mía, la que traje de Florida, no la otra.
—No te precipites, Audrey, no es lo que parece.
—Por supuesto que lo es. Traía hasta las botas que me dio tu hermano puestas.
—Le dije que hablara contigo, que esa mujer le iba a traer un buen disgusto…
—Pero no lo hizo y ya, me da igual.
—No, no te da igual y lo sabes.
—Está bien, no me da igual, pero me ha mentido y eso sí que no lo permitiré.
—No te ha mentido, Audrey.
—Ah, ¿no? ¿Cómo llamas tú a esto que ha hecho, entonces?
—Te ha ocultado la verdad.
—Es lo mismo, al menos para mí.
—No, no lo es.
—Mira, si me llega a decir, cuando le pregunté, lo siento, Audrey, pero tuve un momento de debilidad y esa mujer apareció de nuevo, hasta lo hubiera podido perdonar, con dolor, porque me dolería mucho, pero lo entendería.
—Pero es que mi hermano no se ha acostado con ella, te lo aseguro.
—¿Has estado en su habitación todo el tiempo que ha permanecido ahí, en el racho?
—No, pero…
—Pero nada, Paul. Esa mujer lleva ahí más de cuatro meses y ni siquiera me lo ha insinuado. Eso, a mi entender, es que tiene algo que esconder.
—Está bien, no insisto más. Tan solo una pregunta, ¿qué vas a hacer ahora?
—Pues no lo sé, pero lo que tengo claro es que al pueblo no pienso volver, no me cruzaré con ellos, porque me moriría de pena.
—Audrey, mi sobrino te necesita y mi hermano también.
—No, cariño, tu sobrino ya tiene a su madre y tu hermano también tiene a su mujer.
—Esa no es su mujer, aunque tú no lo entiendas.
—No, el que parece que no lo entiende eres tú, corazón.
—Bueno, pues que sepas que las puertas de mi casa las tienes abiertas…
—Pues más te vale que la cierres; no se te vaya a colar alguno de los indeseables de tus exnovios.
Paul soltó una carcajada que resonó a través del teléfono y que, aunque sin ganas de nada, me provocó una pequeña sonrisa. Nos despedimos y quedamos en vernos esta misma tarde, que sería cuando vendría a Austin.
Por mucho que le dije que no hacía falta, que cuando Fred fuera a verlo se la diera a él, no consintió en hacerlo, sino que dijo que lo haría al revés y aprovecharía para venir a verlo y pasar unos días que tenía libres, juntos.
Terminé de hablar con Paul justo cuando entraba el fisioterapeuta, que me dijo que, según fuera la sesión de hoy, le diría al médico que me diera el alta, y me alegré de que mi excuñado viniera a traerme mis cosas, aunque, con el frío que hacía, poca cosa me iba a servir.
El fisioterapeuta me dijo que ya habían terminado las sesiones porque ya podía valerme por mí misma, y tan solo era cuestión de tiempo para que pudiera soltar las muletas, porque ya ni andador utilizaba.
Me volví a quedar sola en la habitación, pero por poco tiempo, porque, minutos después de que saliera el fisioterapeuta, entraron una pareja de hombres que no conocía de nada, y me asusté, la verdad, porque pensé que los enviaba mi padre.
—Tranquila, señorita Sullivan. Somos el agente Stell y el agente Brown, los policías que llevamos su caso.
—Buenas tardes, agentes. ¿En qué puedo ayudaros?
—Señorita Sullivan, venimos a decirle que ya se ha producido la detención y puesta a disposición judicial del que fue su pareja y de su padre, así como de otras muchas más personas.
El agente Stell me contó todos los detalles y lo que yo había descubierto; tan solo era la cima de todo lo que había.
Mi padre, además de mi exnovio, eran los responsables de una amplia red de estafa, además de otras muchas cosas, llegando a alcanzar una cifra de más de tres millones de euros estafadas.
Me dijeron que tenía que acudir a declarar cuando fuera la fecha del juicio, pero que me quedara tranquila, porque, para todos ellos, yo había muerto en la paliza, y así seguiría siendo hasta que tuviera que presentarme en el juzgado.
Joder, vaya día de emociones que estaba teniendo, algunas buenas, otras malas y otras contradictorias, como ese sentimiento que tenía con respecto a la detención de mis padres, porque mi madre también fue detenida.
Para no aburrirme, cogí el móvil, que, a pesar de tener el cristal de la pantalla destrozado, todavía funcionaba y dejaba ver algo. Entré en los periódicos y el primer vídeo que me encontré fue la detención de todas esas personas que tanto daño me habían hecho.
Fue durante la ceremonia de la boda de Jacob con esa mujer, en la que mi padre ejercía de padrino. Se me revolvió el estómago al recordar la conversación que habían tenido los dos mientras yo iba en el maletero metida.
Vomitando, me encontró Paul, que había venido a traerme la maleta con mi ropa, además de dos bolsas con cosas que me había comprado, pero que no me había dado tiempo todavía de ver lo que era.
—Mi niña, ¿qué te ocurre?
—Nada, nada, estoy bien, de verdad.
—Estás vomitando, algo te tiene que pasar.
—No, de verdad, ha sido un cúmulo de cosas y he explotado por ahí.
—Pues venga, vamos que te acompaño hasta la cama.
—No me pienso acostar, no haré nada para que me tenga que mantener aquí más tiempo.
—Bueno, pues te sientas en el sillón.
Me acompañó y me sujetó para llegar hasta allí, pero no nos habíamos dado cuenta de que yo había llegado sola hasta el baño, sin muletas y sin nada en lo que sujetarme, y eso me hizo saber que podía hacerlo más veces, que era cuestión de días.
Paul me había traído mi ropa, pero también me había comprado un pantalón de leggins, de esos térmicos, un jersey de lana y unas botas para la nieve, además de un chaquetón de plumas de tres cuartos.
—Hace muchísimo frío, y no te va a servir de nada la ropa que hay en esa maleta. Al menos, que tengas con qué salir de aquí y no te mueras de una hipotermia.
—Gracias, Paul, no sé qué haría sin ti, de verdad.
—Pues lo mismo, pero más aburrido, te lo aseguro.
Estábamos riendo cuando apareció el doctor para darme el alta y saber que, por fin, iba a poder salir de aquí me llenó de gozo. Me hubiera gustado ir al rancho, comprobar cómo era el frío invierno allí, pero no podía hacerlo; tenía que pensar en mí.
Paul me acompañó a la salida y vino conmigo hasta el hotel en el que me iba a quedar, porque decliné la oferta que me habían hecho, tanto él como Fred.