Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 23
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Capítulo 23

Audrey

Había pasado todo el verano y nuestra relación no podía ser más bonita, tanto con el niño como con el padre. Por la mañana, mientras que Logan trabajaba en el rancho, el niño y yo lo pasábamos en la piscina, hasta que, llegada la hora de la comida, su padre se nos unía.

Una noche me dijo que no pensaba cometer el mismo error que cuando tenía la relación con Britany, que se volcó en el trabajo, dejando de lado su obligación como padre y pareja.

Aquel día de la barbacoa, el pobre Peter abrió los ojos cuando encontró a su novia en la habitación que compartíamos Logan y yo, desnuda sobre la cama, después de que mi chico le contara lo que le había dicho Sandy.

Estábamos en el porche, después de comer, y esa mujer pasó por el lado de Logan, diciéndole que lo esperaba en la habitación, que le iba a demostrar lo que era capaz de hacer para que alcanzara un placer que no tenía conmigo.

—Peter, ven un momento —le dijo mi chico.

—No quiero que lo pases mal, pero me veo en la obligación de contarte esto…

Cuando le contó lo que Sandy había dicho, lo acompañó hasta donde ella le había dicho que lo estaría esperando, aconsejándole que lo esperara fuera, pero lo suficientemente cerca para que pudiera escuchar todo lo que se hablara allí.

—Sabías que vendrías, Logan, porque esa niñata no me llega ni a la suela del zapato.

—¿Qué pretendes, Sandy? Pensé que era feliz con Peter, que por fin habías recapacitado.

—¿Peter? No me hagas reír, por favor. Ese come de la palma de mi mano y haría cualquier cosa que le pidiera. Digamos que es… un entretenimiento: alguien que te suple mientras que tú no llegas.

—Pues, lo siento por ti, pero para entretenerte, te compras un libro de sudokus —le dijo Peter, dejándose ver.

—Vístete y sal de mi casa ahora mismo. No quiero que te vuelvas a acercar ni a mí ni a ninguno de los míos —le advirtió Logan, girándose para salir de la habitación.

—Esto no se va a quedar así, Logan. Te lo juro por las cenizas de mis difuntos que vendrás pidiéndome que te perdone —gritó ella desde la habitación.

Peter, cuando bajó, tan solo se abrazó a Logan y le dio las gracias, pero no quiso permanecer ahí ni un minuto más, por eso, se despidió de nosotros, quedando en volver al día siguiente para llevar a cabo su trabajo en el rancho.

Nos dio una pena inmensa que se marchara, mucho más cuando la razón era la presencia de esa mujer, de quien Logan se encargó de que se marchara y no volviera más, y nos daba igual que se tuviera que ir andando.

Revisamos toda la habitación, pues no confiábamos en ella y pensábamos que podría haber cogido algo que nos comprometiera de alguna forma, pero no vimos que faltara nada.

Bueno, de vuelta al momento actual, hoy era el primer día de clase de Noah, y ese fin de semana era su cumpleaños, por lo que su padre organizó una fiesta para el sábado, en la que estarían todos sus compañeros de clase, y hoy repartiría las invitaciones.

Por supuesto, la piscina ya estaría cerrada, a pesar de que todavía se podría utilizar, pero no queríamos lamentar ningún accidente entre los niños, así que se tapó con su estructura correspondiente, como se hacía cada año, según me contó Logan.

Al ser el primer día en el que tenían una especie de fiesta en el patio, a la entrada, con todos los familiares, Logan nos acompañó, como también lo hicieron Paul y Fred, que, al final, había decidido quedarse a vivir con su chico y tan solo ir una vez a la semana a Austin, que hacía coincidir con el día libre de Paul.

—Estoy nervioso, mami —me dijo el niño antes de que nos montáramos en el coche.

—¿Por qué, cariño? —preguntó su padre.

—Porque no sé quién será mi seño de este año. ¿Y si me toca la seño Sandy?

—Pues, entonces, estaremos pendientes y, con la primera cosa que te diga, vienes y me lo cuentas a mí o a tu padre. ¿Entendido? —Le dije al niño.

—Sí, lo sé, me lo has repetido mil veces, mamá, que no me calle nada y os lo cuente todo.

—Eso es, así podremos ayudarte y no permitir que la cosa se haga una bola gigante, que sería mucho más difícil de digerir que si lo atajamos desde el principio —le dijo su padre.

—Bueno, y también porque tengo muchas ganas de ver a mis compañeros, porque, durante el verano, tan solo he visto a alguno en el parque, cuando me llevaba la abuela, el resto se fueron de vacaciones.

—Mi amor, te prometo que el verano que viene nosotros también iremos de vacaciones, a donde tú quieras.

—Yo quiero ir a la playa, papá.

De repente, el imaginarme a mi niño, jugando en la misma playa en la que lo hacía yo con su edad, con su padre y conmigo, hizo que se me pusiera un nudo en la garganta, porque no podría ser, no al menos de momento.

Eso me hizo entristecer muchísimo, porque aunque el destino me había dado la oportunidad de ser feliz de nuevo, de conocerlos a ellos y de empezar una nueva vida, el no poder vivirla de manera completa me dolía en el alma.

Tenía que decirle a Logan que, aunque yo no pudiera ir, aunque no pudiera acompañarlos, por mi pasado, ellos tenían que ir y grabarse en mil vídeos para que yo los viera.

Aparcamos el coche y entramos en el colegio, donde ya estaba todo preparado para la fiesta inicial, en la que tendrían juegos de muchos tipos. Ese primer día tenían que ir con bañadores y toallas, porque la mayoría eran juegos de agua.

