Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 22
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Capítulo 22

Logan

La madurez con la que actuaba y contestaba mi hijo era digna de admirar, con casi cinco años que tenía, y así lo demostró cuando le preguntamos la noche anterior si quería llamar mamá a mi chica.

Desde ese mismo momento, empezó a llamarla así, y en Audrey pude ver el orgullo que sentía y lo que le gustaba que lo hiciera, y a mí, realmente, era algo que, mientras que a mi hijo lo hiciera sentir bien, no me importaba.

Esa misma mañana fui con ellos al colegio y pedí una tutoría urgente con la directora del centro, al igual que con esa profesora. No iba a dejar que las cosas se quedaran así, mucho menos cuando lo había hecho por celos; estaba claro.

—No creo que la señorita Stone lo haya hecho con esa maldad con la que usted está insinuando, señor Miller —nos dijo la directora.

—Además, es que no he dicho ninguna mentira; el niño no tiene madre, y cuanto antes lo asuma, pues mucho mejor. Ha sido su padre el que lo ha decidido así, porque Sandy estaba más que dispuesta a asumir ese papel —dijo Madeleine, la tutora de Noah.

—Eso corresponde a mi vida privada y no tiene nada que ver con la formación académica de mi hijo. Además, y aunque no tengo que dar explicaciones a nadie, tengo que decir que mi pareja ha querido asumir ese papel —le dije a las dos, y la cara de sorpresa de Madeleine no se pudo disimular.

—¿De qué pareja estás hablando? —preguntó, como si no se lo creyera.

—De mí. Así que, a partir de ahora, te agradecería que no te dirigieras al niño con esos términos, porque no te lo pienso consentir —le contestó Audrey, haciéndome sentir de lo más orgulloso.

—Esto tiene miga, de verdad. Tenías a Sandy, que ha querido ser algo más, desde la primera vez que salisteis, y aceptas a una mujer que acabas de conocer y de la que no sabes nada —me dijo Madeleine.

—Señorita Stone, por muy amiga suya que sea la señorita Smith, no creo que tenga usted nada que opinar sobre la vida del señor Miller, mucho menos sobre sus decisiones amorosas —le dijo la directora del colegio, que, además, me conocía de toda la vida.

—Dicho esto, espero que no se vuelva a repetir ninguna situación desagradable para mi hijo, porque, si la hay, no dude que tomaré otro tipo de medidas mucho más desagradables.

—No se preocupe, señor Miller, que no volverá a pasar.

Nos estrechamos la mano y salimos de allí con una sonrisa en los labios y con la satisfacción de haber puesto a esa mujer, y de paso a su amiga, en su lugar, para que no se atreviera a hacerle daño a mi hijo nunca más.

Como estábamos en el pueblo y tenía que ir a comprar materiales a la tienda del señor Jones, decidimos aprovechar también para ir a comprar la carne y todo lo necesario para la barbacoa del sábado y ver a mi madre, que hacía días que no la veíamos.

—Hijo, ¿qué ha pasado para que estés aquí?

—Nada, mamá, que tenía que comprar cosas y he aprovechado para venir a verte y contarte las novedades.

—¿Qué novedades? ¿No me digas qué…?

Mi madre se fijó en que llevábamos las manos unidas, con nuestros dedos entrelazados, y pintó una sonrisa en su boca de lo más bonita, alegrándose por nosotros, como nos lo hizo saber a continuación.

—Sí, mamá, estamos juntos y enamorados.

—Es la mejor noticia que me podíais haber dado, los dos, porque os lo merecíais.

—También queremos decírselo a Amy, que seguro que se alegra de la misma manera que tú —le dijo Audrey, sonriendo.

—Espera, que eso lo soluciono yo ahora mismo, voy a llamarla y a tu hermano para que vengan todos a comer aquí. Esto hay que celebrarlo.

—Mamá, llama a la señora Amy, si quieres, pero lo vamos a celebrar el sábado en una barbacoa en el rancho y queremos que estéis todos allí, con nosotros.

—Bueno, pues lo celebramos doblemente. Además, tengo ganas de ver a mi niño, que hace muchos días que no lo veo.

—Pues no lo ves porque no te da la gana, porque yo no te he prohibido que vayas al rancho a verlo.

—No, pero pensé que el niño necesitaba tiempo para adaptarse a Audrey y no quería interferir.

