Diez razones para (no) volver a enamorarme Epílogo
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Epílogo

Audrey

Diez años después…

Aquel día, cuando salimos del juzgado, la vida cambió para siempre, sobre todo para el niño y para mí. Su madre firmó ese documento, cogió el dinero y se marchó, y desde entonces no habíamos vuelto a saber de ella nunca más.

Cuando digo que nos cambió la vida fue por el ofrecimiento que me hizo el juez, después de escuchar los testimonios del niño, ya que lo llevaron, Paul y Fred, a hablar con el juez, a primera hora de ese día.

—Señorita Sullivan, ¿está usted dispuesta a ser la madre legal de ese niño? —me preguntó el juez.

—Por supuesto que estoy dispuesta, además de encantada, siempre que su padre no tenga inconveniente.

—Yo no tengo ninguno, porque tengo claro que serás la mejor madre que mi hijo pueda tener. Ese será nuestro primer hijo, porque tengo la certeza de que vendrán más.

De ahí salimos con todos los documentos que decían, legalmente, que Noah era mi hijo, y sabía que se volvería loco de alegría cuando se enterara de que ya podía decir a todo el mundo que era su madre a todos los efectos.

Desde ese día, Logan y yo no nos habíamos vuelto a separar, y vivíamos en el rancho. Nos casamos al verano siguiente, días antes de que naciera nuestra segunda hija, a la que llamamos MaryAnn, y que en la actualidad contaba con ocho años, camino de los nueve.

Tuve que ir a declarar en el juicio de Jacob y de mi padre, que, cuando me vieron llegar casi se mueren del susto, pues pensaban que estaba muerta, pero, a la vista estaba de que no lo habían conseguido.

Aproveché para visitar a María, y presentarle a mi marido y a mi hijo, así como para ofrecerle la posibilidad de que se viniera a vivir con nosotros, pues necesitaba a alguien que pudiera atender a la casa y al niño cuando yo no pudiera.

No se lo pensó, y me dijo que sí, además, su hijo hizo muy buenas migas con Noah, y se hicieron inseparables, a pesar de la diferencia de edad que había entre los dos.

Se adaptaron a la perfección y, mi marido, para que no tuvieran que estar yendo y viniendo al pueblo, les edificó una casa para ellos, junto a la nuestra, pero con total intimidad para todos.

Por supuesto, lo que había en el terreno del rancho, era de uso común, y fueron muchas las tardes que pasaron en la piscina, junto a mi suegra, mi cuñado y todos nosotros.

Mi trabajo en el colegio era de lo más gratificante, y me hice buena amiga de su nueva directora, compartiendo con ella muchísimos momentos familiares.

Una tarde, vino a casa para terminar una cosita que había pendiente del trabajo, y coincidió allí con Peter, que se quedó prendado de ella. A pesar de que ella decía no querer pareja, terminó accediendo a ir a cenar con él, y desde entonces, no se habían vuelto a separar.

Se casaron dos años más tarde, y eran padres de una niña, Alexandra, que tenía cinco años y era una preciosidad, tan bonita por fuera como por dentro, y que se había vuelto inseparable de nuestros hijos pequeños, que tenían su misma edad.

Porque sí, se me había pasado deciros que tuvimos mellizos tres años después de que naciera MaryAnn, y que se llamaban Paula y Fred, en honor a sus tíos, que eran los que los consentían a todos.

Lo mismo le pasó a John, pero con Mary, que, en cuanto que la vio, se enamoró perdidamente de ella. Si a Peter le costó conquistar a mi directora y amiga, no os podéis imaginar como lo pasó él.

Mary decía que la diferencia de edad era grande, que no quería ilusionarse con un hombre más joven que ella, hasta que ya no pudo negar lo evidente, porque las miradas que se echaban podrían incendiar el granero.

No fueron pocas las veces que le dije que no fuera tonta, que nadie iba con la partida de nacimiento pegada en la frente y que unos pocos años de diferencia no iban a ser los culpables de que no fuera feliz.

Ellos no tenían más hijos que el que Mary aportó a la pareja, pero que resultó como uno bilógico para John, que lo acompañó en su crecimiento y fue su referente paterno, porque, además, lo quería con locura.

De Sandy y de Madeleine no supimos nada más, porque, cuando a la primera le impusieron la orden de alejamiento y se marchó del pueblo, la segunda se fue con ella, porque los murmullos del pueblo sobre la manera en la que habían actuado los dos eran constantes, y no lo pudo soportar.

Mis padres, junto a Jacob, seguían en la cárcel, y lo que les quedaba a los tres, porque, a parte de los delitos de los que se le acusaron, también se añadió el intento de asesinato por la paliza que me dieron.

