Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 25
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Capítulo 25

Logan

Audrey estaba tardando mucho más de la cuenta, pero no me quise preocupar, porque, lo mismo y había demasiada gente en el supermercado, o, quizás, se había encontrado con la madre de algún amiguito de Noah.

En el momento en el que ya habían pasado más de dos horas desde que se marchó, empecé a preocuparme en serio, y no dudé en entrar en la aplicación para ver dónde estaba, y me mostró el aparcamiento del supermercado.

Pero no localicé su móvil, sino que lo que miré fue la localización del coche, porque mi temor era que le hubiera pasado algo, como un accidente o un pinchazo, jamás imaginé lo que le estaba ocurriendo.

Peter se acercó a mí, pues él también la había visto salir, y era mucho tiempo, aunque se hubiera encontrado a todo el pueblo, y hubiera charlado durante diez minutos con ellos, no hubiese tardado tanto.

—Logan, algo no me cuadra. Audrey no suele tardar tanto.

—Menos mal que tienes la misma percepción que yo, porque me estaba volviendo loco de pensarlo.

—¿Vamos a buscarla? Yo tengo ahí mi coche.

—Sí, creo que será lo mejor.

—Voy a avisar a John para decirle que nos vamos.

Mientras que Peter avisaba a John, yo me cogí mi cartera y el móvil, por si tenía que avisar a alguien para que recogiera o se quedara con Noah, porque algo me decía que lo que me iba a encontrar no me iba a gustar nada.

Nos montamos en el coche de Peter, mientras que nuestro amigo nos decía que fuéramos tranquilos, que él se quedaba a cargo de todo y que la trajéramos de vuelta pronto.

Llegamos hasta el aparcamiento del supermercado y lo que vi a primera vista no me gustó nada, pues allí estaba el coche, con el maletero abierto, pero sin rastro de Audrey.

—Voy a entrar a preguntarle a la chica de la caja, lo mismo, y ella la ha visto.

—Tiene que haberla visto, porque aquí están las compras, junto a su bolso.

—No toques nada, por si tenemos que llamar al sheriff.

—No pensaba hacerlo de todos modos.

Entré en el supermercado y la chica me dijo que la había notado extraña, como muy nerviosa, y que le preguntó, pero le dijo que era porque se encontraba mal y que se iría de inmediato a casa.

—Voy a mirar en el baño, porque lo mismo y le entró fatiga o algo y está allí, sin poder levantarse.

—Ve, aunque desde ya te digo que yo la he visto salir, pero no entrar de nuevo.

—Acompáñame, por favor, por si tenemos que entrar y hay alguna mujer dentro, no quiero que me acusen, encima, de acosador.

Fuimos hasta allí, pero no había nadie, estaba completamente vacío. Sabía que tendría que llamar al sheriff, sobre todo por la forma en la que había desaparecido.

Salí a buscar a mi amigo y justo cuando le estaba diciendo lo mismo que había pensado, mi teléfono sonó y era ella. No me lo podía creer y contesté en cuanto que mi mente lo procesó.

—Audrey, mi amor, ¿dónde estás?

No se escuchaba su voz, tan solo la de un hombre, que decía cosas que no se podían entender bien, pero que me dejaban claro que estaba reteniéndola en contra de su voluntad.

Corté la llamada porque, al fin y al cabo, ni ella me podía hablar ni yo podía escuchar nada. Avisaría al sheriff y que fuera él quien me dijera qué hacer con todo esto, porque estaba sobrepasado.

—Sheriff, soy Logan Miller; mi novia ha desaparecido.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace unas horas…

—Logan, entiendo que estés preocupado, pero antes de que pasen veinticuatro horas, no puedo hacer nada oficialmente.

—Mi coche está aquí, en el aparcamiento del supermercado, con el maletero abierto y su bolso dentro; además, hay mucho más que no te puedo contar por teléfono.

—Está bien, voy para allá; espero que no hayáis tocado nada.

—No lo hemos hecho, pero no sabemos si alguien más ha estado aquí.

Corté la llamada mientras que me llevaba las manos a la cabeza, una y otra vez. ¿Cómo coño la habían encontrado? Alguien tenía que haberse ido de la lengua, pero ¿quién había sido? Nadie sabía nada de su pasado, excepto nosotros, y ponía la mano en el fuego por todos y cada uno de ellos.