—Ya ves que no ha sido así, si hasta la llama mamá.

—Has sido lo mejor que les podía haber pasado a mi hijo y a mi nieto, y no tendré vida para agradecerte lo que has hecho por ellos.

—No, Mary, la que no podré agradeceros nunca lo que me habéis salvado soy yo.

Estuvimos un rato más en casa de mi madre hasta que llegó la hora de recoger a nuestro hijo del colegio, porque si el niño la había admitido como su madre, yo también la trataría así, de la misma manera.

Y había llegado el día de la barbacoa, ese en el que inaugurábamos la temporada de piscina, y en el que estaban todos invitados, incluidos John y Peter, que nos dijeron que vendrían acompañados.

Lo que no me esperaba es que Sandy tuviera el descaro de aparecer por allí, mucho menos de la mano de Peter, cuando días antes le había dicho a mi chica que era mi novia y que iba a ser la madre de mi hijo.

—Peter, ¿podemos hablar? —Le dije a mi peón, algo enfadado.

—Claro, dime en qué puedo ayudarte.

—¿Por qué has traído a esa mujer a mi casa?

—Me dijiste que no te importaba que estuviera con ella y me gusta mucho, por eso la he traído.

—¿No te estás dando cuenta de que te está utilizando para acercarse a mí?

—Me parece que te lo tienes un poquito creído, ¿no? Sandy está aquí porque quiere estar conmigo, así que te agradecería que la trataras como a mi pareja, no como a un ligue tuyo.

—¿Creído? Será mejor que hables con Audrey sobre lo que le dijo el día después de pasar contigo la noche.

—Sé que tu chica le tiene muchísima inquina por haber estado contigo, pero no voy a permitir que habléis así de ella.

—Tú mismo, no la voy a echar de aquí por ti, pero que sepas que te está utilizando y que no quiero que te haga sufrir.

—Esa es tu manera de pensar, pero te demostraré que lo que dices no es cierto y, si te molesta su presencia, también te molesta la mía, así que no tengo ningún problema en marcharme con ella.

—No digas más tonterías, Peter. Tú eres mi amigo, además de mi empleado, y jamás te diría que te marcharas.

Peter se giró y fue hasta donde estaba Sandy, cogiéndola por la cintura y dándole un beso, como si a mí me fuera a importar que hiciera eso, cuando lo cierto es que lo que me preocupaba era que le hiciera daño, nada más.

Mi hijo hizo los honores de la inauguración de la piscina, y lo hizo saltando en bomba desde el filo, después de hacer una cuenta atrás desde el número cinco, que nos hizo reír a todos, menos a esa mujer, que lo miraba con desprecio.

Os prometo que iba a decirle cuatro cosas, pero Audrey me paró, cogiéndome por el brazo, para que dejara pasar el día, por Peter, al que ella también le había cogido un gran cariño.

—¿Nos damos un baño, señor Miller?

—Como me vuelvas a llamar así, te prometo que echo a todos a patadas de aquí y te encierro en la habitación hasta mañana.

Audrey soltó una carcajada mientras se quitaba el vestido que llevaba puesto, mostrando su cuerpo con un biquini que quitaba el aliento, porque no le podía quedar mejor.

Tanto mi hermano como mi cuñado, así como John, se quedaron con la boca abierta al verla y no dudaron en piropearla, haciendo que sus mejillas se tiñeran de un rojo que era de lo más adorable.

—Hermano, ahora entiendo por qué has caído rendido a sus pies, porque no se puede estar más buena que ella —me dijo Paul.

—Ni que lo digas, y si, además, a ese cuerpazo le sumamos su manera de ser, hasta yo hubiera caído rendido a sus pies —contestó Fred, mi cuñado.

—Jefe, tu chica no tendrá una hermana o una prima por ahí, escondida, ¿no? —me dijo John, riendo.

—Me parece que no, John, a no ser que el padre tenga alguna ilegítima, porque es hija única. Que tampoco me extrañaría, eh, a juzgar por cómo es —le dije.

Sandy, al ver que todo el mundo le mostraba su pleitesía a Audrey, no tardó en hacer lo mismo y quedarse también en biquini, pero nadie se dignó a mirarla, a excepción de su chico.

No es que Sandy tuviera mal cuerpo, ni mucho menos, pero es que mi chica era espectacular, tanto por dentro como por fuera.