Desde lejos estábamos viendo a Sandy, cómo continuaba mirándonos con desprecio, pero esta vez pude notar algo más en su mirada, algo que no supe identificar, pero que hizo que me estremeciera, y Logan se dio cuenta de mi cambio.

—Audrey, ¿qué te ocurre?

—No lo sé, es Sandy.

—¿Qué pasa con ella? ¿Te ha incomodado de alguna forma?

—Ha sido algo muy extraño, Logan. Su mirada no era como la de siempre y he sentido un miedo atroz atravesarme el cuerpo.

—No pasa nada, mi amor. Eso seguro que ha sido condicionado por todo lo que ha pasado en tu vida, pero estoy contigo, no tienes nada que temer.

—Ojalá y sea cierto eso que dices.

No quise seguir insistiendo, pero tampoco pude evitar estar mirando de un lado a otro, porque, de repente, era como si alguien me observara y no supiera quién era.

Ese día volvimos a casa enseguida, pues no podía seguir estando en la calle, no con esa sensación tan fea, y Logan sucumbió a mis deseos, haciendo que volviéramos de inmediato.

Mi niño reía y decía que había sido el mejor primer día de colegio de su vida, como si llevara miles a sus espaldas, provocando una sonrisa en su padre y en mí, sobre todo cuando explicó el motivo.

—Les he dicho a todos que ya tenía madre y se han alegrado un montón, incluso Bethany me ha dado un abrazo, papá.

—No me lo puedo creer, pero si Bethany es la niña más bonita de todo el colegio —le respondió su padre, dramatizando.

—Te lo juro, papi, y me ha dicho que quiere ser mi novia, pero yo le he dicho que tenemos que ir poco a poco, que juguemos juntos y esas cosas, pero que, novios, es muy precipitado.

Ahí no tuve más remedio que soltar una carcajada, no ya por lo que dijo, que también, porque a un niño con cinco años no se le ocurriría contestar eso, sino por la manera en la que lo dijo, como si fuera algo trascendental en su vida.

El día del cumpleaños fue muy especial porque su padre le contrató colchonetas de esas hinchables, tipo castillos y demás, en las que todos los niños disfrutaron muchísimo.

Bueno, algunos mayores también disfrutaron de ellas, porque Paul no dudó en tirarse mil veces de una que tenía un tobogán y que, al final, contaba con una especie de minipiscina, en la que se remojaron todos sin correr peligro alguno.

Después de horas de juegos, tocó soplar las velas y abrir los regalitos, aunque el nuestro no se podía abrir, o nos hubiéramos muerto todos de la pena. Noah pidió un deseo cuando sopló la vela con el número cinco y empezamos a darle todos los regalos.

Tenía absolutamente de todo, desde lápices de colores y rotuladores especiales, ya que le encantaba dibujar, hasta una bicicleta que le regaló su abuela, pero todavía no le habíamos dado el nuestro.

Su padre fue hasta el establo y vino con un pony, ya que decía que quería uno desde que era más pequeño y, ahora que tenía uso de razón y no lo trataría como a un juguete, fue el momento de que se lo regaláramos.

—No me lo puedo creer, mamá. Gracias, papá, a los dos. Me habéis hecho muy feliz, os lo prometo.

—En eso consiste, mi vida, en que seas lo más feliz que puedas.

Cuando todo el mundo se marchó, ya estábamos agotados, por lo que recogimos todo el jardín y nos metimos en la casa. Noah ni siquiera cenó, se duchó y cayó rendido en la cama hasta el día siguiente, en el que iba a disfrutar de todos sus regalos.

Así fueron pasando los días y, durante toda la semana, estuve con la misma sensación, pero como siempre había gente a mi alrededor, ya fuera en la puerta del colegio o en el rancho, no me preocupé en exceso hasta esa misma mañana.

Era sábado; nos habíamos quedado sin varios productos en la cocina, ya que el viernes, que era cuando hacíamos la compra para toda la semana, había sido festivo y no nos habíamos acordado.

Por eso, salí dispuesta a decirle a Logan que iba al supermercado a comprar, ya que Noah no estaba hoy en casa, se había ido a pasar el día a casa de su amiga Bethany, y así prepararía la comida para toda la semana.

—Logan, tengo que ir al supermercado, faltan algunos productos y no puedo preparar la comida para toda la semana.

—¿Necesitas que alguno de los chicos vaya contigo?

—No, puedo sola, no te preocupes.

—Audrey, pero deberías dejar de querer tener todo tan organizado, si no puedes preparar la comida para toda la semana, con que hagas la de hoy y la de mañana, ya el lunes vas a comprar.

—No, Logan, no es cuestión de querer tener todo organizado, es que, si lo hago así, tengo tiempo libre para poder restaurar los muebles, que los tengo a medias.

—Como tú quieras, mi vida. Pero ten cuidado, por favor.

—No te preocupes, que lo tendré, además, llevo el móvil conmigo. Así también aprovecho y entro en la tienda del señor Jones a comprar tintes para los muebles.

Logan se despidió de mí con un beso, un «te quiero» y un «no tardes mucho y ten mucho cuidado» que me pusieron los vellos de punta sin saber el motivo, pero a lo que no le quise dar demasiada importancia.

Me subí en el coche de Logan, que, dicho sea de paso, lo cogía yo mucho más que mi chico, y me puse rumbo al pueblo, cogiendo la calle que me llevaría directamente a la calle principal.

Lo primero que hice fue parar en la tienda del señor Jones, donde no me llevaron más de un par de minutos a escoger los tintes para los muebles, que ya los tenía completamente lijados, y de ahí, directa al supermercado.