Capítulo 26
Logan
Tal y como entramos por el hospital, la metieron dentro para hacerle pruebas y, justo cuando habían llegado los demás, salió uno de los médicos a darnos el parte de lo que habían visto en los resultados.
—Buenas tardes, señores. Necesito la firma de un familiar de la señorita Sullivan para poder operarla.
—Buenas tardes, doctor. Soy su pareja. ¿Me puede informar de las lesiones de mi novia, por favor?
—Ha tenido muchísima suerte porque, a pesar de que la paliza que le han propinado ha sido descomunal y tiene varios huesos rotos, no ha afectado a órganos vitales.
—¿De qué la tienen que operar, entonces?
—Tiene varias costillas rotas y, si no intervenimos pronto, alguna podría perforar el pulmón. Además, tiene un coágulo de sangre en la cabeza que tenemos que absorber.
—¿Se teme por su vida, doctor? —Le preguntó mi hermano.
—No se puede asegurar nada, como bien sabe, compañero, pero todo apunta a que no. Lo único que no sabemos son las secuelas que le quedarán debido al coágulo.
—¿Dónde tengo que firmar, doctor? —Le pregunté, muerto de miedo, la verdad.
—Venga conmigo y así podré explicarle todo el tema de la intervención. Además, quería comentarle algo que no sé si sabía.
—Dígame, doctor, ¿de qué se trata?
—Su pareja estaba embarazada de seis semanas, pero, debido a los golpes, vamos a tener que practicarle un legrado en la matriz, pues el bebé no tiene latido.
Os prometo que todo se me volvió negro y me tuve que agarrar al mostrador en el que estaba la chica de la recepción y donde tenía que firmar los documentos, porque casi pierdo la conciencia.
Firmé todo, pero la rabia que corría por mis venas no me dejaba pensar con claridad. Tan solo quería que ella despertara, que me dijera quién había intentado matarla y que cayera sobre esa persona todo el peso de la ley.
Mi madre y mi hermano, que me vieron llegar con la cara descompuesta, no dudaron en acercarse a mí y en preguntarme lo que me había dicho el médico, pensando que podía ser algo malo, que lo era, tan solo que ellos no se lo podían ni imaginar.
—No solo le ha dado la paliza a Audrey, sino que también ha matado a nuestro hijo —dije, rompiendo a llorar.
—¿De qué estás hablando? —preguntó mi hermano.
—¿Estaba embarazada? ¿Ibais a tener un bebé? —preguntó mi madre, que también estaba completamente asombrada.
—Sí, mamá. Audrey estaba embarazada de seis semanas, y es cabrón lo ha matado a golpes. Ahora mismo están limpiando su útero, pues el bebé no tiene latido.
Mi madre se abrazó a mí, llorando en silencio, como yo. Sabía que quería consolarme, pero no le salían las palabras, era como si no pudiera encontrar las adecuadas, esas que nos sirviera a los dos.
Audrey tardó más de cinco horas en salir del quirófano, y se nos pasaron eternas. Ya no sabíamos cómo ponernos, pues la preocupación que teníamos era extrema. Hasta que llegó el doctor para decirnos que la operación había salido bien.
—Ahora, la llevaremos a la unidad de cuidados intensivos, donde permanecerá, al menos durante dos o tres días, hasta que le bajemos la sedación.
—¿Podemos pasar a verla, doctor? —preguntó mi hermano.
—Pero tan solo dos personas y durante unos minutos. Cuanto menos jaleo tenga, mucho mejor.
—¿Podría quedarme con ella?
—A eso sí que no puedo acceder, señor Miller. Tendrá que marcharse a casa porque hasta mañana por la mañana no podrá visitarla de nuevo.
Fred insistió en que fuéramos a su casa, al menos mientras que estuviera en la unidad de cuidados intensivos. Después, cuando la subieran a planta, pues ya veríamos cómo nos organizábamos.
Me costó acceder, pero tampoco hacía nada allí sentado en la sala de espera. Al menos, podría darme una ducha y descansar, porque se avecinaban días muy largos y duros.
Entramos a verla mi madre y yo y no me lo podía creer. Con lo bonita que era y la vitalidad que siempre mostraba, estaba allí, conectada a un montón de máquinas y con la cara completamente desfigurada y amoratada por los golpes.
Tanto mi madre como yo salimos de allí llorando, pues la verdad es que impresionaba verla así. Por mucho que me decía que ella era fuerte, lo hacía más que nada para convencerme, porque no lo veía nada claro.
