Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 28
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Capítulo 28

Logan

Le había mentido a Audrey porque Noah no estaba pasando el fin de semana con Bethany y su familia, a pesar de que sí que era su cumpleaños y sí que acudiría a él, pero no durante todo el tiempo.

Estando Audrey en coma, apareció de nuevo en mi vida quien menos esperaba y, aunque ya no quería tener ninguna relación sentimental con ella, a pesar de todo el daño que nos hizo, seguía teniendo un papel importante en la vida de mi hijo, de nuestro hijo.

Sí, tal y como estáis pensando, Britany había vuelto, arrepentida después de cinco años, y queriendo recuperar el amor del niño. Eso me costó una buena pelea con mi madre y con mi hermano, que no entendían mi postura.

También estaba durmiendo en mi casa, en la habitación de invitados, hasta que encontraran algún sitio donde poder vivir, cerca de su hijo, para poder recuperar el tiempo perdido.

—Logan, te prometo que no me inmiscuiré en tu vida, pero no tengo a dónde ir y necesito ver de nuevo a mi hijo, que me quiera como su madre que soy.

—Britany, no puedo decirle al niño que eres su madre, así, de la noche a la mañana.

—Lo entiendo, pero es que soy su madre y eso no se puede esconder, todo el pueblo me conoce.

—Está bien, pero déjame a mí que hable con él. Mientras tanto, puedes ocupar la habitación de invitados.

La acompañé hasta allí y la dejé para que se instalara. Al bajar al jardín, allí estaban Peter y John, negando con la cabeza, y sabía que tenían razón, pero mi moral no me permitía dejarla tirada como un perro.

—Te estás metiendo en la boca del lobo, Logan, y te vas a arrepentir de eso.

—No quiero que me digáis nada; tengo la edad suficiente como para saber lo que tengo que hacer.

—No es cierto; esa mujer ha vuelto porque el hombre con el que estaba la ha dejado tirada, porque no tenía dónde caerse muerta, no porque quiera al niño.

—Pero es su madre y eso no lo podemos saber ninguno de nosotros.

Salí de allí, de camino a casa de mi madre, donde también había quedado con mi hermano, ya que mi cuñado estaba en Austin esa semana por un asunto de negocios.

Cuando entré y les conté lo que había pasado, mi madre se llevó las manos a la cabeza, mientras que mi hermano no paraba de maldecirla una y otra vez.

—Logan, es un error dejar entrar a esa mujer otra vez en tu vida y lo sabes tan bien como yo.

—Es su madre y no puedo negarle a mi hijo el derecho de conocerla.

—Su madre lo abandonó y la que ha estado ejerciendo como tal está en un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte.

—¿Acaso crees que le sentará bien que, cuando despierte, cuando vuelva a casa, sepa que esa mujer está allí, viviendo en tu casa? —Me preguntó Paul, visiblemente enfadado.

—No estará para siempre, solo hasta que encuentre algún sitio donde quedarse.

—Dile que venga aquí, conmigo, hay sitio para las dos.

—No va a querer, mamá, sabe que tú no la puedes ver desde que se marchó.

—Como cualquier madre a la que le hacen lo mismo a su hijo, Logan, no hay que ser hipócrita.

—La presencia de esa víbora va a ser tu ruina, Logan, y si de verdad lo siento, es porque vas a perder a una gran mujer por ello —me dijo Paul, cogiendo su abrigo y marchándose de allí.

—Intentaré que venga aquí contigo, mamá, pero no la voy a obligar.

—Haz lo que quieras, pero háblale la verdad a Audrey en cuanto que despierte, no se lo merece.

Salí de allí para ir a recoger a mi hijo en el colegio. Ahora tenía que explicarle que su madre estaba en el rancho, pero no la que él conocía, sino la que lo llevó en su vientre durante nueve meses y que lo abandonó cuando todavía no tenía ni un año.

Me costó que mi hijo lo entendiera, pero más aún me costó que, cuando se despertara Audrey, no le pudiera decir nada, que papá lo haría cuando lo considerara necesario.

Esa mañana, antes de salir para el hospital y pasar el fin de semana, me encontré a Britany en mi habitación, con una toalla cubriendo su cuerpo y rebuscando en el armario, y os prometo que me sentó como una patada en el estómago.