A modo de compensación, tuvieron que poner a mi nombre todos sus bienes, tanto uno, como los otros. No quería nada de eso, ni me hacía falta ni quería recordar lo mal que lo pasé en el tiempo en el que estuve allí.

Por eso, la casa en la que vivía Jacob la doné a una organización que se ocupaba de las mujeres maltratadas, para que hicieran de ella su hogar. Ya que, anteriormente, había servido para maltratar a las personas, que ahora tuviera un uso totalmente contrario.

La de mis padres la vendí, no quería nada de lo que hubiera dentro, que tantos malos recuerdos me traía, y con ese dinero, me compré una casa a pie de playa, en el que pasábamos las fiestas y todo el verano.

Paul y Fred se habían mudado también al pueblo, donde ambos se instalaron en la casa que tenía el hermano de mi cuñado. Fred había abierto una sucursal de su despacho, asistiendo a todos los vecinos que necesitaban un abogado y que no se podían desplazar hasta la ciudad.

Ahora estábamos en el rancho, preparando el cumpleaños de los mellizos, y esperando a que llegaran todos los demás. Mi marido estaba inflando los castillos hinchables que había contratado para los niños, mientras que yo terminaba de dar las indicaciones al catering.

Tenía una sorpresa para mi marido, y esperaba que no le sentara del todo mal, porque, si para mí había sido un shock, no me quería ni pensar cómo se lo tomaría él.

Era una noticia que no sabía nadie, que había guardado para mí sola, porque quería que, en esta ocasión, fuera él quién se enterara el primero, después de mí, por supuesto.

—Ya están llegando los niños —me dijo, acercándose a mí.

—¿Preparado para el caos?

—Nací preparado para ello, mi amor.

No solo llegaron los niños, sino también los padres y nuestra familia y amigos, así que, el jardín se llenó de gente. Estaba nerviosa, pero no por la celebración, ni siquiera por la reacción de mi marido ante la noticia, sino porque eran muchos niños y mis hijos eran unos trastos.

—Mami, no te preocupes que mi amigo y yo estaremos pendientes de ellos.

—Gracias, mi amor, pero tú también tienes que divertirte, y salir al pueblo, si quieres.

—¿Y perderme el cumpleaños de mis hermanos? Ni loco, vamos.

Así era Noah, un precioso niño que ya tenía quince años, que era buen estudiante y un amor con sus hermanos, sobre todo con MaryAnn, que era la niña de sus ojos.

Estaba en la cocina, cuando sentí los brazos de mi marido en mi cintura, mientras que me besaba el cuello y me decía cosas al oído.

—¿Me vas a decir ya qué es lo que te pasa?

—Uf, es que no sé cómo te lo vas a tomar.

—¿El qué? ¿Qué estás embarazada de nuevo?

—¿Cómo lo sabes? No te lo ha podido decir nadie, porque me he guardado el secreto, justo para que no pasara esto.

—¿Acaso piensas que no conozco tu cuerpo, mi vida? Hasta con los ojos cerrados, y esos pechos y esa curvita en el vientre, me lo estaba diciendo a gritos, tan solo estaba esperando a que me lo contaras tú.

—¿Cómo te ha sentado?

—A mí, de maravilla. Entre otras cosas porque sabía que eso volvería a ocurrir, ya que no hemos puesto medios.

—Pues yo no pienso tener más, este es el último, se cierra la fábrica.

—Ya he hablado con el urólogo, tengo cita la semana que viene para la vasectomía.

—Pues ya te la podías haber hecho antes, chico.

—No, porque quería tener un hijo más contigo, o dos, que nunca se sabe.

—Ve rezando todo lo que sepas, porque como le diga a María que vienen otros dos, y que son como Paula y Fred, te puedo asegurar que nos deja para siempre.

—Venga ya, si los adoras. Tanto como yo te amo a ti. Gracias por hacerme el hombre más feliz del mundo.

—No, cariño, gracias a ti, porque, a pesar de que tenía diez razones para no volver a enamorarme, supiste hacerme ver que esas mismas razones me servían para volver a creer en el amor.

Salimos de la cocina para contárselo a todos, pero ya estaban en la puerta, con la antena puesta, sobre todo mi cuñado Paul y Fred, que también tenían algo que contarnos a todos.

Ellos habían contratado un vientre de alquiler, y estaban esperando a su primer bebé, que era una niña y que nacería en Nueva York dentro de cinco meses.

Esa tarde, bebimos, comimos y disfrutamos de nuestra familia, hasta caer derrotados, pero de lo más felices.

—Te amo, mi vida.

—Yo te amo más, no me dejes nunca.