Pasaron los dos días que nos habían dicho y la pasaron a planta para empezar a quitarle la sedación, para que fuera su cuerpo el que fuera despertando poco a poco.
—Ya no depende de nosotros; su cuerpo es el que tiene que ir volviendo en sí. Pueden ser tres horas, tres días o tres meses; no es una ciencia exacta —me dijo el doctor.
Esa noche la pasé allí con ella, mientras que mi madre se hacía cargo de Noah, al que hubo que contarle una verdad a medias, porque preguntaba por su madre a todas horas.
Fue mi madre la que le explicó que Audrey se había caído por la ladera de un monte que había cerca de casa, y que se había hecho tanto daño que estaba en el hospital, dormidita, y que yo estaba con ella para que, cuando despertara, no se asustara al verse sola y en un lugar que no conocía.
Pero no despertaba y yo tenía que volver al rancho, porque no podía cargar más con mi trabajo a Peter y a John, además de que no sabía el tiempo que tardaría en despertar.
Fred se encargaba de ir a verla a diario, y yo iba una vez a la semana, y así llevábamos ya tres meses y medio, que me parecieron tres años y medio, porque cada día que pasaba se me hacía más pesado que el anterior.
Y eso no era todo, porque la investigación seguía avanzando, aunque iba pasito a pasito, en una operación coordinada entre la policía de Texas y la de Florida.
El día que volví al rancho, me encontré con Sandy en la puerta de mi casa, esperándome, y con una cara que parecía que le habían dicho que se moriría en tres días.
—¿Se puede saber qué coño haces aquí? Te ha faltado tiempo para venir al saber lo que le ha pasado a Audrey, pero te lo advierto, será mi mujer para los restos, te guste o no.
—Logan, yo… tengo que contarte algo.
—Me da igual lo que tengas que contarme, vengo de estar tres días en el hospital y lo que menos quiero es escuchar chorradas.
—Yo no sabía que él le haría eso, te lo prometo.
—¿De qué cojones estás hablando?
—Yo fui la que llamó al padre de Audrey y le dije dónde estaba.
Os juro que, si no me para John, Audrey iba a tener un arañón al lado de lo que yo le hubiera hecho a esa mujer. ¿Cómo podía ser tan mala? ¿Cómo se podía tener tan mal corazón?
—Ya mismo me estás contando todo lo que has hecho y, por tu bien, más vale que no te dejes nada —le dije.
—Espera, Logan, será mejor que avisemos al sheriff y que le tome declaración —me dijo John, mientras que marcaba el teléfono del sheriff.
—¿Declaración? Lo que tiene que hacer es meterla en la cárcel por cooperadora necesaria.
La cara de Sandy cambiaba de color a medida que estábamos hablando, pero no intentó huir, entre otras cosas, porque no iba a llegar demasiado lejos, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para que no lo consiguiera.
El sheriff llegó y ella empezó a contar que después de que yo la había echado de mi casa el día de la barbacoa, empezó a rebuscar entre las cosas de Audrey y dio con una vieja cámara de fotos.
Una vez en su casa, al revisar las fotos, encontró los documentos con los que ella pretendía cubrirse las espaldas y no dudó en buscar el número de teléfono de ese hombre.
Una vez que terminó de contar todo, el sheriff la detuvo y la puso a disposición de las autoridades competentes, mientras que ella no mostró la más mínima resistencia.
Fue un mazazo gordo, pero todos sabíamos que alguien tenía que haber hablado diciendo dónde estaba, de lo contrario, no hubieran dado con ella en la vida.
Y esa mañana, después de mucho insistir, me decidí a llevar a Noah al hospital a ver a su madre, con el correspondiente reproche de la mía, pero no podía seguir diciéndole al niño que otro día también tenía derecho a verla, como todos nosotros.
Por el camino, lo fui preparando para lo que se iba a encontrar. Era cierto que la inflamación había bajado muchísimo y que los moratones no eran tantos, pero todavía estaba conectada a las máquinas y podía impresionarlo mucho.
Entramos en la habitación y todo lo que había pensado que ocurriría con mi hijo, pues nada de eso ocurrió. Mi hijo la miró, se acercó a ella y le habló, abriendo los ojos.
Os podéis imaginar cómo me puse, salí corriendo a buscar a un médico para que entrara en la habitación y no tardó ni dos minutos en entrar.