—¿Se puede saber qué estás haciendo en mi habitación y de esa guisa?

—Vaya susto que me has dado. Estaba buscando algo que ponerme. Al fin y al cabo, toda esta ropa es mía, me la regalaste tú.

—Y la dejaste aquí, como si no te importara. Bueno, como, no, que no te importó un carajo. Alguna, ni siquiera la llegaste a estrenar.

—Pero esos fueron otros tiempos, ahora ya no pienso así y quiero integrarme en la familia, en tu vida y en la de mi hijo. Podríamos volver a ser felices…

—¿De qué cojones hablas? Que ni se te pase por la cabeza, Britany. Mi vida ya está completa y el niño y yo somos felices, no nos haces falta tú para serlo. Llegas cinco años tarde.

—Eso que me has dicho es muy duro para una madre.

—Más duro ha sido para mí escuchar llorar a mi hijo porque él no tenía una madre. Ahora, si me disculpas, me marcho al hospital a ver a mi novia.

Salí de allí, pero llegué nada más que hasta la puerta, porque me dio un impulso y me volví. Tenía que decirle algo que no le iba a gustar, pero lo mismo me daba, que me daba lo mismo.

—Ah, y ve buscando algún sitio ya, llevas aquí dos meses y mi chica está a punto de salir del hospital; no quiero que estés aquí cuando ella vuelva.

—Está bien, no te preocupes, que me marcharé muy pronto, pero me llevaré a mi hijo.

—Eso no te lo crees ni tú. Tengo el documento en el que firmaste que renunciabas al niño.

—Puedo alegar que fue una enajenación transitoria, producto de la depresión post parto y de la edad en la que fui madre.

—Inténtalo y te juro que te faltará pueblo para correr.

Tenía que buscar a un buen abogado y, para eso, nada mejor que mi cuñado. Él me asesoraría y me daría los pasos a seguir, pero ahora, tenía que centrarme en la carretera, que me quedaban dos horas de camino.

En cuanto que salí del rancho y por el miedo de que Britany pudiera desaparecer con el niño mientras que yo estaba en Austin, llamé a mi hermano, necesitaba su ayuda.

—Paul, necesito pedirte un favor que no te va a gustar.

—Como siempre que me llamas, no es nada bueno.

—Verás…

Le expliqué todo lo que había pasado con la madre de mi hijo, mientras que lo escuchaba maldecirla a ella, maldecirme a mí, y soltar sapos y culebras por esa boquita.

Al final, y como siempre hacía, me dijo que salía para el rancho en este mismo momento, y que no se movería de allí hasta que yo no volviera, pero que tampoco la iba dejar salir con el niño.

—Gracias, Paul, sabía que podía contar contigo.

—Echa a esa mujer del rancho, Logan, y cuando antes mejor, te lo digo de corazón, no es buena, ni para ti ni para el niño.

—Lo sé, y ya le he dicho que la semana que viene tiene que estar fuera, que vuelve Audrey y no quiero que esté en el rancho cuando ella vuelva.

—¿No le has dicho nada todavía?

—No he encontrado el momento, Paul, te lo juro.

—Pues si no lo encuentras, búscalo, porque, como se entere por boca de otra persona, será mucho peor.

—Lo sé e intentaré decírselo este fin de semana, de verdad.

Colgué la llamada y me centré en la carretera hasta que llegué al aparcamiento del hospital, donde dejé el coche y subí hasta la habitación donde se encontraba ingresada mi chica.

No me la esperaba andando y la alegría por encontrarla así se mezcló con el miedo de que pronto volvería a casa, de que se encontraría con Britany allí, y entonces sí que sería el acabose.

Intenté relajarme para que no se me notara nada, pero no lo conseguí, porque Audrey, en el momento en el que nos quedamos a solas, me lo preguntó, y no supe qué decirle, teniendo que inventarme una excusa muy pobre.

—¿Qué te ocurre, Logan? Te veo un poquito distraído.

—No es eso, mi amor, es que estoy cansado. La semana en el rancho ha sido muy dura.

—Entonces, vuelve y descansa, aprovecha que el niño no está y relájate.

—Si estoy allí, te aseguro que no voy a descansar; seguiré como siempre, por eso, prefiero pasar aquí estos días, contigo, que es donde mejor puedo estar.