Cuando llegó el sheriff, le enseñé todo y me lo llevé aparte para contarle el motivo por el que Audrey había huido y escapado de su casa, sin ocultarle ningún detalle, pues cualquier cosa que ocultara podía ser un desastre para ella.

—¿Piensas que pueden haberla encontrado?

—No lo pienso, estoy completamente seguro de ello.

Le conté lo de la última llamada que había tenido hacía menos de quince minutos y su rostro cambió de color. Estaba claro que teníamos un problema. De repente me acordé de que cuando compramos el móvil, ella me hizo activar el localizador y por eso quizás me había llamado.

Se lo dije al sheriff de manera inmediata, que me instó a entrar en esa aplicación, pero no dábamos con su localización exacta, te lo decía en un radio de dos kilómetros a la redonda de donde estuviera ella.

Se nos había echado la noche encima y, para colmo de males, empezó a llover, pero no me iba a marchar, no me iba a dar por vencido hasta que no la encontrara.

Paul iba a ir a por mi hijo, pero para que no notara la ausencia de los dos, avisamos a la madre de Bethany sobre lo que estaba pasando y no dudó en decirnos que el niño se quedaba en su casa todo el tiempo que fuera necesario.

No le dije lo que ocurría, tan solo que teníamos mucho trabajo en el rancho y que, para que no se aburriera solo, habíamos decidido que se quedara con Bethany en su casa, y así podría jugar con su amiguita.

—Gracias, papá, y dale un beso a mi madre, que la quiero mucho.

—Se lo daré, cariño, no te preocupes.

Esas palabras las dije con un nudo en la garganta, porque no sabría como decirle a mi hijo que a Audrey le había pasado algo, en el caso de que no pudiera volver a casa.

Nos separamos por grupos, y nos pusimos a llamarla por toda la zona en la que podía estar Audrey, esperando a que nos contestara, pero no obteníamos respuesta de ningún tipo.

De pronto, noté un movimiento en una zona de la pendiente que teníamos a nuestro lado, y no me lo pensé, la bajé corriendo, que casi me caigo rodando, pero me daba exactamente lo mismo.

—¡Está aquí! ¡Pedid ayuda! —grité lo más fuerte que pude.

Estaba completamente destrozada, de la paliza que le habían dado y, cogiendo su mano, le hablé.

—Audrey, mi amor, no te rindas, cogeremos al cabrón que te ha hecho esto, aunque sea lo último que haga —le decía, mientras que no podía parar de llorar de ver el estado en el que estaba.

Escuché como llegaba una ambulancia, pero estaba claro que necesitaría un helicóptero medicalizado para llevarla hasta Austin, ya que sus lesiones no eran de las que pudieran ser curadas por mi hermano en el centro de salud del pueblo.

—Caballero, apártese, por favor, y déjenos hacer nuestro trabajo —dijo uno de los sanitarios, y la vi como se tensaba, como el miedo se apoderaba de ella, pero no lo iba a permitir.

—Tranquila, mi amor, son los sanitarios, y yo no me separaré de ti, te lo juro por mi vida.

Efectivamente, tuvieron que solicitar el helicóptero, aunque la movieron del suelo a una camilla. Habíamos tardado más de quince horas, desde que desapareció, en encontrarla, y su ropa estaba mojada y sucia.

Me juré que todos y cada uno de los que hubieran tenido algo que ver en esto iban a pagar por ello, aunque tuviera que gastarme hasta el último céntimo de lo que hubiera en mi cuenta para que así fuera.

—¿Puedo ir con ella en el helicóptero?

—¿Es usted familiar directo?

—Soy su pareja, vivimos juntos, cualquiera del pueblo lo puede corroborar.

—No debería dejarlo pasar, pero bueno, haremos una excepción. Suba, rápido.

Me subí a ese helicóptero en el que iba ella, con gotero y oxígeno, y le cogí la mano. Sabía que la recuperación iba a ser larga, pero le pedía a todos los ángeles del cielo que la protegieran, que pudiera salir de esta.

Eso sí, en cuanto que estuviera consciente, la convencería para que denunciara a esos dos cabrones que querían verla muerta, porque eso lo habían hecho a conciencia, pero mi chica era fuerte y había resistido.

Poco menos de una hora tardamos en llegar al hospital de Austin y, una hora y media después, llegaron todos los demás. Estaba claro que no me iban a dejar solo.

—Nos quedaremos en casa de Fred —dijo mi hermano, pero yo no pensaba moverme de ese hospital.